Material exclusivo para utilizar en el baño

domingo, 21 de febrero de 2010

Gusto e Piacere

Una recomendación Silabaria...


Mientras Almudena descansa de mis retinas ante Los aires difíciles, sumerjo mi imaginación en el interior de otras lecturas que me convocan desde hace días. Me acerco al estante y veo el lomo color rojo que sobresale entre los puntos de una mantilla que entreteje la abuela Lita. Una centenaria manta con la que relata la historia de su madre a un adolescente que logró encerrar en el baño de su casa cuando quiso intentar robarle.
Esta es la simple y magnífica trama de Más Liviano Que El Aire, la novela de Federico Jeanmaire que recibió el premio Clarín 2009.
Con la ironía a cada salto de oración y con el humor en cada página, esta historia nos narra el devenir de una sociedad que nunca supo superar el complejo “gaucho”, ese al que el autor le imprime todo el tinte de malestar patrio contagiado a través del mate.
La abuela Lita es el fiel reflejo de una anciana soledad y Santi, el adolescente de 14 años es sin duda, el fiel retrato de la desorientación juvenil, la mala educación, la pérdida de valores y una luz que vuelve a alertarnos sobre la crisis adulta que los deja cada vez más, naufragando a la deriva.
Dos generaciones enfrentadas a través del tabique de la incomunicación. A medida que se alcanza el utópico intento por matizar las subjetivas miradas cubiertas por lo que fue y lo que será, aparece un pincel que va esfumando los límites entre las polaridades, confundiéndose lo humano con lo inhumano, lo justo con la injusticia, lo claro con lo oscuro.
Al leer la primera hoja tuve la certeza de que no me defraudaría, y no lo hizo. Menos de una tarde de sábado alcanzaron para zambullirme, nadar, tocar fondo, hacer la plancha y llegar a la orilla del inesperado final. Una lectura ágil pero profundamente inquietante. Interpela, divierte, asombra y sobre todo, lo más importante, nos pone una vez más a pensar.

Transcribo un fragmento de su primer capítulo para contagiarlos...

Siéntese sobre la tapa del inodoro. Si quiere. No vaya a creer que lo estoy obligando. Se me ocurre, nomás, que puede estar más cómodo sentado sobre la tapa del inodoro. Yo también me traje una silla y la puse cerca de la puerta.
Le voy a contar algo.
No refunfuñe. Le va a hacer mal ponerse así y, además, no va a ganar nada. Hasta le puede llegar a subir la presión. Se lo juro. A mi me ha pasado.
Algo. Le voy a contar algo que tengo muchas ganas de contarle.
Por favor. Sea bueno. Cállese de una vez, cálmese, deje de golpear la puerta como un tonto y escuche quietito que no le va a venir nada mal escucharme.
Le conviene, yo sé lo que le digo.
Siempre se aprende de los viejos. Claro que a ustedes, me refiero a los jóvenes, les parece que no, que nada se puede aprender de una vieja tan vieja como yo. Noventa y tres años, tengo. Para noventa y cuatro. Mucho, ¿no?
Da la impresión, no se lo voy a negar, pero la verdad es que se pasa rapidísimo; una casi ni alcanza a darse cuenta de que está viva y ya tiene que morirse. Aunque usted no me crea, está en todo su derecho. Sin embargo, le repito que el tiempo vuela, que pasa volando como dice la gente. Y una ni se entera. A una le parece que todo ocurrió ayer o un rato antes de ayer. Pero no lo quiero entretener con estas cuestiones: si usted me deja, yo le cuento lo que quiero contarle sobre mi madre y listo, ya está, le prometo que no lo molesto más.
Sí, sobre mi madre.
Así me gusta, que sea un poco más dócil, que entienda, que se deje contar. Usted es joven y aunque sea mentira, estoy segura de que todavía cree que tiene toda la vida por delante. Un montón de tiempo por delante. Y eso es mentira, por supuesto. Una mentira tan grande como el tiempo. Pero usted todavía no lo sabe y, cuando lo sepa, créame que ya va a ser demasiado tarde. Como me pasó a mí. De todos modos, le agradezco que ahora tenga ganas de escuchar. Y de aprender, también.
Ah. Entonces no tiene ganas. Ni de una cosa ni de la otra. Y, bueno, puede ser que no tenga ganas. Aunque, claro, yo le voy a contar igual lo que quiero contarle. Mejor es que lo sepa desde ahora. Usted se me queda bien calladito, yo le cuento y, después, ya me dirá si le interesó lo que le conté o no le interesó un comino. De cualquier manera, la verdad es que estoy un poco sorda, qué se le va hacer, problemas de la edad. Así que.
El asunto es que mi madre se llamaba Delia. Pero le decían Delita. Y aunque no llegué a conocerla, permítame que yo también la llame Delita. Para mí es Delita, siempre será Delita, vio cómo son esas cosas.

Algo sobre el autor y su obra literaria (clic sobre el título del post).

Buen cierre de domingo!.

No hay comentarios:

Publicar un comentario