Material exclusivo para utilizar en el baño

jueves, 23 de diciembre de 2010

Más cumpleaños, menos nochebuenas



Es la víspera de una festividad religiosa con la cual hace tiempo ya no comulgo ni me representa, un festejo que ha ido perdiendo brillo y sentido a lo largo de los años y que hoy por hoy, sólo es un motivo para juntarse en familia a comer y a brindar sin saber muy bien por qué.
Recuerdo que cuando era chico, la magia de la Navidad era especial y única. Llegaba diciembre y eso anunciaba la llegada del verano, las puertas abiertas a las vacaciones, el emotivo encuentro con los adornos, las luces, las guirnaldas y todo el arsenal que envestía el folklore de armar el arbolito y colocar a sus pies el pesebre y las cartas a Papá Noel.
Me encantaba armar el arbolito de navidad, era mi parte favorita. Luego, me dedicaba con esmero a preparar tarjetas y salutaciones navideñas, cada año un motivo diferente, pero siempre artesanales. Ya en noviembre comenzaba a diseñarlas, a juntar la plata para comprar los materiales y amontonaba ilusión acopiando ganas. En diciembre comenzaba a armarlas porque algunas viajarían por correo y es sabido que en esas fechas el tráfico postal es intenso y todo se demora más tiempo del común. Por lo que, me apresuraba a preparar aquellas que debían ser depositadas en el buzón y disfrutaba cada detalle, cada momento de encuentro entre mis manos, mi mente, mi emoción y esas tarjetas. Del mismo modo disfrutaba mi viaje al correo, hacer la fila, esperar mi turno, despachar mis cartas con la ilusión de que lleguen a destino a tiempo e imaginando el rostro de mis seres queridos al abrirlas y llenarse las manos de color y los ojos de brillos.
De hecho, era tanta la adrenalina propia y de todos, que en general hasta yo mismo olvidaba mi cumpleaños. Nacer un 24 de diciembre no es sencillo, ni para la madre ni para quien cargará toda su vida con ese ritual festivo. No recuerdo casi ningún festejo de cumpleaños, no recuerdo siquiera salutaciones, momentos especiales vividos ese día. Todos siempre giraba en torno a la cena familiar de Navidad en la que sí, se acercaban a saludarme, pero no con la intención de mi cumpleaños como meta. Creo que eso ha marcado una tendencia en mi vida, la de rehuirle a las fiestas y a la masividad, la de ni siquiera festejar mi propio cumpleaños aún ahora que ya estoy grande y podría hacer lo que me diera la gana.
Si bien no tengo registro concreto de mis cumpleaños, cada tanto, para estas fechas, me envuelven otros recuerdos y no puedo evitar abandonarme a ellos, riendo en ocasiones, llorando cuando en algún rincón de la casa me tropiezo con alguno, una nota, una canción, un dibujo o alguna de esas hermosas cartas que yo también recibía y que me hacían cosquillas en la panza cuando el cartero las dejaba en la puerta.
Me doy cuenta que hace mucho tiempo dejé de abrir los cajones que atesoran esa parte de mi vida y que aún descansan en la casa de mis viejos. Nunca quise llevármelas, nunca más volví a encontrarme con ellas pero paradójicamente las dejé allí, quietas, dormidas, aguardando latentes un tiempo en el que sean nuevamente develadas y se transformen en aquellas pequeñas cosas que , al buen decir del Nano, nos hacen llorar cuando nadie nos ve.
Pasó el tiempo, mucho tiempo y los hábitos cambiaron como la vida misma. Ya no llega el cartero a tocar el timbre de la puerta, ya no me emociona la llegada de la navidad, ni siquiera pierdo tiempo en armar un árbol que no tengo y que no añoro poseer. Ya no se ensucian mis manos de brillantinas y fibrones ni se pegan mis dedos con plasticola ni se enrieda entre mis manos una lapicera para garabatear mi letra y mi emoción dibujando una carta con círculos y espirales.
A cambio, ahora me siento aquí, frente a este monitor y voy plasmando mi sentir con grafías que la computadora me presta y que, gracias a las virtudes de la tecnología, hace que mi letra se dignifique. Y me dedico a saludar a mi gente con un saludo que es más un compromiso que un augurio.
Si bien no soy festivo ni amante de las fiestas, quiénes me conocen lo saben bien, adoro celebrar la vida y el encuentro con la gente querida, si es posible en forma íntima, de vez en vez, de a poco, degustarla y saborearla hasta la última miga de tiempo. Es por eso que, a partir de mañana, mi celebrar tendrá el color de los globos y las guirnaldas de cumpleaños, tendrá la emoción de la visita recibida y del abrazo cálido de quién se acerque, las vivencias de lo cotidiano y el sentir urgente de la vida que nos late
El 24 de Diciembre ya no será nochebuena para mi, simplemente será mi cumpleaños y me dedicaré a celebrarlo de la mejor forma que un ser humano puede hacerlo, agradeciendo y viviendo.


lunes, 13 de diciembre de 2010

Los caminos de la vida

Los caminos de la vida (desconozco el autor)


“Los caminos de la vida

no son como yo pensaba
no son como imaginaba
no son como yo creía
Los caminos de la vida
son muy difícil de andarlos
difícil de caminarlos
y no encuentro la salida”


Así comienza una de las tantas letras de las canciones de Vicentico, el ex vocalista de Los Cadillacs y también así comienza la versión doblada al castellano de la película que me dejó el corazón en la mano y la mente dislocada ayer por la noche.
El film se titula 3 needles, que si no me equivoco, literalmente sería “3 agujas”. Bien, por esas cosas de los derechos de autor y quién sabe qué otras monedas, la película para los que vivimos de este lado de acá es conocida como “Los caminos de la vida”, dirigida por Thom Fitzgerald y protagonizada entre otros por Shawn Ashmore, Stockard Channing, Olympia Dukakis, Lucy Liu, Sandra Oh y Chloë Sevigny. Narra tres historias en serie que ocurren en lugares muy distantes geográficamente y que poseen costumbres y culturas muy diferentes, estando unidas por un mismo hilo conductor: la enfermedad y el vínculo entre padres e hijos.
La enfermedad aparece siempre como un sujeto tácito dentro de la historia. Se percibe su presencia en forma permanente, está inmersa en los diálogos de forma implícita, conecta los fotogramas entre una historia y otra, asusta, ahuyenta, mata, pero jamás se la nombra.
No es casual que esto sea así, ya que, como todo aquello que genera desasosiego y está íntimamente ligado a lo carnal y a lo pecaminoso –herencia de una tradición juedo-cristiana-, permanece en el imaginario de la gente como un fantasma imposible de ser nombrado, generando dudas, temores y confusión, culminando por cobrar, una cruenta cuota de resignación y soledad.
Es curioso como, sin embargo, la enfermedad se lee, es leída por cada uno de los protagonistas en cada uno de los relatos, resignificando y estrechando los lazos parentales de una forma íntima, poniendo en juego todo lo que cada uno, dentro de sus esquemas de comportamiento, es capaz de hacer por el otro, aún si esto, supone ir en contra de las propias creencias.
En la primera historia, situada en una aldea china, una mujer embarazada compra sangre a los granjeros que necesitan el dinero para poder hacer frente a su vida y paliar la miseria en la que se ven inmersos, sin darse cuenta de que está, poco a poco, sembrando parca en lugar de arroz y abundancia.
En la segunda historia, situada en los Estados Unidos, un actor de cine porno decide mantener en secreto su enfermedad para no perder el trabajo, mientras que su madre, al descubrirlo y temiendo lo peor, por no hablar, por no informarse, por hacer el bendito silencio que, al buen entender de Benedetti, casi siempre resulta más ensordecedor que mudo, decide hacer su propio trato con la muerte para poder cuidar de él y brindarle lo mejor en los pocos años que ella cree que vivirá.
Y en la tercera historia, anclada en el corazón de Sudáfrica, una monja intercambia favores para salvar la vida de niños enfermos de innombrable, convencida de que es la vía directa y más rápida para brindar su ayuda humanitaria ante la mirada de un Dios distraído que colecciona milenarias oraciones sin efectos visibles.

