Material exclusivo para utilizar en el baño

miércoles, 24 de febrero de 2010

Atravesando Comienzos


Con una pereza que sólo sabe de bostezar, de dormirse tarde y rezongar ante el temprano amanecer. Con la remolona pereza, esa que se resiste y me regala la dicha de no dejar atrás las vacaciones, viajo hasta este espacio para dejar constancia de mi más serena inercia.
Se vislumbra otro punto de partida. Otro más de los tantos a los que nos vamos enfrentando a diario con desganada prisa. Y es que calmar una inercia quietud para enfrentarnos a otra de variedad más cinética requiere de fuerza. Una fuerza para frenar lo que amasamos en reposo y otra para dar nuevamente impulso. Por estos pagos, hoy no encuentro ni una ni la otra, como si la fuerza de voluntad me negara su solidaria entrega. Me resisto a huir de la calma y también, por partida doble, me niego a transitar las calles de colegio en escuela sumido en una brumosa y espesa carga de obligaciones.
A veces creo que las obligaciones debieran de evitarse. Sería muy sano para el organismo y la luminosidad del ser dejar fluir el alma hacia lugares y eventos en dónde sentir la plenitud de la vida como suave cosquilla entre los días y, sin embargo, la obligación nos secuestra de entre la dicha y nos desaparece forzosamente de nuestra calma otorgando a la voluntad la presencia en la que a menudo se nos esconde, haciendo que nuestra vida se torne ágil, desmesurada, monótona de horarios y de un falso sentimiento de sabernos útiles ante una humanidad que nos observa. Incluso a veces, cada vez más, la prisa nos niega el placer de sumergirnos en la singularidad de nuestro ser y animarnos a pensar y a expandir con ello el alma, la mente y nuestro infinito ser.
Todo comienza, como el inicio del libro que recién voy dejando ojear por mi mirada, un libro tan gordo y tan grande como Grandes tiene de autora. Todo es comienzo, como el proyecto de mi silabario encuentro con la palabra y sus decires. El comienzo de otro año que no sólo nos encuentra más añejos, también más aventajados en la experiencia y quizá, si supimos regarnos con prudencia y mimos, nos sorprende más sabios. ¿Y el cansancio?, un año nuevo en la vida de quién ha transitado algunos cuantos años nuevos, ¿no nos visita cansados?. Si uno se cansa de la prisa, también puede cansarse de la pausa y quizás aquí, como en tantas otras razones de vida, todo dependa del punto desde el cuál hagamos pie para observar el panorama. En mi caso prefiero el cansancio de la pausa. La prisa me marea, me inmoviliza, me satura, me distrae, me corrompe la creatividad y la imaginación, me niega el placer de las lecturas porque los ojos trajinados del día, cansados de haber mirado tanto, por la noche desean cubrirse de sábanas. La pausa me serena, me da calma, permitiéndome entregarme a un om sin límites y a un maravilloso mundo imaginado. La calma cultiva mi día y la prisa corre junto a mi sombra a quién debo intentar asirme de todos modos a pesar de siempre darme la espalda.
A las puertas de un nuevo comienzo pienso que aún no he preparado la agenda, no he revisado las fechas de los exámenes, no he tocado un solo libro de estudio y ni siquiera los encuentro porque mi mente se niega a verlos. No organicé el maletín ni preparé el saludo anual de bienvenida a mis estudiantes. Me impulsa un deseo de abstraerme y hurguetear entre amarillentos papeles para robarles algunas palabras que supieron decir algo y que bien podrían repetirse.
Sin ánimos pero con la certeza de que la inercia del movimiento y las obligaciones arribará de todas formas, en forma inexorable y sin derecho a réplica, les auguro a todos (al menos para aquellos que comparten conmigo la vocación docente) un buen comienzo, acompañando esta fatiga que no me deja ni siquiera ganas para escribir, con un escrito de alguién que tiene la palabra justa para el momento indicado...

Del autor de Crónicas del Ángel Gris y Lo que me costó el amor de Laura...

