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viernes, 5 de marzo de 2010

Cuando pasa el temblor... ¿pasa?



En la tarde de hoy, cuando todo se tornaba rutina y prisa di con el relato de la catástrofe en la voz de una sobreviviente del terremoto que afecta aún  hoy -y por varios días más- a la ciudad de Concepción y Santiago de Chile. Esta mujer, de nacionalidad argentina, estaba asistiendo a un congreso de literatura en la capital chilena justo cuando se desató el primer sismo.
Sacando fotocopias en un negocio donde asisto a menudo, me fue contando, con una voz que denotaba el cansancio de las noches sin dormir y el efecto sedante de algún somnifero, como vivió ese momento y lo que fue peor, el después. Un eterno después incierto y plagado de temor, tristeza, dolor, pánico e impotencia.. Dijo que daba la sensación de estar subido a un tren (argentino) en forma permanente, más aún cuando retornaban los remezones de los que afirmó saber ya habían superado los cien. Habló de su osada carrera contra reloj para encontrar un transporte que la portara otra vez a su casa, al refugio de su familia. Relató la agudeza de sus búsquedas y de como debió sortear las trampas de los mentirosos y vivos que aprovechaban a lucrar incluso ante una tierra quebrada y temblorosa. La embajada no respondía a sus súplicas y ruegos de una huída ansiosa y veloz. Los vuelos, lógicamente estaban cancelados, el transporte público casi inutilizado, las calles inestables y partidas, los edificios sin agua ni luz, la escasez de alimento que ya comenzaba a provocar una lucha cuerpo a cuerpo y la supervivencia del más apto, los abrazos fraternos, las miradas perdidas, los silencios... De pronto, no sabe como, logró dar con un micro que cruzaría los andes en caracol hasta Mendoza. Se alistó sin pensar en la alocada audacia y sin escuchar las voces que arrojaban piedras sobre su cruzada. Logró escapar del derrumbe en vilo permanente y estallando en lágrimas al mismo momento en qué el colectivo cruzaba la aduana argentina. En un llanto profundo llegó a Bahía Blanca y con el mismo llanto abrazó a su familia y dio gracias, un gracias tan íntimo y tan intenso que la despabiló sin dejarla reaccionar hasta el día de hoy en que por fin se animó a salir a la calle a enfrentar el día y la vida que aún la espera por delante.
La vi, la escuché, nos acompañamos unas cuadras en las que las voces de muchos dolientes eran sólo suyas, y el dolor. Mi piel se erizaba y mis ojos temblaban. Ahora ella estaba allí, de pie, pudiendo poner en palabras el dolor atragantado durante cinco largos días de colapso y adrenalina.
Ahora, yo estoy sentado frente al monitor, o a lo poco que aún queda del remanente que lo cegó hoy por la mañana, intentando plasmar un sentir que jamás será el suyo pero que sin duda ha sido acariciado por su dolor y lo ha dejado temblando como una hoja.

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