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martes, 4 de mayo de 2010

SILABARIO...



Gramática

La llamó Silabaria y la quiso tres días como tres noches, como al horizonte.Luego la olvidó en tres horas, como un abismo. Pero mientras la tuvo cerca la llamó Silabaria.Gran nombre para una enamorada del ocio y las palabras.

Ángeles Mastretta - Maridos




Durante mis vacaciones, este verano, recorrí un par de días las librerías en pos de encontrar algún libro para acompañar mis paseos. En los escaparates de las librerías estaban todas las ofertas posibles para distraernos del implacable mar o la colosal montaña.
Sin duda el libro que yo buscaba no estaba entre ellos, pero lo encontré al segundo día de enriedos libreros en un estante destinado a la literatura. El libro se titulaba Maridos y sabiendo quién era su autora, no dudé en comprarlo y adjuntarlo a mis cacharros de viaje.
Al leer la mini ficción de gramática, me entusiasmó la idea del nombre Silabaria. Es cierto, Ángeles Mastretta escribe sobre mujeres y eso constituye su fábula. Pero en su relato, se entreteje otra trama, otro cuento en el que es posible encontrar una escritura sobre hombres y sobre sus enriedos con las mujeres que se inventa o recuerda para dejarlas plasmadas en sus obras literarias.
Por eso mismo resonó en mi cabeza Silabaria, hacía eco, resplandecía y me permitía pensar en que quizá no sólo existían Silabarias, como todas aquellas que están desperdigadas por todos lados, incluso en ese maravilloso blog tripulado por todo un Puerto Libre. También existen Silabarios y puedo dar testimonio fehaciente de ello a través de mis palabras y lo que voy dejando escrito por aquí y por otros sitios en los que voy dejando rastros; lo evidencian, muestra ese amor por el ocio y las palabras.
Así nació la idea del blog y su nombre. Un deseo inmenso y porfundo de contar, desentrañar historias que están borrachas de sentir, de pasión, de tristezas y de una felicidad que, parafraseando a Ángeles, se encuentra, a cada paso, en cada instante, como empeñados nos avocamos en encontrar su opuesto.

Quería que su marido le dijera bonita y que su amante le dijera querida. Imposible. Así las cosas los dejó a los dos y se compró un espejo grande y las obras completas de Mozart. Nunca fue más feliz que aquel verano azul.

Feliz - Maridos - Ángeles Mastretta.

Al poner mi nombre al blog, Ángeles estuvo allí. Al dar con su blog días más tarde, encontré la felicidad del contacto con tantos otros silabarios y silabarias que fueron delineados por los trazos y las letras de una escritora tan humana, tan cercana y tan de ojos grandes que es capáz de ofrecernos el mundo con sólo traspasarlos al leer sus cuentos y novelas.

Recomiendo, entre todos:

