Material exclusivo para utilizar en el baño

viernes, 24 de octubre de 2014

ACV (por Eduardo Luis Serralunga)

Arquímedes dijo: denme una palanca y moveré el mundo. Amor es la palanca que por los siglos de los siglos mueve las almas. Amor hay que tener entre otros sentimientos- para recorrer 14.000 km hacia lo desconocido, con esposa e hijas. Coraje fue imprescindible para tamaña travesía, oceánica, heróica. Y no es héroe quien no teme. Vencer el miedo y acometer la epopeya; esa es la clave. Actúo, ergo existo y por mi causa y bajo mi efecto existen los que de mi dependen. Creo en mis fuerzas, creo en los que me rodean, creo en los que me precedieron. Si existe Dios, creo en su asistencia. Voluntad es lo que jamás me ha de faltar, por insalvables que parezcan los obstáculos. Antes viví situaciones similares. Y de todas ellas salí, no sin mella, pero con la dignidad intacta. Cuántas pruebas me faltan aún sobrellevar como ésta. Chi lo sa? Varias veces me mataron, varias veces me morí; sin embargo estoy aquí, resucitando. Apilar ladrillos, ¡más ladrillos! ya no puedo. Calcular columnas para la escuela del cura Stábile, ya lo hice. Vaciar los tanques, trepado a la escalera y limpiar sus fondos, ¿qué importancia tiene? Lo giorno dopo la festa, male le gamme, pegghio la testa [detto marchigiano]. Alguien escribirá, algún día, un libro de las vidas que no figuran en los libros. Célebres serán sus protagonistas. Por orden alfabético, casi al final, se inscribirá un apellido y será el de Ítalo. ¡¡¡Aguante, Virgili!!!

(Mi tío abuelo sufrió en esta semana otro ACV. El tío Eduardo, que bien lo quiere y que hace magia con las palabras, escribió este hermoso texto en donde la maldición se torna virtud, y el arte de la escritura, la mejor arma para cobijarnos del aguacero)

jueves, 2 de octubre de 2014

Please, see me


Maybe
Yoy don´t have to smile so sad
Laugh when you’re feeling bad
I promise I won’t

Chase you
You don’t have to dance so blue
You don’t have to say I do
When baby you don´t