Existe una creencia popular en Sudáfrica que se ha extendido de boca en boca, como todas las historias, los mitos y las leyendas. La historia cuenta que, un brujo le contó a un portador de HIV que para eliminar el virus debía tener relaciones sexuales con una virgen. Esta historia creció y se propagó por todo el terruño y así comenzaron a aparecer cada vez más casos de niñas violadas y portadoras de HIV, aumentando notablemente el número de enfermos.
Pero las violaciones no tienen como única presa a las niñas pequeñas. Los poblanos, a sabiendas de que bajo el velo y el hábito de una monja se oculta, en ocasiones, virginidad santa, no dudan en probar suerte con alguna de ellas si tienen la ocasión.
Una de ellas, luego de ser brutalmente violada y asesinada, afirma desde lo alto

“No puedo culparlos, me pasé una vida creyendo en una Virgen”

Con esta certeza voy cerrando este post, convencido además de que, los caminos de la vida nunca son lo que esperamos, son lo que merecemos mal que nos pese a veces, nos guste o no otras tantas.

Habrá que hacer migas con ella y vivirla así, sin más.


 
PD: No soy crítico de cine ni mucho menos, sólo dejo mi impresión del film, pero si gustan se las recomiendo, más allá de las historias fuertes y conmovedoras, tiene una fotografía bellísima.



domingo, 12 de diciembre de 2010

Contar con un segundo plan


Amadeo Modigliani


A veces, nuestro psiquismo necesita las formas del arte para canalizar emociones encriptadas en lo más profundo del inconsciente. La energía psíquica debe liberarse, debe retroalimentarse haciendo que todo el mecanismo mental funcione de manera más o menos óptima. Cuando no logra su cometido de forma directa, es decir, un grito, un golpe contra la pared, un insulto en el momento oportuno o dar rienda suelta al llanto cuando éste así lo requiere, nuestro cerebro recurre a formas indirectas de hacerlo y allí el arte, en toda su expresión, cobra el mayor de los  protagonismos.
Para lograr canalizar emoción, el arte no necesita ser bueno ni excelente, basta con que toque las fibras de nuestra emoción en el momento indicado.
En ocasiones suelo hacer catarsis aún sin proponérmelo previamente. A veces me sorprende de tal forma que me encuentro de repente tiritando de emoción ante el fotograma congelado de un film, soñando con el paisaje de una vida en otros escenarios o simplemente llorando ante el recuerdo de una vivencia o sentir inconcluso de una herida que se niega en cicatrizar.
Me pasé una semana de catarsis, todas vehiculizadas a través de la pantalla, tanto a través de películas como de series televisivas.
La primera fue “Bajo el sol de Toscana”, y no pude más que recordar otra vez mis paseos per la città del Dante y sus colinas amarillas de mirasoles y coloridas de tulipanes. Otra vez recorrí con vértigo y adrenalina las sinuosas calles de Positano y de la costa amalfitana y nuevamente volví a soñar con una casa bañada de ese Febo que rocía los campos de un ocre pastel; una verdadera casa en el corazón de la campiña italiana.
Luego, me tope en youtube con “sutiles diferencias”, una serie de la fundación huésped que no se caracterizó por las buenas actuaciones pero que si contó una historia que era una deuda dentro de la televisión pública argentina, una historia que había que contar, como sea, como se pudiera pero contarla al fin, como lo hizo la gente de la fundación.
Contar la situación de personas que viven con HIV no es fácil. Contar la historia de una familia que se entera que un integrante de la misma es gay no es tampoco, una historia sencilla de contar. Pero ellos se animaron a contarla, y lo hicieron en poco tiempo, y si bien una hora no alcanza para transmitir la sensación de lo que una vida siente al cabo de muchos años, la contaron, y entre todo lo que se animaron a contar, contaron como una madre, al enterarse que su hijo era homosexual, se cuestionaba el no haber sabido verlo, se vuelve a cuestionar el prejuicio de haber querido encasillarlo en un modelo único de vida familiar para el que su hijo no estaba ni estaría preparado nunca.
El mensaje llega, al menos a quiénes vivimos situaciones similares, llega y moviliza, desarma, quiebra y hace romper en llanto en ciertos momentos.
Ayer por la noche, luego de cancelar todos los programas que tenía previstos con el deseo de poner pausa a mi cotidianidad, me dediqué a ver una película que hacía tiempo quería ver, se titula "Plan B" y es la ópera prima de un director argentino, Marco Berger. No de más está decir que ganó muchos premios con dicho film, el cual no cuenta con actores de renombre y que en sí, paradójicamente, encierra una historia en la que nada pasa y en la que sucede todo.
Básicamente, la sinopsis se las podría resumir así: Bruno decide recuperar a su ex-novia luego de un ataque de celos que le provoca verla con otro hombre. Como no funciona la forma convencional de volver a estar con ella, pone en marcha su plan b que consistirá en seducir a su nuevo novio, Pablo.
Me desarmé de ternura al ver a dos hombres descubriendo su verdadera identidad sexual. Lloré con Pablo, me enredé en sus camas, entre sus pensamientos, volví también el tiempo atrás y tuve doce años, catorce, dieciséis y estuve toda la noche con la luz apagada charlando con un amigo cuando se quedaba a dormir en casa. Volví a jugar con un balde y una palita, me tiré a mirar el techo y me puse a divagar explicando el mundo con los ojos de un niño. Y de pronto, siendo hombre, otra vez me dejé llevar por esa torpeza que nos caracteriza a la hora de manifestar el cariño, esa tosquedad, esa practicidad con la que a veces resolvemos el conflicto.
Nunca había visto hasta hoy, un film que capturara con tanta precisión, el momento en que dos hombres se dan cuenta que se gustan, que se quieren, que se quieren para ellos mismos, que se celan, que se miran en secreto y cuando duermen, semidesnudos, añoran explorar esa otra piel, acariciarla y tocarla hasta fundirse en ella.
Pero Marco se animó a contar esa historia, quizá no de la mejor forma para una crítica exigente, pero la contó, y la contó bien y me llegó al corazón y al alma y no pude evitar colarme en la habitación de Bruno y de Pablo, cuando, llegando el final del film, dejan a un lado sus propios prejuicios y vencen el miedo convencidos de que, todo lo que causa el peor de los miedos es lo que más vale la pena hacer. 

 
 
Si quieren escuchar una crítica a lo Felisa sobre PLAN B, no dejen de pasar por acá,
 
 
Las críticas que para mi, valen la pena...


viernes, 3 de diciembre de 2010

jueves, 25 de noviembre de 2010

El arte de contar...


Fuente: Aguatinta

Antes que nada quiero agradecerles la visita a todos los que a diario, semanalmente o de vez en cuando pasan a leer o escuchar música, agradecerles también los comentarios que van dejando, las impresiones; agradecerles la compañía aún en mi ausencia.
Hace un tiempo que no me detengo en esta parada y es que, cuando no se encuentran las palabras para contar, es ridículo forzar la emoción y las ganas....
En mi viaje diario salteo esta ruta, me desvío, viajo en diferido, la pospongo y la evito sin remordimientos (al menos ahora).
Hace un tiempo me pesaba no poder dibujar en palabras un pensamiento, decodificarlo, hacerlo letra y comunicarlo.
Pero una amiga querida me dijo hace poco que hay que saber tener paciencia, sobre todo con uno mismo. ¡Tanta paciencia le tenemos a otros, a veces a quién no la merece!
En ese viaje diario busque, revolví, revoleé todo lo que puede hasta encontrar el equipaje de la paciencia y claro, no fue fácil, pero poco a poco la fui descubriendo hasta que pude robarle el atuendo en un descuido y vestirme con él.

Así, ya no me pesó no volver, no detenerme por acá.

Hay un tiempo para todo y lo que sucede, siempre es lo que debe suceder.

Y como diría Teresa Prost, siempre hay "Algo para contar"



Otras estaciones me estaban aguardando, por ejemplo, la jornada internacional de narradores orales que se dio cita en Bahía Blanca a principios de mes y a la que asistí con mucha curiosidad y mucha duda ya que desconocía las fibras íntimas que movilizan ese mundo de la expresión y la palabra.
Nada sucede por azar y allí estaba yo, envilecido, embobado, motivado, encendido, emocionado, embellecido por tanta maravilla, por el arte de la palabra hecho acto, representado en mil gestos, en un puñado de cuentos que cobraban vida tras el manto perpetuo de la voz y el cuerpo de los narradores.
Uno vuelve a ser niño cuando desde el escenario o desde la mesa de un viejo café le narran un cuento. Uno vuelve a creer en la magia y en las hadas, vuelve a soñar despierto y comienza a vivir tantas vidas que sería imposible hacerlas caber en los años que vamos transitando.