de Mujeres de ojos grandes

Tenía la espalda inquieta y la nuca de porcelana. Tenía un pelo castaño ysubversivo, y una lengua despediada y alegre que recorría la vida y milagros dequien se ofreciera.A la gente le gustaba hablar con ella, porque su voz era como lumbre y susojos convertían en palabras precisas los gestos más insignificantes y las historiasmenos obvias.No era que inventara maldades sobre los otros, ni que supiera con másprecisión los detalles de un chisme. Era sobre todo que descubría la punta de cadamaraña, el exacto descuido de Dios que coronaba la fealdad de alguien, la pequeñaimprecisión que volvía desagradable un alma cándida.A la tía Charo le gustaba estar en el mundo, recorrerlo con sus ojosinclementes y afilarlo con su voz apresurada. No perdía el tiempo. Mientrashablaba, cosía la ropa de sus hijos, bordaba iniciales en los pañuelos de su marido,tejía chalecos para todo el que tuviera frío en el invierno, jugaba frontón con suhermana, hacía la más deliciosa torta de elote, moldeaba buñuelos sobre susrodillas y discernía la tarea que sus hijos no entendían.Nunca la hubiera avergonzado su pasión por las palabras si una tarde dejunio no hubiese aceptado ir a unos ejercicios espirituales en los que el padrededicó su plática al mandamiento «No levantarás falsos testimonios ni mentirás»
Durante un rato el padre habló de los grandes falsos testimonios, pero cuando vioque con eso no atemorizaba a su adormilada clientela, se redujo a satanizar lapequeña serie de pecados veniales que se originan en una conversación sobre losdemás, y que sumados dan gigantescos pecados mortales.La tía Charo salió de la iglesia con un remordimiento en la boca del estómago.¿Estaría ella repleta de pecados mortales, producto de la suma de todas esas vecesen que había dicho que la nariz de una señora y los pies de otra, que el saco de unseñor y la joroba de otro, que el dinero de un rico repentino y los ojos inquietos deuna mujer casada? ¿Podría tener el corazón podrido de pecados por suconocimiento de todo lo que pasaba entre las faldas y los pantalones de la ciudad,de todas las necedades que impedían la dicha ajena y de tanta dicha ajena que noera sino necedad? Le fue creciendo el horror. Antes de ir a su casa pasó aconfesarse con el padre español recién llegado, un hombre pequeño y manso querecorría la parroquia de San Javier en busca de fieles capaces de tenerle confianza.En Puebla la gente puede llegar a querer con más fuerza que en otras partes,sólo que se toma su tiempo. No es cosa de ver al primer desconocido y entregarsecomo si se le conociera de toda la vida. Sin embargo, en eso la tía no era poblana.Fue una de las primeras clientas del párroco español. El viejo cura que le habíadado la primera comunión, murió dejándola sin nadie con quien hacer sus mássecretos comentarios, los que ella y su conciencia destilaban a solas, los que teníanque ver con sus pequeños extravíos, con las dudas de sus privadísimas faldas, conlas burbujas de su cuerpo y los cristales oscuros de su corazón.-Ave María Purísima -dijo el padre español en su lengua apretujada, másparecida a la de un cantante de gitanerías que a la de un cura educado en Madrid.-Sin pecado concebida -dijo la tía, sonriendo en la oscuridad delconfesionario, como era su costumbre cada vez que afirmaba tal cosa.-¿Usted se ríe? -preguntó el español adivinándola, como si fuera un brujo.-No padre -dijo la tía Charo temiendo los resabios de la Inquisición.-Yo sí -dijo el hombrecito-. Y usted puede hacerlo con mi permiso. No creoque haya un saludo más ridículo. Pero dígame: ¿Cómo está? ¿Qué le pasa hoy tantarde?-Me pregunto, padre -dijo la tía Charo-, si es pecado hablar de los otros.Usted sabe, contar lo que les pasa, saber lo que sienten, estar en desacuerdo con loque dicen, notar que es bizco el bizco y renga la renga, despeinado el pachón, ypresumida la tipa que sólo habla de los millones de su marido. Saber de dónde sacóel marido los millones y con quién más se los gasta. ¿Es pecado, padre? -preguntóla tía.-No hija -dijo el padre español-. Eso es afán por la vida. ¿Qué ha de haceraquí la gente? ¿Trabajar y decir rezos? Sobra mucho día. Ver no es pecado, ycomentar tampoco. Vete en paz. Duerme tranquila.
-Gracias padre -dijo la tía Charo y salió corriendo a contárselo todo a suhermana.Libre de culpa desde entonces, siguió viviendo con avidez la novela que laciudad le regalaba. Tenía la cabeza llena con el ir y venir de los demás, y era unaclara garantía de entretenimiento. Por eso la invitaban a tejer para todos los bazaresde caridad, y se peleaban más de diez por tenerla en su mesa el día en que sejugaba canasta. Quienes no podían verla de ese modo, la invitaban a su casa o ibana visitarla. Nadie se decepcionaba jamás de oírla, y nadie tuvo nunca una primiciaque no viniera de su boca.Así corrió la vida hasta un anochecer en el bazar de Guadalupe. La tía Charohabía pasado la tarde lidiando con las chaquiras de un cinturón y como no teníanada nuevo que contar se limitó a oír.-Charo, ¿tú conoces al padre español de la iglesia de San Javier? -lepreguntó una señora, mientras terminaba el dobladillo de una servilleta.-¿Por qué? -dijo la tía Charo, acostumbrada a no soltar prenda con facilidad.-Porque dicen que no es padre, que es un republicano mentiroso que llegócon los asilados por Cárdenas y como no encontró trabajo de poeta, inventó que erapadre y que sus papeles se habían quemado, junto con la iglesia de su pueblo,cuando llegaron los comunistas.- Cómo es díscola alguna gente -dijo la tía Charo y agregó con toda laautoridad de su prestigio-: El padre español es un hombre devoto, gran católico,incapaz de mentir. Yo vi la carta con que el Vaticano lo envió a ver al párroco deSan Javier. Que el pobre viejito se haya estado muriendo cuando llegó, no es culpasuya, no le dio tiempo de presentarlo. Pero de que lo mandaron, lo mandaron. Noiba yo a hacer mi confesor a un farsante.-¿Es tu confesor? -preguntó alguna en el coro de curiosas.-Tengo ese orgullo -dijo la tía Charo, poniendo la mirada sobre la flor dechaquiras que bordaba, y dando por terminada la conversación.A la mañana siguiente se internó en el confesionario del padre español.-Padre, dije mentiras -contó la tía.-¿Mentiras blancas? -preguntó el padre.-Mentiras necesarias -contestó la tia.-¿Necesarias para el bien de quién? -volvió a preguntar el padre.-De una honra, padre.-dijo la tía.-¿La persona auxiliada es inocente?-No lo sé, padre -confesó la tía.-Doble mérito el tuyo -dijo el español. Dios te conserve la lucidez y la buenaleche. Ve con él.-Gracias, padre -dijo la tía.-A ti -le contestó el extraño sacerdote, poniéndola a temblar