Keira Knightley – Bigin Again



Me lo había prometido, incluso jurado. No bebería alcohol en toda la noche; tampoco saldría a bailar.
Finalmente volví a traicionar mi templo y mi mente. No sólo bebí demasiado, también terminé saliendo a ese boliche al que no quería ir y del que más tarde lamentaría la decisión tomada (como siempre).
Era el cumpleaños de Fran, la reunión fue en la casa de Marcos.
Llegamos con Fede tomados de la mano y al ver al anfitrión nos dimos un beso de lengua explicita, bien babosa, con la intención de fastidiarlo. En el prontuario marica, Marcos nos llevaba unos cuantos años de ventaja, y con ellos, una larga lista de autoprejuicios. Pero nos divertíamos, a veces como pantalla a la soledad, a veces porque la noche del sábado está hecha para eso -¿y “eso”, en cuántas variedades se aprecia?... a gusto e piacere, pero no todos son bien vistos, susurró, guiada por la costumbre, la voz que convivía entre mis razonamientos y placeres-
Lo de siempre, momento agradable entre amigos, buena música y alcohol a canilla libre. Difícil resistir la tentación, más que nada luego de tantos años de costumbre, como si el vaso acompasando el crepitar de los hielos bajo la humedad de los destilados hiciera más amigable los encuentros y permitiera la diversión.  
Culpar, palabra cargada de flagelos que como un cilicio nos oprime el pecho y condiciona la mente. La culpa es del alcohol. Pero sin él nada es lo mismo, ni los dichos ni los chistes, con sus ademanes desinhibidos y lacrimosos. Con él nos casábamos en cada encuentro, para que nos desatara las trabas y nos dejara contemplar la belleza en la miseria de nuestra rutina semanal; un trabajo que nos aburre y encarcela, obligaciones que nos ahogan, y una compañía con la que, en ocasiones, es más lo que se inventa que lo que se comparte.
En la fotografía era difícil distinguir con exactitud el momento preciso en el que los dos guardias de seguridad nos empujaban violentamente hacia la puerta, para terminar echándonos como perros vagabundos  -¿por qué se echa a esos perros?... Porque se les teme, me contestó la sombra, oscura y oculta- Ahora que miro con mayor detenimiento, ella tampoco aparecía en la foto. Respiro. Un suspiro se escapa de mi boca, en busca del alivio que siempre encuentra cuando no la veo retratada junto a mí,  allí,  donde los ojos brillosos que fijaban el objetivo, las manos tendientes al zarpazo como si se tratase de las garras extendidas de un gato cazador, y las bocas sedientas de una felatio apuntaban en dirección al pene erecto que el stripper hacia danzar, aceitoso y firme, frente a nuestros cuerpos. 
Ni los juegos de luces y sombras que provocaba la iluminación del local podía ocultar la evidencia, que ahora, a varios días de lo sucedido y sin la sangre etílica, se tornaba de una firmeza más contundente que aquella erección -¿Acaso no deberían habernos anticipado lo de 'se mira y no se toca' como en esos locales de vajilla para señoras paquetas?... se sobreentiende, es un stripper, no un taxyboy, me retrucó Niceto envolviéndose en su manto de invisibilidad- Es extraño,  lo busco desde que nos hablamos, prácticamente desde que nací,  pero ni siquiera cuando estoy solo, o cuando apago la luz; ni siquiera para darme un susto se hace visible. Prefiere mantenerse en las sombras, y hablarme desde allí. Al principio creí que estaba loco. Hablar solo es de gente insana, me había dicho un día mi mamá cuando de pibe me  observaba jugar en el patio en presencia de un desconocido que no veía pero con quien yo hablaba. Para esa época,  uno va adquiriendo las pautas de comportamiento y empieza a establecer los límites de lo que está bien y de lo que no lo está -¿Bajo la mirada de quién?... de la sociedad, necio. De los especialistas y de la educación... recitaba Niceto en mis oídos,  como el día en que establecimos aquel pacto secreto en el que sólo conversaríamos cuando estuviéramos seguros de estar solos-
La gente le teme a lo que desconoce, y era evidente que aquel fantasma de mi imaginación, ante la mirada de los otros, era producto de una mente perversa y enferma,  de mi locura, de mi inversión y soliloquio. Había que callarlo para que mi siendo encaje en la horma de sus zapatos. Para lograr el cometido, nada mejor que el colegio (si es religioso mejor), la psicóloga,  la psicopedagoga, el fonoaudiólogo y el pediatra. En ese entonces (incluso ahora) mi madre no frecuentaba el oráculo de las brujas; seguramente ellas lo hubieran entendido. 
Pero lejos de cualquier pronóstico, nunca pude desprenderme de Niceto, incluso recurría a él para evadir todas las situaciones difíciles y dolorosas, obligando a los especialistas a admitir que yo era un chico sano, que no había nada raro en mi comportamiento, que era cuestión de madurez, nada más. Me resultaba difícil entablar conversación con mis compañeros de clase porque lo que a ellos les resultaba divertido a mi me aburría. Ellos querían jugar a la pelota al tiempo que yo quería sujetarme de un poste y girar mientras el aire me pegaba en la cara, o quería sentarme bajo un árbol a leer en compañía del silencio y de la música que Niceto tocaba para mí.  Me gustaba saltar por encima de los charcos luego de la lluvia. Un día, luego de un fuerte aguacero, salimos al recreo y me llamó la atención el arcoíris que reflejaban los espejos de agua que cubrían los baldosones del patio. Fui hacía ellos con la intención de beberme los colores y  me caí adentro. Luego de los retos y sacudones, la maestra, muy indignada, llamó a mi mamá. Ella, avergonzada no tardó en traer ropa para cambiarme mientras yo la esperaba parado en un rincón del aula, chorreando agua como regadera pinchada ante la mirada burlona y malvada de todos mis compañeros -¿Por qué no puedo ser invisible como vos?...- Silencio. En ocasiones, Niceto se tomaba vacaciones, a veces en momentos cruciales como ése, cosa que me enojaba mucho, pero que a la larga terminaba perdonándole. Uno siempre perdona a quién ama, y así alimentamos el quiste canceroso del pecado -¿por qué esa palabra no se borra del diccionario?... habría que matar primero a Dios boludo, y no creo que el Papa, aún siendo argentino, te facilite la tarea-
Cuando mi madre llegó, me llevaron a la dirección y recién allí,  en presencia del director y la secretaria me desnudaron, me secaron, me vistieron con la ropa seca y, como si no hubiera ocurrido nada, me volvieron a depositar en el aula, donde la maestra con una amplia sonrisa me acompañó a mi asiento. 
Más adelante, en la secundaria, durante una clase de cultura y estéticas, habiendo estudiado con pasión el renacimiento italiano, frente a una composición en la que una extraña presencia se encontraba de espaldas frente al David de Miguel Ángel,  el profesor le preguntó a un compañero que le dijera cuál era su apreciación sobre aquella figura extraña,  de dónde provenía,  quién podía ser.

