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lunes, 19 de abril de 2010

"Morada Celeste"


"La gente extraordinaria no se muere nunca"

La muerte siempre me deja absorto, sin palabras. A veces se anuncia con tiempo y si bien uno tiene días para prepararse, en el momento del desenlace sobreviene la angustia y el nudo en la garganta. Cuando es súbita, cuando sorprende es cuando más me sobresalta. Me provoca un sacudón inmenso, como el producido el viernes pasado cuando me enteré que una compañera de la escuela había sido encontrada sin vida en su departamento producto de la inhalación de monóxido de carbono emanado por un calefactor en mal estado.
Inmediatamente imaginé a su amiga yendo a su encuentro, la consiguiente llamada a su familia, a sus otros amigos, el desconcierto, la pena, la tristeza, los miles de cómo y de por qué. Casi al mismo tiempo me colmé de obsesión neurótica y corrí a apagar el calefactor y cubrirme de mantas como si hubiera sido producto de un acto reflejo o de la respuesta a un estimulo sináptico.
Sin duda, si bien debería estar preparado para aceptar la muerte como una parte fundamental del ciclo vital, aún me falta camino y aprendizaje en dicho aspecto. A veces creo que culturalmente y socialmente nos falta comprensión y vivencia de este tránsito, como en otras culturas, que lo festejan como si fuera una fiesta de cumpleaños.
Luego del sacudón sobreviene un estado de calma y pensamiento en el cual me prometo hacer de este tiempo de vida terrena, un goce y un disfrute sin prisa y sin pausa. Lo intento, unas horas, unos días y luego me sumerjo en la rutina cotidiana y pierdo la memoria.
Agradezco que la mente borre ciertas pisadas, la pulsión de muerte puede hacer muchos estragos. Pero, la otra parte, su compañera pulsión de vida, ¿no funciona junto a ella como parte de un todo?, un todo que da sentido y coherencia a esta vida, un sentido cargado de evidencias certeras que a veces me cuesta consensuar.
Más que mi muerte me atemoriza la muerte de la gente querida Me pregunto si existirá algún sitio en dónde situar su ausencia, como es el caso de Adelinda, que prefirió la luna para esconderse y desde allí, plena de mares y de soles, brindarnos su sabia sonrisa…



4 AÑOS

En cuatro años, Argentina cambia un presidente; el mundo tiene otro campeón de fútbol, un niño hace sus primeros pininos en el jardín de infantes, y yo -cuando podía- cada cuatro años cambiaba el auto por un cero kilómetro. Nada definitivo, todo volátil. Porque cuatro años después el presidente se irá, el niño estará en segundo grado de la escuela primaria y del jardín recordará poco y nada, vendrá el nuevo Mundial y del anterior no hablará ni el que lo ganó, y mi auto nuevo ya habrá entrado al taller unas cuantas veces.
En casa... no pasó nada en los últimos cuatros años, excepto que estamos más viejos, todos. Sólo la que partió entonces conserva la veterana juventud de sus 77 de entonces, la imperecedera imagen que preservan algunas fotos y, sobre todo, la que todos guardamos en nuestra memoria y en nuestro corazón. La sonrisa sorprendida que la hacía parecer una niña adulta, la voz baja y la palabra medida, que marcaba presencia pero jamás perturbaba ni se robaba la atención. Sólo la atraía, humildemente, haciendo caso omiso de la importancia que ella tenía en todo y para todos.
Sigue estando, como están todos los que nos hicieron felices. Y entre estas cuatro paredes, que son ocho y doce y dieciséis y veinte, está mamá, la abuela y Adela, según sea quien le dedique un recuerdo emocionado, el día del aniversario de su viaje a la Morada Celeste.
Cuando la estación más gris y ventosa quiere hacerse más presente en este Centenario de atardeceres cambiantes, la Luna -que nunca muta, sino para transcurrir sus ciclos- nos la trae una y otra vez en su reflejo, el del distante refugio que doña Adelinda elegía, vaya a saber para qué alegrías y penas, de esas que todos los seres humanos atesoramos para siempre.

La esposa, la mamá, la abuela nunca dejó de estar en estos cuatro años. Aunque duela su ausencia, ilumina en cada Luna llena, florece con cada azulejo, canta en cada maullido de la mascota felina; esclarece en cada enseñanza que dejó, sin  presumir jamás ninguna maestría.

Se fue un Otoño.


Sólo las flores artificiales nunca mueren.


Eduardo Serralunga.
19/04/2006 – 19/04/2010



GRACIAS QUERIDO EDUARDO por recordarnos el aniversario de esta forma tan bella.
GRACIAS QUERIDA SANDRA por compartirlo y ser la portavoz de su recuerdo en cada gesto que la evoca…

Qué el recuerdo gratifique la existencia!

Y mi homenaje, de la mano del Blog de Ángeles, que siempre ilumina mis sombras...

SI SOBREVIVES, SI PERSISTES, CANTA



Si sobrevives... canta
Digo que no puede decirse el amor.
El amor se come como un pan,
se muerde como un labio,
se bebe como un manantial.
El amor se llora como un muerto,
se goza como un disfraz.
El amor duele como un callo,
aturde como un panal,
y es sabroso como la uva de cera
y como la vida es mortal.”


--


“¿Qué otra cosa sino este cuerpo soy
alquilado a la muerte por unos cuantos años?
Cuerpo lleno de aire y de palabras.
Sólo puente entre el cielo y la tierra.”


--


“Si sobrevives, si persistes, canta,
sueña, emborráchate.
Es el tiempo del frío: ama,
apresúrate. El viento de las horas
barre las calles, los caminos.
Los árboles esperan: tú no esperes,
Éste es el tiempo de vivir, el único.”


JAIME SABINES



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