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miércoles, 31 de marzo de 2010

Los rostros de la felicidad



Finalizando mi última clase ante la víspera del Jueves Santo, una de mis alumnas de primer año de la nueva escuela secundaria me pidió permiso para entregar un obsequio a sus compañeros de curso.
Asentí con la mirada y ella me respondió con una brillante y ansiosa sonrisa.


Se inclinó al costado de su banco y puso sobre el mismo, cual paloma salida de una galera, una caja que rebalsaba de celofanes y color. En su interior, el blanco y el marrón del chocolate cobraba forma de conejos, una treintena de conejos que bregaban por salir corriendo a encontrar un comensal, midiendo el tiempo y apresurando el paso por el temor de llegar vivos al fin de la cuaresma.
Entre que la miraba y sonreía, entre asombro y ternura, ella se acercó y me encomendó la dulce tarea de atrapar un conejo, que para mi suerte fue marrón. Luego, ante un coro de preadolescentes que clamaban por jugar, dio la vuelta y dejó libre al resto para que en la previa de la Pascua, fueran cazados por aquellos chicos ávidos de golosinas y deseosos de despertar a un fin de semana largo.
Cuando la cacería terminó y sonó la campana que anunciaba el final, los acompañé hasta la puerta donde se amontonaban y hacían presión por escapar de la escuela, dejándome atrás del todo. Algunos se giraban y se acercaban a darme un beso y desearme felices pascuas, otros sólo agitaban la mano acompañando el grito de ¡Chau profeee! ¡Buen fin de semana!, algunos pasaban de largo y uno, el último del montón, Matías, se corrió a un costado y me dejó pasar. Al atravesar y comenzar mi caminata hacia el auto, siento que Mati se me acerca y comienza a caminar a mi lado.



-¿Para dónde va profe?
-Voy a buscar el auto para irme a casa – respondí.
-Ah, si va para allá –señalando en la dirección en que yo me dirigía- lo acompaño, porque yo me voy a tomar el colectivo.
-Bueno, ¡gracias!, ¡Vamos!.





Al terminar este pequeño diálogo, el dio comienzo a otro, un poco más exploratorio y más íntimo, como deseoso de curiosear en algunos aspectos que, fuera de la escuela, aparentemente no estaban vedados y podían ser indagados.



- ¿Vos tenés hijos profe? - preguntó en un tono confiado y no tan formal
- No - respondí.
- ¿Por elección? –preguntó con naturalidad.
- Sí - respondí sorprendido.
- La felicidad tiene muchas caras – me respondió. Yo le dije a mi mamá que yo no quiero tener hijos, ¡pero ella se enojó!.



No puedo evitar sonreírme y antes de poder decir algo, volvió al ruedo con otra de sus preguntas:


- ¿Cuántos años tenés?
- 35
- Mi papá tiene 32 y en casa, conmigo, ya somos cinco hermanos.


En ese momento llego al auto, lo miro, le acaricio la cabeza, lo saludo y le digo


- Es cierto Mati, la felicidad tiene muchas caras. Intentá que la tuya no pierda la inocencia Disfrutá el fin de semana y Buena Pascua!.


El se acercó y me dio un beso, sonrió y siguió su camino en busca del transporte que lo llevaría a su casa.


Viéndolo caminar me subí al auto y pensé, sin dejar de asombrarme y de sonreír, en que, esa mañana la felicidad había tenido el rostro de la magia y el sabor del chocolate, la ternura de Brenda desencajando conejos; la sabiduría de Matías y su gesto amable. Al pensar en ello, pensé en el resto de mis alumnos y en toda esa inocencia con la que la mayoría pisa por primera vez el patio de la escuela secundaria, con esa prisa y esa mirada sorprendida con la que luego nos regalan algunos dolores de cabeza, una pícara pre adolescencia y algún que otro “seño” que perdura hasta promediar casi fin de año…
Al dar marcha al auto, se me ocurrió pensar la ingenua tontería de que quizá, crecer, no debería exigirnos tanto. Tanto como renunciar a esa tierna edad que alguna vez pobló nuestro mundo familiar e íntimo de inocencia. También, sumido en esa concatenación de pensamientos, pensé que la vida -como si ella fuera responsable- no debería ser tan injusta al privar de inocencia a muchos otros chicos para los cuáles ni siquiera la misma constituye en si, un tesoro, ya que nunca tuvieron oportunidad de jugar el juego de correrla e intentar capturarla como hice yo con el conejo que atrapé al finalizar mi clase en 1º C y que asomando desde mi maletín, me recordaba la dicha y la fortuna de haber transitado la inocencia a tiempo. Una inocencia que debería ser ingrediente igualitario en la niñez y que por culpa de ambiciones desmedidas, y no de la vida que en esto no tiene nada que ver, algunos hombres grandes y ya crecidos quitan de la sazón de surtidas infancias.
¡Cuánas certezas florecen desde el corazón de un niño!. La felicidad tiene muchas caras, es cierto. La mía hoy, tiene cara de niñez con sonrisa de inocencia. ¿Cómo será el rostro de la felicidad de quién nunca conoció la dicha de la infancia? ¿Conocerán el rostro de la felicidad los niños que nunca tienen infancia?
Espero que la “Luna, madre milenaria” pueda iluminar el camino y las respuestas, esas que yo no puedo ofrecer porque no las encuentro, porque quizá las he perdido o tal vez no las tengo.


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