— ¡¡¡El puto!!!.

          Sentí un dedo apuñalado mi espalda y la sentencia que resonó en todas direcciones.  Ahora yo era el stripper frente a la clase, con mi sexo retraído y todo el pudor a flor de piel. El puto que se quedaba en silencio mientras el profesor proseguía con las preguntas como si nada hubiera ocurrido, otorgando credibilidad a los hechos o como si quisiera evitar el compromiso de asumir que en ocasiones, una palabra requiere más atención que los atributos de Miguel Ángel  (ser un insulto llamado puto es de lo más placentero, y por suerte aún existe mucha gente que prefiere sufrir). El puto que habiendo perdido otra vez a Niceto, silenciaba su propia voz con la intención de ser invisible. La materia podía evaporarse, como el agua de la ropa tendida al sol, pero yo no tenía la habilidad de mi sombra en el arte de la bilocación, por ende evaporé lo único que podía, la voz. Y, como si fuera una planta, al mismo tiempo que la evaporaba, la respiraba. Desde ese día comencé a trabajar la huerta orgánica en el interior de mis vísceras,  regándola con palabras, sembrándola de emoción.
            La materia orgánica fermentaba y traspasaba la imagen. Me obligaba a tomar consciencia de que aquellos veinte o treinta kilos de más no eran sólo tejido adiposo. Eran el resultado de la maceración prolongada del compost intestinal, lo cual, desde los últimos años de escuela, me obligaban a venteos abdominales periódicos  -¿Por qué el ser humano debe contener los gases, hinchándose como zeppelin a punto de reventar?... por civilidad, nadie tiene por qué tragar la mierda de nadie- Niceto, ¡siempre Niceto!, tan claro y locuaz. Igual no siempre le daba la razón, a veces por terco, otras porque también pertenezco a la imperfección de los seres sintientes ¡Cómo si no viviéramos casi una vida entera cargando la mierda de otros! El invento de la lapidaria y mutiladora culpa, el ego y sus abyectas proyecciones, la bipolaridad con la que se normaliza la vida. Suelo pensar, en un intento por consolarme, que todo tiene que ver con la dualidad. Materia y energía, spin horario y antihorario, dos orejas, dos extremidades superiores e inferiores, dos testículos y dos ovarios, dos riñones, dos nalgas, dos pulmones, dos formas de ver el mundo y la negación del prisma. Menos mal que también existió Heisenberg para darnos la certeza científica de la incertidumbre -¿Qué hubiera sido del hombre sin la ciencia?... Incomodidad, suelta Niceto mientras controla mi mundo desde su Iphone-

