Material exclusivo para utilizar en el baño

martes, 29 de junio de 2010

Instrumental



"Los amantes rendidos se miran y se tocan
una vez más antes de oler el día"

Julios Cortázar, Los amantes (fragmento) 





fotografía: Dylan Ricci




Tus manos se entrometen bajo mi remera rozando todas mis cuerdas, profanando mis deseos, corrompiendo mi cuerpo en herejía constante. La guitarra, entonces, se queja y destempla; se queja mientras se tiñe en caoba la cintura y sus cayos carnales, cuando desde el clavijero, tus palmas sedosas, intentan tiernamente afinarme. Sonando mi voz te acompaña mientras la vibración del sonido cosquillea los surcos que confinan mi espalda. Mientras, me quejo y suspiro. Un aire de aliento levita mis prendas, dejando al desnudo todo un sentir manifiesto. Tus dedos ahora son huéspedes y este cuerpo, su casa tendido por donde te deslizas y andas, a veces de traje, a veces trajinado y otras muchas desvestido con toda la belleza condensada en sonrisa, ventana por la que miro tu alma. Y vas atravesando habitaciones, penetrando en ellas buscando gozoso el éxtasis de los gemidos que te tornan intenso y transforman tu piel en timbales que al galope retumban y se desarman en blanca humedad derramada.


Los amantes - Olverio Girondo

Se miran, se presienten, se desean, / se acarician, se besan, se desnudan, / se respiran, se acuestan, se olfatean, / se penetran, se chupan, se demudan, / se adormecen, despiertan, se iluminan, / se codician, se palpan, se fascinan, / se mastican, se gustan, se babean, / se confunden, se acoplan, se disgregan, / se aletargan, fallecen, se reintegran, / se distienden, se enarcan, se menean, / se retuercen, se estiran, se caldean, / se estrangulan, se aprietan, se estremecen, / se tantean, se juntan, desfallecen, / se repelen, se enervan, se apetecen, / se acometen, se enlazan, se entrechocan, / se agazapan, se apresan, se dislocan, / se perforan, se incrustan, se acribillan, / se remachan, se injertan, se atornillan, / se desmayan, reviven, resplandecen, / se contemplan, se inflaman, se enloquecen, / se derriten, se sueldan, se calcinan, / se desgarran, se muerden, se asesinan, / resucitan, se buscan, se refriegan, / se rehuyen, se evaden, y se entregan.

viernes, 25 de junio de 2010

El derecho a la herejía


“Uno, dos, tres probando, las cosas se pueden cambiar” resuena en mi mente la sentencia del Boxeador que Rodrigo Leiva interpreta en el ring del escenario, un escenario tan real como la vida misma. Distintas las razones, diferentes lo motivos, diferentes escenarios de vida que se plasman y se recrean siendo uno mismo el sentir, el de las palabras mutiladas, vivencias austeras de sentir y de expresar, vivencias de palabras que expresen el dolor y la angustia para que las ideas vuelvan a su ferviente estado de ebullición encontrando en la alegría el puente hacia la elección de una vida cada vez más plena y más enriquecida de experiencias colmadas de sentido.
Llevo días sin anclarme por aquí. Varios días sin escribir, sin poder hacerlo. A veces quisiera tener la lucidez de aquellos otros que pueden poner en palabra fluida y elocuente lo que mi angustia no me deja transmitir.
Llevo días perdido en mi mismo, apocado, aislado de mis palabras y sobresaturado de palabras ajenas, de información y de belleza. Varios días sin poder hacer de mi emoción y mi sentir un silabario de palabras. A veces quiero hacerlo y no puedo, las ideas se amontonan como queriendo evaporarse de la corteza cerebral en ebullición sin poder encontrar el cartelito de la puerta fosforescente. Al no poder huir hacia el exterior, fieles a la entropía que las enmadeja en un verdadero lío, se fugan por el interior de mi cuerpo y se condensan en mis poros, en mis venas, en mi corazón; se condensan y comienzan a fluir más lentamente hasta alcanzar el estado en el que la forma propia es producto del estado del tiempo. Así se quedan, estancadas por allí y me angustian. Mis ideas que ya no lo son, que dejaron de ser brillantes, que se apagaron y solidificaron, me angustian, y lo hacen hasta un punto en el que leer se me torna insoportable, me lloran los ojos, estudiar es una empresa imposible al punto que ni me atrevo a ingresar al SIU para anotarme en mis finales de Julio; en tanto, escribir se transforma en un arte y un oficio cuyo don le pertenece a otros.
Siento en mí todo el pesar de las cadenas de la opresión. Me anclan al suelo, a mi departamento, a mi cama; me dejan indefenso ante los embistes de la lumbalgía y la gripe que buscan llamar mi atención  para que me despabile, para que me despierte y ayude a la emoción a encauzar el mítico camino de retorno y así dar con la salida de emergencia.
Entonces recuerdo, recuerdo los momentos cercanos en tiempo y espacio y voy evocando algunos más lejanos, recuerdo y leo, me informo, escucho, vuelvo a escuchar… Veo, algo me impulsa a mirar viendo y entonces escucho y siento y vuelvo a leer ya sin lagrimeos y me despierto este viernes a las seis de la mañana con el deseo urgente de reencontrarme a mí mismo en este blog que se banca todas las palabras, todos los insultos y todos mis desvíos y desvaríos. Y quiero contar, quiero decir, quiero creer que las cosas se pueden cambiar…
 Maricón y puto fueron dos palabras que estigmatizaron mi adolescencia, cuando yo me daba cuenta que sentía diferente, cuando mis intereses y mis gustos no eran los mismos que los de mis compañeros de colegio, todos varones, todos salesianos, todos atravesados por el mismo dogma del pecado culpógeno con el que fuimos educados dentro de un sistema nublado eclesial y políticamente por la negación y consecuente desprecio hacia quién opta diversamente consciente o inconscientemente.
Yo era tímido de chico, bastante más de lo que soy ahora. Tímido e inseguro. Cuando en tercer año de la escuela secundaria un compañero se paró ante un pedido explícito del profesor de literatura y me señaló con el dedo gritando la palabra puto, el silencio me ensordeció, sentí que el pupitre me tragaba, que me hacía pequeño, tan pequeño como un átomo y desaparecí. Nadie dijo nada, todos quedaron sin palabras, incluso el profesor que luego de un breve lapso de tiempo continuó con la clase en forma habitual. No sé si fue el silencio o la sentencia que por ese entonces aún era moneda corriente, esa que no se decía pero estaba enraizada en toda la sociedad, esa que enuncia que “de eso no se habla”,  pero aquel día desaparecí y me torné invisible, tanto que ya no pude reconocerme hasta pasados unos cuantos años.
Tenía miedo, muchas dudas, deseos del afecto con el que todo ser humano debe nutrirse para poder crecer en armonía. Ante el desprecio y el uso peyorativo con el que se usaba –se usa- la palabra puto, una palabra expresada socialmente para denigrar y sentenciar, una palabra de un poder sectario increíble, una palabra que demuestra aquella otra sentencia que afirma que quién puede nominar tiene el poder, elegí tornarme invisible, elegí dejar de ser yo para cubrirme de un alter ego que sin saberlo, iba conformando un espejo con los reflejos de mi verdadera naturaleza.
Yo era callado y reservado en la escuela –ahora quién lo creería- y era el típico alumno que no generaba nunca un problema. Jamás un llamado de atención, una nota roja en el cuaderno de comunicado, una sanción, salvo aquellas que por macanas de algún “valiente” nos extendían como plural solidario. En ese tiempo yo no prestaba atención a mis compañeros, quería saber, conocer e increpaba constantemente a los profesores, a mis vecinos mayores y muy poco a mis pares. Tenía amigos, pocos y en general eran amigas, con ellas, quién sabe por qué, encontraba más fácilmente temas de conversación –risas-. Incluso dentro de mi familia, mi trato era mayor con algunas tías o con mis primas, más que con los varones. Atravesaba mis días con un temor profundo y vívido de que me descubran, de que el manto de invisibilidad se corra y otra vez ese dedo acusador fuera a recaer sobre mí, dejándome indefenso. Buscaba datos, pero los buscaba en sitios equivocados, los buscaba en el aire, en los relatos que no se contaban porque nadie hablaba de eso en la década del 80 o si así era, era poco o no llegaba a mis oídos que quizá también se negaban a escuchar, se negaban a entender, me negaban, me negaba como aún hoy nos niega gran parte de una población que nos mira sin ver.
Yo no entendía el contenido exacto de la palabra puto aún sabiendo su significado y no lo entendía porque mi despertar sexual fue bastante tardío. La educación católica había hecho de mi súper yo su mejor discípulo y éste anestesió mi pulisón de vida y mi energía libidinal. Del resto, lo poco que quedaba, lo sublimé. Y me di cuenta del contenido de esa palabra cuando me enamoré dolorosamente de alguien y resultó que ese alguien era de mi mismo sexo. Y sí, me enamoré porque uno debía enamorarse para poder luego concretar otras cosas, porque si bien Bahía Blanca es una ciudad grande aún no dejaba –no deja- de ser esa “chacra asfaltada” como la llamamos cariñosamente. Me enamoré y me dolió el amor, tanto que también lo sublimé. El no era como yo, a él le gustaban las mujeres y mucho y a mí me gustaba él, y mucho también. Lloré, mucho lloré, solo, sin poder hablar, sintiendo el ahogo de los sentires germinados como esas semillas de porotos que en clase de biología poníamos bajo un algodón húmedo para estudiar su comportamiento, semillas que morían al poco tiempo a causa de mucha agua o poco riego y también por falta de sustrato fértil para que su vida avance y se despliegue.
Pero no, no podía pasarme eso a mí, yo había sido educado con recta moral, sabiendo que era lo que estaba bien y que era lo que estaba mal y no estaba bien tener relaciones sexuales con alguien del mismo sexo, ni siquiera estaba bien pensarlo, ni siquiera estaba bien masturbarse, aunque debo confesar que el onanismo fue lo único que mi súper yo no pudo negarle a mi eros –risas-
Y volví a taparme aún más con el manto de invisibilidad y así transité la universidad viendo como la vida se escurría como un tren sin poder aferrarme a ningún vagón, parado siempre en la misma estación. Escuchaba atento todas las historias de amor, de todos, de cada uno de mis amigos y amigas, de las personas de mi familia. Todos tenían historias de amor y yo ni siquiera sabía lo que eso significaba más allá del dolor que implicaba no poder hablar y el imaginario de lo que podría o quisera que fuera.
Entonces, fiel a mi educación, recé, noches enteras recé y le pedí a Dios enamorarme, enamorarme de una mujer para sentirme “normal”, para no sentirme enfermo, ni pecador, ni una escoria social.

