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domingo, 28 de febrero de 2010

Los Cronopios nunca mueren...


Concluye febrero y los estantes de la biblioteca me recuerdan silabariamente que he olvidado un aniversario literario dentro de las escrituras argentinas.
El 12 de Febrero de 1984 fallecía en París mi estimado y querido Julio Cortázar.
Me acerqué por primera a sus letras algunos años tardíos a su muerte, cuando la profesora de Literatura nos entusiasmaba a dejar volar la imaginación leyéndonos La noche boca arriba, Casa Tomada, Continuidad de los parques, No se culpe a nadie y otros tantos a los que fui arribando tiempo después con un señalador a modo de piedra que dejaba elevar en el aire para luego soltarlo levemente sobre las páginas de la rayuela que sólo él con su brillante don de audacia se animó a dejar jugar, escribiendo las páginas de un libro que tiene tantos infinitos principios como finales y a los cuáles salto a menudo para dejar soltar la fantasía del infierno al cielo.



Nunca lo conocí en persona pero me hubiera gustado hacerlo. A menudo me sucede ese deseo de encontrarme cara a cara con alguien que desde su manifestación artística o literaria me permite alimentar ese precioso don del sueño y los placeres. Mi humilde desear, ese que se contentaría con estrechar una mano o fundirme en un abrazo, mirar a los ojos, encontrando la esencia y cristalizarla en mis retinas no me abandonó con Julio, es más, se fue acrecentando con el correr del tiempo a sabiendas que ya sería imposible hacerlo pues quién fuera el padre de Bestiario y Todos los fuegos al fuego había decidido arrojar la piedra hacia la nebulosa celeste. Sin embargo, fui comprendiendo que la mejor forma de llegar a su esencia era abandonarme a la lectura de sus relatos y fue así que durante algunos años me dediqué a coleccionar sus libros, sus cartas, sus entrevistas, imágenes, caricaturas; me acerqué a sus placeres como lo han sido la música en el saxo de Charly Parker y la naturaleza felina de los gatos. De tanto buscar, un año di con el regalo de su voz en la lectura de sus propios relatos. Sentarme a escucharlo ha sido desde entonces un placer al que asisto de vez en vez y en ocasiones en las que el espíritu se empeña en anclarse entre los zócalos del entendimiento.



“Las personas extraordinarias no se mueren nunca” como nunca han de morir los Cronopios, esos que nos seguirán brindando instrucciones para los oficios más extravagantes y terrestres como el dar cuerda a un reloj, llorar, comportarse de manera correcta en los velorios o subir una escalera, la misma que a menudo, creo, recorre en forma descendente para darse una vueltita entre los mortales que aún poblamos este plano, iluminándonos la razón y animándonos a ficcionar la realidad para volar alto, muy alto, siempre más y más y más alto.

Qué mejor homenaje que leerlo!... o escucharlo!... o todo junto!... Aquí dejo algo para quién guste reencontrarlo o encontrarlo...



Rayuela - Capítulo 7


Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano en tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja.
Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y nuestros ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos donde un aire pesado va y viene con un perfume viejo y un silencio. Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mi como una luna en el agua.

Julio Cortázar.


Rayuela - Capítulo 68



Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes. Cada vez que él procuraba relamar las incopelusas, se enredaba en un grimado quejumbroso y tenía que envulsionarse de cara al nóvalo, sintiendo cómo poco a poco las arnillas se espejunaban, se iban apeltronando, reduplimiendo, hasta quedar tendido como el trimalciato de ergomanina al que se le han dejado caer unas fílulas de cariaconcia. Y sin embargo era apenas el principio, porque en un momento dado ella se tordulaba los hurgalios, consintiendo en que él aproximara suavemente su orfelunios. Apenas se entreplumaban, algo como un ulucordio los encrestoriaba, los extrayuxtaba y paramovía, de pronto era el clinón, las esterfurosa convulcante de las mátricas, la jadehollante embocapluvia del orgumio, los esproemios del merpasmo en una sobrehumítica agopausa. ¡Evohé! ¡Evohé! Volposados en la cresta del murelio, se sentía balparamar, perlinos y márulos. Temblaba el troc, se vencían las marioplumas, y todo se resolviraba en un profundo pínice, en niolamas de argutendidas gasas, en carinias casi crueles que los ordopenaban hasta el límite de las gunfias
Julio Cortázar

 


Continuidad de los parques - Julio Cortázar en Final del Juego

Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestión de aparcerías, volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito, de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi en seguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles. Palabra a palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y movimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte. Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una rama. Admirablemente restañaba ella la sangre con sus besos, pero él rechazaba las caricias, no había venido para repetir las ceremonias de una pasión secreta, protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos. El puñal se entibiaba contra su pecho, y debajo latía la libertad agazapada. Un diálogo anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes, y se sentía que todo estaba decidido desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del amante como queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura de otro cuerpo que era necesario destruir. Nada había sido olvidado: coartadas, azares, posibles errores. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía apenas para que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer.
Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la puerta de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda opuesta él se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió a su vez, parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del crepúsculo la alameda que llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba. Subió los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oídos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas. Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano, la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela.




Instrucciones para dar cuerda al reloj - en Historias de Cronopios y de Famas

Preámbulo a las instrucciones para dar cuerda al reloj

Piensa en esto: cuando te regalan un reloj te regalan un pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un calabozo de aire. No te dan solamente el reloj, que los cumplas muy felices y esperamos que te dure porque es de buena marca, suizo con áncora de rubíes; no te regalan solamente ese menudo picapedrero que te atarás a la muñeca y pasearás contigo. Te regalan -no lo saben, lo terrible es que no lo saben-, te regalan un nuevo pedazo frágil y precario de ti mismo, algo que es tuyo pero no es tu cuerpo, que hay que atar a tu cuerpo con su correa como un bracito desesperado colgándose de tu muñeca. Te regalan la necesidad de darle cuerda todos los días, la obligación de darle cuerda para que siga siendo un reloj; te regalan la obsesión de atender a la hora exacta en las vitrinas de las joyerías, en el anuncio por la radio, en el servicio telefónico. Te regalan el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que se te caiga al suelo y se rompa. Te regalan su marca, y la seguridad de que es una marca mejor que las otras, te regalan la tendencia de comparar tu reloj con los demás relojes. No te regalan un reloj, tú eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del reloj.

Julio Cortázar

Imaginemos por un instante, ¿qué intrucciones nos hubieran dado los cronopios para enviar un sms, para hablar por teléfono celular, para subir las fotos al faceboock, para escuchar un mp3, para guardar un archivo en un pendrive o para salir de vacaciones sin olvidar la noteboock?... 
Sin más, que tengan una hermosa tarde de domingo y otra vez, si desean, hagan click sobre el título del post para leer un artículo de Ricardo Bada contando una anécdota Cortazariana. Allí también hay un audio imperdible, la emisión de un fragmento de programa de radio en dónde el periodista le rinde homenaje a Julio tras horas de su muerte... EMOCIONA!... al menos a mi me corrieron algunas lágrimas.

2 comentarios:

  1. Hola Sebas, hace tanto tiempo que no recorría tu espacio virtual ... y siempres me sorprendés gratamente ¡¡¡guauuuuuuuuu qué lindo recuerdo sobre Cortázar!!!! y de yapa «El Nano»
    Sos un maestro!!!! y no sólo que química
    besos desde una calurosísima neuquén

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  2. GRACIAS GRACIELA!!! es un gusto que pasees por el sitio!!!! hace tiempito que no ingreso, pero bueno, hoy me dieron ganas de volver! jeje
    BESOTES

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