            Finaliza septiembre con el rubor de la primavera entre sus días, y esta foto que se desliza de mis manos anunciando resaca sin alcohol; la del asombro -¿Cómo hacen éstos chongos para tener una pija tan grande?... se trucan, o quizá llegaron antes que vos al reparto de dones- Siento las sonrisas burlonas y respondo con balbuceos de desprecio. Cuando Fede se entere que nos echaron porque en su estado de ebriedad manoteó los dones del Strepper, se ruborizará y prometerá no beber nunca más aunque no se lo crea. 
            La estación de los nuevos brotes, equinoccio desfasado que confunde y altera, que se acomoda bajo los antojos y las buenas costumbres de los humanitos, que se tuerce adelantando el ocaso de un solsticio que aún no tiene en sus planes retirarse; todo para regalarnos algunos días más, plenos de festejos y borracheras adolescentes.
            Los seres humanos nos tornamos caprichosos, incluso con la naturaleza. Hacemos todo lo posible por encajar todo en un mismo molde, a costa de lo que sea, incluso de nuestra sanidad. Para no confundir, acomodamos los días, decidimos los sexos, normalizamos la vestimenta y los nombres. Los nombres propios terminados en O son de nene y los que terminan en A son de nena, así nadie se confunde (y yo que siempre quise ser Carla, pero con pito).
             La ambigüedad sucumbe.
           Luego normalizamos la noche del sábado y la salida del domingo por la tarde -¿Acaso no es un buen plan quedarme en casa mirando porno amateur y comiendo chocolate?... shhh, eso no se dice, recordá lo que hablamos del universo público y privado- Otra vez esa vocecita políticamente correcta molestando -¿Por qué no te vas a la mierda?... es que yo también prefiero mirar eso que estás viendo, sonríe Niceto mientras mastica una tableta de Milka-
             Termina el film, y con él mi chocolate. Retomo entonces la lectura de la última novela de Kundera bajo el susurro de la noche y de las sábanas. Sin querer comienzo a llorar. El arte y la literatura logran su cometido. El riego que abona diariamente mi Roxen estomacal brota como una fuente a través de mis ojos y de mis poros. De mi boca emanan las plagas como un grito agonizante. Me retuerzo y jadeo expulsando todos los no que fueron sí y me traicionan en pos de encajar en todos esos preceptos para ser una persona sociable, con doscientos ochenta y tres saludos de cumpleaños en el muro de Facebook cada año (in crescendo), asistencia a eventos de caridad, programando salidas con amigos a lugares en los que nunca disfruto, resignando las ganas infinitas de quedarme en casa al amparo de la música y los libros, de masturbarme a mis anchas, de apagar los teléfonos para que nadie invada este templo que es mi cuerpo, recitar mantras, prender sahumerios, escuchar el canto de los pájaros, comer frutas y almendras, andar en bolas y tomar mate a las tres de la madrugada.

             Y lloro, sigo llorando la falta de coraje, para que finalmente Niceto me devuelva la voz que pueda expresar todos los noes atragantados, para que el habla se torne piadosa y por una vez, por una sola vez en la vida disfrutar a mi modo sin sucumbir al modo de los demás -¿Por qué no puedo gritar y llorar en público manifestando tristeza?... te van a decir depresivo y te van a mandar al psiquiatra, el llanto aguántalo siempre, sentencia Niceto, al menos frente a los demás- Con todas esa normas y convenciones voy a hacer un lindo bollo de papel (doble hoja) y me voy a limpiar la cola… ¡Si tuviera tu valor…!. La soledad es el precio que pagan los espíritus libres.

lunes, 30 de junio de 2014

Bajo el Sol de junio



"Nunca el amor fue tan fácil, profundo, como respirar" 
Georgina Hassan


Me recosté sobre la reposera en medio del jardín, frente al Sol que la tardecita de domingo adormecía tibiamente sobre mi cara. La humedad que se acumulaba  alrededor de mis pupilas comenzó a sentir la agitación provocada por la luz y el incremento de la temperatura. Poco a poco las moléculas de agua vencían el equilibrio entre las fuerzas que las ataban a mi piel y las que les proponían libertad en el aire circundante, evaporándose.
Entonces la sal condimentó mi rostro, sazonando el alma.
Y es qué, luego de una emoción tan intensa; luego de la fiesta que fue para mí haber presentado públicamente Septimizados, uno debe aquietar el estanque, saborear el corazón untado de alegría, inmensa, profunda y agradecida.

