Material exclusivo para utilizar en el baño

martes, 11 de mayo de 2010

Entre libros y despistes...



Que en lugar de bajarme del micro en la parada establecida lo haga en otra, me ocurre a menudo y este fin de semana, en plena Buenos Aires, no sucedió lo contrario, para variar.
El recorrido había sido establecido con claridad, es más, Edus me había dibujado un planito en un pequeño papel, previendo a mi despiste de que preste atención. Mi despiste lo intentó, se concentró, hizo fuerza por retener la información pero los ojitos azules que me miraban desde el asiento de en frente, el árbol color de otoño que asomaba y se perdía desde la ventana y todo el revuelto de palabras y emociones que sobrevolaban mi cabeza en ese viaje urbano provocaron que atravesara la Avenida Santa Fe, en plena capital porteña, sin siquiera darme cuenta, aún percibiendo que mi entorno se convertía en un desierto de una vez y al sólo abrir por única vez la puerta.
En ese momento y sin inmutarme, despiste tocó a mi puerta con su reiterado toc toc, ¿hay alguien en casa? Posicionando en mi mente la inquietud interrogativa. Mientras tanto, el verde y el amarillo, junto al ocre y los tonos rojizos pastel iban en aumento en la espesura de los bosques que crecían al mismo ritmo que yo me acercaba al chofer para indagar sobre mi posición geográfica (en ese momento tuve la certeza de la utilidad de un teléfono con gps). Al momento que yo preguntaba, aquel conductor entrado en años, serio y barbudo, con voz de humo y ronquido de quién se queja al emitir palabras, sin mirarme respondió:



- La feria del libro!?????, tendrías que haber bajado en Santa Fe, pibe!!!!!



Santa Fe pensaba yo, ¿cuánto hace que habré pasado Santa Fe?. Intentando dar con esa respuesta me encontré caminando por las veredas mullidas de hojas secas y pobladas de pulmones fotosintéticos en retirada estival, intentando desandar el camino andado de un recorrido que no había seguido precisamente con la atención que se merecía.
El sol teñía de atardecer mis pasos y mi rostro. Estaba cálido, hermoso para pasear bajo los encantos de los bosques de Palermo, inmensos, despejados, aireados, amenos y respirables. No recuerdo cuanto caminé, pero no fue mucho. En un momento dado me encontré frente a frente con la fachada de la feria internacional del libro que abriendo sus puertas recibía a una multitud de gente que se amontonaba en forma tranquila y paciente tras una cola que debería tener la longitud de tres cuadras. Mirando atento semejante espectáculo agradecí a Edus por haberme obsequiado una entrada, un papelito celeste y blanco –supongo que en honor al bicentenario, visto que hoy por hoy todo en Argentina es en su honor- que me autorizaba a pasar delante de toda esa gente llegando más tarde que ellos y entrando primero, sembrando de envidia algunas miradas y algunos pensamientos. Por un momento me sentí la estrella principal del evento, como si fuera alguno de los personajes de Hollywood llegando a la entrega de los Oscar, rodeado de vallas humanas que clamaban por mí ante una multitud de flashes y luces que me encandilaban.
Duró poco la fama. En unos segundos ya estaba adentro, sintiéndome una hormiga dentro de un tremendo hormiguero. Me dirigí a informes y averigüé la numeración de los stands de interés al mismo tiempo que mi estómago comenzaba a crujir. Mis piernas comenzaron dirigiéndose hacia el stand 1016 y mi estómago, al cabo de uno cuántos metros, comenzó la carrera hacia un sanitario. No recuerdo como, pero despiste volvió a la pista y me condujo directo hasta el baño sin siquiera preguntar ni utilizar planos; el lenguaje universal y la buena señalización son eficaces en estos emergentes casos. Al pasar, agradecí no ser mujer, y no por desprecio hacia el género, más bien porque para poder entrar al toilette respectivo, había que formar fila, una tan grande como la fila para entrar al predio rural y yo, para esta ocasión, no tenía tarjeta de visita. Subí rápidamente las escaleras, el sanitario estaba despoblado atestiguando la practicidad que caracteriza al hombre en estos y otros casos. Agradecí al señor de la limpieza con algunos billetes y monedas pero no pude agradecer el silencio, que delató a mi estómago y sus manifestaciones de protesta intestinal. Sentía las luces rodear mi puerta, los periodistas y los flashes mientras yo, desde el lado interno del camarín, sentado en el trono exclamaba con las mil y una onomatopeyas que se alejaran. Al rato lo hicieron, cuando volvió el silencio y la calma y al salir, ya no estaban, se habían ido todos, hasta el señor que hacía la limpieza, lo que evidenciaba que si me hubieran escuchado, si hubieran sentido e interpretado los ruidos, no habrían sentido la necesidad de difundirse entre la gente como los gases.
Bajé renovado y listo para comenzar el recorrido. Miré el reloj, las agujas marcaban las seis y yo a las siete tenía una cita con Tute. Debía comprar rápido el libro y aguardar su llegada para saludarlo y llevarme el recuerdo de su firma y sus dibujos como trofeo.