(Graciela, Silabario, Marce, Ana... todos en las vísperas de la cita internacional de narradores)

AGRADEZCO a todos los que hicieron posible este maravilloso encuentro, primero a mis secuaces de la foto!!!, luego a Elvia, a Claudio, a Marita, Ányela, a Claudia, Edda y a todos los que enriquecieron esta hermosa cita.

Algo me hace cosquillas en el alma, me moviliza las emociones.
Otra vez el deseo es presencia y es acto.
Otra vez vuelven las ganas...

...por ahora las ganas de pasear por aquí, saludarlos, dejarles alguna historia, aunque no sea la que esperan (¿esperan algo especial?). En fin, simplemente decirles nuevamente gracias y regalarles un textito para quien guste pasar y leer.

¿Quién se anima a pasear un poco por la historia de la química?... Es cortito, bastante simple, vamos, que todo es aprendizaje y en todo hay emoción!...

Seguimos en contacto!!!

Saludos cordiales para cada uno!!! :)

PD: El texto lo encuentran en la entrada anterior.

Atómica Revolución

(Rafael: La escuela de Atenas - Museo Vaticano)


La teoría atómica surge en el contexto filosófico de la antigüedad con la intención de resolver el gran problema del “cambio y la permanencia”. Para los filósofos de la antigüedad, las cosas cambiaban mientras otras permanecían inalterables, pero la cuestión era poder describir ¿cuál era la esencia del cambio y cuál la de la permanencia?. Heráclito y Parménides fueron quiénes dieron las primeras respuestas filosóficas y mientras el primero inclinaba la balanza del pensamiento hacia lo permanente, el segundo la inclinaba hacia el cambio. Para el primero todo cambio era ilusorio y para el segundo lo ilusorio era lo permanente.

Allá por el año 300 a.C., Demócrito –influenciado por Leucipo, 450 a.C.- buscó la solución a este dilema y para poder responder a ello de una manera amoldable, propuso lo que más tarde Dalton retomaría para postular la primer teoría atómica. Podemos escribir dicha “teoría” –período de preciencia- de la siguiente manera:

 
1. Todo el Universo es átomos y vacío.

2. Los átomos son invisibles.

3. Los átomos son indestructibles, indivisibles, eternos e incambiables.

4. Hay muchos átomos distintos.

5. Los átomos pueden agregarse y disgregarse para formar todo lo que a nuestro alrededor existe.

De esta forma se resolvía el problema de la permanencia y el cambio, los átomos y el vacío permanecen mientras que el agregado de los átomos cambia. Esto explicaba por ejemplo el misterio de la muerte; “nada de nuestros seres desaparece, sino que nuestros átomos se disgregan”. –ciencia normal-
A esta corriente filosófica se la conoce con el nombre de “atomismo” en honor a la “fundación” del átomo, algo que podía (y puede) vivir en la imaginación de aquellos filósofos pero difícilmente visible y tangible, lo que le valdría, años más tarde, una vuelta de cara por parte de los adeptos al empirismo y al positivismo.

A los átomos se los imagina para dar coherencia a todo lo que observamos.

Esta primera “teoría atómica” tuvo sus enemigos. –Anomalías y crisis- Primero, por parte de los estoicos para quiénes la idea de vacío era absurda ya que allí, en lo los atomistas situaban la “nada” ellos situaban la inteligencia divina o el Dios Creador. Es más, para estos últimos, los atomistas eran considerados ateos, farsantes y hasta faltos de moral.
Luego en la Edad Media, estas ideas fueron atacadas por la Iglesia Católica, quienes habían adoptado las ideas Aristotélicas gracias a Tomas de Aquino. Ya todos sabemos que estas ideas fueron concebidas como un dogma y no fue fácil para muchos hombres de ciencia, animarse a pensar lo contrario. Uno de estos hombres, Galileo Galilei (1600), se animó a hablar de experimentación –Revolución científica- y de hecho, superando la guillotina y con un poco de “gracia”, logró convencer a la Iglesia, la que, entre otras cosas, empezó a ver con buenos ojos a los queridos átomos griegos –ciencia normal-. Años más tarde, esta idea del átomo fue desterrada por los mismos científicos –positivistas y empiristas- ya que el átomo no era una entidad observable. No servía, o no se amoldaba a los nuevos paradigmas. –Anomalías y crisis-
Luego llegó Lavoasier (1700) con su ingenio paracientífico y Dalton (1800 -1803), quién aprovechó el sutil trabajo de los antiguos griegos y la astucia del francés para re-proponer la teoría atómica, pero esta vez bajo el aval científico, constituyéndola en la primer y verdadera teoría atómica –copia casi fiel de la propuesta por Demócrito-.
Fue en este punto dónde comenzó la verdadera revolución científica, dando comienzo a una nueva ciencia que dio en llamarse química, en honor a aquellos viejos alquimistas, que ocultos en sótanos y cubiertos de simbologías raras, lograron hechizar a más de un incrédulo. (…)

miércoles, 22 de septiembre de 2010

Mientras duermes...