Las últimas semanas fueron caóticas, entre el trabajo y la vida, organizar la presentación de un libro, no resulta para nada algo sencillo. Terminar de compaginar los audios con las imágenes elegidas, repasar las lecturas, rearmar una y otra vez el programa, destrabar malos entendidos, ponerme en contacto una y otra vez con los actores responsables, y derivar, sobre todo eso, desligarme de otro montón de tareas, no por irresponsable, más bien por todo lo contrario. Yo no hubiera sabido qué hacer con el sushi por ejemplo, ni con qué dedos tomar los palillos –quizá sí dónde ubicarlos, pero eso es tema de otra discusión-. Tampoco hubiera podido calcular la medida exacta de verduras y condimentos para preparar las tartas y empanadas.  Y tantas otras cosas para las qué, la vida se encarga de arrimarte seres tan necesarios como los que forman la gran familia, la que te toca y la que uno elige -y que te elige, ese contrato invisible como los átomos que está tatuado en el alma-: Claudio, los amigos y los pequeños e imprescindibles peludos patitas de terciopelo, Justina y Aquiles. Los seres que están cerca y los que están lejos, esos con los qué formamos vínculos quizá más estrechos y que demuestran cabalmente que el amor no es cuestión de vecindad, más bien de un puente por el que éste circula libremente.  
Y sí, es sabido que más allá de lo pensado y lo plasmado, de lo ensayado y lo previsto, surge lo imprevisto. Un micrófono que encendido acoplaba y apagado era un estorbo entre mi voz y el público precioso que alegremente se acercó al evento, real y en pensamiento. Ajustes de último momento que le pegaron una buena gambeta al dueño de la sala, obligándolo a armar y desarmar el plan de acción un par de veces. Mis clásicos despistes  y  una videocámara que, desafortunadamente no quiso encenderse.
Lo grato permanecerá y será lo que la memoria evoque, o algo así me dijo Sandra, la ilustradora y copiloto. Y así será, así es hoy, en esta tarde aquietada y serena de invierno, lejos de las luces y el sonido estridente de la música durante la festichola posterior. Rememoro y vuelvo a disfrutar el hermoso momento que pasamos, que construimos y que,  bajo las órdenes de un arquitecto corazón, jamás de los jamases admitirá quejas, pues lo perfecto no existe, y los papelones son mi carta de presentación a la cual hace algún tiempo, dejé de temerles.
Y qué bien se siente. Y cómo se disfruta.
Gracias a todos  por tanto cariño (ahora entiendo el por qué de mis kilos de más) Un brindis y mi mejor dedicatoria para todos: LOS QUIERO. 


Fotografías: V.E.C. (Verónica Edith Córdoba, Verito para los amigos)

