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martes, 2 de febrero de 2010

Crónicas Nostálgicas


«El anhelo es el deseo o apetito de poseer una cosa, que es fomentado con su recuerdo y, a la vez, es reprimido con el recuerdo de otras cosas que excluyen la existencia de la cosa apetecida» [Espinosa, Éthica, III. 32d]


A los sustos, pero creciendo

El conde Drácula le dio mala fama.
Aunque Batman hizo lo posible por mejorarle la imagen, el murciélago sigue provocando más terror que gratitud.
Eduardo Galeano – Los Murciélagos en Bocas del Tiempo.


Hurgando entre mi colección de CD a la que suelo abonar con más empeño que a una planta, di con uno que no escuchaba desde hacía bastante. Era un sábado de Enero y estaba fresco a pesar del verano. La tarde anterior había envuelto mi departamento en una nube de arena y tierra debido a las tormentas que se desprenden del vecino desierto de Patagones y si bien, el polvillo en suspensión auguraba unas cuantas jornadas de visitas en polvo, no quería convertir mi habitación en un médano. Fue así que, con el plumero en una mano y un trapo en la otra, encontré aquel recuerdo al que luego saqué lustre y supe colocar en el reproductor de música para que también los sonidos lo evocaran.
La obertura inmediatamente pobló el comedor, más tarde la cocina desde dónde todo carácter organoléptico es diseminado por la casa, otorgando la migración de las pelusas y las manchas en la búsqueda de aquellas piscas de enojos y peleas con las que Fernanda hizo sonar el timbre de casa una tarde de Octubre.
Fernanda es una de mis primas hermanas, a la que, como a tantas otras, no veo desde hace tiempo, pero con quién hacemos uso de las nuevas tecnologías de la comunicación para intercambiar alguna anécdota o saludo a través del correo electrónico. Así, el estado meteorológico de nuestras vidas se empaña, se nubla y se ilumina en el relato de sus andanzas de familia, dónde crecen dos hijas, un matrimonio y una casa y desde dónde resuenan los ecos de la separación que me mantuvo entretenido entre estudios y mudanzas.
Con ella atesoro, por concordancia etaria, algunos pequeños años plagados de momentos lúdicos y confidentes. Claro que eso sucedía cuando éramos chicos, en una infancia dónde sobraba el tiempo y aún el insipiente fantasma de la inseguridad que hoy por hoy, al buen entender de Francesco Tonucci congrega a los hijos y a sus genitores en la soledad de sus cuartos, nos permitía disfrutar del espacio y apoderarnos de él de una forma imaginada y creativa, escapando del entorno paterno y materno, recreando uno propio en la compañía de nuestros pares, conformando una niñez que inmortalizó una imagen de libertad remontada en barriletes y soleada de playa y arena, grabando la impronta de una época no sólo en nuestras vidas, sino en toda una generación de jóvenes que soñaban con hacerse grandes y poner fecha de vencimiento a la soltería apostando al matrimonio o al encuentro de un amor para toda la eternidad.
Así nos vio crecer el país del nombre de plata y recursos en ruinas.
Del regalo de la plaza, el parque y la calle en compañía de amigos tan gigantes como uno, un buen día llegaron mentirosos Reyes Magos que rociaron el espacio y el tiempo de miedosa prohibición montando un escenario en el interior de nuestras casas en dónde estaba prohibido salir a escena después de las doce de la noche dejando oscuros los paños que envolvieron de democracia nuestra enjaulada adolescencia, otorgándonos la libertad que habíamos dejado en el baúl junto a los juguetes y los sueños infantiles pero con el vuelo torturado y desaparecido.
En aquel momento, en dónde volvíamos a ser libres sin saber cómo usar las alas porque la educación nos las había cortado, estábamos transitando el colegio secundario, ella en un colegio de monjas y yo en uno de curas, como solía ser costumbre en el seno de las familias cristianas. Desde sus patios y sus oratorios jugábamos a imaginar el sueño de tantos otros, ella se haría monja y yo cura, no sabíamos ni siquiera para qué, pero el solo hecho de pensarlo nos daba satisfacción. Quizá ese deseo de consagrarse a Dios como único portador del amor sin fraudes ni defraudes era una forma inocente de escapar de la jaula a la que, socialmente, unos cuantos meses de temiente dictadura nos había confinado, y de la cual muchos no supimos salir hasta promediar algunos años, aún teniendo la puerta abierta.