Entonces llegó el turno de mi despertar sexual, confuso, pero despertar al fin, con una mujer, una con la que pasé algunos años de mi vida, con quién también me casé e intenté formar una familia “normal”, esa que toda la sociedad, la familia y la iglesia quiere y pregona y de la cuál hoy por hoy se habla mucho en los medios de comunicación.
Funcionó, un par de años funcionó hasta que dejó de hacerlo, hasta que el manto de invisibilidad un día se corrió y me dejó desnudo y a la intemperie sintiendo frío, sintiendo ganas de llorar todo el tiempo, sintiendo soledad y vacío, sintiendo bronca y miedo, sintiendo angustia…
Uno, dos, tres probando, las cosas pueden cambiar… Y sí, las cosas pueden cambiar, claro que pueden cambiar y uno debe comprometerse con la lucha, con la pelea, pelearle a la vida como quién dice, pelear para crecer, pelear para hacer de esta sociedad cada día un lugar mas justo y mas igualitario. 

Y me torné visible, destrabé las ataduras del tiempo, adormecí el miedo y erradiqué la culpa.
Acepté que sólo no podría hacerlo y busqué ayuda profesional, Alba, un ser encantador  profundamente humano que se transformó en mi terapeuta y en la persona depositaria de mis dudas y mis miedos. Ella fue abriendo puertas y también ventanas y volví a disfrutar del amanecer y las ganas de arremeter para enfrentar el día. Luego llegó un ángel tan humano y tan celestial que ilumina de sólo mirarlo, mi querido amigo Edus, mi amigote al que quiero con un amor sincrónico y cuántico. El, con su renguera a cuestas, puso su mano en mi hombro y así lo ayudé a cruzar la calle mientras me desvelaba con su corazón, ahuyentando los fantasmas. Me convidó una historia, me abrió las puertas de su edén y me integró a su mundo plagado de magia, de duendes, de Gaby y de Marce a quiénes también quiero con el alma.
De a poco fui amaneciendo, desperezándome del letargo y comencé a desaprender lo aprehendido para aprender de nuevo en un intento por hacerlo bien. Y así, la vida hoy me deslumbra con la sonrisa del amor a cada paso y en cada despertar, un amor tan hombre como yo, con el mismo sexo, con el mismo deseo y un placer inmenso experimentado al disfrutarnos sin culpas, ni temores, ni angustias.
Hoy me doy cuenta que la herejía, como bien la ha definido el lúcido escritor portugués recientemente fallecido José Saramago, es un derecho. Es el derecho a elegir otra cosa, una opción diversa a la que mueve a la mayoría o que impulsa las masas. Si de eso se trata, desde hoy en adelante intentaré ser más hereje, en todos los sentidos, porque jamás me ha movilizado lo masivo, quizá por mi naturaleza, quizá por pertenecer a una minoría o porque así lo siento desde siempre.
Elijo ser hereje al acostarme con otro hombre y tener sexo con él y soy hereje al disfrutarlo plenamente y al sentir el placer al roce de la piel. Elijo ser hereje al abrazarlo y al besarlo descaradamente y elijo ser hereje al querer una vida compartida con él aunque hoy por hoy ni vivamos juntos ni esté en nuestros planes casarnos –mucho menos adoptar un hijo-. Pero, ¿y si mañana se despierta el deseo?, ¿si mañana así lo queremos?. Lamentablemente, como tantos que hoy por hoy ya lo sueñan, nos daríamos cuenta de que aún, en esta tierra sureña, la herejía sigue siendo un derecho utópico, un pecado y un mal castigado por el Dios de la iglesia católica y evangélica que no hace más que argumentar con la intolerancia y la manipulación de las instituciones su empresa en defensa de la familia. ¿Familia?. Yo intenté formar esa familia y no pude, entonces, ¿de qué familia hablan? ¿Sí no es de esa forma debo quedarme con las ganas de formar una familia? ¿Así funciona una democracia?
Y así, el derecho a la herejía se termina pronto, se desvanece también al cruzar la puerta de calle, barrera que separa lo permitido de lo no permitido. Entonces los abrazos se desabrazan y los besos dejan tranquilos a los labios.
¬Shhh, no digas nada, hagamos como que somos amigos, aunque ya todos sepan que somos más que eso, pero mientras no nos manifestemos en público está todo bien.
Y así perdemos constantemente el derecho a la herejía por intermedio del poder que la palabra lleva implícito.  Y perdemos el derecho a hacer público el amor que nos nace y perdemos el derecho a festejar en forma conjunta nuestros cumpleaños y a celebrar con la familia y los amigos la riqueza de un amor que es tan puro como todos y que no debería tener que esconderse. Y perdemos así todo derecho a la herejía, un derecho que sólo disfrutamos en la intimidad de una casa y que muere tras sus paredes.
Somos beneficiarios de las mismas obligaciones y atravesamos las mismas necesidades que todos. Entonces, si somos tan iguales como dicen que somos, ¿por qué no lo somos para los derechos?
No era mi intención contar esta historia. No me gusta hacer leña del árbol caído ni levantar la bandera de mis displaceres para dar golpes bajos. Pero estos días, en que no he parado de escuchar y de leer acerca del matrimonio homosexual, me fue naciendo el deseo de contarlo, aunque sea para que los pocos que puedan pasar por acá comprendan de una vez que la homosexualidad no es ni una enfermedad, ni es un pecado ni tampoco es una cuestión de estado.
Ser homosexual es un pecado y una enfermedad porque hay una sociedad segada por el velo del tiempo, una sociedad que no quiere ver porque la negación es muy profunda, la misma con la que aún me niegan mis padres y que me negó muchos años  a mí mismo. Una negación inconsciente que asusta y atemoriza al mismo tiempo que duele.
Los homosexuales existimos, estamos, somos reales y somos visibles aunque muchos no quieran vernos. Y somos personas y somos seres humanos, aunque algunos aún duden de ello.
¿Cómo será la historia de tantos pibes si esto cambia, si esta ley se aprueba? ¿Cómo hubiera sido la mía? ¿Cómo sería de ahora en más?...

