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sábado, 13 de marzo de 2010

Triple Neni


He tenido tres madres, la de antes de la enfermedad, la de durante y la de ahora. La de antes era temerosa y buscaba el agrado hasta en el orden que no le pertenecía. Durante la enfermedad fue la madre de la terquedad y ahora es la madre del despojo y del disfrute.
Ayer fue su cumpleaños. Almorzamos y cenamos juntos, acompañados por mis otros hermanos, papá y Rosario, quién nos regaló su presencia durante el mediodía.
Al ver a esa mujer empeñada entre las fuentes y las asaderas, vistiendo la mesa con un mantel y cubriéndola luego con platos y milanesas volví a confirmar la evidencia del milagro y me convencí de la certeza de que todo en ella es un brote feminista. Uno que hace un par de años la despojó de la depresión y la devolvió a la vida normal, dejando atrás todo recuerdo, como si nunca hubiera vivido en esa sombra a la cuál casi sucumbimos todos, desde mi padre hasta los gatos.
Un par de años estuvo suspendida, llorisqueando y viajando de la cama al sillón, repitiendo hasta el cansancio las frases de sus fijaciones mediante las cuáles buscaba convencer hasta a las moscas de que la medicación la había enfermado. Nunca creímos que mamá fuera tan tozuda y ese era el comentario de todos los que se acercaban a verla y de los que compartíamos su dolor y su pena.
Pienso que quizá, aquel suspenso y aquel tiempo en el cual nos tuvo con el alma en vilo, fue el modo que encontró de decir basta, de hacer hablar un síntoma que venía rumiando durante años sin poder metabolizarlo. Muchos años de entrega, primero hacia su marido, luego hacia nosotros, sus hijos, preparando la mesa a diario, sorteando los envistes cotidianos, dejando todo acomodado para alguien que no era ella misma, dejando estancados esos sueños que nunca hablaron y jamás volaron y de los cuáles ni tengo noción para de repente y sin más remedio que un adiós murmurado entre dientes, encontrarse sola en una casa que escondía hasta los recuerdos y era habitada poco a poco por el vacío y el silencio. Creo que, fueron asuntos demasiado fantasmales para ella, sobre todo porque allí y en todo ese presente espacio vacío de obligaciones diarias y de abrir y cerrar de puertas constantes no había escapatoria para permitirse ser ella misma.
No fue fácil ni calma la pelea y a ella nos convidó casi obligados. Ella sola no podía vencer la tortura de su mente y nos pidió ayuda de la forma que pudo, quizá la única que encontró entre su neceser de vida cotidiana y compartida. Nosotros no podíamos negarnos, a pesar de la angustia que vivíamos al verla y el cansancio de sujetarla para que no se desplome. Y no podíamos porque ella más allá de ser nuestra madre, era la mujer que nos había tomado muchos años de la mano para cruzar una calle, para atravesar el dolor de una enfermedad, para ayudarnos en la tarea del colegio, para comprarnos la ropa y las zapatillas, para cubrirnos ante nuestro padre en ocasiones traviesas, para regalarnos un alfajor o un chocolate o las facturas de la tarde aún sabiendo que quizá ese dinero estaba destinado a otros sectores. Se lo debíamos por eso, por todo el amor que nos brindó y la bondad que nos regaló desde el momento en que poblamos su vientre, una que de tan buena fue su mejor legado.
Fue un milagro su enfermedad porque al hablar su síntoma, hablaron otros, incluso el mío que se animó a salir del armario y presentarse en público sin más vestidos que mi piel desnuda.
Fue otro milagro su cura porque al terminar de rechinar su queja, fue despertando de a poco y nos regaló otra vez la alegría renovada de su presencia, siempre compañera, siempre despojada, memoriosa y atenta, conmemorativa y despierta.
Por lo pronto, al promediar estos días, mi madre ya ha vuelto en sí, renovada y habitada por una Nenina con autoría propia. Ahora se da el permiso de dejar la casa en desorden, hacer las compras en el horario que quiere, dejar los platos sucios si la somnolencia la alcanza o si llega el horario de sus telenovelas y dejar todo para después si le urge una cosquilla más placentera, como la de irse en viaje permanente con su nieta Valentina, quién le convida un mate sin que ella deba prepararlo.
Mi padre mientras tanto comenta "Prefiero una gordita feliz a una flaca triste y apagada".
Mi madre ha recuperado su instinto feminista a los 59 sin ni siquiera haber leído jamás a Ángeles Mastretta y sin ni siquiera conocer la gracia de Maitena. Al parecer esto demuestra la hipótesis o la certeza de que el feminismo es, desde todos los puntos posibles, un don, un milagro y un instinto.

Felíz cumpleaños Mamá!!! y gracias por todo lo que aún nos seguís brindando!!!

Y un regalito exquisto para consagrar alguna comida...