Terminando la escolaridad ella se mudó, de forma muy madura e independiente, a la casa de los abuelos porque, debido a una de las tantas crisis que azotaron nuestro país desde siempre, mis tíos habían tomado otros rumbos laborales en una ciudad adentrada en el valle medio de nuestra querida Patagonia
El día en que ella llegó, ya no traía entre sus manos ninguna muñeca ni un ejército de play móvil que solíamos hacer desfilar ante la mirada celosa de Maxi, su hermano y dueño de aquella militancia a la que regenteaba y cuidaba montando guardia tras las bambalinas que tan afanosamente montaba. Ese día, arribó con los cabellos hermosamente negros y malesamente enrulados, unos meses de ventajas ante la víspera de mis dieciocho años y un malestar entre los ojos producto de una discusión con el abuelo en dónde se habían enfrentado a duelo el forjado y sólido carácter de una persona entrada en años y el rebelde y no menos firme carácter de una adolescente que no dejaba nunca lugar a dudas cuando de defender sus ideales y sus creencias se trataba, persiguiendo el cumplimiento de los derechos humanos en la promoción de la niñez y el suave descanso de la ancianidad. Al promediar la calma del desahogado llanto al que mi madre fue enjuagando poniendo otro plato en la mesa y estirando otras sábanas, dejó asomar aquella novedad desde el interior de sus labios por dónde se descolgaba en retamas la yerbera de una canción de amor. Entre son y son comenzó su relato y el resto lo reproducía un viejo grabador en mi habitación en dónde nos encerramos a escuchar aquella historia dónde ella, sin ser protagonista, era la portavoz de mi reciente enterar y la vocera de mi asombro, que crecía y crecía en forma proporcional a aquella historia que a través de la música se iba adueñando de mi fantasía e imaginación.
No dejó un solo detalle sin contar ni personificar, al punto que la escenografía estaba desplegada en mi cuarto con las escaleras que danzaban, los espejos y las apariciones, los besos y las sangrientas posesiones que hacían crecer nuevamente nuestras alas y les otorgaban el placer de usarlas ante la belleza de estrenarlas.
Hasta ese momento, mi conocimiento de Drácula me dejaba contemplar que era un hombre-vampiro que vivía en un viejo castillo perdidamente lejos de mi casa, que de día descansaba y de noche volaba por el mundo en busca de la sangre que succionaba al clavar sus colmillos, preferentemente en el cuello de las personas y que atemorizaba mis noches y las de tantos otros a quiénes, a pesar de todo, nos gustaba sentir erizarse la piel al cultivar la fantasía de lo monstruosamente asustadizo cuando por ejemplo, nos escondíamos en la penumbra para mirar el rostro blanco y la voz fantasmal de un Narciso Ibáñez Menta vestido de negro pulpo. Para ese entonces, de vampiros y otros nocturnos vuelos, sólo tenía en mi haber algún que otro film en blanco y negro como el de Alan Gibson conocido por estos pagos como Drácula 1972 y que solían repetir cada tanto en televisión, sobre todo en la noche de brujas, al que nos gustaba recurrir de vez en vez al recrearlo y volverlo a contar en la rueda de amigos que solíamos armar las noches de verano sentados en el palier de la casa que tocara en turno. De allí al sorprendente y superador film de Bram Stocker de 1992 había un abismo como el que existía entre mi imaginario de Drácula y el musical con dicho nombre y de producción argentina que se estaba gestando por ese mismo año.
Entre melodía y suave susto comencé a dejar crecer una mirada más misericordiosa hacia aquel vampiro que de tan enamorado, no se cansaba de ir tras las huellas de su amada de una reencarnación en otra dejando a su paso las marcas tatuadas a sangre en los pliegues del tiempo desde donde pude seguirle el rastro sin ni siquiera visitar Transilvania. Sólo me bastó estar atento a todos los anuncios de reposición de la obra y su vuelta al ruedo.
No tardó mucho en cumplirse mi deseo.
Debido al éxito rotundo en todo el país y en el extranjero, unos años más tarde, aquel soberbio musical de Cibrian-Mahler volvió a estar en cartel, sin la presencia de los actores principales pero manteniendo intacta la esencia de la historia en cada diálogo, en cada nota musical y en cada personaje, haciendo posible, además del deleite de una bello espectáculo, la posibilidad de reconstruir con tristeza y alegría esos momentos que duermen en el subconsciente bregando insistentemente por volver a escena.