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Nota: Hay enlaces que llevan directo a facebook y que quizá si no estás registardo en ese sitio no puedas leer. No es mi intención ser sectario con la información pero es que hay textos que están allí. Hasta hace un mes no me hubiera imaginado nunca tener mi facebook, porque dudaba de él. Hoy por hoy es una herramienta muy útil de información y de contacto y usado moderadamente no provoca males mayores...
No es mi intención convencerte de que te registres en facebook, no es campaña pro ni mucho menos, pero si querés podés registrarte sin foto y con nombre de fantasía, para al  menos acceder al contenido de los textos. Es una idea, nada más.
No quise pegarlos acá porque uno de ellos es muy largo... pero si quieren y lo solicitan, se los pego en otra entrada... ¿me avisan?  GRACIAS y buen FIN DE SEMANA!

viernes, 18 de junio de 2010

Por el mundo...

En tierras mundiales, sin pelota, sin jugadores y sin vuvuzelas...


Suaves impresiones de un humilde lector en un viaje literario

Todo ser humano es el resultado de un padre y de una madre. Se puede no reconocerlos, no quererlos, se puede dudar de ellos. Pero están allí, con su cara, sus actitudes, sus modales y sus manías, sus ilusiones, sus esperanzas, la forma de sus manos y de los dedos del pie, el color de sus ojos y de su pelo, su manera de hablar, sus pensamientos, probablemente la edad de su muerte, todo esto ha pasado a nosotros.



Durante mucho tiempo imaginé que mi madre era negra. Me había inventado una historia, un pasado, para huir de la realidad, a mi regreso desde África a Francia, donde no conocía a nadie, donde me había convertido en un extranjero. Más tarde descubrí, cuando mi padre, al jubilarse, volvió a vivir con nosotros en Francia, que el africano era él. Fue difícil admitirlo. Debí retroceder, recomenzar, tratar de comprender. En recuerdo de todo eso he escrito "El africano".



J.M.G. Le Clézio



No recuerdo haber escuchado nunca el nombre Ogoja.
Ni siquiera hubiera atinado a decir que se trataba de un poblado Africano.
Esto no sólo da cuenta de mis limitados conocimientos geográficos, también permite vislumbrar el hecho de que existen lugares que no conforman un atractivo para el turismo ni para la prensa y ni hablar para uno mismo.
En esos momentos es cuando voy por las librerías en busca de algún rescate decoroso al amparo de mi solvencia; La literatura y la ficción superan esos baches en el conocimiento humano y nos permiten viajar y conocer sitios remotos, reales o de una invención tal que así lo semejan. A falta de dinero para poder tomar un avión y desembarcar en Sudáfrica, yo me embarco en el vuelo literario y despliego las alas de la imaginación para volar por los infinitos mundos que la sensibilidad humana logra crear y visitar.

Adentrarme en la espesa y suave sabana de África, con la mirada perdida entre las páginas de El Africano, un libro de Le Clezio (premio nobel de literatura 2008), me permite recorrer los senderos de Ogoja, un lugarcito perdido en el mundo, más precisamente en la localidad de Cross River, Nigeria. Entre líneas, me otorga también, la gracia de perderme en su espesura boscosa y brumosa, evocar y compartir mis juegos niños con sus moradores y revivir la libertad que la gran ciudad nos hipoteca; la misma que solemos perder hasta con el atuendo.
Desde esas páginas, el autor nos propone de forma amena y sensible, profundizar en las memorias de su infancia y sumarnos a sus recuerdos, tanto aquellos que fueron vividos oportunamente como los que fue recreando tras el registro fotográfico que su padre iba dejando a modo de testimonio gráfico y todas las cartas y los relatos conservados en ellas de cuando le fue otorgada una plaza como médico en el único hospital de la zona.


¿Cuánto de verosímil posee un recuerdo y cuánto de falsedad o de imaginado? De viaje, Silvina cantó que los “recuerdos son del que recuerda” y ante semejante afirmación no me queda más que suponer que la ficción también habita el recuerdo.
Entonces, cuando el autor nos deja retroceder al tiempo en el que era un niño de ocho años y crecía sobre la planicie, las brumas y la selva por entonces salvaje junto a sus padres en un intento de mantenerse unidos a pesar de lo inhóspito y alejado de la cultura europea; desde aquella mirada niña que siempre posee quevedos de aumento y a través de la cual nos deja ahondar en la que fue su infancia, plagada de primeros momentos en plena libertad, siendo atormentados luego, por una guerra que no sólo sembró la miseria, la hambruna y las pestes sino que casi de manera equitativa encrudeció el carácter de su padre, me animo a inferir que aquel niño interior puso muchas alas y mucha indulgencia en el rescate testimonial de las vivencias que son miradas desde una actualidad con toda la distancia que sabe dar el tiempo.
Desde esa óptica piadosa, los años pasados le convidaron a reposar en la certeza de que no sólo su genitor era africano, también era africana la madre tierra que le dio asilo, respiro, cobijo e inmensidad.

Sin duda, además de un viaje se transforma en invitación, una invitación a la búsqueda de aquel encuentro postergado con ese pequeño cuerpo que habitamos siendo niños para entablar nuevamente el diálogo con el pasado y con nuestros orígenes.
Voy dejando atrás Bali, Nkom, Bameda, Banso, Nkongsamba, Revi, Nsungli, Bum, Fungom para embarcarme en otro navío Le Clezio, aquel cuyo nombre también ostenta un agreste y africano Onitsha.

Para aquellos que lo han leído, aquí les dejo un recuerdo. Para quiénes aún no han comenzado el viaje de recorrer la espesura de Le Clezio, les convido un capítulo de EL AFRICANO a modo de invitarlos a leer otro regalo de la literatura contemporánea.