Guiso Feminista (por Ángeles Mastretta)

Hay quienes piensan que el feminismo es una corriente ideológica, yo creo que es un instinto. Un instinto que como tantos la humanidad ha escondido entre cortesías y crueldades hasta no dejar en las mujeres sino un recuerdo casual y placentero de algo que alguna vez nos tuvo en armonía.
En busca del tal armonía, las mujeres han sido capaces de inventar bordados preciosos, de coser tras los balcones como si algo mejor que sus tardes iguales cupiera en el infinito que se asomaba entre las rejas. Las mujeres ataron sus deseos a los planos y los acariciaron durante noches largas como días. Las mujeres cultivaron jardines, jugaron a la moda y al casamiento, se enamoraron del mar y sus prohibiciones, se desenamoraron de la inmensa playa, cuidaron a los enfermos, idearon paños y cataplasmas, parieron muchos niños y pastorearon muchos viejos, pero sobre todo cocinaron.
Si se pudiera juntar toda la creatividad y la energía que las mujeres han puesto en la cocina para emplearla, por ejemplo, en conquistar el espacio, hace tiempo que podríamos pasar los fines de semana en Marte. Pero qué imprecisa y cuánto más penosa hubiera sido la vida si le quitáramos el tiempo que han pasado las mujeres en la cocina.
Tanto han cocinado las mujeres que no siempre estoy segura de qué fue primero, si el instinto feminista o el culinario. Lo que sí sé es que la combinación de ambos puede ser fatal.
Una tarde esta escribiente preparaba café para el señor de la casa y un amigo suyo que en su anterior encarnación fue intelectual vienés. Mientras los oía conversar sentados en la sala como los niños que aún son, tuve a bien preguntarme con disgusto por qué siempre tenía que ser yo la que preparaba el café, por qué no teníamos turnos, por qué a ellos nunca se les ocurría que preparar el café no era una labor tan atractiva como para que siempre tuvieran la amabilidad de permitir que yo la hiciera.
Estaba yo sintiéndome la mismísima revista Fem cuando la respuesta me llegó con el chorro de café que debía ir a una taza, debidamente colocada sobre mi brazo. Grité, maldije, corrí a la sala, como a un hospital, y los intelectuales convertidos en médicos no encontraron mejor método de salvación, que echarme encima un chorro de crema Nivea que empezó a hervir al contacto con mi piel ardiendo.
Han pasado trece años desde aquella tarde y aún tengo en el brazo la cicatriz que obtuve por andar queriendo levantarme contra la bien instituida costumbre de que las mujeres hagan el café y cualquier otra de las cosas que se hacen en la cocina. Aunque detesto exhibir mi cobardía, viene al caso decir que desde entonces, cada vez que un mal pensamiento me ataca en la cocina o sus alrededores, lo empujo hasta mi estudio donde cualquier tesis o demanda feminista es no sólo aceptada sino bien acogida. Fuera de él y de las largas sobremesas entre mujeres, la señora de la casa intenta adoptar el nombre de “Marichu”.
Marichu es una mujer emprendedora y deberosa que cuando toma el cuerpo de otra mujer la lleva de buen humor a la cocina, a comprar las verduras y la fruta, a escoger el pescado fresco mirándolo a los ojos y hurgando la piel bajo sus aletas, a revisar sin horror la carne para que no tenga pellejos, ni esté roja tirando a negro, sino roja tirando a claro.
Marichu jamás pondría como botana un queso picado y unas papitas ruffles. Marichu no repite cada lunes la misma sopa, Marichu sabe guisar costillas de carnero, pescado a la Morenita, ostines Bienville, pechugas a la Tosca, tortolitas a la Richelieu, ensalada de abate Constantino, frituras de naranja con hojas de menta, duraznos a la aranjuez y fresas mailmaison.
Marichu sabe como ninguna que hay algo en un buen café que está gritando a las claras que una ama de casa conoce lo que trae entre las manos, pues el café no sale exquisito por casualidad como creen algunas señoras. Tiene que ser de buena calidad y estar bien hecho para ser el café que haga exclamar a los invitados al oído de sus esposas: “Querida, ¿por qué no tenemos café así en nuestra casa?”
Marichu es un encanto que algunas feminista quemarían en leña verde, entre otras cosas porque tampoco resuelve del todo los problemas domésticos. Eso lo saben las mujeres por cuyos cuerpos ha cruzado Marichu, las consecuencias de su paso no siempre son las mejores. De repente una mañana que en principio iba a dedicarse a estudiar neurofarmacología o administración o ciencia política, las invade la sensación de que en su casa no se come como es debido y de que chueco o derecho eso tiene que ver con ellas. Entonces abandonan los prácticos y generosos cuadernos de cocina que alguna vez publicó el ISSSTE y que de tantos problemas las han sacado, y se entregan al estudio de los libros de cocina que les han ido regalando sus madres, sus tías, Andrés León, el bazar de Mayorazgo y hasta ellas mismas. Pasan una hora cambiando la habitual sopa de fideo por una sopa de sesos y alcachofa, tragan la repugnancia que les provoca leer: los sesos se limpian muy bien quitando la sangre y la membrana bajo la llave del agua fría. Luego deciden que basta de bisteces empanizados y cambian a zarzuela de pescado y mariscos a la Nevada Palace. Al arroz blanco se decide ponerle azafrán y la lechuga orejona se cambia por unos espárragos frolité. Para terminar, se guardan los duraznos en almíbar y se prepara una complicada tartaleta de dátil y malvaviscos. Acto seguido se procede a caer en la cocina tarareando “Estrellita”.