Mientras duermes y la tos no me deja dormir, mientras maldigo a la bronquitis y me levanto a prepararme un té, vos te precipitas para ofrecérmelo, cobijando mi espalda, intentando por todos los medios posibles que no me destape y que no tome frio. En eso te sostengo la mano y te digo que dejes, que no te molestes, que yo me levanto, que descanses, que mañana vos no tenés licencia laboral a pesar de tu resfrío y tu congestión que ya se ha contagiado de la mía. Más allá de todo, porfiado y cordial, igual insistís. Buscás persuadirme de todas las formas posibles para que me quede en la cama como recetó el médico, pero mi caricia y tu somnolencia te vencen o te convencen y finalmente te quedás y te das vuelta. Me das la espalda y entonces yo te cubro y me tiro encima, destapándome, jugando a estar sano desafío tus retos y tus ronquidos que mientras protestan entre dormidos no logran convencer a mi mano para que te tape la boca y te bese el cachete que cubrís con tu mano. Te digo te amo moviéndote el pelo y me sonreís, entre medio de una oscuridad que tus labios encienden.
Te molesta que no descanse a tu lado en una noche ventosa porque el viento hace temblar las persianas y sus quejidos te asustan. Te molesta que me desvele y que te deje solo en la cama en la que te apresuras a tomar mi lugar aferrado a mi almohada y te molesta este ruido de teclas que buscan la soledad de un espacio libre de tu presencia. Te molesta que las patitas no se enrosquen a tu pierna sedando tu descanso y mientras todo eso te molesta te levantas a fumar en la cocina sin encender luces para no despabilarte del todo. Volvés a la cama cerrando la puerta y con el mp3 en tu oreja, diciendo hasta mañana. Es mentira que dormís, sé que me estás esperando y no puedo dejar de amarte y de recordar ese último instante en la cama, justo antes de decidir levantarme mientras te miraba y te amaba.
Y es que cuando dormís sos como un nene y yo muchas veces me quedo mirándote porque experimento una ternura infinita, una que no tiene ni punto final ni comas ni paréntesis y puedo quedarme un largo rato sintiéndote dormir. Me recuesto en tu cuello y te observo mientras el led del reproductor de audio encandila el entorno desde su pequeñez que la sombra agiganta. Y te miro y te acaricio la espalda, la cola y las piernas, despacio, muy despacio, para mimarte sin despertarte, para que sueñes suave y sientas cosquillas de sueños bailando en tu mente. Y entonces recuerdo tus palabras, cuando me besabas antes de acostarnos y me decías que querías resfriarte siempre conmigo. Sin querer derramo una lágrima y me emociono doblemente.
Mientras tomo mi té y te recuerdo sabiéndote del otro lado de la habitación, ocupando mi sitio, escuchando música que te distraiga de mi ausente presencia que a toses te asaltan, un profundo deseo de cobijarte me invade y deseo abrir las ventanas para volver a mirar las estrellas y pedirle a la luna que apague esta tristeza que me acompaña hace días y aliviane la tos y me acune de cansancio para rápidamente volver a tu encuentro, acurrucarme a tu espalda, quitarte el auricular del oído y susurrarte que cada día que pasa siento que te amo más, que mi amor se ensancha y que te necesita para seguir adelante…
Me río, recuerdo el martes de la semana pasada en la que nos levantamos con sendas marcas en nuestros cuellos. Hematomas morados y delatores de todo el amor en el que solemos enredarnos cada día como dos adolescentes en ebullición hormonal. Me río porque aquella mañana hacia calor y yo tuve que ponerme el polerón sintético para poder cubrir un poco la evidencia, una que no me gusta esconder porque adoro llevar tus marcas en mi piel, pero que es motivo de risas y burlas para todos aquellos que no saben disfrutar el amor de la forma que vos y yo lo hacemos. Me río porque esa mañana terminé entrando a una perfumería céntrica y por primera vez en mi vida compré rubor para cubrir un poco las manchas y desatarme del calor que me sofocaba al mediodía. Una mujer muy simpática me atendió y con paciencia femenina me probó uno tras otros los diversos tonos hasta dar con uno que más o menos se disimulaba con mi piel al mismo tiempo que decía que hoy en día las chicas estaban terribles. No puedo evitar la carcajada, tan o más fuerte que la que por dentro me invadió en ese momento en que para mis adentros pensaba, ¡si usted supiera los huevos que tiene esa mujer!.
Y luego me asalta como un fantasma trasnochado, el episodio del sábado, cuando un poco alcoholizado después de la fiesta de cumpleaños de uno de tus amigos, sensibilizado por todo lo que venías viviendo y aguantando, discutimos y sin dejar arrimarme, con tus ojos llorosos te desnudaste de una forma que me daba pena y miedo y tuve que contenerme mucho para evitar el impulso que la ternura me animaba a abrazarte y acariciarte para consolarte y tranquilízate, llenándote la mejilla de besos. Y luego el ritual de siempre, vos quedaste satisfecho y en orden y yo quedé rengo una semana, asimilando tus palabras, intentando argumentar tu angustia, entenderla, objetivarla, acercando cada vez más tu corazón al mío
Mientras tanto, mientras todo este amor crece, mientras este proyecto se agranda y se alimenta, siento la estreches de las paredes que en forma proporcional se achican y aplastan los brotes.
Mi familia no te conoce, tampoco mis amigos, la mayoría no saben de tu existencia o la suponen, que no es lo mismo. Algunos, quizá, no dudarían en alegrarse con lo nuestro, a otros les costaría, lo sé, y eso, si bien no es problema nuestro, me duele y me entristece porque me limita en mis acciones, me entorpece, me aliena y me distrae.
¿Cómo explico en la escuela que ese día falté porque te sentías mal, cómo justifico esa ausencia? ¿Cómo evitar los retos o la mentira? ¿Cómo no vestirme de evasión? ¿Cómo explicar a mis padres que si no voy a almorzar un domingo es porque almuerzo con vos y que si bien me gustaría hacerlo con ellos, me gustaría hacerlo todos juntos? ¿Cómo evitar el tironeo constante? ¿Cómo parar de ocultar lo que no deseo ocultar pero que no me animo a no hacerlo?
Y entonces me salva imaginar bacterias jugando al fútbol con los virus, utilizando los futbolenos de Fuller, aprovechando los encantos de la alotropía y la maravilla del carbono que además de darnos vida, nos permite imaginar un nanoscomos en el que todo es posible, incluso encerrar moléculas en carteras de nanotubos. Y entonces es cuando me levanto y me sumerjo en mis lecturas y en mi pantalla que hace muchos días permanece blanca de impotencia, implorándome que la llene de lo que sea, incluso de éstas, mis trasnochadas y sentidas emociones que se micro esconden, como las moléculas, en los nanotubos de mi inconsciente.
Te siento toser, temo que otra vez te ahogues y pierdas el aire. Me distraigo de mis divagues y ya no puedo seguir escribiendo.
Estoy otra vez acariciando tu espalda mientras lentamente nos mimamos y ya insomnes volvemos a hacer el amor hasta quedar exhaustos minutos antes de despertar el día.



Pido que las noches no se quiebren en tu luz
Y que las ventanas sean grandes para el sol
Cuando los almendros no se pasen de estación
Buscaré más flores para darte mi canción de amor.

Pido atardeceres en los cielos de Beltrán
Y que tus mañanas siempre sean para hablar
Cuando los jardines no se pasen de estación
Buscaré más flores para darte mi canción de amor.

Y si vos querés te voy a buscar
Para que los días no se vayan sin pensar.
Y si vos querés te voy a buscar
Y dejamos los caminos libres de humedad.

Pido tu mirada más alegre para mi
Y que toda el alma se disuelva en el amor
Cuando los almendros no se pasen de estación
Buscaré más flores para darte mi canción de amor.

(Lisandro Aristimuño - Canción de amor)

jueves, 2 de septiembre de 2010

Recomendación Silabaria (a lo Grandes)

Almudena Grandes tiene, además del don de la palabra y la escritura acuñados a su mente y sus dedos, la capacidad de describir las emociones humanas de una forma profunda y transparente, como la claridad de un espejo de agua tropical. Finalmente terminé Los Aires Difíciles con esa tristeza de dar giro a la última página deseando otro capítulo, otros fragmentos, otro final posible, tan posible como el posible que ella eligió.
Dos personas se conocen promediando la mitad de sus cumpleaños. Juan, un hombre con una historia pasional en andas, con una cicatriz profunda en el corazón se traslada a un pueblo costero con su familia para empezar una nueva vida. Sara, una mujer atravesada por el rencor de una infancia dolida aguarda vientos de cambio tras el cristal de una casa desde donde ve llegar un auto del que descienden una niña, un hombre algo torpe y Juan, quien sale dejando una estela de pasiones suspendidas en el alma.
Y así comienza un tránsito y un viaje en dónde ambos, con sus secretos a cuestas y el anhelo de dejar un pasado escondido hasta de los recuerdos, intentaran sobrevivir a la persecución y el acecho de los mismos pidiendo ayuda al lector. Para ello utilizarán de intermediaria a una gran (des) escritora que nos pone en conocimiento de todas sus miserias y de todas sus nostalgias, para que les demos cauce, para que vuelen a través nuestro y encuentren calma. Así, ambos, solaparán sus búsquedas personales, ahuyentando los fantasmas del pasado, acentuando un vínculo afectivo y compañero en pos de una construcción identitatria.
Construir la identidad es una tarea diaria y permanente. Es un trabajo de jornada completa y sin feriados ni francos. No se suspende por mal tiempo y quizá, es justamente ante la adversidad del clima cuando el pronóstico se vuelve más constructivo. Juan y Sara lo saben, al menos en forma empírica, lo experimentan, como lo hacemos todos a diario. Saben además que esa construcción está íntimamente ligada al entramado social y cultural de la realidad que cada uno ha vivido y aquella que comienza a conjugarse en el presente, desde el primer momento que los aires difíciles son removidos y barridos por los nuevos aires del levante.
Una historia densa en palabras y a su vez, rica en emociones. Una historia que nos invita a conmovernos y a remover en nuestro interior ese pasado mediato que aún insiste en soplarnos la nuca, enfriándonos, desvelándonos. Una historia para reflexionar sobre lo que fuimos y lo que somos en pos de proseguir en esa búsqueda y construcción permanente de los rasgos propios que nos identifican y nos hacen únicos.
En la vida las condiciones están dadas para que todos experimentemos la felicidad, depende de cada uno asomarse a su interior, animarse a encontrarse y con esa renovada mirada, ver el entorno y elegir el camino que ya fue, de antemano, preparado para cada uno. En eso consistirá el viaje de Juan y Sara, la misión del lector será acompañarlos haciendo a su vez su propio viaje en el que Almudena lo deslumbrará con sus palabras y su arte.

Pero esto es sólo la impresión de un lector, si desean acá les dejo un enlace a lo que ha dicho la crítica:


Los Aires difíciles fue llevada al cine, no he visto el film pero les convido el trailer...


¿Cómo se hace una novela? Almudena Grandes nos tira algunas pistas...


