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jueves, 4 de marzo de 2010

Por el mundo...

con impotencia, dolor, angustia y temblores. Con creación y muerte, también con átomos para la paz y la destrucción...

«El clima ha cambiado desde la Prehistoria (glaciaciones) hasta la actualidad, pasando por la Edad Media, donde era tremendamente caluroso; tanto es así que los vikingos bautizaron a la gran isla cercana al Polo Norte como Groenlandia, “la tierra verde”, a pesar de encontrarse hoy día totalmente cubierta de hielo y nieve»
José Manuel Rodríguez Pardo

Concepción y Santiago de Chile por Soichi Noguchi (Astronauta japonés)


Temblor de vida.





Al despertar del pasado fin de semana ya era vox populi el terremoto en la zona centro-sur de Chile. Una noticia que volvía a sacudir al mundo entero ante el prólogo anual de la tragedia de Haití. Escuchar, leer, ver como la tierra se desgarra y arremete contra todo lo que lleva encima, es una imagen desoladora. Nos invade el dolor, la pena, la angustia, el fantasmal presagio de que pronto nos puede suceder más cerca y su consecuente deseo humanitario de ayudar, de brindarnos. Somos testigos del miedo, ese aterrador miedo que algunos experimentaron, que unos pocos pudieron contarnos, materializándolo en lágrimas, en gritos o en autismos mediante. Otros ni siquiera eso, otros fueron alimento terrestre y ni si quiera se dieron cuenta.




Hace aproximadamente dos años visité Pompeya y sentí escalofríos al escuchar, leer y ver aquellas réplicas de cuerpos sorprendidos de lava y muerte hace apenas 2000 años. Algunos aún dormían, otros inclinaban la cabeza y levantaban su brazo como queriendo frenar la desgracia. Tanto allí, como antes, como ahora, como sin duda será mañana u hoy un poco más tarde, me invade la impotencia. Sin duda esta última nos sacude cuál sismo hasta el centro del alma. A veces nos creemos más poderosos que una montaña y al suceder de estas y otras tantas catástrofes caemos rendidos al comprender que no podemos frenar la furia de Gea ni si quiera al amparo de Urano. Cuando la madre Gaia decide moverse o cambiar su posición, cuándo siente el deseo profundo de dar rienda suelta a sus placeres terrenales y derramarse en amores ante Ponto originando temblores de 8,8 grados Richter en pos de ser fecunda de algún Nereo o algún Taumante, no existe fuerza natural ni titán mitológico que nos rescate.


Subidos a este escenario estamos desde siempre. La comedia ha empezado y no conoce de tiempos. La producción y el guión lo hemos escrito juntos en un atemporal pasado remoto y mediato prolongándose en un futuro siempre incierto. La Tierra brinda el sustrato, nosotros hemos hecho el chiquero y el termitero. La química entre tanto, ha sido, es y será la protagonista principal de una obra que está en cartel desde antes del Big Bang.


A la química con el cambio climático



Cada vez que leemos en periódicos o escuchamos algún informe sobre cómo va nuestro planeta y sus catástrofes en defensa de su sano y justo equilibrio, uno de los personajes que se llevan al banquillo de los acusados somos los hombres, con justas y fundadas razones. Casi de inmediato, la compañerita de banco resulta sin equívocos, la química.
No es mi intención negar esta situación, que de hecho, sabemos reconocidamente y a nuestro pesar que es así. Es mi deseo llamar a reflexionar sobre un imaginario social que cada vez se extiende más entre la población, avasallada por información que muchas veces y en modo subliminal, invade su pensamiento y lo momifica sin dejarlo pensar.
El universo es química pura. Cada pertícula de polvo, de aire, la vida misma está plagada de química, una química que la sustenta y la posibilita, que la enciende ¿Qué tiene de diferente la química de la salud con la química del veneno? Si lo pensamos un poco y sin necesidad de tener mucho conocimiento sobre la ciencia, sería factible que arribemos a la conclusión de que todo está formado por pequeñas partículas denominadas átomos (unos 100 tipos diferentes más o menos), los cuáles se agregan o se desagregan para dar forma a todo lo que del Universo nos maravilla y nos aterra.


