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jueves, 28 de enero de 2010

Sierra inclinada


El auto en reversa no ocasiona grandes inconvenientes a quién sabe invertir la dirección de la mirada y coordina en forma armónica maniobras y espejos. En mi caso, eso de la maniobra es un poco rudimentario y los espejos a veces se tornan imperceptibles como anticipando la negación de no querer mirar a través de los ojos en dirección anterior.
Todo se debe a mi terca manía de nunca volver en busca de elecciones pasadas, de enfrentar el día a día dejando atrás las huellas caminadas sin perder una gota de nostalgia por aquello que ha sido intensamente vivido y por lo que nunca sucedió, como sumido en esa remanente tristeza residual que a veces se entromete entre mis sábanas y mis lágrimas. Una manía un tanto inútil para quien sabe de leer en actos, en gestos, en dolencias y percances que de nada sirve arremeter en cierta dirección cuando el determinismo de los días señala de las formas más diversas y constantes el camino correcto.
Con toda la advertencia de los años en accidentadas reversas pero sin huellas mnémicas presentes, opté por encaminarme hacia aquella hostería por un camino de ripio un tanto sinuoso y con más curvas que un espiral. En elipsis crucé acompañado de piedras, saltos y tierras voladoras todo el arsenal de hospedajes y cabañas que se congregan para dar la bienvenida a quién como yo, sale en busca de lo que alguna vez supo ser agreste, para apropiarse de un remanso mental que acune la calma de un sueño estival enredado en la brisa.
Con empeño pero sin memoria, en cierto punto del recorrido volví sobre las huellas de las firestone recién estrenadas al intuir que aquel sitio era el buscado. En ese breve instante que separa la dicha del asombro y el pánico, sentí hundirse gran parte de la carrocería en un abismal acantilado notando como la gravedad provocaba el efecto torre de Pisa en sólo segundos. Me quedé quieto aferrado al volante como si ese sólo amarre fuera garantía de mi existencia ante la mirada asombrosamente burlona de quiénes como yo circulaban de una forma más prudente por esos sitios boscosos y lacustres.
Con gran destreza logré desenredarme de mi susto y abriendo lentamente la puerta me proyecté hacia el exterior para contemplar el paisaje de mi reciente creación. La verdad, no resultaba desagradable ni doloroso ver aquel espectáculo. No cualquiera hubiera sido capaz de diseñar y ensamblar el equilibrio perfecto dentro de un planeta de por más desequilibrado.
Con la rueda sini(e)stra delantera en alza y la trasera diestra en baja apuntando al vacio, el auto estaba listo para cotizar en Wall Street.
Mi mente, que de recordar tiene pereza pero que para evocar es docta, se trasladó de inmediato a la Galleria degli Uffizi en dónde se sentó a contemplar aquella obra de arte como quién recibe por primera vez la frescura de la Primavera o asiste como encantado al Nacimiento de Venus. Desde lejos, voces, murmullos, ruidos metálicos, todo un sinnúmero de sinfonías provocaban desorden en mi reciente lienzo en collage y obligaban a mi plasma neuronal a abandonar tan afanada concentración pictórica que, iluminada y pácifica, se encaminaba a postular aquella escultura ante las autoridades municipales en vísperas de la creación de un paseo recreativo a orillas del lago Gutiérrez. Entre tanto, aquel coro del bullicio cada vez insistía con mayor rigor perturbando a mi concentración y tornando efímero todo intento de construir el arte. Como quién persigue el sueño sin conseguirlo hasta pasadas las cinco o seis de la mañana, me quedé en el intento de alcanzar el silencio, rozándolo y admirándolo hasta que la mirada me devolvió la estruendosa mezcla metálica y oral del montaje paisajístico al fijarse y perderse en los dos muchachos ya entrados en años que ataban el auto con una linga a una imponente y presuntuosa 4 x 4. Intuí de inmediato que sin decir palabras, todos aquellos espectadores habían comprendido casi instantáneamente mi nula comprensión en temas mecánicos y se convencieron de que no servía de nada insistir en pedirme herramientas o sogas tan solo mirando mis manos.
Por momentos maldije a todos por negarle al mundo aquella belleza escultórica que sin duda Michelangelo no sólo hubiese aprobado, sino que, empeñado como solía ser y talentoso como pocos, no habría dudado en mover cielo y tierra con tal de emprender la gran empresa de derretir en avalancha las nieves eternas, esculpiendo en pleno Tronador aquel retrato único y asombrosamente perfecto que había creado mi accionar sobre la palanca de cambios. Pero, como resignándome a dejar mi veta de artista reservada a otros pocos y asumiendo que roles son roles y el destino está presente en cada uno como quién contempla el breve vuelo de una mariposa, sin decir palabra los dejé hacer observando el leve fluir de la destrucción hacia el corredor del camino en dónde otra vez aquello era un auto y yo, el piloto dispuesto a comandarlo.
Al ponerlo en marcha una voz se escuchó a lo lejos sentenciando que por las dudas circule por el medio del sendero y que le ordene a mi mecánico anular la reversa.
Era inútil explicarle a aquella voz que la marcha atrás es a mi vida como el motor es a la máquina y que si de algo valía la experiencia era para poder comprender la esencia en el simbolismo de aquellos pequeños incidentes que nada tuvieron de azarosos. Deambulando en busca de lo perseguido, aquel cuadro de verdes matices se unió a la pantalla desde dónde los desmemoriados recuerdos jugaban a despertarme proyectando un film en dónde las escenas mostraban en retrospectiva el conteiner que abolló el baúl al salir de casa, el poste de luz que perforó el paragolpes al estacionarme en plena Avenida Bustillos o aquel atónito señor que no dudó en mover su vehículo al observarme correr un tarro de basura con mis manos, estirando mis brazos desde el interior del mío, para poder estacionarme entre dos árboles soberbios de abundantes copas y resignados a mostrar la discontinuidad de la materia en unas cuantas hojas que a modo de cartas uno decide, de manera naturalmente innata, jugarlas en una dirección o en otra.

2 comentarios:

  1. HOLA, PIBITO!!!!!!!!!!!!!!!
    muy lindo tu blog. Como siempre, cosas para almas sensibles...
    No soy habitué de esta cuestión de los blogs, pero aquí me siento a abrevar en tus palabras, y a ver cuádo se cae el Sierra, je je!!!!
    Besossssssssssssssssssss

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  2. ¡ Sebas ! ¡por el amor de dios ! ....me sudaron las manos jajajajajajajajajajaja...

    sólo te digo algo: cuidate por favor...

    Muy bonita tu forma de contar que vos casi te conviertes en cotización también...

    ¡ Cuidate Ché! ¡te quiero demasiado como para perderte !

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