Y bueno, para ir cerrando este capítulo almudenariano, les convido una entrevista deliciosa que acabo de escuchar.


Hasta la próxima recomendación! Saludos silabarios para todos.

miércoles, 1 de septiembre de 2010

Entre el Sol y su magia

Un veintidós de agosto del año que eligió nacer, Edus Cortés le dio la bienvenida a la vida y con ella al placer de celebrarla. En cada uno de los más de cien cumpleaños que el aseguraba poder festejar en este viaje terreno, no descansaría hasta lograr la evolución necesaria para alcanzar la próxima existencia. Al menos fue eso lo que me contó, y hoy por hoy, conociéndolo y sabiendo de su Sol y su magia, no me animaría ni siquiera a dudarlo.
Por esos días, el ocaso en los brillos azulados de Regulus, el poniente blanco y cristalino de Denébola y los ocres naranjas de la gamma Algieba reflejándose entre ambas, otorgaban a la constelación de Leo la última oportunidad de ese año para coronar a quien, desde una posición terrena y sólida, llevaría a cabo otra de sus milenarias misiones en la Tierra, aquella de ser luz de pleno sol entre el corazón de su gente, derramando sobre ellos paz, amor y magia, mucha magia.
Edus y Leo se eclipsaron entonces, el primero decidido a poner a prueba aquel deseo caprichoso y vital que había implorado a los dioses en tantas otras vidas, un deseo de inmortalidad cuyo plazo sería determinado por su mente más allá de su naturaleza humana. Claro que esto no sería gratuito, los dioses suelen ser buenos prestamistas cuyo interés suelen cobrarlo cuando ya la inmensidad de las diferencias nos torna inalcanzables. Edus lo sabía, conocía las reglas y sabía que ese precio a pagar sería parte de su crecimiento. Como era un retador de desafíos y era consciente que lo olvidaría en el mismo instante que su madre abriera las compuertas de su entrepierna y el doctor lo pescara como un pez, al escuchar el sí, se cubrió de alegría, se posicionó cabeza abajo y pujó hasta romper aquella bolsa que segundos antes lo vinculaba atemporalmente con el universo.
Leo, en tanto, más cauteloso y seductor, apelando a su paciencia felina, aprovechó la oportunidad de aquel regalo, algo que siempre hacia con todos los nacidos bajo su estrella, para extender su ego alumbrando la magnífica belleza de los dorados ojos de Edus, marcando así, el sello de su regencia y de su singularidad.
Como todo felino, a Leo le gustaban los juegos, los perversos, de esos que se regodean y se relamen mucho tiempo antes de dar el golpe de gracia y si bien el tiempo era escaso, aún le posibilitaba dar ese golpe y jugarle a Edus una broma genética, modificando ciertas moléculas de su ADN transformándolo en un rotundo heterocigota. De esta forma, además, lo sentenciaba a portar con arrogancia su don más sublime, aquel que resulta de la combinación de todos los aires de altivez condensados en una sola persona, con todo lo que ello implica para un humano tan mortal y tan imperfecto como cualquiera.
Hace apenas algunos festejos, más de cuarenta pero lejano de los cincuenta, cuando Saturno increíblemente enlazó el destino del Sol a través de mis anillos, Leo, que habitaba desde siempre el cuerpo y el alma de Edus, ya se había adueñando de su coronilla de acuerdo a sus planes y se reflejaba en la calvicie, donde uno podía verle retratada el alma, como una corona amarilla y hechicera que lo envolvía en un manto de generosidad sin límites. Se veía en sus ojos el brillo de su determinación y era contundente cuando afirmaba, por decreto solar, que viviría hasta pasados los cien años porque así lo había decidido y porque era parte de su evolución.
Ese destino que ovillan los dioses y que fecundan los astros, ese en el que algunos no suelen creer y que para mí es esperanza de vida, nos dejó conocernos en el 2008, en la Universidad, desde un entorno virtual que los profesores nos proponían con variados temas de debate colmados de puntos seguidos y otros tantos puntos suspensivos que debíamos continuar. Hasta ese momento, compartíamos sólo una profesión en común, la docencia. Él desde la biología y su pasión por la evolución Darwiniana y yo desde las letras y mi pasión por leer. Mientras el agregaba fósiles y caracoles yo pegaba letras y entre ambos íbamos pintando un collage en dónde las sílabas de neón delineaban un camino de emociones que primero nos condujeron a un mail y luego a dos y más tarde a un sms y ya después se trepó por los párpados para descender hasta el centro mismo del corazón.
De su corona leonina y abrillantada, más allá de Darwin, también brotaban piedras, algunos sílices rosas como sales efervescentes, alegres cornalinas, aventureros cuarzos verdes y blancos como cristales de roca; todos caían como frutos maduros entre sus manos, todos tenían siempre un destino, una persona, un momento como aquel en el que decidió festejar nuestro encuentro regalándome uno de esos tantos trozos de mineral que atraen el amor, con la instrucción clara y precisa de que lo llevara siempre de paseo con mi cuerpo.
No fui consciente de sus poderes hasta pasados unos cuantos meses y si bien no le creí, guardé aquella piedra entre mis bolsos y mi ropa sin despegarla un minuto de mi entorno.
Cuando nos vimos por primera vez, alejados de un monitor o de un display de teléfono celular, es decir, cuando nos vimos las caras y el cuerpo que contenían esas almas que nos sabíamos de memoria, teníamos un examen por delante y mucho aún por contarnos. Nos miramos y sonreímos, nos abrazamos. Gentilmente me invitó a subir a su modesto auto, como le gustaba llamar a su Volkswagen Gol usado, nos volvimos a mirar, volvimos a sonreír y conversando de trivialidades fuimos tranquilos hacia nuestro encuentro con una hoja blanca, rociada apenas de algunas oraciones negras en dónde sería posible leer el argumento que deberíamos desarrollar sobre las teorías del aprendizaje.
Al llegar, me pidió que lo espere un momento porque debía ir al baño. Le dije que lo esperaba en el auto. Cuando bajó lo vi tambalearse y me sorprendí. Digo me sorprendí, porque siempre tengo reacción lenta. Otro quizá hubiera salido corriendo a su encuentro para intentar ayudarlo o preguntar por lo sucedido, pero en mi caso, primero sobreviene la impresión, la sorpresa y luego la duda de no saber si hacer o no lo que sería esperado, simplemente porque a menudo dudo si lo que hago -o podría llegar a hacer- sería lo correcto. Tambaleó de nuevo y otra vez y nuevamente lo vi quebrarse, caerse de costado, derrumbarse y volver a estar otra vez al nivel de su altura, con los hombros alineados. A pesar de los sube y baja era rápido en su andar, se lo notaba firme, sereno, seguro y quizá, eso me tranquilizó hasta que lo vi volver, manteniendo el mismo ritmo y la misma cadencia en las pisadas, sonriendo como esa mañana reciente de apenas treinta minutos o menos en que nuestro abrazo había condensado todos los mails, todos los sms y todo un viaje ancestral que jugaba a escondernos para buscarnos y volvernos a encontrar.

-Es mi tatuaje muscular –me dijo, palmeando su pierna derecha.

Sonreí y me quedé en silencio unos instantes. Pasados unos minutos le dije lo tierna y seductora que resultaba aquella forma tan distinguida de caminar. Sonrió y continuó

-En 2005 tuve un entredicho con la directora de una escuela privada. Yo había presentado un proyecto sobre educación sexual que ella había aprobado- Y siguió relatando que estando ya en marcha el proyecto, una mañana llamó a la escuela la madre de un alumno para quejarse por un comentario que le había hecho su hijo. Al colgar el teléfono, fue a paso ligero hasta el aula dónde se encontraba dando clases, lo interrumpió y delante de los alumnos le gritó ¡usted y yo tenemos que hablar!.