lunes, 2 de junio de 2014

Cuento con voz



Aprendemos a hablar desde pequeños. Quién más, quién menos, todos hablamos, todos contamos alguna que otra historia o anécdota personal, todos cuchicheamos o nos introducimos  a veces bajo las sábanas del chusmerío, disfrutando de la orgía entre las lenguas ¡Y qué placer sentimos! 
Quien no puede con la lengua, lo hace con las manos, o con el cuerpo. Todo el cuerpo es un mapa, y sus cartas de navegación dicen mucho más que todas las palabras que podrían acompañar el crucero de la vida, con sus avistajes y naufragios. 
Pero si bien todos lo hacemos, no todos poseemos el arte de narrar. 
La narración oral se aprende, hay escuelas que enseñan sus técnicas. Incluso está en debate actualmente el hecho de si se trata o no de un arte escénica. Yo me animo a responder que más allá de eso, la narración oral es un don, y quien lo cultiva, todo un artista, con o sin escenario.
Rodeados de estantes repletos de libros, en el interior de un edificio que alberga a la tradicional y popular biblioteca Rivadavia de la ciudad de Bahía Blanca, el viernes 30 de Mayo tuve el inmenso placer de asistir a un evento de narración oral, en donde, entre diversos narradores, Laura Faineraij puso su arte a disposición de uno de los relatos de Septimizados. 
La emoción que se siente es indescriptible, por ende, sólo me animo a dejarles por acá el enlace para que puedan escuchar la historia. 
Espero les guste tanto como a mí. Y desde ya, un inmenso gracias a Laura. :)

Hacer clic aquí para escuchar.


(Cuento Con Voz, es un encuentro de Narración Oral que se lleva a cabo el último viernes de cada mes en Biblioteca Rivadavia de Bahía Blanca)