LA AVENTURA DEL CONOCIMIENTO Y EL APRENDIZAJE

La velocidad nos ayuda a apurar los tragos amargos. Pero esto no significa que siempre debamos ser veloces. En los buenos momentos de la vida, más bien conviene demorarse. Tal parece que para vivir sabiamente hay que tener más de una velocidad. Premura en lo que molesta, lentitud en lo que es placentero. Entre las cosas que parecen acelerarse figura -inexplicablemente- la adquisición de conocimientos.
En los últimos años han aparecido en nuestro medio numerosos institutos y establecimientos que enseñan cosas con toda rapidez: "....haga el bachillerato en 6 meses, vuélvase perito mercantil en 3 semanas, avívese de golpe en 5 días, alcance el doctorado en 10 minutos....."
Quizá se supriman algunos... detalles. ¿Qué detalles? Desconfío. Yo he pasado 7 años de mi vida en la escuela primaria, 5 en el colegio secundario y 4 en la universidad. Y a pesar de que he malgastado algunas horas tirando tinteros al aire, fumando en el baño o haciendo rimas chuscas.
Y no creo que ningún genio recorra en un ratito el camino que a mí me llevó decenios.
¿Por qué florecen estos apurones educativos? Quizá por el ansia de recompensa inmediata que tiene la gente. A nadie le gusta esperar. Todos quieren cosechar, aún sin haber sembrado. Es una lamentable característica que viene acompañando a los hombres desde hace milenios.
A causa de este sentimiento algunos se hacen chorros. Otros abandonan la ingeniería para levantar quiniela. Otros se resisten a leer las historietas que continúan en el próximo número. Por esta misma ansiedad es que tienen éxito las novelas cortas, los teleteatros unitarios, los copetines al paso, las "señoritas livianas", los concursos de cantores, los libros condensados, las máquinas de tejer, las licuadoras y en general, todo aquello que no ahorre la espera y nos permita recibir mucho entregando poco.
Todos nosotros habremos conocido un número prodigioso de sujetos que quisieran ser ingenieros, pero no soportan las funciones trigonométricas. O que se mueren por tocar la guitarra, pero no están dispuestos a perder un segundo en el solfeo. O que le hubiera encantado leer a Dostoievsky, pero les parecen muy extensos sus libros.
Lo que en realidad quieren estos sujetos es disfrutar de los beneficios de cada una de esas actividades, sin pagar nada a cambio.
Quieren el prestigio y la guita que ganan los ingenieros, sin pasar por las fatigas del estudio. Quieren sorprender a sus amigos tocando "Desde el Alma" sin conocer la escala de si menor. Quieren darse aires de conocedores de literatura rusa sin haber abierto jamás un libro.
Tales actitudes no deben ser alentadas, me parece. Y sin embargo eso es precisamente lo que hacen los anuncios de los cursos acelerados de cualquier cosa.
Emprenda una carrera corta. Triunfe rápidamente.
Gane mucho "vento" sin esfuerzo ninguno.
No me gusta. No me gusta que se fomente el deseo de obtener mucho entregando poco. Y menos me gusta que se deje caer la idea de que el conocimiento es algo tedioso y poco deseable.
¡No señores: aprender es hermoso y lleva la vida entera!
El que verdaderamente tiene vocación de guitarrista jamás preguntará en cuanto tiempo alcanzará a acompañar la zamba de Vargas. "Nunca termina uno de aprender" reza un viejo y amable lugar común. Y es cierto, caballeros, es cierto.
Los cursos que no se dictan: Aquí conviene puntualizar algunas excepciones. No todas las disciplinas son de aprendizaje grato, y en alguna de ellas valdría la pena una aceleración. Hay cosas que deberían aprenderse en un instante. El olvido, sin ir más lejos. He conocido señores que han penado durante largos años tratando de olvidar a damas de poca monta (es un decir). Y he visto a muchos doctos varones darse a la bebida por culpa de señoritas que no valían ni el precio del primer Campari. Para esta gente sería bueno dictar cursos de olvido. "Olvide hoy, pague mañana". Así terminaríamos con tanta canalla inolvidable que anda dando vueltas por el alma de la buena gente.
Otro curso muy indicado sería el de humildad. Habitualmente se necesitan largas décadas de desengaños, frustraciones y fracasos para que un señor soberbio entienda que no es tan pícaro como él supone. Todos -el soberbio y sus víctimas- podrían ahorrarse centenares de episodios insoportables con un buen sistema de humillación instantánea.
Hay -además- cursos acelerados que tienen una efectividad probada a lo largo de los siglos. Tal es el caso de los "sistemas para enseñar lo que es bueno", "a respetar, quién es uno", etc.
Todos estos cursos comienzan con la frase "Yo te voy a enseñar" y terminan con un castañazo. Son rápidos, efectivos y terminantes.
Elogio de la ignorancia: Las carreras cortas y los cursillos que hemos venido denostando a lo largo de este opúsculo tienen su utilidad, no lo niego. Todos sabemos que hay muchos que han perdido el tren de la ilustración y no por negligencia. Todos tienen derecho a recuperar el tiempo perdido. Y la ignorancia es demasiado castigo para quienes tenían que laburar mientras uno estudiaba.
Pero los otros, los buscadores de éxito fácil y rápido, no merecen la preocupación de nadie. Todo tiene su costo y el que no quiere afrontarlo es un garronero de la vida.
De manera que aquel que no se sienta con ánimo de vivir la maravillosa aventura de aprender, es mejor que no aprenda.
Yo propongo a todos los amantes sinceros del conocimiento el establecimiento de cursos prolongadísimos, con anuncios en todos los periódicos y en las estaciones del subterráneo.

"Aprenda a tocar la flauta en 100 años".
"Aprenda a vivir durante toda la vida".
"Aprenda. No le prometemos nada, ni el éxito, ni la felicidad, ni el dinero. Ni siquiera la sabiduría. Tan solo los deliciosos sobresaltos del aprendizaje".

ALEJANDRO DOLINA

Reivindiquemos a Manuelita! Reivindiquemos el ocio sanador y creativo! Reivindiquemos la calma en nuestros apresurados relojes! ese que de tanto girar ni siquiera ha logrado extender la duración de la rotación terrestre a 30 días como me aseguró Emiliano sabiamente en su exámen final de Ciencias Naturales hace días....

Sin embargo, no lo creo necesario. La naturaleza es sabía y mucho más sabio quién la puso en marcha. 24 hs. deberían alcanzarnos. Pues entonces, démosle Tiempo al Tiempo...

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