Material exclusivo para utilizar en el baño

lunes, 25 de enero de 2010

CUARTO CRECIENTE


Porque no me bastaría una vida para poder hacerte feliz, como vos en este momento lo haces conmigo. Porque no me bastan 12 horas de sueño para mirarte y quizás no me bastan las palabras para amarte.



El fiel Cangrejo


Dos suicidios y un homicidio dejaban Viudas a las ya consagradas viudas de los jueves. Claudia Piñeiro cerraba así una historia ágil y bien narrada, con un final que no sólo se escapaba de la seguridad, sino que sabía de arriesgar saltando muros dejándolo, en aquella noche tibia de verano, dar vuelta la contratapa de sus lecturas sin abandonarse de su presencia en el pensamiento y en el corazón que lo sentía y lo respiraba como si aún estuvieran brazo a brazo jugando a las cosquillas.


Con su remera cubriéndole el torso y el pecho; con el aroma de su perfume y su cuerpo recorriéndole el olfato y nublándole la vista, abandonó la cama con sus cálidas sábanas sabor a vainillas, se divorció de aquel terminado libro y calzándose las pantuflas se dirigió a la cocina en dónde, la noche anterior, quién desvelaba sus sueños y alargaba sus madrugadas, fumaba un cigarrillo semidesnudo, portando la misma prenda de vestir que hoy era parte de su atuendo. Cerró los ojos y dejó jugar en la imaginación el deseo de desearlo y de verlo colocar el agua en la pava eléctrica, encender el interruptor, interrogando sobre el sabor del té, preparando las tazas, colocando el azúcar, sirviendo la infusión, asegurándose de que todo su ser estuviese en calma recostado en el sillón o cómodamente reclinado en el respaldo de una silla. Evocando la situación como quién mira un film por décima vez, fue recreando el escenario de sus manos y sus movimientos y se dejó llevar por sus andares en la preparación de aquellos brebajes, tomando unos trozos de chocolate con un poco de culpa por todos los grisines que había devorado en la tarde tras un ataque de ansiedad que dejó su estómago inflado como un aerostático; una ansiedad que se convirtió en broma y en pensamiento y en un sumidero de temores y de sensaciones que lo vistieron y lo asaltaron en torno a esa, vuestra tan hermosa, ansiada y deseada relación que se iban animando a vivir.


Saberlo llorando no lo ponía feliz. No porque no comprendiera el significado profundo de sus lágrimas, simplemente porque tras esas lágrimas existía el misterio de la angustia, el sinsabor del dolor, lo atemorizante y paralizante del miedo y la belleza con la que bien sabe vestirnos el amor.


-Es este amor el que viaja a destiempo – pensó. Es el deseo que nos visita con diversa velocidad. Es la meta que nos asalta con distinta cilindrada. Mientras el avanza con sancos yo me calzo los zapatos de Manuelita y así vamos atravesando el camino que nos encontró y que no nos buscó.


En ese encuentro iba sintiendo muchas cosas, por ejemplo, como su sentir se expandía y contraía emulando a los globos que adornan las fiestas de cumpleaños al momento de dar comienzo y cuando ya los convidados satisfechos emprenden la retirada habiéndose inhalado hasta el aire que los inflaba. Lo quería en esa querencia que abarca los primeros gestos y los detalles, los mismos que lo enamoraban y que deseaba soñar no terminen nunca porque era amante de esas pequeñeces. Lo amaba en la lujuria de la noche y en los besos que por la mañana eran la antesala del desayuno. Lo amaba en la sonrisa y en los ojos cuando en él se posaban. Lo amaba en la certeza de verlo o imaginarlo preparar una comida y su mesa para compensar la carga del día, para compartir el esfuerzo de lo vivido y convidar el pan de lo gestado al leudar la jornada. Lo admiraba en la confianza y la garra y en su sentirse seguro de querer una vida en común y al mismo tiempo que lo admiraba, como una ráfaga otoñal en plena primavera, lo cegaba la duda y lo acorralaba su aliento, el mismo que lo ahogaba en cada beso y que, luego, como queriendo asfixiarlo, lo aterrorizaba de miedo.


Atormentado por todos los temores intentaba luego un careo entre su mente y su corazón. Una vida en común-unión con él sería posible para la razón que de tan racional no se detenía a escuchar la contraoferta. Y no sentía porque más abajo no sonaban latidos de compromiso ni crujían hojas de árbol perenne, mientras que si podía oírse un cascabel y se podía oler a hierbas frescas y madreselvas y sentir la suavidad de unos pies descalzos acariciando el jardín, surcando el infinito.


Abandonándose en ese pequeño microcosmos que saben nebular los recuerdos, se permitió suavemente el intento de entenderlo, entenderlo en el amor y en el llanto de esa noche. Llanto que no era de su agrado generar, llanto que hubiera deseado secar, acariciar, enjuagar, estrujar y poner a secar entre sus manos y ese mismo respiro alienante de los besos. En aquella remembranza habían crecido dos amores, dos amores que lo marcaron sin tocarlo, sin ni siquiera besarlo o acariciarlo, dos amores que aún lo dejaban derramar alguna lágrima, lágrima que siempre reivindica el llanto y el querer la incondicionalidad ante el amor que nos nace y nos late a diferente compás como si alguna arritmia lo obligara a modificar la melodía. En uno de esos dos latentes amores logró entenderlo porque desde allí comprendía esa certeza de sentir un querer estar allí, persiguiendo las horas entre cocinas, supermercados y teatros, acurrucado en aquel pecho para toda la vida. Pensaba entonces, detenido en aquellas manos y aquellos precoces encuentros casi platónicos, si lo que la querencia deseaba aferrar en un atado de eternidad se cumple por el simple hecho de no poder concretarse y de saber anticipadamente y antes de cada entrega, de su condena al exilio y si, debido a la realidad tan real y maravillosa que éste, el viviente amor proponía, empeñado en jugar a atemorizar y doler, pondría en juego también a las espinas que no sabían aún descubrir y que a raíz de la vivencia sincrónica que los atravesaba, no se animaban a rozarlas, dejando que los pinchen para empezar a sentir el dolor tibio, dulce e intenso que un amor mal entendido o interpretado era capaz de brotar en dos corazones que de tan equivocados de vivir, intentaban aprender de los errores cometidos animándose a dejarse explorar entre aquellos abrazos, entregándose al observatorio de sus cuerpos desnudos desde aquel telescopio apuntando al constelado cielo con su Luna en cuarto creciente.


Contemplando las estrellas de dicho cielo, le fue llegando la calma que lo condujo nuevamente a la cama y sus tibias sábanas que aún destilaban su perfume y olían al amor que en ella anidaban y entretejían con las agujas del tiempo, de la confianza y de la seguridad de saberse queridos, más allá de lo flotante de la vida que jamás de los jamases sabría que significa el hormigón armado en la construcción de un vínculo.

1 comentario:

  1. ESPERO SER LA RESEPTORA DEL PRIMER LIBRO AUTOGRAFIADO. SOS LO MAS! TE QUIERO, BETTY

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