sábado, 24 de mayo de 2014

Ascendio


Recuerdo la primera vez que entré en un laberinto. Fue en Córdoba, en la zona más alta del Valle de Punilla. Allí, recostado sobre los declives occidentales de las Sierras Chicas se encuentra la localidad serrana de Los Cocos, denominada así por la presencia de cocoteros –a los que nunca presté atención, pero intuyo que deben estar ahí- y los árboles de molle –Wikipedia dixit-. Andando por un camino sinuoso, se llega hasta una calle plagada de puestos y casas de artesanos; marco ideal para dar la bienvenida a un parque llamado El Descanso, donde, entre jardines andaluces y esculturas greco-romanas uno se encuentra de repente a la entrada de un laberinto hecho íntegramente de ligustros.
Quienes de eso entienden, aseguran que se trata de una réplica mitológica; aquel que alguna vez hizo construir el Rey Minos, en Creta, para encerrar al Minotauro. Claro que yo lo conocí de muy chico, y nunca había escuchado hablar de ese tipo de criaturas. Hasta la fecha, sólo conocía al hombre de la bolsa, la vieja sin dientes y la bruja del 71. Por ende, para mí era simplemente un jardín con pasadizos, donde había que entrar y  perderse por un rato, para tratar de salir en el menor tiempo posible... Bueno, sobre todo salir, lo del tiempo en un laberinto es relativo y no vamos a entrar a discutirle a don Albert sobre eso.
Cuando me encontré de pié frente a la entrada, los ligustros se transformaron en murallas vivas que me sacaban como cuatro cabezas -tal vez a Mario le ocurrió algo similar cuando era pibe y por eso le puso “4 cabezas” a la productora de televisión-  y si bien no estaba solo, ya que mis hermanos iban conmigo, tenerlos cerca no era un alivio; ninguno conocía la forma de salir de allí.
Nos avocamos a la serendipia de descubrirlo cuando llegados a una cierta bifurcación tripartita, cada uno optó por una y a la cuenta de tres emprendimos la marcha con la intención de llegar primeros al centro, que se eleva en forma de glorieta, a la que sólo podía distinguirle la punta. A partir de ese momento, todo se tornó mucho más vertiginoso, y por momentos desesperante, sobre todo cuando luego de estar dando vueltas sin llegar a ningún lado, chocándome ramas y personas, el cartel que indicaba llegada no era más que un punto luminoso perdido en medio del embrollo arbóreo. En cierto momento de descompresión visceral, sentí transformarme en molécula de agua, que luego de haber estado quince minutos encerrada en un caldero chorreante, me hacia burbuja –así como Baldomero se hace bolita frente a los envistes de Trifonia- para evaporarme, disiparme en el aire y fluir libremente; huir del agobio y la claustrofobia a la que me sometían esas ramas y hojas que por momentos parecían carceleros que me negaban el paso, imposibilitándome escapar, intentando con todas sus vallas atraparme para formar parte del atractivo decorado del paisaje. En eso estaba cuando la tapa me condensó y volví a gotear en clavado hacia el interior del recipiente –sólo voy a revelar que antes de volver a caer vi una nariz con prominentes granos rojos de pus, más algunos pelos gruesos y negros que sobresalían de dos inmensas narinas- El calor era insoportable. Por momentos subía, de a ratos bajaba, hasta que logré adherirme a algo que tenía forma de hueso –me resistí a saber si era o no humano, no insistan- y al hacerlo,  ese otro portal se abrió ante mí. Me encontraba nuevamente en mi forma inicial, en plena crisis de nervios y llanto, cuando sentí las voces de un montón de gente que junto a mi papá, mi mamá y mis hermanos me gritaban “por ahí, fijate, ahí, donde asoma esa rama torcida” -¿cuál de todas?- “doblá a la izquierda, siempre a la izquierda, ¡¡¡nooooo!!!  ¡Esa es la derecha boludo!, para el otro lado” y así, entre el mareo y la náusea, logré con ayuda –o sin ella- escapar de las garras del ahora conocido Minotauro, del señor Tenebroso, del Fauno, de Jorge de Burgos, o del mismísimo Richard Madden, entre otros, para observar desde lo alto cómo esas otras personas se desesperaban subiendo y bajando por diversos pasadizos.  Un momento sin lugar a dudas disfrutable, hasta perverso diría yo, en el que gocé un buen rato, hasta que me invadió la pena y decidí sumarme al coro de voces que, cual hilo de Ariadna, ayudaba a los cientos de Teseos en pos de su liberación inemdiata.  
Prometí volver, y así lo hice. Esta vez metido en un cuerpo que había crecido cuatro cabezas, lo que me permitió sortearlo de un modo más simple y rápido. De chico se observa el mundo con ojos de gigante y de grande, la miopía y el astigmatismo provocan disminución visual y desencanto. Ya no sobrevino la angustia y la asfixia que engendraba adrenalina; tampoco se presentó la posibilidad de abrir ese o esos otros portales que me permitieron habitar otros mundos, todos al mismo tiempo.
Pero gracias al virtuosismo de algunos pocos seres humanos que con arte y picardía nos invitan a revivir, o incluso imaginar momentos, situaciones, mundos y universos, encontré la llave para abrir el sector IVA de mi cerebro –Acontecimientos en Vacaciones Infantiles, de impuesto a las ganancias ya estoy podrido- Fue en el momento exacto en el que Harry y Cedric, ayudándose mutuamente, avanzaron hasta alcanzar la copa luego de haber sorteado los obstáculos del laberinto; la tercer y última prueba del torneo de los tres magos. Al llegar, ambos la tocaron al mismo tiempo e inmediatamente fueron conducidos a través del traslador  hasta un viejo cementerio donde se enfrentaron violentamente con un renovado Lord Voldemort.
Al terminar de leer El cáliz de fuego, la cuarta entrega de la saga de Harry Potter, la escena mencionada con anterioridad me derivó en simultáneo hasta “El jardín de los senderos que se bifurcan” de un tal Borges, demasiado distante de la obra creada por J. K. Rowling en espacio, y aunque la historia y los literatos me juzguen, no en tiempo.
Sí, posiblemente algunos me lapidarán por haber asociado la literatura en esa forma, por haber hilvanado ficciones de semejante –y aparente- discrepancia, pero sin duda, quiénes hayan leído ambas historias, no podrán negar ciertas similitudes, no digo estructurales, más bien de sentido, como aquel que une al átomo con el Universo.
Si aceptamos la idea de que los átomos son los constituyentes de todo el universo observable, y del que no alcanzamos a observar, podríamos comenzar a vislumbrar que siempre hay uno o varios puntos de contacto entre lo que creemos, lo que subjetivamente pensamos y lo que la naturaleza desea expresar cuando, a partir del caleidoscopio cultural y social, acciona la perilla y enciende el foquito de nuestras ideas.
Creo que lo que acerca a la escena mencionada con el relato borgiano, no es simplemente la aparición del laberinto, ya de por sí atrapante y bastante generalizada en la literatura, más bien, es la de transformar ese espacio en una convergencia de tiempos que trascienden el reloj y van aconteciendo en simultaneo, provocando la diversificación de vivencias y emociones de manera perfectamente sincrónica, como aquellas que experimenté de pibe, en aquel pequeño poblado cordobés enmarcado entre sierras, misticismo y encanto.
Pero de eso ya han hablado otros, muchos, y lo han explicado de manera encantadora, de modo que yo me planto acá, y les propongo un juego: El linklaberinto. Consiste en abrir uno de los enlaces ubicados más abajo, al azar, entrar por ese mundo y los que de ellos se deriven, regresar y volver a encontrarnos en los comentarios de este post para buscar juntos la salida ¿se animan?.