de El mundo Iluminado

A ojos cerrados

¿Cuántas veces cierra uno los ojos para no ver y cuántas para ver mejor?
Me lo pregunto porque creo que pensar la diferencia entre una cosa y otra puede ayudarnos a elegir cuál vida preferimos.
No ver lo que nos disgusta, nos aflige, nos amedrenta o nos enfurece y, a cambio, simplemente tratar de no ver nada, es mucho menos útil que cerrar los ojos y llenarlos con nuestras más privadas, arbitrarias y liberadoras fantasías.
En esta época de pérdidas y pesares, cerrar los ojos para distinguir con exactitud no sólo aquello que no queremos perder, sino todo eso que nos urge imaginar, es además de un consuelo, un deber de asombro al que no podemos negarnos.
Tirarse bajo el sol que devasta los cristales, apretar los ojos y conseguir permiso de cruzar en velero frente al faro entre rocas que vive labrado en una cajita azul sobre nuestro escritorio.
Cerrar los ojos para discurrir el pasado y volver a reírnos con la tarde de agosto en que nuestra amiga, la de los mil novios, entró a la iglesia, embarazada y radiante, siete años después que todas las demás.
«Pobrecilla, qué bueno que por fin se casa», dice una de nuestras vecinas de banca, invocando con sus palabras los comentarios y argumentos del escandalizado mundo por el que la novia cruzó como un cometa inocente y luminoso.
«¿Pobrecilla?», le pregunta la voz invicta de otra condiscípula. «Pobrecillas de nosotras. Ella tuvo todos los novios que quiso, bailó todo lo que se le apeteció, con quien se le apeteció. Dio qué hablar, dio en qué pensar, y mira la belleza de norteño con el que va tener hijos. ¿Lo estás viendo? Está divino, ¿verdad? Pues fíjate que además le va bien en los negocios.»
Cerrar los ojos para ver a Cinthia, insólita y febril, compañera de un curso, maestra de todos los demás, devota de ese juego extenuante, mil veces mal agradecido que puede ser la danza clásica, bailando como un pájaro que ambiciona el universo, sola y perfecta en un salón cuyas paredes alguna vez fueron monasterio.
¿Quién sería el viento bajo esas alas? ¿Cuántas veces nuestras alas de ahora se mueven con el puro recuerdo de aquel viento? Sólo se mueren los que nunca pudieron hacer a otros imaginar la eternidad. Ella sigue moviéndose, como una diosa de agua, en los recuerdos de quienes la vimos bailar alguna vez.
Cerrar los ojos mientras nos acercamos al oído el caracol que duerme sobre la chimenea, y oír el mar. Recuperarlo, creer por un momento que toda nuestra vida hemos vivido oyendo su ruido milagroso, que nacimos junto a la playa como alguno de nuestros más remotos antepasados, que sólo ahí, sitiados de agua y lunas, fuimos capaces de una pasión que aún no logramos engañar.
Cerrar los ojos, sentir desde la punta de los pies la certidumbre de que nada puede caber en nuestros pensamientos, más complicados que la maquinaria increíble con que los pensamos. Una maquinaria que se manda sola y que no nos debe nada. Tantear el privilegio de vivir en ella, incluso cuando se descompone y nos duele.
Cerrar los ojos, y subir volando hasta el piso diecinueve de un edificio desde el cual vemos pasar a la gente allá lejos, rumbo a quién sabe dónde, diminuta y caprichosa como un juguete bajo el sol y su esperanza.
Cerrar los ojos y acordarse con toda precisión de los hombros inequívocos, la nariz impecable, los ojos clarividentes del marinero yugoeslavo que conocimos una mañana en Cuba, hace más de veinte años. Imaginar que está vivo y que no ha matado a nadie. Imaginar que aún puede reírse con la boca de cielo con que sabía reírse, cuando pensaba que su país era una mancha azul y promisoria en el mapa de Europa.