Termes, hormigas y otros insectos


(J. M .G. Le Clézio)







Delante de la casa de Ogoja, pasado el límite del jardín (más una pared de matorrales que una cerca cuidada), empezaba la gran llanura herbosa que se extendía hasta el río Aiya. La memoria de un niño exagera las distancias y las alturas. Tenía la impresión de que esa llanura era tan vasta como el mar. Estuve horas en el borde del zócalo de cemento que servía de vereda a la casa, con la mirada perdida en esa inmensidad, siguiendo las olas del viento en la hierba, deteniéndome de tarde en tarde en los pequeños remolinos de polvo que bailaban por encima de la tierra seca y escrutando las manchas de sombra al pie de los irokos. Estaba de verdad en el puente de un barco. El barco era la cabaña, no sólo las paredes de piedra y el techo de chapa, sino todo lo que tenía la huella del imperio británico, a la manera del buque George Shotton , del que había oído hablar, ese vapor acorazado y armado con cañonera, cubierto por un techo de hojas, en el que los ingleses habían instalado las oficinas del consulado y que remontaba el Níger y el Benue en la época de lord Lugard.
Sólo era un niño y el poderío del Imperio me era bastante indiferente. Pero mi padre aplicaba su regla como si sólo ella diera sentido a su vida. Creía en la disciplina, en el gesto de cada día: se levantaba temprano, enseguida se hacía la cama, se lavaba con agua fría en una palangana de cinc y había que guardar esa agua jabonosa para remojar calcetines y calzoncillos. Las lecciones con mi madre cada mañana, ortografía, inglés, aritmética. El rezo cada tarde, y el toque de queda a las nueve. Nada en común con la educación francesa, la carrera de desanudar pañuelos y las escondidas, las comidas alegres donde todo el mundo hablaba a la vez, y para terminar, los dulces romances antiguos que contaba mi abuela, las ensoñaciones en su cama mientras se escuchaba chirriar la veleta y en el libro La alegría de leer seguir las aventuras de una urraca piadosa que viajaba por la campiña normanda. Al irnos a Africa habíamos cambiado de mundo. Lo que compensaba la disciplina de la mañana y de la tarde era la libertad de los días. La llanura herbosa delante de la cabaña era inmensa, peligrosa y atractiva como el mar. Nunca había imaginado que gozaría de esa independencia. La llanura estaba allí, delante de mis ojos, lista para recibirme.
No recuerdo el día en que mi hermano y yo nos aventuramos por primera vez por la sabana. Tal vez instigados por los chicos de la aldea, esa barra un poco heteróclita en la que había chicos muy pequeños, con grandes barrigas, y casi adolescentes de doce, trece años, vestidos como nosotros, con short caqui y camisa y que nos habían enseñado a quitarnos los zapatos y los calcetines de lana para correr descalzos por la hierba. Son los que veo en algunas fotos de la época, alrededor de nosotros, muy negros, desgarbados, por cierto burlones y combativos, pero que nos habían aceptado a pesar de nuestras diferencias.
Es probable que estuviera prohibido. Como mi padre estaba todo el día ausente, hasta la noche, debimos comprender que la prohibición sólo podía ser relativa. Mi madre era dulce. Sin duda estaba ocupada en otras cosas, en leer o en escribir, dentro de la casa, para escapar al calor de la tarde. A su manera se había hecho africana. Pienso que debía creer que, para dos chicos de nuestra edad, no había lugar en el mundo más seguro.
¿De verdad hacía calor? No tengo ningún recuerdo. Me acuerdo del frío del invierno, en Niza, o en Roquebillière, siento todavía el aire helado que soplaba por las calles, un frío de nieve y de hielo, a pesar de las polainas y los chalecos de piel de cordero. Pero no recuerdo haber tenido calor en Ogoja. Mi madre, cuando nos veía salir, nos obligaba a ponernos los cascos Cawnpore, en realidad sombreros de paja que nos había comprado en Niza, antes de irnos, en una tienda de la ciudad vieja. Mi padre, entre otras reglas, había establecido la de los calcetines de lana y zapatos de cuero encerado. Apenas se iba a su trabajo nos descalzábamos para correr. En los primeros tiempos me despellejaba con el cemento del suelo al correr. No sé por qué, siempre me arrancaba la piel del dedo gordo del pie derecho. Mi madre me ponía una venda y yo la ocultaba en los calcetines. Después volvía a empezar.
Un día corrimos solos por la llanura leonada en dirección al río. En ese lugar el Aiya no era muy ancho pero lo sacudía una corriente violenta que arrancaba de las orillas terrones de barro rojo. La llanura, a cada lado del río, parecía no tener límites. Cada tanto, en medio de la sabana, se alzaban grandes árboles de tronco muy recto que, más tarde supe, servían para proveer de planchas de caoba a los países industriales. También había algodoneros y acacias espinosas que daban una sombra ligera. Corríamos casi sin detenernos, hasta quedar sin aliento, por las altas hierbas que azotaban nuestros rostros a la altura de los ojos, guiados por los troncos de los grandes árboles. Todavía hoy, cuando veo imágenes de Africa, los grandes parques de Serengeti o de Kenia, siento un vuelco en el corazón y me parece reconocer la llanura por la que corríamos cada día, en el calor de la tarde, sin objetivo, como animales salvajes.
En el medio de la llanura, a una distancia suficiente para que no pudiéramos ver nuestra cabaña, había castillos. En un área vacía y seca, paredes rojo oscuro, con las cresterías ennegrecidas por el incendio, como las murallas de una antigua ciudadela. Cada tanto, a lo largo de las paredes, se levantaban torres cuyas cimas parecían picoteadas por pájaros, despedazadas, quemadas por el rayo. Estas murallas ocupaban una superficie tan vasta como una ciudad. Las paredes y las torres eran más altas que nosotros. Sólo éramos niños, pero en mi recuerdo imagino que esas paredes debían ser más altas que un hombre adulto y algunas de las torres debían superar los dos metros.
Sabíamos que era la ciudad de los termes.
¿Cómo lo habíamos sabido? Tal vez por mi padre o por algunos de los chicos del pueblo. Pero nadie nos acompañaba. Habíamos aprendido a demoler esas paredes. Habíamos debido empezar por lanzar algunas piedras, para sondear, para escuchar el ruido cavernoso que hacían al chocar contra los termiteros. Luego habíamos golpeado con palos las paredes, las altas torres, para ver desmoronarse la tierra polvorienta, mostrar las galerías y los animales ciegos que vivían en ellas. Al día siguiente, las obreras habían rellenado las brechas tratando de reconstruir las torres. Volvíamos a golpear, hasta que nos dolían las manos, como si combatiéramos a un enemigo invisible. No hablábamos, golpeábamos, lanzábamos gritos de rabia y otra vez pedazos de pared volvían a derrumbarse. Era un juego. ¿Era un juego? Nos sentíamos llenos de fuerza. En la actualidad me acuerdo no como de una diversión sádica de chico malo, con la crueldad gratuita que a los chicos puede gustarles ejercer contra una forma de vida indefensa, cortar las patas de los escarabajos, aplastar a los sapos con una puerta, sino como una especie de posesión que nos inspiraba la extensión de la sabana, la proximidad de la selva, el furor del cielo y las tormentas. Tal vez de esa manera rechazábamos la autoridad excesiva de mi padre devolviendo golpe por golpe con nuestros palos.
Los chicos del pueblo nunca estaban con nosotros cuando íbamos a destruir los termiteros. Sin duda, esa rabia por demoler los hubiera asombrado ya que vivían en un mundo donde los termes eran una evidencia, en el que representaban un papel en las leyendas. El dios Termes había creado los ríos al comienzo del mundo y era el que guardaba el agua para los habitantes de la tierra. ¿Por qué destruir su casa? Para ellos no hubiera tenido sentido alguno la gratuidad de esa violencia: fuera de los juegos, moverse significaba ganar dinero, recibir una golosina, cazar algo vendible o comestible. Los mayores vigilaban a los más chicos que nunca estaban solos, librados a sí mismos. Los juegos, las discusiones y los trabajos menudos se alternaban sin un empleo preciso del tiempo: mientras paseaban recogían ramas y bosta seca para el fuego, iban a buscar agua y charlaban durante horas delante de los pozos, jugaban a la payana en el suelo o se quedaban sentados delante de la cabaña de mi padre, mirando el vacío, esperando por una tontería. Si hurtaban algo sólo podían ser cosas útiles, un trozo de torta, fósforos, un viejo plato oxidado. Cada tanto el garden boy se enojaba, y los echaba a pedradas, pero al instante siguiente ya habían vuelto.
Nosotros éramos salvajes como jóvenes colonos, seguros de nuestra libertad, nuestra impunidad, sin responsabilidades y sin mayores. Escapábamos cuando mi padre estaba ausente, cuando mi madre dormía, y la llanura leonada nos atrapaba. Corríamos a toda velocidad, descalzos, lejos de la casa, a través de las altas hierbas que nos cegaban, saltando por encima de las rocas, por la tierra seca y resquebrajada por el calor, hasta las ciudades de las termitas. El corazón nos latía, la violencia desbordaba nuestro aliento, agarrábamos piedras, palos y golpeábamos, golpeábamos, hacíamos derrumbar paredes de esas catedrales, por nada, simplemente por la felicidad de ver subir las nubes de polvo, escuchar desmoronarse las torres, para que el palo resonara sobre las paredes endurecidas y quedaran al aire las galerías rojas como venas donde hormigueaba una vida pálida, color nácar. Pero tal vez al escribirlo hago demasiado literario, demasiado simbólico el furor que dominaba nuestros brazos cuando golpeábamos los termiteros. Sólo éramos dos niños que habían atravesado el encierro de cinco años de guerra, educados en un entorno de mujeres, en una mezcla de temor y astucia, donde el único destello era la voz de mi abuela maldiciendo a los "boches". Esos días en los que corríamos entre las altas hierbas en Ogoja eran nuestra primera libertad. La sabana, la tormenta que se formaba cada tarde, la quemadura del sol en la cabeza, y esa expresión demasiado fuerte, casi caricaturesca de la naturaleza animal, era lo que llenaba nuestros pequeños pechos y nos lanzaba contra la muralla de los termes, esos negros castillos que se levantaban hacia el cielo. Creo que desde ese entonces no volví a sentir semejante entusiasmo. Semejante necesidad de calcular y de dominar. Era un momento de nuestras vidas, sólo un momento, sin ninguna explicación, sin pesar, sin futuro y casi sin memoria.