1. http://entretextosborges.blogspot.com.ar/2010/03/limites_07.html

2. http://www.youtube.com/watch?v=tR8QgrUyHqI

3. http://www.lehman.cuny.edu/ciberletras/v1n1/crit_06.htm

4. http://www.literatura.us/borges/jardin.html

5. http://bloghogwarts.com/2008/08/01/serie-de-harry-potter-la-tercera-prueba/

6. http://vimeo.com/88105696

7. http://editorialorsai.com/revista/post/n3_harry_potter

8. http://viajarleyendo451.blogspot.com.ar/2013/03/el-laberinto-como-tema-en-la-literatura.html

9. https://www.youtube.com/watch?v=eIjC0L9TvEs

10. https://www.youtube.com/watch?v=AIBZQEAO1-U&list=PLE3AC44190ECCDD64

11. http://www.labolab.net/laberintos-en-el-arte/

12. http://www.labolab.net/mitologia/el-laberinto-de-creta/

13. http://www.taringa.net/posts/imagenes/14200882/Laberinto-de-Los-Cocos-y-el-enigmatico-Paseo-El-Descanso.html





Nota: Si nadie regresa, interpretaré que encontraron la eternidad… RIP.

sábado, 3 de mayo de 2014

De esas noches con encanto


Ayer por la noche, mientras apagaba las luces de la biblioteca, la suave melodía de un piano me hizo estremecer de emoción. Era extraño porque todos los parlantes de la casa estaban silenciados. Guiado por la curiosidad, me dirigí hasta la computadora que aún seguía encendida, para buscar entre esas páginas que se abren y comienzan a sonar, el origen de la música. De todas maneras, lo que escuchaba se asemejaba más al sonido porducido tras la apertura de una vieja caja musical, que a los estridentes ruidos invasivos de la publicidad virtual.
Era algo  cálido,  tenue; invitaba a cerrar los ojos y dejarse llevar…
Permanecí algunos minutos en ese estado de quietud y paz, escuchando el piano, sin preocuparme por intentar dar con el nombre  ni el autor de la pieza; sin siquiera pensar. Esa calma agudizó mi sentido auditivo y dirigió posteriormente mis pasos hacia la fuente de donde emergían los acordes.
Me encontré nuevamente en la biblioteca, ojeando un libro que había transformado el siete de su tapa en notas musicales, y todas las palabras de la página 29   en pentagramas, que una virtuosa y entrañable profesora de música leía afanosamente posando sus delicadas manos sobre las teclas del piano en que se habían transformado los libros del librero.
Más allá de lo que digan las malas lenguas de aquel mal educado y septimziado libro, Sarita Cappelletti aún transita las aulas bahienses, sembrando arte y tocando las cuerdas en los corazones de pibes cascoteados y humildes, que bucean desesperados en los límites de su identidad tantenado la salida de emergencia.
No hay nada como la música para lograrlo. Ella lo sabe, ellos también, y yo tengo la dicha de tenerla como concertista permanente entre las palabras que los evocan.
Gracias por la visita, por tus historias, por tu alegría que contagia vida, por honrarnos con tu grata presencia. Y gracias por lo que se viene…