Dentro de ese micro y macro mundo de la química y sus átomos nos movemos todos aquellos seres vivos y factores inertes. Para poder habitar el planeta el hombre hace uso .y abuso- de sus recursos naturales, cuestión que, si bien es siempre controversial, no deja der ser la única forma de poder vivir en ella. Por ello, hay que tener presente que en la explotación de dichos recursos, el hombre no sólo obtiene beneficios, también sufre –en mayor o menor grado y en forma permanente- un impacto ambiental, económico y de salud según los controles y la gestión ambiental que se lleve a cabo. Sería muy ingenuo pensar una explotación de recursos sin que esto conlleve a la producción de desechos, a la contaminación, en pequeña o gran escala. Es por eso que se hace necesaria la gestión ambiental y la toma de conciencia del desarrollo sostenible de recursos naturales. Políticas de gestión ambiental que aseguren un correcto funcionamiento de los controles de efluentes líquidos, sólidos y gaseosos así como bregar por la seguridad industrial y de la población en general. Desarrollo sostenible en tanto uso racional de los recursos, dejando tiempo para que la naturaleza “descanse” y se “reponga”. En este sentido, el avance científico se debe poner al servicio de la naturaleza, y en especial, nuestra tan difamada química, quién juega un papel fundamental por su rol en la síntesis de productos artificiales, productos que en su estructura son idénticos a los naturales pero que conllevan en su preparación-en especial los orgánicos- una gran cantidad de productos de reacción y de desecho. Debido a esto, a menudo me enfrento a cuestiones que tienen que ver con un conocimiento empírico erróneo acerca de la química ya que al decir la palabra mágica, muchas personas tienden a asociarla con VENENO y CONTAMINACIÓN sin reparar por un momento en todo lo antes mencionado.
Entonces, ¿Será que el hombre hace la diferencia? ¿Serán las manos y las mentes de las personas que suministran las dosis letales de sustancias las responsables? ¿Serán los usos o abusos que hacemos de los materiales? ¿Por qué atacar a la química qué hace posible toda una galaxia de posibilidades? ¿No deberíamos cambiar el orden de culpabilidad? ¿No deberíamos asumir cada uno nuestra parte y dejar de vivir como Gauchos al buen decir de la abuela Lita? ¿No deberíamos entender que la Tierra es un sistema dinámico que atraviesa cambios permanentes que la separan, la cortan, la laceran y qué está tan viva como nosotros ahora?
Hay algo que no debemos dejar pasar por alto. Existen, al menos dos tipos de “cambios climáticos” que se funden aumentando el derrame de las crestas y el ahogo de los valles al buen estilo de la interferencia ondulatoria. Un cambio antropogénico o natural mediante el cual la inercia del movimiento terrestre posibilita cambios atmosféricos, terrestres y acuíferos y por otro lado, el cambio antrópico asociado al impacto ambiental producido por la celeridad del avance tecnológico al cual nos hemos sumado.
La química está presente en la vida y en la muerte. Es parte de la enfermedad y es parte del medicamento que la cura. La única culpa que tiene la química es la de permitirnos la existencia, la de materializar las almas y los objetos que manipulamos para atravesar nuestra vidas terrenas en permanente evolución y aprendizaje. Dejemos de llevarla al banquillo de los acusados y diluyamos su mala fama. Bien nos vendría amigarnos un poco más con ella para perderle el miedo y el temor, ese con el que se acercan los estudiantes al enfrentamiento casi bélico con dicha disciplina y ese mismo temor con el que la población tapa sus oídos para ni siquiera hacer un esfuerzo por comprenderla en pos de tenerla en cuenta para valerse de su ayuda en defensa de un planeta más justo y más equilibrado (sin negar sus cambios internos que se cumplen de forma inexorable)


Hace unas semanas un alud arrasó con la ciudad de Comodoro Rivadavia enterrando y ahogando algunas vidas. Hace apenas ese mismo tiempo no paraba de llover en Buenos Aires, una ciudad que colapsa cada vez más en forma proporcional al crecimiento demográfico e inversamente proporcional a la nula gestión en urbanización y re-planeamiento urbano. Hace unas semanas más atarás, quedábamos boquiabiertos ante la desaparición de Haití y su desgracia planetaria, como si estuviera de antemano condenada, como la química, a ser desterrada, a ser no vista, a la exclusión. Dese el año pasado, con la sequía que padecimos en la zona de Bahía Blanca, nos enfrentamos a los vientos térreos, aquellos que provienen de un desierto conocido como “desierto de patagones” y que ya es el tercero de la lista de los grandes desiertos mundiales (desierto de Sahara y desierto de Siberia).





 Gracias al planeta que modifica sus estructuras en forma constante y sin siquiera preguntarnos y a su vez, obligado a veces a acelerar sus cambios por nuestros deliberados actos y maltratos, cada tanto, los bahienses nos vemos sumergidos bajo una nube de arena y polvo, cuál film yanqui pochoclero y catastrófico, sumiéndonos en una oscuridad abrumadora y peligrosa sobre la que, desde el médano en la que nos convierte, deberíamos echar un poco luz y un poco de escoba.


Entonces, sí, es cierto, el planeta está convulsionado, la contaminación nos visita hasta en el aire que respiramos, los tumores avanzan. Al mismo tiempo la medicina corre tras la enfermedad como las farmacéuticas corren tras el lucro a costa de la vida misma. En tanto, nosotros nos sentamos a juzgar y a decir y a opinar.



¿Quién es el responsable? ¿Quiénes somos? ¿No sería bueno que de una vez utilicemos nuestros ojos para desterrar la ceguera en la que algunos se y nos han sumido? ¿No sería, al buen entender de Saramago, esa, nuestra urgente responsabilidad? ¿No será que empieza a tomar fuerza la hipótesis que afirma que el cambio climático es en realidad un mito? (1) 


La Tierra seguirá rompiéndose y nosotros no sucumbiremos a sus rasguños. Pero sin duda seremos envestidos por un temblor de vida, como el que experimentan algunos chilenos en este momento, un temblor que sin lugar a dudas es secundado por una estrechez de mano entre la vida y la muerte. Pensemos, existamos y en el entre tiempo, ocupémonos.





(1) A partir de dicha hipótesis, El filósofo Daniel M. López Rodríguez nos invita a pensar por un momento que el llamado cambio climático y el Protocolo de Kioto, son una estrategia geopolítica para hacer que los países en vías de desarrollo no logren alcanzar en ese lento desarrollo a los países de punta, como instaurando el problema en una rivalidad Oriente vs. Occidente secundado por las campañas mediáticas y los ambientalistas que lo alimentan. Hipótesis nada descabellada si la analizamos bajo la misma lupa con la que miramos las guerras por el petróleo, las guerras bacteriológicas y los negociados farmacéuticos.

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