Traducción de Claudia Solans



J. M .G. Le Clézio (Niza, 1940). A los veintitrés años ganó el prestigioso premio Renaudot por su novela El atestado. Otras novelas suyas son: La fiebre, Terra amata, La guerra, Desierto (premio de la Academia Francesa), El buscador de oro, Onitsha, Estrella errante, El pez dorado, Revoluciones, El africano y Urania. En el 2008 Jean-Marie Gustave Le Clézio recibió el Premio Nóbel de Literatura

domingo, 13 de junio de 2010

Espejitos de colores


En el contexto “revolucionario” que se abre en 1810, la lucha que todos los hombres debían librar era cuerpo a cuerpo, era uno de esos momentos en que las utopías debían pelearse en el campo de batalla. Para ello necesitaban identificarse y diferenciarse del ejército enemigo, necesitaban simbolizar su lucha para darse ánimo en los momentos más duros y fue en este contexto, que desobedeciendo las órdenes de su superior, el recordado general Manuel Belgrano entusiasmó a su ejército para crear nuestra bandera.



Junio tiene una rara costumbre, rociar de humedad el aire, hacer tiritar de frío a la gente y teñir de gris y bruma el ambiente. Pero más allá de lo climático, hoy por hoy, desde diferentes flancos, este junio nos satura con gambeta mundial.
Los medios se encargan de hacernos saber el número de palpitaciones de Maradona al momento del primer gol frente a Nigeria, nos venden el súper LCD para que podamos gozar del encanto de estar presentes en Sudáfrica desde el living de casa y nos alertan acera del pronóstico para los próximos partidos.
Mientras tanto, por acá la escuela ve vaciar sus aulas de niños y adolescentes que se entusiasman más por gritar un gol que por aprender a pensar y a criticar activamente. Claro, es que olvidaba que en la era del enseñar para el mundo del ¿trabajo?, el enseñar a pensar está tan desvalorizado que los chicos ya ni saben el significado de esa palabra.
Entre medio, tampoco recuerdan que hace menos de un mes celebrábamos otro cumpleaños de la patria y que dentro de una semana se cumplen 198 años del surgimiento de nuestra bandera nacional, una bandera que hoy por hoy flamea por doquier en los edificios, farolas, espaldas de los hinchas, autos y en otros tantos rincones de nuestro país con un significado diverso al de sus orígenes.
Al observar todo el show, me voy preguntando a baja voz ¿Qué aspectos de la bandera elegimos para hacer patria? ¿Fomentan esos aspectos la igualdad? ¿Cuál es la igualdad que pregonamos? ¿Coincide con la qué tenemos o con la qué queremos? ¿Qué hacemos en el día a día para elegir un país más habitable para todos y todas? ¿Qué significado adoptan hoy por hoy nuestros símbolos patrios? ¿Con qué bandera hacemos patria?... y vienen a mi recuerdo las palabras de María Maré que publiqué hace alguna semanas y me vuelvo a preguntar ¿Somos libres cuándo compramos lo que otros con más poder eligen por nosotros?



"La libertad es la capacidad de elegir con responsabilidad. Pero, en muchas oportunidades, (y me incluyo), ni estamos eligiendo, ni estamos siendo responsables. No elegimos porque respondemos a una imposición externa, cuyo mayor logro es hacernos creer que somos libres. Lo que no lograron hacer los regímenes dictatoriales, lo ha conseguido esta democracia descarriada. Las dictaduras prohibían un libro y la gente lo leía a escondidas. Ahora podemos acceder a todo y lo único que tomamos, en la mayoría de los casos, son espejitos de colores."



¿Cuántas decisiones políticas se estarán resolviendo tras la pantalla del mundial? ¿Cuántas de estas decisiones ante las cuáles luego pataleamos se transforman en ley mientras nosotros observamos un pleito mediático? ¿A cuántas de esas futuras leyes deberíamos estar apoyando para que no quedemos al margen de un estado de derecho y ni siquiera conocemos?



"La igualdad, finalmente, aquella que Vicente López y Planes colocó en un trono, hace tiempo ha sido destronada. Y estamos tan cómodos así, que no alzamos la voz para pedir justicia. Y justicia no sólo es que se resuelva un asesinato y determinada persona vaya presa."



Somos parte de un sistema que promueve la desigualdad constantemente en nombre de una moral históricamente contaminada y mal entendida. Somos testigos y cómplices de un sistema que nos lleva muchas veces a que agachemos la cabeza frente a una demanda laboral que mantiene los sueldos magros y completa o parcialmente en negro, a cambio a todo nuestro esfuerzo, potencial y dignidad. Somos cómplices porque negamos la realidad ante un festejo mundial que no debería hacernos olvidar que por acá, una o varias leyes pueden hacer la diferencia en cuanto a nuestro estilo de vida pero un gol de más u otro de menos es cuánto más, una alegría o un disgusto; otro espejito de colores.
Creo que luchar por la justicia es animarse a transitar el camino de la igualdad sin prejuicios, es animarse a elegir con responsabilidad a pesar de que algunos nos tilden de locos porque nuestra elección no se condice con la preestablecida o la que nos imponen descaradamente o subliminalmente.
Estos interrogantes que se entretejen en los párrafos precedentes son algunos de los muchos a los cuáles deberíamos responder, empezando por tomar conciencia de que las elecciones son nuestra responsabilidad, más allá de la condición y del lugar que ocupemos en la sociedad.

miércoles, 9 de junio de 2010

El mismo amor, los mismos derechos, los mismos nombres...



Así se titula la campaña que algunas organizaciones y movimientos sociales están llevando a cabo a nivel nacional en pos de promover leyes de igualdad para todos y todas, en vísperas del tan ansiado reconocimiento del matrimonio entre personas del mismo sexo.


