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martes, 16 de febrero de 2010

Crónicas Nostálgicas

dextrae iungere dextram

non datur ac ueras audire et reddecere uoces

[«no han de unirse mis manos a las tuyas,

ni habré de oír tu voz ni hablar contigo», Virgilio, Eneída, I, 408-409],




Un humilde y nostálgico homenaje a una mujer a la que la singularidad la enviste hasta en el nombre, para animarla al libre vuelo de su capacidad creadora senza limiti.


Litteranas


En la búsqueda de una amansadora lectura que diera revancha al insomnio y colmara mi sueño sumiéndolo en oníricos y gratos paisajes, llegué oscuramente a tientas hasta la biblioteca que descansa vecina a mi cama. Como juego de niños, estiré mi mano y pensé El que toca, toca!. Así fue que la toqué, o ella me tocó a mí, porque si de algo puedo estar seguro es de que sólo se encuentra aquello que desea ser encontrado, como el recuerdo aquel que intentaba hacer despertar para conciliar mi tan ansiado y nostálgico descanso. Al encender la luz y calzarme la prótesis ocular, una de esas que es frecuente observar en cualquier rostro independientemente de la edad del propietario, negando a cada portador la sabiduría que solamente la enfermedad sabe brindar a quién se anima a increparla e interrogarla, leí con asombro en donde se podían ver los hombros recostados de una pintada mujer la palabra Maridos y sin necesidad de campanas, bombos, platillos, sirenas o camiones circulando por la calle, cuál bello durmiente aquel Litterano recuerdo despertó. Sintiendo como la mirada se iba perdiendo en aquel titulo, pensaba que no había nadie mejor que la autora de aquella maravilla para otorgarme el milagro de una tarde sumidos en la delicia del saboreo de un helado, acompasados por los relatos de las tías.
Littè no pertenece a ninguna marca registrada, ni siquiera es el nombre de un film o una letra musical. No figura entre los personajes de las clásicas obras de teatro ni tiene la osadía de aparecer en la tapa de algún diario aunque bien podría estar en todos esos sitios y aún más. A cambio y a modo de humilde revancha, Littè es el infantil nombre del asombro exclamado ante la pequeñez de una hormiga y el calmo silencio ante la tempestad más devastadora, es brisa y huracán. Es al mismo tiempo Niní y Tita combinado las personificaciones y las letras con algún Caravaggio o algún Bernini de esos que adornan Roma y toda la Italia del Renacimiento. Es también sinónimo de humildad y entrega cuando el doliente se acerca a sus manos de contextura pequeña pero inmensamente humanas.
Littè es la mujer que sentada bajo un cielo de promesas, con un libro de Miguel Ángel Asturias en su mano, le concedió a Mirko la grata visita a la casa de Julio sin decirle previamente que había sido tomada por el eco de las palabras y los fantasmales objetos que, despiertos y animados al mismo tiempo, iban permitiéndoles la entrada a ese otro palacete, emblema de una burguesía argentina que añoraba con ansias emular a la aristocracia francesa y que sólo Manuel Mujica Lainez podía haber retratado tan bien en aquella novela en donde lo inanimado recreaba la vida por la cual aquellas inercias tenían sentido de existir.
Aquella tarde de Enero, con el arte en sus manos y la templanza en su alma, aquella trigueña mujercita pintó su corazón posibilitando el milagro de un encuentro entre dos seres que sabían de antemano lo que significaba essere fuori dal mondo sin siquiera haber conocido aún a Margherita Buy, la actriz italiana que los conmovió algún tiempo más tarde en Le Fate ignoranti, Saturno Contro, Giorni e nuvole, La sconosciuta y tantas otras. En aquel momento él tenía un andar de bici rodado y surcaba las calles con una gorra bataraza que aún conservaba, calzando unos jeans a cuadrillé que se habían puesto muy de moda y matizaban un poco al aburrido azul, con las ansias de un converso milagro en la matiné de una negada identidad. También llevaba una rayuela entre sus saltos y otra entre las manos a la que solía recorrer con sus ojos en cada rincón apacible de la ciudad desde dónde su adorado Julio Cortázar cumplía en iluminar sus Magas lecturas. Ella en cambio, descansaba suave y tranquila en la contemplación de un Dios interpelado por una de las tantas Marías, pronunciando plegarias y fragmentos del Dante con una dicción casi perfecta, en un italiano que era a su temple como el apellido era a aquel hombre. Entre tanto se sumaba a algunas clases de latín y griego en la Universidad que ambos frecuentaban, ella entre las letras y el, flotando entre los vapores de algún manojo de tubos de ensayo.
Con la sonrisa, sus tardanzas y la verborragia adolescente, Mirko fue acercándose a la sapiencia que envolvía la mente de Littè, a su conocimiento y sus cursos de cultura italiana desde donde supieron dar vida a un atardecer londinense en una ciudad que estaba tan lejos de Inglaterra como fuera del ranking de visitas y del rating turístico.
La cita fue en la heladería París de la calle Alsina a la sombra de un relato. El helado era convidado desde el bolsillo masculino y el relato, desde la sensualidad y frescura femenina, una que con cierta tranquilidad de ánimo los avocó al encanto del saboreo de unas cerezas a la crema y el siempre presente y clásico chocolate en todas sus variantes. Littè sobrevoló entonces desde su voz con aliento guindado la lectura de la tía Charo, aquella tía que tan chusmeramente recorría la vida de todos los pueblerinos acrecentando la culpa que le provocaban sus habladurías y que la llevaron al reclinatorio, donde, arrodillada ante el padre español de la iglesia de San Javier, alivianaba su carga al comprender que aquel era un mal de muchos y que, si el consuelo era de tontos, prefería pecar por ello y no por ver o comentar lo que los demás iban promoviendo ante su mirada. Así, sin más, se fueron sucediendo las historias de algunas otras, como por ejemplo, la de tía Leonor, que llevaba la perfección hasta en el ombligo o la tía Elena y su certeza de que hasta un hombre cabal puede no tener todos los patitos en fila; la tía Cristina Martínez quién supo cultivar una amistad de por vida con Emilio Suárez, o aquella otra tía, vecina de capítulos y de fidelidad sin límites llamada Valeria que, junto con algunas