Sudamericana estaba a pleno. La fila para pagar era tan larga como la del baño de mujeres. Aquí no tenía pase libre ni tampoco beneficio de género, por lo que, con mi Batu 2 entre las manos tuve que hacer una hora de cola hasta que llegó mi turno para pagar.
Al hacerlo ya eran las siete y diez de la tarde. Tute no había llegado y la gente que se sumaba tímidamente a la fila no superaba las 30 personas, una microcantidad comparada con la que se agolpaba y amontonaba alrededor de Moria y de Polino quiénes congregaban una megamultitud sedienta de fotos y cámara. Es extraño ver como la cultura se diluye ante los encantos efímeros del cholulaje, pero lamentablemente así funciona nuestro intelecto… ¿funciona?.
Esperar por la firma de Tute fue una digna espera. A todos los que aguardábamos nos parecía humana y noble su tarea de dejar dibujitos y viñetas en cada libro que colocaban entre sus manos y su arte.



Se tomaba su tiempo, es cierto, pero qué manera de disfrutar esos minutos y esa hora y media que tuve que esperar. Entre tanto, contemplaba sus zurdos trazos, su cabellera despeinada y su ser despojado. Casi no hablaba, simplemente preguntaba por el nombre y enseguida entablaba la comunicación a través de los trazos y el dibujo dejándonos a todos maravillados ante tanta espontaneidad. Entre los muchos que posábamos la mirada en sus delineantes dedos, los que aguardábamos por nuestro Batu, o nuestro Tútum, o Raúl o Roberta, comenzó a entablarse alguna que otra conversación y así fue que conocí a Manu, un adolescente de 14 años que adora leer y a quién le apasiona el humor gráfico, tanto que, su madre respetuosa del libre albedrío de sus hijos lo abandonó a la noble empresa de estudiar su secundario en una escuela de arte; una madre que no escatimó en elogios para con su Manu, cómo hubiera hecho toda madre, contando entre tanto sus amores y sus odios literarios, su amor incansable por el rock que desentraña y expone el conflicto social dejándolo expuesto y lacerante para que la conciencia no se olvide del daño que algunos ciudadanos le han hecho y le hacen a esta querida patria a la cuál perteneceremos.


Llegó nuestro turno, primero estaba Manu, al que le tomé una foto con Tute. Luego vino el retruque. Mientras Manu me tomaba la foto, yo quedaba embobado viendo mi auténtico y único Tútum qué me convidaba el mate más azul, más niño y más perruno.