Más allá de todo credo, el matrimonio es una cuestión legal o, como nos enseñaron en la escuela, es un contrato entre dos personas independientemente del culto que éstas profesen.
El hecho de que a esos conceptos legales de matrimonio se les haya anexado que las personas deban ser de diferente sexo ha sido por motivos sociales, porque de hecho, el matrimonio, como constructo cultural, no es natural, como algunos creen o intentan hacernos creer.
Esto no quita que se le niegue a alguien el derecho de creer en leyes naturales, de hecho la mayoría de las religiones así lo profesan y nadie se opone a ellas. Uno es libre de creer o no y gracias a esa diversidad de creencias es posible que hoy, por ejemplo, se fomente el debate, que, es sano en la medida que posibilite la escucha y la integración entre las partes, pero se vuelve tóxico y nocivo cuando se fundamenta en la intolerancia y en el prejuicio, sea de la creencia o del bando que sea.
De todos modos, se esté del lado que se quiera estar, no todo es cuestión de creencias. Existen aspectos que tienen que ver con lo legal, relacionados a los derechos humanos, que no debieran contaminarse con las creencias particulares visto que los mismos deben abarcar a toda la población; una creencia nunca resulta representativa ni fundamental a tal efecto.

por Liniers

No se puede negar que el matrimonio, como la familia, como la adopción también, por ejemplo, es una construcción cultural que a lo largo de la historia de la humanidad ha sufrido modificaciones. De hecho, el matrimonio ya existía antes de la influencia de Constantino, en donde era habitual que se celebre entre personas del mismo sexo. Con el nacimiento del catolicismo algunas de estas cuestiones se fueron cambiando, pues se buscaba hacer coincidir las leyes humanas con las llamadas leyes naturales como si se tratase de un juego de encastre o de test de memoria.


Lo que no se tiene en cuenta, creo, es que el ser humano es mucho más complejo que otros organismos vivos del ecosistema y debido a ello, su sexualidad por ejemplo, no se acaba en la genitalidad. Si fuera así, todos los que nacen hombres, instintivamente sucumbirían ante los encantos de una mujer y viceversa. Sin embargo, y esto es evidente, no siempre ocurre así (incluso en el seno mismo de la propia naturaleza).
Si bien aún se desconocen las causas que originan la homosexualidad, sí hay certezas y acuerdos en cuánto a que el deseo sexual no se elige, es decir, no se comanda al cerebro para que opte por el interruptor que accione su ronroneo, éste lo encuentra solo, lo acciona y goza con lo que eligió sin siquiera pedirnos permiso para ello. Entonces ¿Quién tiene la autoridad para dictaminar que eso es o no natural?, ¿Por qué hay que reafirmar constantemente que un homosexual también es un ser humano? Y adelantándome un poco más, ¿por qué insistir en denominar de otra forma al matrimonio entre personas del mismo sexo?

La lengua también es una construcción cultural y como tal es dinámica, se acomoda y cambia, muta, fluye al compás de los cambios sociales y culturales. Si hoy por hoy tenemos en la ley definiciones de matrimonio que hacen hincapié en el vínculo entre personas de diferente sexo y si el DRAE acompaña ese concepto, quiere decir que así se construyó en algún momento de la historia. En tanto y en cuanto no se implemente una ley que extienda los horizontes del mismo, el significado seguirá siendo ese. Pero, si se abriera esta nueva brecha en la legislación vigente, si se diera lugar a la aprobación para que dos personas del mismo sexo se casen ¿cuál sería el problema de ampliar o modificar el significado de un concepto que encierra una construcción cultural? ¿Por qué para unos sería llamado matrimonio y para otros unión civil? ¿No es esta, acaso, otra forma de poner en evidencia aquella frase de Georges Orwell en la que el afirmaba que todos somos iguales, pero algunos son más iguales que otros?



Esto me recuerda al movimiento ocurrido en Sudáfrica conocido como apartheid mediante el cual las colonias inglesas “separaban” derechos en dos colores: blanco y negro. La población negra podía tomar los mismos micros que los blancos para recorrer los mismos lugares utilizando las mismas comodidades, pero mientras la población blanca se ubicaba en la primer mitad, la población negra ocupaba el fondo ¿No es esta una forma más cruel de discriminación? ¿No es la palabra y el lenguaje un lugar propicio para seguir legitimándola?

Algo similar ocurre hoy por hoy con el concepto de familia y el de adopción. El concepto de
familia, como construcción social también ha cambiado con el paso del tiempo, tanto es así que hoy por hoy estamos rodeados de familias tradicionales y también disfuncionales. La familia puede ser nuclear, extensa, monoparental, homoparental, etc. La familia nuclear es la familia tradicional, aquella que se considera natural –tener en cuenta que el término natural es ambiguo, pues, si nos remitimos a los hechos naturales, en el reino animal y vegetal, casi ninguna especie forma familias de este tipo- formada por padres de diferente sexo y sus hijos, pilar o ladrillo fundamental para forjar la sociedad. Hoy por hoy, esas familias han mutado, ya no son lo que eran y sin embargo, luego de debates y de riñas, se acepta que las familias pueden adoptar otros formatos u otras disposiciones, incluso hasta es aceptado que una persona, heterosexual u homosexual adopte o tenga un hijo en forma autónoma, conformando en este caso, una familia monoparental. Ahora, si un padre o una madre heterosexual, con uno o más hijos, se enamora y desea casarse con la persona que ama, automáticamente el o los hijos adquieren los derechos a tener una mamá y un papá, a ser tutelados por ambos en todo lo que respecta a su estudio, formación, salud, deportes y todas aquellas actividades que hacen a la vida social. Sin embargo, hoy por hoy, una persona homosexual que puede adoptar o tener un hijo en otras formas (inseminación artificial, alquiler de vientres, etc.) o que quizá tenga hijos naturales de relaciones heterosexuales anteriores, elegidas adrede para dar pie a la fecundación o no, si desea hacer lo mismo, no puede. En este caso se conforma una familia homoparental en dónde sólo uno de los cónyuges es tutor legal del hijo o hija. Llegados a este punto, cabe la pregunta retórica ¿quiénes son los que quedan desprotegidos?, sin duda los niños, que tienen derecho a tener de ambos padres la custodia legal para que los dos puedan velar por el, incluso, si algún día uno de ellos fallece. No perdamos de vista que a los chicos sólo les hace falta contención, afecto y un vínculo estable que los ayude a crecer, independientemente de la sexualidad de sus padres.



Si somos todos iguales ante la ley, lo somos en sentido amplio, incluso en las denominaciones. Todos y todas sentimos amor, nos enamoramos, tenemos deseos de entablar relaciones duraderas con ese ser que elegimos para transitar el camino terrenal, acompañados, todos sin distinción de colores, credos, ideologías y elecciones sexuales. Si todos somos atravesados por esos deseos, ¿por qué entonces los derechos no se aplican a todos por igual?.
Y no hablo sólo de matrimonio, hablo del derecho a la igualdad en sentido amplio. Si un hombre y una mujer van abrazados por la calle y se besan, lo más lógico es que, o pasen desapercibidos o que quién ve exclame un suspiro y piense: ¡viva el amor!, O, en el último de los casos, pueda exclamar ¿por qué comen delante de los pobres? -esto, si quien mira no tiene ningún palenque cerca donde rascarse-. Ahora, si dos hombres se abrazan y se besan, o lo mismo dos mujeres, lo más probable es que sean señalados, acusados de degenerados y en muchos casos rotulados bajo el slogan de promover el exhibicionismo en la vía pública como si el beso desnudara públicamente la relación sexual que quiénes miran imaginan como perversa.

Porque me opongo tajantemente a que la ley ampare mayorías y desproteja minorías. Porque estoy a favor de la integración de esas mayorías y minorías en un todo heterogéneo y regido por leyes de igualdad. Por todo eso me sumo a ese Sí rotundo frente a esta demanda de un sector al que pertenezco y que ha sido relegado a la sombra durante mucho tiempo –y aún se lo sigue confinando-:

Yo estoy a favor del matrimonio entre personas del mismo sexo.



Yo estoy a favor de la igualdad en sentido amplio

El mismo amor, por ende, ¡los mismos derechos y los mismos nombres!
a lo que le agrego la palabra con la que Julia Zenko coronó los actos del bicentenario en la ciudad:  ¡carajo!

La culutra se ha pronunciado a favor también y para muestra basta este botón


Pedro Aznar


http://www.youtube.com/watch?v=-4sssZYD3v0 (para ver la serie completa de videos)




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La ciencia argentina también se pronunció a favor del matrimonio entre personas del mismo sexo. Al margen, en la columna de textos, dejé el link para quien quiera informarse, aprender y profundizar un poco más el fundamento de este post.
 