 

5 comentarios:

  1. Qué considerado de tu parte contarnos esta anécdota/recuerdo!
    Encuentro muy interesante, tu forma de expresarlo, de dejar constancia de lo que recordás...porque creo que si querés que algo se mantenga vivo, tenés que escribirlo. Me alegra que te sumerjas en este tipo de aventura, y lo compartas con nosotros!
    PD: Mi hermana se va a poner contenta cuando lo lea! jajaj
    Un beso enorme Seba, Espero más post!

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  2. QUE HERMOSO RECUERDO!!!!!!!!
    YO TAMBIÉN PARTICIPÉ DE ESA VIVENCIA!!!... Y
    REALMENTE CREO QUE QUEDAMOS TODOS ATRAPADOS POR EL RELATO DE FER JUNTO A LA MÚSICA QUE SONABA A TRAVÉS DEL "CASSETTE" EN NUESTRO VIEJO EQUIPITO DE MÚSICA MARCA "NATIONAL"...
    ... Y LUEGO, CUANDO VOS FUISTE A VER LA OBRA... FUE MARAVILLOSO ESCUCHARTE COMENTARLA... ASI YO TAMBIÉN ME FUI ENAMORANDO DE LA HISTORIA Y DE LOS PERSONAJES... MINA... EL DR. VALGENSIN... Y OBVIO DE LAS HERMOSAS CANCIONES QUE RELATABAN LA HISTORIA!!!!
    ESPERO MÁS RECUERDOS!!!!
    BESOSS ENORMES!!!
    TE QUIERO!!!

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  3. JAJA!!! SALE DIEGO... PERO SOY YO....VIR!!!!
    LO QUE PASA ES QUE ESTOY USANDO UNA CUENTA DE GMAIL DE ÉL...

    Y GUÉ!!!

    QUE VA USTED A HACERME???

    VA USTED A MATARME???

    JAJA!!!

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  4. Primo que te puedo decir! Que no paro de emocionarme y de recordar los bellos y revolucionados momentos tal y como los relatas. La importante que fue que estuvieran ahi acompañandome para no desbordarme y albergandome! Amé Dracula fue el primer musical que fui a ver y enloqueci...logre trasmitirlo. Tengo muchos recuerdos de momentos hermosos compartidos...el pasillo de tu casa que nos albergaba a los cinco y nunca queria volver a casa cuando era la hora...Monte (la playa)...el Pato Donald de la casa...y sobre todo que nos gustaba escuchar la misma musica desde muy chiquitos.
    Te quiero! y Gracias!

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  5. Vir, Fer, Ro... me he emocionado mucho con vuestras palabras que encarnan emotivos tramos de nuestra infancia a los que suelo volver para sobrevolar tanta maravilla compartida en este presente lleno de magia. Si algo tuvo aquella infancia, mía, tuya nuestra, fue el asombro y grato espacio en dónde ibamos creciendo a la par con el asombro y las ganas siempre en alza... Y uno luego se hace grande y va encausando su vida en otros no menos gratos momentos sabiendo que atesora todo un mundo en el baúl de los recuerdos al que puede volver cuando quiera para poder revivirlos...

    Cómo no recordar al pato Donald de la casa de la playa!!! y al pasillo en dónde eramos cinco chiflados!!! jajajajaja... Qué linda época y que bueno que viva en nosotros y ahora en este escrito, que como bien dijo Ro, es una buena forma de dejarlo vivo para siempre...

    Gracias por ser parte de esta aventura... a LAS TRES!!!!!

    Las quierooooooo.

    BESOTES. Sebas.

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