Cerrar los ojos y convertir los cinco periódicos de la mañana en barcos de papel. Ayudar a los niños a ponerlos sobre el canal que bordea la fuente rugosa y gris del Parque México. Y ya no saber nada, nada que no sea juego y conjuro.
Cerrar los ojos y ser hombre. Entender cómo piensan, cómo discurren, cómo desean, por qué desean lo que desean. Temer como los hombres, ver a los hijos como los ven los hombres, escribir como un hombre, necesitar como un hombre, callarse como un hombre. Reconocer lo que siente un hombre cuando suma sus fantasías, cuando se asusta con sus desaciertos, cuando se deja arropar y piensa nuestro nombre. Ser un hombre, estar dentro de un hombre, y sentir lo que sienten cuando están dentro de una.
Cerrar los ojos, igual que si fuéramos bajando en la montaña rusa y no quisiéramos ver pasar las cosas de prisa, como cayéndose, sino despacio, haciéndonos el favor de sucederse poco a poco, dejándonos el tiempo largo para intentar asimilarlas de una en una.
Cerrar un ojo, hacerle un guiño al destino y descifrar la mitad como parece que viene y la otra mitad como queremos que venga.
Cerrar los ojos y oír la voz de los gobernantes sin ver sus corbatas, cerrar los oídos y ver el gesto con que acompañan sus palabras, para estar seguros de si tienen buena voluntad cuando han dicho que la tienen. Cerrar los ojos y saber, desde adentro, qué queremos que digan y hagan quienes gobiernan y quienes pretenden hacerlo.
Cerrar los ojos entrando a la panadería y dejar que nos corra, por todo el cuerpo y todos los deseos, el santo olor que las bendice.
Cerrar los ojos y tocar los cuadernos que los niños maltratan en sus mochilas, sus ires, sus venires y su desacuerdo estructural con la escuela. Sentir cómo late, bajo el plástico medio roto, la vida entera de quienes los devastan, mientras suman y maldicen los quebrados.
Cerrar los ojos un segundo, pero cuando vamos manejando bajo el tránsito reacio de Insurgentes, y ser nosotros un segundo robado a las obligaciones, nosotros a punto de salir al cine, novios como siempre que uno va al cine, en busca de historias que corroen y alucinan, de un modo tan perfecto como la vida y tan inolvidable como sus mejores minutos.
Cerrar los ojos en mitad de una reunión con amigos para oírlos mezclando sus pasiones, convocando a su sentido común o traicionándolo, con tal de enmendar el país hasta dejarlo como nuevo. Grabarnos sus voces como son ahora, porque las vamos a necesitar cuando el tiempo dé la vuelta sobre nuestros párpados.
Cerrar los ojos, enmendarle la plana a la razón, a la costumbre, al miedo. Revivir a los muertos, devolverlos a las vidas que los merecen. Desbaratar nuestros errores, contar aciertos que no nos permitimos, permitirnos las audacias que se adormecen en el olvido.
Cerrar los ojos a ratos, en días, y atisbar todo el mundo que nos mantiene vivos. Tener muy cerca siempre, cada vez que resulte imprescindible, la eternidad, el vuelo, la perfección, la playa, las voces de una tarde, la montaña que salta detenida en el aire, los conjuros privados, el sabor a primaria de un pan dulce, el sexo de los otros, la historia inobjetable de la condesa Olenska, el olor a gardenias que corría por el agua de un hotel en Fortín, las manos de los muertos, la luz de una ventana comiéndose al volcán, el faro en una caja y la certeza clara de que todo es posible debajo de la piel.