- ¡imaginate mi cara! –siguió- no entendía nada, me puse un poco tenso y la acompañé hasta la dirección. Me dijo que cómo se me había ocurrido hablar de homosexualidad en el aula, que me había olvidado de que estaba en una escuela católica, que por ser puto no tenía derecho de contagiar, ¿contagiar? Me dijo la muy estúpida, de esas ideas a sus alumnos, que era un maricón hijo de puta, que debía haberme echado del establecimiento cuando se enteró y muchas otras cosas que no recuerdo o que borré por la sensación de bronca e impotencia que me dejaron –suspiró, hizo un pausa y me miró haciendo una mueca con los labios en búsqueda de comprensión- Me dijo palabras muy feas, muy hirientes y yo, en ese momento no tenía el trabajo terapéutico que tengo ahora. Me puse furioso. No podía hablar, sólo la mandé al carajo y me fui serrando un portazo. Al bajar las escaleras sentí una especie de corriente subiendo por mi pierna y de inmediato, la pierna comenzó a temblar, me hacía así, ves, así –y movía la mano como una serpiente torciéndose de dolor al sentir un gran peso encima- hasta que fue tanto el descontrol que rodé como peso muerto hasta el descanso.

A medida que lo escuchaba y mi cuerpo comenzaba a temblar, como continuación de su relato, mi mente se apresuraba en elaborar hipótesis sobre aquella renguera con la cual él amasaba la vida, esa misma que me había preocupado y luego conmovido hasta las lágrimas, junto a otras dolencias que se habían desprendido de sus ojos y su boca mientras me relataba con detalles las palabras ofensivas y el dolor en el pecho que lo habían dejado inmóvil frente a un escritorio que hubiera querido tumbar para sepultar a su interlocutora, callándola para siempre. Claro, los chicos envilecidos por los dotes argumentales de Edus y su brillo característico, estaban fascinados con sus clases y le tenían mucha confianza, tanta, que a veces se le acercaban para pedirle consejo, como Juan Olmos, el hijo de la madre que llamó a la directora aquella mañana desafortunada, que un día lo buscó para contarle de sus inclinaciones homosexuales, de lo que sentía, de la vergüenza que le ocasionaba, de sentirse solo y enfermo y de todo la tristeza que le provocaba su situación. Edus lo tranquilizó, ¡cómo no hacerlo si era el sol encarnado!, lo cubrió con sus cálidos rayos que extendió sobre sus hombros para abrazarlo, lo animó, le dio confianza y lo entusiasmó para que hablara francamente en su casa, con su familia, que ellos lo iban a entender porque lo querían mucho, porque él era su hijo y a un hijo se lo quiere así, sin más, sin explicaciones y sin miramientos.

-Parálisis lateral derecha dijeron los médicos, me la diagnosticaron al año, cuando ya casi no tenía movilidad –continuó Edus sin prestar atención a mis acallados pensamientos que lo dejaban derramar su historia mientras me provocaban admiración e impotencia. Todo lo recitaba sereno, como si estuviera hablando de otro, como si el tiempo o su autoconocimiento actual lo hubieran reconciliado con la enfermedad. Más tarde ya no dudaba, al proseguir él con su historia, en que aquellas dagas clavadas en su salud habían sido malas pasadas de su regente Leo al meterse en medio de su trato con los dioses, un Leo egocéntrico y coronario, fogoso y cálido, de flamas incandescentes que durante las décadas anteriores seguramente no había sabido controlar y que se habían transformado en un brasero propicio para el placer y la quemazón, dejándole sangrando el alma por varios años, luchando contra el dolor y la sensación de una muerte inminente y rotunda, una pena grande como un cañón, profunda como el océano.

-Igual, ahora estoy re bien sabés, es todo cuestión mental, fue una mala jugada de mis nervios pero ahora ya casi ni me molesta y además, como me voy a morir pasados los cien años, voy a tener tiempo de volver todo a su sitio y caminar con normalidad, vas a ver.

Volvió a sonreír con ese lucimiento en sus ojos, esa gloria tan propia y tan característica mientras aquellas conjeturas que iba elaborando en mi pensamiento se desdecían como copos de nieve ante cada una de sus miradas y ante cada gesto. Edus brillaba, iluminaba, me coronaba de buenos deseos, convidando sus duendes y sus hadas, sus santitos y sus plegarias, todos los amuletos que, con fundamento, lo habían ayudado a controlar el brasero del alma y a poner en órbita su constelación zodiacal. Todo con la intención de sanar mi alma, todo con tal de ayudarme a correr el velo de prejuicios y culpas que aún se depositaban sobre mis ojos y mi vida, que se asemejaba mucho a la de aquel Juan que siendo su alumno le pidió ayuda. El quizá, por esa leonina forma de proceder, hoy estaba rengo de una pierna, pero sin duda, yo estaba cojo del alma y él lo sabía, lo había percibido desde un primer momento y sin detenerse a esperar ver mi renguera me tendió su mano y sus esperanzas para evitar que me caiga.
Recuerdo que, tiempo después, cuando ya se habían repetido varios exámenes y otras variadas visitas, me habló de la visualización creativa, una técnica que consiste en cerrar los ojos e imaginar todo lo que uno desea, pero imaginarlo real, imaginarlo presente y tangible, como si fuera nuestro en el mismo momento que cerramos los ojos. Yo no pude evitar reírme, como en cierto momento cuando me reí de sus amuletos en los que, quizá por escepticismo me costaba mucho creer y a los que sucumbí cuando vi aparecer el amor en los reflejos del cuarzo que me había regalado y que dormía en el morral con los ojos abiertos y la sonrisa de Claudio ante mí.
Grande fue mi sorpresa cuando a los pocos meses me llamó para decirme que viajaba a Europa, al volver me volvió a llamar para anoticiarme de la compra del 0 Km que tanto anhelaba, luego llego el turno de la laptop y el LCD. Era increíble como destellaba su voz al contarlo, podía imaginar su rostro, el lustre de su calvicie siempre cerosa y pulcra, sus ojos iluminados como dicroicas y su boca efervesciendo de dicha y alegría.
Hace unos días, más precisamente en la víspera de su reciente cumpleaños, estábamos conversando en su habitación y en un momento vi un afiche contra la pared con un montón de imágenes pegadas. Me llamaron la atención y me acerqué a verlas.

-Son parte de mi visualización. Todas las noches, antes dormir, las miro y hago una oración.

Allí estaban su computadora, el auto, su televisor, el estudio, su dinero, los viajes, una nueva casa y al costado, me sorprendieron unas fotos coloreadas que resaltaban del resto. Una, era una foto tomada con anterioridad a su renguera, en dónde se lo podía ver bailando sin ninguna evidencia de desperfecto en su pierna y en la otra, que estaba inmediatamente al lado, estábamos los dos juntos, abrazados y sonriendo. La foto estaba enmarcada con un fibrón. Por el costado, con el mismo fibrón había sido dibujada una flecha y a continuación, encerrado en un círculo la palabras amigos.
Bajo mis ojos, un ocaso de emoción coloreó mis pupilas de ternura. El se acercó y me dio un abrazo. Luego se tomó de mi hombro como había hecho desde el primer momento que nos conocimos, un gesto amable y conmovedor mediante el cual lo ayudaba siempre a cruzar una calle o simplemente a caminar, paseando, como si fuéramos padre e hijo o, como en aquel instante, en que, agarrado de mi bastión óseo, lo ayudaba a descender las escaleras, en silencio y mirando los escalones para llegar a salvo a la planta baja. Entre medio de mi mutismo y su pausado descenso, mis sensaciones, que de cálidas ya evaporaban emoción, se condensaban en mis ojos goteando. Allí estábamos y sin duda allí estaba su magia, el amor y la paz con la que al caminar rengueando me miraba, en una estampa detenida de tiempo, huyendo de una habitación que nos inmortalizaba y creaba, hablando de nuestros planes y de nuestros sueños, de nuestras dudas e incertidumbres, apoyándonos uno al otro, riéndonos, convencidos de que, si bien el precio que había debido pagar por su capricho era elevado, no era suficiente para doblegarlo.
Sin duda los dioses estaban contentos. Sus planes se cumplían inexorablemente más allá de los conjuros cósmicos, de los caprichos y del infatigable Leo que lo dejaba brillar y le cobraba impuestos, los propios y los de las más altas deidades, quiénes, camufladas tras el zodiaco y su metafísica paranormal, evitaban de esta sutil manera quedar en evidencia ante su creación.
Allí, en esa imagen, en ese deseo, en ese encuentro, también los dioses bailaban y bebían, transpirando el deleite de sus antojos, fertilizándonos el destino, uno que de tan próspero y fecundo había vuelto a encontrarnos.