mas, poblaban el libro y la vida misma de las que, no estando allí, se congregaban en el corazón y en el pensamiento de quién las leyera. Esas tías, la universales, las confidentes, las solteronas, las abuelas, las frecuentadas por amantes, las mártires, las amigas, las madres, las hermanas, las primas, todas estaban compendiadas allí, a modo de catálogo, como si uno pudiera hacer un pedido para elegir la más acorde, la más querida. Todas eran diferentes, al buen estilo de autor como es costumbre hoy en día, pero todas tenían algo en común en su mirada, eran Mujeres de ojos grandes como aquella que las había dejado silabariamente reposar allí, entre esas hojas y ese olor a tinta recién impresa. Ángeles Mastretta firmaba aquel tratado, ella y sus profundos ojos socavados de sabia y luminosa belleza. A ella eran convidados desde la locución que Littè iba desmadejando entre sus labios, su mirada y su romanticismo escaso, sin advertir que de allí en más, toda la contemporánea obra literaria de aquella escritora mexicana se adueñaría de un espacio propio en los anaqueles de aquel mirkial cuarto, acompañando a ratos a Cervantes, Tolstoi, Saramago y en otros momentos antecediendo las instrucciones de algún cronopio en la previa ante la visita de un empalagoso fama.
La tía Charo supo divertirlos por la tarde y a su vez los llenó de crédula ternura al evocarla nocturnamente. Esa historia fue el comienzo de algo único y la sentencia afanada y clara de que a la emoción sólo es posible arribar si, desde cualquier sitio iluminado, las almas entran en contacto, como a través de esas palabras portadoras de un mundo ajeno, de esa voz pausada y cadente que las materializaba y de este asombro que los iba creciendo al ver tras el escaparate de alguna librería, algún libro de Ángeles presagiando sus risas y sus lágrimas.
Oscureciendo la jornada, las vísperas se poblaron de nubes y de nieblas que atravesaron caminando y en penumbras. La noche los abrazó luego con un charco de estrellas sobre el que arrojaban piedras sentados en el cordón de la vereda. Cada una llevaba impresa un deseo y un presagio. En cada una empeñaban esa y otras tantas jornadas que se fueron sucediendo, acompañados de mates, almuerzos, cenas, teatros y pasajes en un jardín desde donde Silvina Bullrich los secuestraba y apasionaba enredosamente dentro de una historia de amor como pocas habían sabido conocer y que, afanosos de otorgarle un sentido, la hicieron carne y la dejaron vivir entre ellos durante algunos años, asumiendo el compromiso del matrimonio que no supo dar los frutos esperables pero que, de ser cobijo epistolar y humorístico en cada resfriado, de tardes de cine y música, de tortas y de pastas, de charquito en el patio acalorado, de caracoles rojos, de Topo y de Lino, de ferias en Bolsón, de visitas anaranjadas por la costa amalfitana, de creaciones artísticas y payasescas, de cadáveres exquisitos ante la pava de la prima Vera, de términos acuñados en un diccionario propio y de alegrías al buen estilo Vienés supo dar testimonio y fe.
Mirko sintió desde entonces que mucho le debería a esa muchacha que lo había recibido en el altar con el cortejo de un populoso bando. Le debía todos esos escritos y letrados momentos que hoy coloreaban el arcoíris que se asomaba para pintar su vida con paletas y pinceles propios, a ella, más allá de todo, más allá de que ese hombre abonara de dicha su alma en otros amores y disfrutara la calma en tardía aceptación. A ella le debía, entre otras tantas maravillas, el abrazo aquella tarde en la que le acunó el sueño y las lágrimas con un tierno dormi escrito y dibujado en un papel al que acudió en la mañana cuando otra vez entre sus brazos y con todas las lágrimas de siglos acumuladas, le dijo adiós en la confidencia de un secreto que, siendo cantado a voces y sin querer dejar constancia en forma escrita, era el portador de una dicha inmensa a la que de una buena vez se animaba a darle vuelo, encausando un rumbo propio y dejando de transitar el ajeno.
Ella era la responsable del humor infantil e irónico con el que hoy matizaba sus nuevos días, humor con el que lo recibía tiempo después, en su casa que había sabido de ostentar un pronominal vuestra, secundada por esa chistosa simpatía que solo María V. de Von Trapp sabía portar y a la que se congregaban para reírse de ellos mismos en un presente no paritariamente dichoso pero si más verdadero y locuaz.
Recuerdo que en los años que atravesaron la vida tomados de la mano y con un anillo entre los dedos, supieron otorgar de verdadero significado a la pluralidad de la palabra compañero, perdiéndose entre la naturaleza sabia de los inconscientes que habían acercado un corazón hacia el otro, desdibujando el significado del andar de los amantes pero con la certeza de ser fieles a un respeto y una complicidad mutua que hizo siempre de aquel vínculo un espejo en dónde otros buscaban reflejarse.
Creo que han sido, desde este presente que los evoca sin remedio y al buen entender de aquella señora escritora de nombre alado, un relato más en la universal historia de Maridos. Mirko sosteniendo los momentos y acunando la ternura niña. Littè, forjadora de un jardín, transformada en nodriza de las plantas, la cocina y las rarezas apasionantes que se acercaban al espacio inmediato entre ambos en ruidoso cascabel.
Hoy por hoy sé, y así debe ser, que Littè fue un eslabón importante en aquellas vidas presagiadas para el encuentro y predestinadas para alzar las manos en gesto de suave e irremediable despedida. Aquel presagio les otorgó la bendición en la confianza de la entrega diaria a cambio de unas cuantas sonrisas y algunas céntimas de prolongados silencios, como anticipando un desenlace anunciado ante el cual, la bordadora de letras y palabras, sentada y expectante, escribía y regaba los alados sueños con lágrimas, a escondidas, esperando el milagro o la calma que siempre encontraba ante lo irremediable y con la que lo dejó partir sin rencores, sin gritos y sin amenazas.
Me enteré mucho más tarde que durmieron en la misma cama hasta la noche del adiós, cada cual en su sitio, cada quién amasando sus dudas y sus culpas. Durante el inmenso vacío que visitó aquellas horas, ella, entre aturdida y ausente, en voz baja se animó a pronunciar:


-Te he perdido para siempre!.


Mirko no pudo evitar el diluvio de las lágrimas. Nadie había obrado mal. Todo había sido cuestión de madurez, de tiempo, pensaba. Mientras, Littè secaba sus lágrimas y volvía a exclamar en ahogados aguaceros, algunas de sus sentencias que lo hicieran sonreír o que le portaran a un sitio más calmo y más sereno. Simplemente no pudo hacerlo, intentó vanamente encontrar el antídoto en unas cuantas palabras inútiles, aquellas que ella sabía ovillar de manera nata y que se le habían desordenado como si un gato entrometido, se hubiera aprovechado de aquel balón descolorido y mojado para enredarse entre las sillas.
Aquellas horas y aquellas voces no les dieron remedio.
Los despidió la noche entrada ya la madrugada con un camión de mudanzas en la puerta y con esa sabiduría ancestral que porta el silencio de las miradas. Con los ojos llovidos y el insomnio como guardián, parecido al que me asediaba esta noche en la que me sumergía en el recuerdo desolador de su mirada triste y vacía de sonidos, iba acercándome a la fatiga del recuerdo con la certeza de que aquella sería la única mujer enredada entre sus piernas y amores, porque, al buen decir de la tía Sandra, que de eso sabe mucho y que sin estar escrita, forma parte de la gran lista de tías literarias, el destino es el destino y quién de él se esconda corre el peligro de quedar oculto ante la grata visita de una felicidad que, por no ser siquiera perseguida, puede dormirse en la infelicidad más triste y más injusta.

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