Al lado, en Mondadori, una multitud ovacionaba a Dolina al que alcancé a ver entre cámaras y cabelleras mientras raudamente me dirigía al stand 916 de editorial Tusquets para adquirir un libro de Juan Cruz Ruiz que quiénes tripulamos en Puerto Libre intentamos conseguir desde hace rato, al menos los de este lado del charco. Se ve que la popularidad de esta editorial era más humilde y en forma ágil me hice de Egos Revueltos con quién salí, casi en forma automática, a perseguir el aroma libre del aire que presagiaba la salida. No daba más, estaba exhausto de tanta gente y de tanto encierro. La cabeza me daba vueltas, el estómago aún me recordaba su malestar y todo ese tera evento de la feria comenzaba a parecerme un circo comercial muy bien montado.
No puedo dudar que, sea como sea, es preciso celebrar este tipo de ferias en dónde el libro, ícono cultural por naturaleza, sea el personaje principal y el convite de la fiesta. Si la idea es incentivar la lectura y la difusión editorial, creo que cumple en un alto porcentaje con su cometido, pero no deja de ser un shopping creado para esta sociedad de consumo en la cual vivimos. Con certeza, sigo prefiriendo la soledad y la tranquilidad de la librería de barrio, más allá que a veces, como bien dice Marion, los libros lleguen en barco.
Lo cierto es que salí contento, con mis dos trofeos en la mano, casi fluyendo como los líquidos por la avenida Santa Fé hasta escurrir por los escalones de la línea D del subte. Estaba tan sumergido en mis recuerdos gráficos y letrados que despiste tomo el timón de la conciencia y haciendo gala de sus dones me permitió seguir en sintonía con mis pérdidas, mediante las cuales me pasé de largo, no una, sino dos veces –una de ida y otra de vuelta- la estación Uruguay dónde debía bajarme.
Eso no me prohibió arribar al hostel, tomar un pico descanso y volver al ruedo, recorriendo la calle Corrientes y sus librerías abiertas a media noche, los teatros urgentes y ávidos de espectadores que no escatimaban en ocupar sitios en las veredas a la espera de la función que les coronara, como a mí, otro sábado en el tablero blanco y negro de la misteriosa y noctámbula Capital Baires.

4 comentarios:

  1. Aquí en mx el nivel cultural es ínfimo vs. tu hermosa patria, a pesar de ello en la feria de acá siempre me terminan doliendo los pies y malhumorado porque no encuentro la literatura que busco: termino quejándome de la carencia de un sistema con el indexado del total de obras de todos los stands... supongo que su ventaja a de tener (como andar por los pasillos perdiéndose en un mar de historias y relatos), total que casi nunca encuentro lo que busco aparte de mi agorafobia. Creo que como tu, me quedo con la acogedora librería-cafetería y con ese paseo por las calles estivales de la mítica Bs.As. ¿Has visto “Happy Together” de WKW? Desde que vi ese chico sentado a las afueras del bar sur y ese tango de Piazzolla muero por conocer, aparte, tengo allá a mi amiga del blog puerto libre Mariana, que vive en Bariloche y sus montañas de ensueño. Abrazos, Tessitore.

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  2. HOLA TESSI!!! gracias por darte una vuelta!... comparto totalmente tus apreciaciones sobre las ferias del libro...
    La película que has mencionado no la he visto aún, pero sí sé algo sobre su argumento, no faltará oprtunidad, más sabiendo que me la estás recomendando (jeje)...
    A Mariana la conozco también de Puerto Libre... este verano estuve cerca de su casa, paseando, pero aún no nos conocíamos!...
    Abrazos querido Tessi... Seguimos en contacto y...
    Acá hay lugar para cuando gustes conocer estas tierras del sur continental!.

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  3. Ahora que leo esto, me dieron muchas ganas de crear un blog para relatar momentos como estos (inolvidables o algo por el estilo), en un diario personal/virtual jeje.
    _

    Fue un gran momento para mí, lo disfruté mucho. Me alegro de haberte conocído, necesitaba hablar con alguien que supiera del dibujante que esperaba para firmarnos los libros y que sintiera el mismo fanatismo por él.
    Ni mi propia madre jaja sabía mucho sobre Tute, pero ahora que lo conoció (al leer sus libros), se encariñó con su ARTE. Algunas personas se paraban detrás de la "soga" que nos sepraba del tumulto de gente que recorría los Stands para preguntar sobre Tute jeje.

    Pensar que si no te hubiera conocido, quizas, no me hubiera podído sacar una foto para tenerla de recuerdo como la primera vez que alguien me firma un libro, y esa primera vez fue con un grande del humor gráfico, Tute.

    Gracias Sebas! Nos vemos.

    PD: Salió bien la foto que te saqué, media corrida porque quería que salieran los libros Batu 1 y Batu.

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  4. Si, la foto salió muy bien!!!... te agradezco el gesto de incluir a los hijos de Tute junto a mi...
    Me alegro que lo hayas disfrutado y gracias por agendarte a seguidores!
    Es cierto, son momentos inolvidables... pero, en la vida, si pensamos bien, ¿existen los momentos olvidables?, por más pesar que nos hayan causado, el recuerdo persiste o te asalta en algún momento... obvio que los momentos alegres ocupan más espacio y son más añorados!!!

    Abrazos, seguimos en contacto.

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