sábado, 21 de agosto de 2010

Desobediencia debida

Un mundo de gente se acumulaba en la estación Malabia de la línea B en un horario propicio para la confusión y el despiste. Un mundo en el que ellos se camuflaban, tomados de la mano y distraídos, lejos de la conformidad y asqueados de adaptación, comentando de a ratos las sensaciones que había despertado en cada uno la última obra de teatro presenciada juntos. Se confundían entre ese mundillo de hombres y mujeres que, sumidos en la celeridad de los días y desde horas tempranas, recorrían la ciudad ocultos de los escaparates, las marquesinas y las luces de neón; un gentío pululante con quiénes compartían el descenso en las escaleras mecánicas y el embudo que se concentraba tras los molinetes de acceso al maravilloso mundo del subterráneo, plagado de cuerpos morales delineados por auroras boreales resplandecientes de inmoralidad, como sus almas.
Pasaban entre la muchedumbre sin sentirse vistos, pero sin duda observados; sin sentirse parte y sabiendo de antemano que lo eran tanto en la corrupción de sus cuerpos como en lo incorruptible de las almas. Tomados de la mano, etéreos y alejados de toda perturbación se fueron deslizando a paso lento entre la gente hasta que conquistaron un lugar cercano al último de los asientos del andén, uno de esos sitios que muchos eligen para ganar terreno rápido en los últimos vagones, los más vacíos y los más lejanos, un sitio cómodo para las más íntimas muestra de cariño a pesar de lo populosamente enmarcado.
Allí, al reparo de la muchedumbre que distraída se abalanzaba sobre la línea amarilla a la espera de su intermitente viaje, Lito y el Chino se besaron en la boca sin reparos y con toda la pasión que los impulsaba en cuerpo y en alma, intentando la contradicción y la fusión orgásmica de sus mentes y sus entrañas en la inmoralidad más sublime y más bastardeada, aquella del amor explícito y sin sujetos tácitos. Nada más importaba entonces, nada más existía, nada más que toda la inmensidad de aquel beso coronado con el abrazo que fundía las siluetas fálicas haciendo desaparecer lentamente el colorido festín urbano y férreo a trazos y pinceladas cargadas de agua que de tan sedienta, escurría y difuminaba, diluyendo las acuarelas en los contornos de lo inmediato que, ya ciego a sus pensamientos, teñía de humedad y silencio el entorno y sus confines a punto tal de no permitirles oír el arribo del subte que se acercaba y que, al abrir sus puertas, no encontró la argumentación suficiente para convencerlos y sumarlos al pasaje, salvo por aquel grito que, si bien no los animó a colarse y subir, retumbó y rebotó entre las columnas y los pasadizos llegando a sus oídos, paralizándolos y despertándolos al ruido y al bullicio con una sonrisa que ruborizada entre sus labios desdibujó el beso y los sumergió en coloridas sonrisas de desvelo y materialización mediata.
¡Viva los novios! fueron las sonoras palabras que escucharon mientras el boquete devoraba el tren, dejando a su paso ese aire tibio y denso que empujaba al pasar, como queriendo penetrarlo en un intento vano y lujurioso, casi carnal, tanto o más que aquel deseo que ellos sentían cosquillear entre sus braguetas fusionadas más allá de los confines de los jeans. ¡Viva los novios! fueron las admiradas palabras que se animaron a romper el silencio en la voz de un hombre que no se conformaba con mirar sin ver, con ser parte sin sentirse parte, permitiéndose quizá, por un instante, la traición a sus calcificados y heredados pensamientos.
Y luego de aquellas tres palabras, de su sonoridad y de la traición, allí estaban ellos, ahora sí, ahora solos, abandonados de gente y de un cielo, abandonados del sol, abandonados al deseo de ser, entre todos y entre muchos otros, sólo ellos, así, sin más vestimenta que su hombría y su querencia, sin más atuendo que aquel amor inmoral que brotaba a borbotones desde el centro del alma misma y que, en las semanas precedentes había resistido a la discriminación y el apedreo popular ante una promesa de ley que ya dejaba de ser promesa pero que aún no terminaba con la desigualdad. Una ley bajo la que podían cobijarse con un pseudo manto de una igualdad frágil como el papel mojado, soluble como la cáscara del huevo sumergida en vinagre, endeble como la cicatriz de un dolor o de una pérdida aún no duelada y sin embargo, una ley inmoral y rebelde, promotora de mutaciones sociales, traicionera de los valores éticos y espirituales heredados de un pasado remoto y contundente.

Y allí quedaron ellos, otra vez besándose, abrazándose, otra vez ellos, otra vez desobedientes.

martes, 17 de agosto de 2010

"Tiempos modernos"

El auto finalmente arrancó luego de tantos intentos fallidos y de algunas semanas en suspenso. Primero fue la helada y su rocío de quietud y muerte, fríamente propiciadora de la concatenación de pruebas de arranque que finalmente terminaron agotando la rumia de los electrones que alimentaban la batería.
Luego fue la alarma, que de golosa, se consumió toda la carga eléctrica del acumulador.
Finalmente la batería fue la infractora y la depositaria de todos los improperios que se precien, insultos variopintos que la empequeñecieron y la dotaron de vergüenza, enmudeciéndola y culpándola, sin ser la responsable directa pero si la más visible y la más a mano -como la lora-
Estaba claro como el agua que ha dejado de ser clara hace tiempo y ahora ostenta el ámbar de las yemas, Saturno estaba asociado a esta travesura matinal de invierno en la previa de una jornada laboral intensa que inauguraba una semana antecedida por un hermoso viaje capitalino y romántico. Así me daba la bienvenida, así me aguardaba, asechando como el gato de la vecina que observa tras la ventana de su tercer piso con esa mirada paciente y calculadora que espera el momento oportuno para dar el zarpazo y hacerse de su presa, jugando con ella, gozando morbosamente de su lenta agonía hasta acabarlo y devorarlo satisfecho. Así comenzaba el encuentro lúdico con Saturno, un juego que se extendería por algunos días, o semanas y que si bien ingresaba en la recta final, aún el color del rey caído era incierto.
Por un momento sentí desesperarme, como es mi costumbre, como bien marca mi neurosis y mi obsesión, pero luego de unos minutos sobrevino una aparente calma en la que, mirando a lo alto, respirando profundo y tranquilo, reté a duelo a mi adversario retrógrado -el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra, nunca más certera la certeza- y me dispuse a seguir el juego, esperando con paciencia felina la hendidura en la falla de su viaje perverso y maligno, un viaje que posibilitaría, mirado con mucha ternura y con mucha inocencia, cumplir el sueño de recorrer el mundo sin salir de la ciudad y sin encender computadoras ni imaginación; un viaje real, concreto, tangible, materializado gracias a quiénes son parte de su ejército rodado y lento, tan lento como el leve evanecer de sus gases y que por aquí es popularmente conocido como trasporte público.
La primer parada del viaje fue la parada misma, un lugar placentero en donde pude concluir la lectura de una novela de 500 páginas y comenzar la siguiente. Sin lugar a dudas, un sitio apropiado para entablar relaciones públicas con el vecino de al lado al que ni siquiera conocía de tan cerca que se encontraba, un spa de reflexología polar, hidromasaje artrítico, secador capilar con efecto tsunami y geles abrasivos o cama solar gratuita según el estado del tiempo, el día del año y la hora en que uno decida o deba comenzar el viaje.
Luego del relax nervioso propiciado por la espera, me sumé al brevaje  del aperitivo con insultos a la carta donde a coro con mi vecino, recordamos a  la madre, al padre, a los hijos, a la suegra y a toda la parentela del chofer y también del micro, cuyo linaje también existe en la chatarrería del fondo de la ciudad, a la vuelta.
En pleno menú, mientras los (des) esperantes conversábamos y aprendíamos el verdadero castellano, un micro finalmente asomó de golpe y sin previo aviso, sorprendiéndonos. Raudamente dejamos de lado la clase y nos avalanzamos sobre sus puertas que se terminaron de abrir en la otra esquina y en andas, debido al estado sólido de la gente que ya iba en su interior y que no dejaba lugar para otra gota. Comenzamos el recorrido muñidos de sendas partencias tales como aspiradora, lavandina, perfumes, trapos, jabón, una o dos mudas de ropa y paciencia, mucha paciencia para soportar un viaje que nos refrescó con visitas antárticas al Polo (Sur), paseándonos luego por el desierto de Patagones que envició toda la atmósfera de polvo, los asientos de arena y nuestras garganatas de tos y asma. Luego, antes de llegar a destino se sumaron al paisaje los aromas del Cairo que se colaron por todos los poros del ómnibus, provenientes de un río que de Nilo, ni lo huele, ni lo conoce y ni lo sueña.
Cuando finalemnte llegué a buen puerto, mi yo era una hilacha de yo. Desalineado, pisoteado, despeinado, afónico, contracturado, sucio y transpirado (Y Shakira que se quiso hacer la guapa con eso de quedar ciega y sordomuda... si me huviera visto!... -ya no sería ciega ¿?-) dejando de lado la milanesa de mi osamenta, que entre la humedad y la tierra, era digna de la más alta nobleza de Milán.
Un día viajando en transporte público fue suficiente para envalentarme con mi regente solar. Al finalizar la jornada me puse un pañuelo blanco en la cabeza y asomando mi cráneobandera de paz por la ventana, miré a lo alto, suspiré y tomando el teléfono en forma calma y tranquila, realicé una llamada urgente, imperiosa y desgarrada.
Cuando el técnico de la casa de repuestos, con su equipo de pruebas entre las manos, acarició suavemente aquella caja blasfemada, dolida y dotada de bornes rojinegros que seguía ostentando el título de batería, dándole ánimo, inspirándole confianza, diciéndole con todo el gesto de las palmaditas con las que la animaba a despertar de su humillación, que debía gritar con toda la fuerza de sus chasquidos y sus toses la inocencia acallada y ahogada por mi arrebatamiento y mis palabras, ella, en un acto de valentía, alineó su ejército de soldados negativos, despabiló los contactos y de un solo toque al arranque se desveló propiciando al motor una dosis de electroshock que lo reanimó hasta su corriente funcionar, sereno, monocorde y arrítmico.
Me acerqué a su encuentro apesadumbrado, avergonzado, con el orgullo entre las patas y agachando mi cabeza con la comisura de los labios hacia abajo en señal de aflicción, acerqué mi mano al tiempo que el técnico alejaba las suyas y dándole unos mimos le pedí disculpas, le agradecí su osadía con la promesa de no descartarla todavía, de no cambiarla por otra más nueva y con más pila, de no hacer de su vejez un motivo de desatención y desvalorización acordando nuevamente nuestro pacto y nuestro trato, una manta para su amante motor en las noches frías a cambio de su guardia nocturna permanente, con la finalidad de atacar y no dejar ejercer nunca más los maliciosos embistes del sexto Señor de los Anillos que Tolkien nunca jamás escribió.
Y colorín colorado, nunca más se divorció del nunca al día siguiente…