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Al hablar de derechos humanos y de humanidad es necesario hablar de amor. El hombre es el único ser que atenta contra si mismo, contra su especie y en contra de todo lo que lo rodea sumido en un plan autodestrucitvo del cuál participa en forma automática sin siquiera, en muchos casos, darse cuenta.
Hasta que no hayamos evolucionado lo suficiente como para sentir el amor en nuestro interior, ese amor que nos tranforma en creadores y que nos permite actuar en resonancia armónica con los semejantes y el entorno, seguiremos asistiendo a esta fiesta, en la que las sociedades se aplastan, las mayorías se llevan por delante al resto y la Tierra rezonga dándole voz a las minorías ninguneadas.
 
Un documental al respecto, HOME
 
 
Una carta al respecto (Gracias Sandra!!!)
 
Carta de Margarita Pesoa (lunes 31 de mayo de 2010)

Hola, linda gente que más quiero!. Como muchos saben, estoy en Colombia viajando con un chamán y su grupo de colaboradores. Son gente absolutamente maravillosa que me está acompañando en un hermoso camino de crecimiento. Estoy, de a poquito, encontrándome a mi misma y encontrando la ansiada felicidad. Quiero compartir con ustedes este elaborado relato que hice de mi última experiencia. Les mando miles de besos y abrazos, y espero verlos pronto!