de Arráncame la vida

Capítulo 1 -fragmento-

Ese año pasaron muchas cosas en este país. Entre otras, Andrés y yo nos casamos.
Lo conocí en un café de los portales. En qué otra parte iba a ser si en Puebla todo pasaba en los portales: desde los noviazgos hasta los asesinatos, como si no hubiera otro lugar.
Entonces él tenía más de treinta años y yo menos de quince. Estaba con mis hermanas y sus novios cuando lo vimos acercarse. Dijo su nombre y se sentó a conversar entre nosotros. Me gustó. Tenía las manos grandes y unos labios que apretados daban miedo y, riéndose, confianza. Como si tuviera dos bocas. El pelo después de un rato de hablar se le alborotaba y le caía sobre la frente con la misma insistencia con que él lo empujaba hacia atrás en un hábito de toda la vida. No era lo que se dice un hombre guapo. Tenía los ojos demasiado chicos y la nariz demasiado grande, pero yo nunca había visto unos ojos tan vivos y no conocía a nadie con su expresión de certidumbre.
De repente me puso una mano en el hombro y preguntó:
—¿Verdad que son unos pendejos?
Miré alrededor sin saber qué decir:
—¿Quiénes? —pregunté.
—Usted diga que sí, que en la cara se le nota que está de acuerdo —pidió riéndose.
Dije que sí y volví a preguntar quiénes.
Entonces él, que tenía los ojos verdes, dijo cerrando uno:
—Los poblanos, chula. ¿Quiénes si no?
Claro que estaba yo de acuerdo. Para mí los poblanos eran esos que caminaban y vivían como si tuvieran la ciudad escriturada a su nombre desde hacía siglos. No nosotras, las hijas de un campesino que dejó de ordeñar vacas porque aprendió a hacer quesos; no él, Andrés Ascencio, convertido en general gracias a todas las casualidades y todas las astucias menos la de haber heredado un apellido con escudo.
Quiso acompañarnos hasta la casa y desde ese día empezó a visitarla con frecuencia, a dilapidar sus coqueterías conmigo y con toda la familia, incluyendo a mis papás que estaban tan divertidos y halagados como yo.
Andrés les contaba historias en las que siempre resultaba triunfante. No hubo batalla que él no ganara, ni muerto que no matara por haber traicionado a la Revolución o al Jefe Máximo o a quien se ofreciera.
Se nos metió de golpe a todos. Hasta mis hermanas mayores, Teresa, que empezó calificándolo de viejo concupiscente, y Bárbara, que le tenía un miedo atroz, acabaron divirtiéndose con él casi tanto como Pía la más chica. A mis hermanos los compró para siempre llevándolos a dar una vuelta en su coche.
A veces traía flores para mí y chicles americanos para ellos. Las flores nunca me emocionaron, pero me sentía importante arreglándolas mientras él fumaba un puro y conversaba con mi padre sobre la laboriosidad campesina o los principales jefes de la Revolución y los favores que cada uno le debía.
Después me sentaba a oírlos y a dar opiniones con toda la contundencia que me facilitaban la cercanía de mi padre y mi absoluta ignorancia.
Cuando se iba yo lo acompañaba a la puerta y me dejaba besar un segundo, como si alguien nos espiara. Luego salía corriendo tras mis hermanos.
Nos empezaron a llegar rumores: Andrés Ascencio tenía muchas mujeres, una en Zacatlán y otra en Cholula, una en el barrio de La Luz y otras en México. Engañaba a las jovencitas, era un criminal, estaba loco, nos íbamos a arrepentir.


Este capítulo forma parte de una novela que ha sido llevado al cine, una historia bellísima que es absolutamente recomendable.


Y por si quieren deleitarse escuchándola, aquí les dejo dos link con entrevistas y conferencias muy recientes de progrmas televisivos españoles a los que Ángeles ha sido invitada éstos días... Sin desperdicio!!!



Buen martes para todos!!!

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