Toda mujer que pasa por este proceso está siendo tomada por Marichu y le esperan las emociones más bárbaras. Porque casi al mismo tiempo en que una mujer se convierte en Marichu, su cónyuge, marido, esposo, compañero o como quiera que la moda llame al señor de la casa, es tomado por el impredecible Pepón.
Pepón es un hombre de apariencia sosegada y alma turbulenta que les gruñe a los perros falderos, que quiere caldo de frijoles cuando hay sopa de almejas y sopa de hongos cuando hay de habas. Pepón le teme a los experimentos culinarios, desconfía del instinto femenino, indaga el estado de los manteles, pregunta por una colección de copas que se rompió en el primer año de vida en común, nunca encuentra lo que busca en el refrigerador y cambia la obsesión de los maridos por la política y sus oficinas por una trémula preocupación por el modo en que se ordenan y deciden las cosas del hogar. Sobra decir que es una calamidad. Pero de seguro es apenas y lo que Marichu se merece. El marido de la original Marichu nunca pudo llamarse más que Pepón.
Cuando la mujer que abandona su libro científico para entrar a la cocina tiene lista la comida del día en que la poseyó Marichu, el señor de la casa entra olfateando de manera extraña y en lugar de prender la televisión y no saludar a los niños, le baja el volumen a la música y amonesta a los niños por haber enchuecado la nueva litera. Luego los carga y les da vueltas mientras camina hacia la proverbia Marichu y su eficaz mirada de felicítame. Por supuesto que no la felicita, pregunta qué huele raro y avisa que invitó a comer a cuatro amigos. La mujer tomada por Marichu le extiende una sonrisa beatífica. Entonces pone cuatro cubiertos más y espera que los amigos lleguen, beban sus aperitivos, coman sus entremeses y pasen a probar la sopa de sesos que salió muy abundante. Cuando todo esto ha sucedido, Pepón pregunta haciendo un puchero, ¿de qué es la sopa? Marichu le responde orgullosa y Pepón le recuerda cuánto detesta las alcachofas. Desencantos como éste cruzan por la pareja platillo a platillo hasta llegar a la tarta de dátiles. Cuando la enfrenta, Pepón no puede más y estalla en una colección de frases inconexas.
Sólo entonces Marichu recuerda la tarde de pasión en que tiró a la basura una hermosa cesta con dátiles sonorenses regalo de un pretendiente sumiso, para demostrarle a Peponcito la unicidad de su afecto. Hasta entonces, porque así son los recovecos de su alma enmudecida, se da cuenta de que una cosa era Pepón y otra los dátiles, y de que a ella le fascinan los dátiles.
-Pues los dátiles son una delicia y si no te lo parece será porque tu paladar es ignorante y cobarde –dice la señora de la casa horrorizando a los cuatro amigos con un comportamiento tan poco apropiado.
-¿Y Marichu? –se dice la mujer mirando a Pepón reírse del otro lado de la mesa-. Se fue Marichu.
-Eres loca –dice el señor de la casa–. Tú que no comes ni carne acusad a mi paladar de cobarde. Te apuesto a que o hay duraznos en almíbar.
-Hay duraznos en almíbar, marca Hérdez y marca La Torre, con hueso y sin hueso, ¿de cuáles quieres?
-De los que tú quieras mi vida, preciosa, teórica maravillosa.
¿Y Pepón? Se fue Pepón. Siempre que Marichu desaparece, Pepón se va también a otra casa porque sabe muy bien los peligros que correría quedándose a perturbar las costumbres y los guisos con los que la científica lo cobija a diario. Pepón se va y en su lugar deja a un señor al lado del cual la vida con sus trabajos y deliberaciones, su generosidad y su inclemencia, parece menos ardua.

BUEN FIN DE SEMANA PARA TODOS!!!

1 comentario:

  1. Vengo atrasada...ni lo digas...pero estoy. Continuo emocionandome con tus reflexiones y la forma de relatar las vivencias tan intimas. Pienso en lo que sentimos desde la distancia con la enfermedad: la angustia,la impaciencia,el no entender los extraños caminos de la mente...parecia que nunca iba a volver a recuperar a mi tia querida... pero resurgio! con la fuerza que tenia adentro y de aquellos que la sostuvieron como pudieron, del tio, de ustedes los hijos y de la nieta maravillosa...
    Gracias a Dios que esta porque la necesitabamos!
    Me pregunto cual es el punto en el cual las crisis vitales se transforman en una enfermedad? Cuan importante es la palabra para exteriorizar lo que sentimos y que no nos destruya...
    "Crisis"... ese paso por una situacion turbulenta; uno puede quedarse ahi estancado...anestesiado esperando que pase... o permitirse el dolor, el duelo y resurgir con nuevos aprendizajes, con nuevas formas de ver la vida, siendo mas fieles a nosotros mismos a lo que anhelamos ser, sin importarnos que piensen los demas.La crisis como oportunidad para el cambio.

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