jueves, 12 de agosto de 2010

"Saturno Contro"

Luego de la visita que pobló mi casa por la tarde, atravieso sus espacios como quién atraviesa una calle. Recorro con la vista ambos lados de la sala, inspecciono cuidadoso los cerámicos en busca de algo que pueda atropellarme y provocar una irremediable caída con su consecuente golpe y resonancias, tanto las verbales como aquellas más óseas y musculares.
En apariencia, nada me turba y nada me invade, hasta que lo observo. Un bultito, pequeño y colorado, recostado sobre el futón de texturas lisas y de blancas cuerinas.
Me acerco curioso a su encuentro y observo que es un caramelo en proceso de descomposición luego de haber sido lamido varias veces por voraces lengüitas inquietas. Resoplo, respiro y pienso ay ay ay, Son cosas de chicos…
Sujeto el caramelo entre mis manos y un papel, lo quito con cuidado y al girar para arrojarlo al cesto que espera impaciente su almuerzo, otro bulto rojizo y otro y otro asoman desde diversos rincones del futón. Comienzo a respirar hondo y me digo en una especie de diálogo mental con mi conciencia Es tu culpa por dejar el paquete de caramelos al alcance de los niños. Acto seguido, tomo más papel y junto los restos de dulces, limpiando los pegotes, quitando las manchas, alimentando al cesto.
Me dirijo a la cocina y enciendo el fuego para calentar el agua y distenderme escuchando linda música, tomando unos ricos mates. Entre tanto, me descalzo y voy por mis pantuflas a la habitación. Mis ojos se agrandan al observar cuán patines en piso recién encerado, algunos discos plateados. Entonces, al fijar la mirada, mis ojos se asombran y mi gesto se expande mientras mi boca exclama Oh por Dios, me quiero morirrrrr al notar que el cerámico se ha transformado en una gran consola de DJ, con cientos de discos girando sin sonar pero sonados. Invoco a Patanjali y pienso Esto te ocurre por no haber colocado la repisa la semana pasada y dejar todos los compactos en pilas, cual juego de encastre por el suelo, sin duda una alfombra lúdica al alcance de cualquier criatura.
Trato de tornar a la calma mientras voy armando el rompecabezas de cajas con discos, volviendo todo a su primitiva forma, evitando escuchar la música para no fruncir el seño ante posibles ralladuras o saltos de láser. Voy armando pilas de a diez, hasta dejar todo en perfecto equilibrio al buen estilo Yenga y en eso voy escuchando golpecitos de metal que anuncian el estado meteorológico del agua hirviendo: temperatura 100 grados centígrados, recomendamos beber con abundante hielo y si es posible, utilice yerba sin palos.
Retomo el ritual del mate y sin visitar otro rincón de la casa, me quedo junto a él, en su íntima compañía, para que nuestro encuentro sea fecundo y placentero y nada nuevo disturbe la tranquilidad que el mantra del yoga Sutra ha logrado otorgarme. Tomo el mate entre mis manos, lo observo, introduzco en su interior la hierba verde, le agrego unas hebras de Tilo, introduzco el agua caliente en un termo y me dirijo sereno al comedor para entrar en ese romance personal que en este paisito llamado Argentina cada uno entabla con su mate. Deslizo suavemente la silla para no provocar ruidos molestos que luego mis vecinos de abajo pudieran utilizar en mi contra y antes de sentarme, una mancha marrón y otra roja y otra marrón y otra de ya no sé qué color turban mi vista, curvan mis comisuras, hacen abrir mis manos elevándolas en un gesto de llevarlas a mi cabeza seguido del acto de exclamación característico y provocando inevitablemente que la gravedad atraiga el mate hacia ella, como queriendo sustraerlo en un acto de amor clandestino, logrando calmar su deseo al sentirse derramar su verde y tibio fluido sobre el cerámico encerado y limpio. Sin poder evitarlo, dejo entretejer improperios en el aire que se confunden y entran en sintonía con los gritos desquiciados de mi vecina dirigiendo retos hacia su pequeño hijo.
No sólo la yerba en el suelo, también los pies surcando los almohadones que delataban la huella del calzado menor, pinturas rupestres de manitos en gelatina y postrecitos; todo un arte infantil poblando las sillas, la mesa y los entornos cercanos. Sin dudarlo, recupero mi mate del fatal secuestro, lo sacudo un poco, lo arreglo como puedo, lo colmo de agua y en un suspiro intenso, bebo para lograr la calma entre las hierbas y el Tilo.
Luego de tragar, respiro hondo y recuerdo mi último viaje a Buenos Aires dónde mi amigo el astrologo supo de advertirme de lo que significa el conjuro cosmológico del caminar lento que ostentan algunos planetas. En ese momento comprendo que significa tener a Saturno Contro, más allá que me haya asomado a la ventana 8 mm de Ozpetek hace ya un tiempo, menospreciado el sutil detalle de su mensaje.
Para colmo, siguiendo el pronóstico astrológico, en estos días Saturno está en oposición a Venus, lo cual significa cuestiones adversas en torno al amor y las relaciones sexuales. Pienso: Lo único que falta es que en la oralidad con mi amante el mate, contraiga una enfermedad verderea. Por las dudas, en estos días que corren deberé probar la masturbación con preservativo, no vaya a ser cosa que Saturno me condene a la muerte blanca o lo que sería más trágico, pueble mi espacio de niños en forma habitual y con otros genes.