Nuestros problemas, dolencias y enfermedades son nuestros conflictos de amor. Ellos son hijos de la malnutrición, de la falta de cuidados y de amor hacia el propio cuerpo. Si. La enfermedad es falta de amor. Esos vacíos están enterrados en el cuerpo. Algunos muy profundamente. Tienen intrincadas raíces y se alojan en lugares específicos. Pueden estar en la sangre, en los pulmones, en el hígado, en el cerebro, en los riñones, en el estómago. Pueden atacar la vista, la piel, los músculos, los huesos. Y allí permanecen, congestionando y enfermándonos. Podemos tratar el cuerpo llenándolo de fármacos o probar mil dietas. Podemos, paralelamente, hacer años de terapia con o sin resultados. Yo los invito a todos a tomar yagé, una sopa de autoconocimiento muy poderosa que vive en el Amazonas.
El yagé o ayahuasca es una poción de dos plantas combinadas, potenciada por la energía de quien la prepara. Su acción, que también está determinada por la persona que la toma, es profundamente purgativa, potenciadora de la conciencia y aceleradora del conocimiento. El yagé es un buscador. Eso es lo que es. Limpiando el cuerpo, se abre camino para encontrar el origen de nuestros conflictos y brindarnos las soluciones que viven en nosotros mismos y que necesitamos para curarnos de verdad. Al buscar, el yagé establece una conexión profunda con nuestro interior, expande nuestra conciencia y nos lleva a la fuente, a la información que está contenida en nuestras células. No hay que ser un científico para saberlo, solo hay que sentirlo. El verdadero conocimiento no se piensa, se siente. El yagé es capaz de acelerar el proceso de aprendizaje y generar algo llamado “salto cuántico”. Los saltos cuánticos son el pasaje a un estado de vibración más elevada producto de una ampliación de la comprensión que se da a través de un paquete de información que llega a la conciencia desde las mismas células.
Quiero compartir ahora con todos ustedes, las personas que quiero, la experiencia más maravillosa y extraordinaria que tuve en mi vida. Necesito que la reciban con amor, porque con amor se las entrego. Pueden publicarla, recrearla, deformarla, gastarla y hacer lo que deseen con ella.
Necesitamos profundamente reconectar el cuerpo y la mente que, a lo largo de nuestra historia humana, nos encargamos de separar. Ellos son uno. Somos uno. Pero no solo somos uno en cuerpo y mente, sino que somos uno con el universo.
El universo, que es todo lo existente, es un cuerpo. Es el ser viviente más grande que puede
existir, y toda su información está contenida en cada una de sus partículas. Se trata de un mundo que contiene infinitos mundos. Nuestro planeta también es un cuerpo, un ser viviente. La tierra respira, se mueve, se alimenta, se renueva; está, al igual que nuestro cuerpo, en constante cambio y transformación, en constante expansión. Nuestro cuerpo también es un mundo que contiene infinitos mundos, y cada pequeño mundo a su vez contiene infinitos otros. Nuestro sistema solar es una pequeña célula de otro ser.
El universo es el ser vivo total, absoluto y completo. Tiene un funcionamiento determinado, un equilibrio, y está en constante expansión. Su alimento, su nutriente esencial, es el amor. Si, esa palabra tan antigua, tan mentada, que vive siempre en las canciones y poemas. El amor es el nutriente básico de una sencillez absoluta. Es una sustancia que vibra, que vive en cada átomo. Es la esencia universal y está en el plasma celular. Esa sustancia, el amor, se contiene a sí misma y es en sí misma comprensión, entendimiento, aceptación y paz. El amor es el equilibrio. Muchos lo llaman Dios, señor, padre, Jehová, alá e infinidad de términos devaluados, derrochados y malentendidos por las religiones. Es solo amor en estado puro. Imaginen una caricia, un beso, un abrazo, una risa compartida, una mano amiga, una ayuda. Es así, simple y puro.
El universo es autosuficiente. El no necesita nada más de lo que ya contiene porque él contiene todo. Todas las formas y posibilidades. El respira, se mueve, se quema, se nutre a través de todos sus seres, de sus mundos conectados. Vive restableciendo su equilibrio permanentemente. Se reproduce, se transforma, cambia para vivir. Esa es su forma. Su funcionamiento es claro, brillante, bello. Y no es un secreto. Podemos comprenderlo porque formamos parte de él y él está en nosotros. Pensamos la naturaleza como algo escindido de nosotros. La hemos partido y alejado, como hicimos con nuestro cuerpo y mente. Nos separamos del Universo, de la totalidad o de Dios. Convertimos a Dios en un gran déspota que nos castiga o nos premia, y al cual debemos temer y obedecer, o en todo caso ignorar.
Los seres humanos recibimos un don muy preciado, un regalo enorme. Somos creadores. Nosotros somos el universo. Somos parte de lo infinito. La muerte no existe. El concepto “muerte” solo refleja nuestros miedos, nuestra soberbia y soledad. Nada muere. Nosotros no morimos, simplemente nos transformamos para seguir colaborando en la expansión universal. Nuestro amor sigue viviendo y creciendo en otros seres. Recibimos un mundo al nacer, que es nuestro cuerpo, que funciona con el mismo equilibrio del planeta. Y ambos son lo mismo. Podemos ver cómo en nuestra piel se configuran sus paisajes, sus ríos, bosques, valles, desiertos y montañas. Los árboles conducen el agua y los nutrientes, y mantienen la humedad y la elasticidad de la piel. No debemos talar los árboles. Ellos son seres muy sofisticados, sabios y fundamentales para la salud de la tierra. Son los capilares de nuestro mundo. También reservamos y guardamos energía en nuestro cuerpo. Agua, fuego, sales y petróleo para nutrirnos desde las profundidades. El petróleo es energía concentrada; es un fuego viejo que fue cocinado lentamente durante millones de años, es el aceite que nutre la tierra. Al planeta le costó mucho producirlo. No debemos extraerlo. No es nuestro. Es de la vida. Nuestro cuerpo también reserva aceites y nutrientes vitales para rejuvenecer la piel y la carne.
Así como la mente no está separada del cuerpo, el cielo no está separado de la tierra. Es todo parte de lo mismo. Nuestro cuerpo humano, los animales, las plantas, la tierra y las nubes, están hechas de la misma sustancia. Creo que las nubes son bostezos del planeta y que los pájaros son vitales para abrir canales que oxigenan esa delicada piel que es el cielo. El sol es nuestro centro y principal fuente de energía. Todos los seres somos células fotosensibles que captamos el sol para nutrir al planeta. Cada pequeña partícula importa y es vital. Todo aporta, todo ayuda a la multiplicación de la vida. La tierra es una célula que a su vez nutre el universo, todos los mundos lo son. Al igual que los humanos, los animales y las plantas son células que generan energía para el sistema universal. Una mariposa, una hojita, un perro, los peces y el agua de los océanos son mundos que contienen la misma información universal. El gran secreto del universo está escrito en todas partes. Pero nosotros todavía no aprendimos a leer. Estamos aquí para crecer y aprender. Utilizamos actualmente una pequeña porción de esa nave comandante creadora que es la mente. Allí hay miles de operarios nuevos, listos para empezar a trabajar.
Elegimos como humanidad un camino de largo aprendizaje. El universo nos dio a luz, nos creó con un potencial maravilloso. Somos dioses inmaduros, por eso guerreamos, somos crueles con los demás seres, le quitamos el alimento al planeta, arrasamos con los suelos y los nutrientes. Despreciamos la vida y con ello, nuestra propia vida. Utilizamos nuestra creatividad divina para construir objetos innecesarios que la tierra no se puede tragar, y alimentos aberrantes que nuestro cuerpo no puede digerir. La tierra nos proporciona alimentos abundantes. Hay de sobra para todos. Hay mucho más de lo que podemos consumir. No debemos matar a los animales. Ellos son muy importantes para la tierra. Nuestro planeta cuerpo solo puede nutrirse con aquello que nos da la tierra, no de otra forma. Necesitamos comer alimentos vivos, no descompuestos. Los animales necesitan de nuestro cuidado. Nosotros somos los encargados de darles amor y protección, porque a nosotros se nos dio la conciencia y el don creador.
La comida es amor. Porque el amor es el alimento. Tenemos que reflexionar mucho sobre nuestra forma de alimentarnos, como personas y como humanidad. En vez de compartir los alimentos, los desviamos, los guardamos, los vedamos a otros seres, los destinamos a engordar animales para luego matarlos y devorarlos; y así nos desnutrimos y enfermamos. Porque no compartimos. Los alimentos que nos da la tierra son para todos y alcanzan para todos. Estamos sobrealimentados y por eso, subalimentados y mal amados. No necesitamos sobrecargarnos de comida y objetos para vivir y ser felices. Solo amar, respirar y nutrirnos con el agua y los frutos que nos da la tierra, que es muy generosa.
En los pueblos originales de América Latina está la reserva cultural de la humanidad. Ellos son los encargados de preservar la información que nos va a permitir en el futuro, cuando logremos aprender todos juntos, reconectarnos con la tierra y volver al universo. Tenemos que cuidar esa reserva. No contaminarla ni destruirla. Yo pude ver las figuras de Nazca. Los habitantes de esa cultura conocían el secreto del universo y amaban profundamente la tierra; por eso la acariciaban dibujándola.
Todos los seres que habitamos y conformamos el planeta tenemos una función, un propósito. Nuestra misión es generar energía para aportar a la expansión del universo. Nuestra mayor capacidad es la generación de amor. Amando, generamos combustible para el universo.
El amor es la sustancia más veloz; es el lenguaje universal. Todo se conecta a través de él, es la chispa divina. Por amor se comunican las células, los sistemas, los átomos, los mundos. Por amor se vibra, se respira, se sana; el amor es la primera y la última de las causas. Donde no hay amor, hay desamor. En el vacio de amor vive la violencia, la enfermedad, la incomprensión, el dolor.
El amor es caricia, pero también es palabra, pensamiento, acción, intención. El amor puede viajar sin límites y comunicarse de manera infinita. La palabra es especialmente importante, ignoramos su verdadera fuerza. El universo escucha. Cada célula escucha y reacciona a la intención. Una palabra bella y amable lo es todo. Las palabras están cargadas de energía. De ahí la fuerza de la oración y de los rezos.
El sexo es el lenguaje específico, único, que se establece entre los mundos. Es una comunicación sanadora que restablece las funciones vitales, rejuvenece y llena de felicidad. A través de la música, la danza y toda forma de expresión liberamos energía de amor que nutre el universo. Esa es nuestra función. Cuando amamos, nos expresamos, liberamos el amor. Entonces solo cuando somos felices producimos energía para el planeta. Ese es nuestro gran servicio.
La humanidad no encontró aun su objetivo, su lugar, su función en el universo. Estamos acá para aprender que debemos servir al conjunto. Pero no servir como esclavitud, como obligación, sino servir amando. Porque siendo felices, servimos. Esa es la forma simple y bella del universo. Ahí está nuestra felicidad, en la unidad con el universo. Volver a Dios, dicen muchos, volver al creador, que somos nosotros, que somos todos en uno.
Así lo vi. Así me fue brindada esta información en la cuarta toma de yagé. Esta verdad absolutamente liberadora me llenó de felicidad y de profunda comprensión. Me hizo llorar de emoción. Piensen que la vida no puede ser solo un período más o menos corto de tiempo en el cual uno trabaja para ganar dinero y acumular bienes. Qué vacío absoluto, qué falta de amor. No es posible que el propósito de la vida sea acumular poder y soberbia a través del dinero y del conocimiento intelectual. Si la vida era solo eso, a mi no me interesaba ya vivir. Siempre envidié secretamente a la gente que tiene fe, que siente profundamente y cree en una religión, en un partido político, en un conjunto de ideas. Pero no encontraba algo que tuviera sentido para mí. Ahora se cuales son mis grandes interrogantes, cual es mi camino, mi aprendizaje.
Y tengo la convicción de que toda esta información está contenida en nuestro cuerpo. Tenemos todos juntos que tratar de llegar a ella. Porque somos responsables de nuestro destino humano. Podemos crear y recrear la tierra, por eso la podemos sanar. De nosotros depende. El planeta enfermará gravemente por nuestro accionar destructivo o se purgará sabiamente de nosotros. Yo vi que las montañas pueden convertirse en agua e invadirlo todo. La parte sobreviviente de la humanidad deberá crecer y aprender a vivir de otra manera.
Pensamos que somos lo más importante en este planeta, pero solo somos importantes en la medida que nos integramos al conjunto, porque lo importante es el universo entero, y sus partes no pueden vivir aisladas. Cada pieza importa, porque importa el uno. Nuestra soberbia nos hace sentir profundamente solos, y eso nos da miedo. El que se cree superior, se queda solo. Pero todo enseña, de todas las cosas se aprende. Todo sirve para la reproducción infinita de la vida. Nuestra conducta violenta, destructiva, nos hace crecer, aprender, vibrar cada vez más rápido, ser cada día más luminosos porque la luz es energía que vibra más alto. Nuestra misión es vibrar con el planeta, expandir nuestro amor para reproducir su energía. Algún día vamos a recuperemos el poder, pero no el poder sobre otros, el dominio violento, sino nuestro poder original y verdadero. Volvamos a nosotros. Volvamos todos juntos a la tierra.

 

Quique Pesoa leyó la carta de su hija al aire el domingo pasado (30 de mayo de 2010), en su programa El Desconcierto del domingo, que se puede escuchar sólo por internet, en esta dirección:


y va de 11:00 a 14:00

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Y ahora sí... un poco de alegría. ¿Sabían que James Taylor y Carole King grabaron hace poco un disco juntos?. En efecto ha sido así, lo han hecho y les cuento que es bellísimo escuchar la voz madura de James acompañada de la peculiar y ronca voz de Carole junto a sus manos acariciando el piano en esa versión que catapultó a la fama a un tema musical que adoro y que no me canso de escuchar, You've got a friend, autoría de Carole King.



LA ENCUESTA LIBRE: ¿Qué versión de  You've got a friend te gusta más?

Empiezo yo...
A mi me gusta mucho la versión de JAF (Juan Antonio Ferreyra)

Ahora si, saludos Silabarios para todos!!!