Material exclusivo para utilizar en el baño

viernes, 18 de junio de 2010

Por el mundo...

En tierras mundiales, sin pelota, sin jugadores y sin vuvuzelas...


Suaves impresiones de un humilde lector en un viaje literario

Todo ser humano es el resultado de un padre y de una madre. Se puede no reconocerlos, no quererlos, se puede dudar de ellos. Pero están allí, con su cara, sus actitudes, sus modales y sus manías, sus ilusiones, sus esperanzas, la forma de sus manos y de los dedos del pie, el color de sus ojos y de su pelo, su manera de hablar, sus pensamientos, probablemente la edad de su muerte, todo esto ha pasado a nosotros.



Durante mucho tiempo imaginé que mi madre era negra. Me había inventado una historia, un pasado, para huir de la realidad, a mi regreso desde África a Francia, donde no conocía a nadie, donde me había convertido en un extranjero. Más tarde descubrí, cuando mi padre, al jubilarse, volvió a vivir con nosotros en Francia, que el africano era él. Fue difícil admitirlo. Debí retroceder, recomenzar, tratar de comprender. En recuerdo de todo eso he escrito "El africano".



J.M.G. Le Clézio



No recuerdo haber escuchado nunca el nombre Ogoja.
Ni siquiera hubiera atinado a decir que se trataba de un poblado Africano.
Esto no sólo da cuenta de mis limitados conocimientos geográficos, también permite vislumbrar el hecho de que existen lugares que no conforman un atractivo para el turismo ni para la prensa y ni hablar para uno mismo.
En esos momentos es cuando voy por las librerías en busca de algún rescate decoroso al amparo de mi solvencia; La literatura y la ficción superan esos baches en el conocimiento humano y nos permiten viajar y conocer sitios remotos, reales o de una invención tal que así lo semejan. A falta de dinero para poder tomar un avión y desembarcar en Sudáfrica, yo me embarco en el vuelo literario y despliego las alas de la imaginación para volar por los infinitos mundos que la sensibilidad humana logra crear y visitar.

Adentrarme en la espesa y suave sabana de África, con la mirada perdida entre las páginas de El Africano, un libro de Le Clezio (premio nobel de literatura 2008), me permite recorrer los senderos de Ogoja, un lugarcito perdido en el mundo, más precisamente en la localidad de Cross River, Nigeria. Entre líneas, me otorga también, la gracia de perderme en su espesura boscosa y brumosa, evocar y compartir mis juegos niños con sus moradores y revivir la libertad que la gran ciudad nos hipoteca; la misma que solemos perder hasta con el atuendo.
Desde esas páginas, el autor nos propone de forma amena y sensible, profundizar en las memorias de su infancia y sumarnos a sus recuerdos, tanto aquellos que fueron vividos oportunamente como los que fue recreando tras el registro fotográfico que su padre iba dejando a modo de testimonio gráfico y todas las cartas y los relatos conservados en ellas de cuando le fue otorgada una plaza como médico en el único hospital de la zona.


¿Cuánto de verosímil posee un recuerdo y cuánto de falsedad o de imaginado? De viaje, Silvina cantó que los “recuerdos son del que recuerda” y ante semejante afirmación no me queda más que suponer que la ficción también habita el recuerdo.
Entonces, cuando el autor nos deja retroceder al tiempo en el que era un niño de ocho años y crecía sobre la planicie, las brumas y la selva por entonces salvaje junto a sus padres en un intento de mantenerse unidos a pesar de lo inhóspito y alejado de la cultura europea; desde aquella mirada niña que siempre posee quevedos de aumento y a través de la cual nos deja ahondar en la que fue su infancia, plagada de primeros momentos en plena libertad, siendo atormentados luego, por una guerra que no sólo sembró la miseria, la hambruna y las pestes sino que casi de manera equitativa encrudeció el carácter de su padre, me animo a inferir que aquel niño interior puso muchas alas y mucha indulgencia en el rescate testimonial de las vivencias que son miradas desde una actualidad con toda la distancia que sabe dar el tiempo.
Desde esa óptica piadosa, los años pasados le convidaron a reposar en la certeza de que no sólo su genitor era africano, también era africana la madre tierra que le dio asilo, respiro, cobijo e inmensidad.

Sin duda, además de un viaje se transforma en invitación, una invitación a la búsqueda de aquel encuentro postergado con ese pequeño cuerpo que habitamos siendo niños para entablar nuevamente el diálogo con el pasado y con nuestros orígenes.
Voy dejando atrás Bali, Nkom, Bameda, Banso, Nkongsamba, Revi, Nsungli, Bum, Fungom para embarcarme en otro navío Le Clezio, aquel cuyo nombre también ostenta un agreste y africano Onitsha.

Para aquellos que lo han leído, aquí les dejo un recuerdo. Para quiénes aún no han comenzado el viaje de recorrer la espesura de Le Clezio, les convido un capítulo de EL AFRICANO a modo de invitarlos a leer otro regalo de la literatura contemporánea.





Termes, hormigas y otros insectos


(J. M .G. Le Clézio)







Delante de la casa de Ogoja, pasado el límite del jardín (más una pared de matorrales que una cerca cuidada), empezaba la gran llanura herbosa que se extendía hasta el río Aiya. La memoria de un niño exagera las distancias y las alturas. Tenía la impresión de que esa llanura era tan vasta como el mar. Estuve horas en el borde del zócalo de cemento que servía de vereda a la casa, con la mirada perdida en esa inmensidad, siguiendo las olas del viento en la hierba, deteniéndome de tarde en tarde en los pequeños remolinos de polvo que bailaban por encima de la tierra seca y escrutando las manchas de sombra al pie de los irokos. Estaba de verdad en el puente de un barco. El barco era la cabaña, no sólo las paredes de piedra y el techo de chapa, sino todo lo que tenía la huella del imperio británico, a la manera del buque George Shotton , del que había oído hablar, ese vapor acorazado y armado con cañonera, cubierto por un techo de hojas, en el que los ingleses habían instalado las oficinas del consulado y que remontaba el Níger y el Benue en la época de lord Lugard.
Sólo era un niño y el poderío del Imperio me era bastante indiferente. Pero mi padre aplicaba su regla como si sólo ella diera sentido a su vida. Creía en la disciplina, en el gesto de cada día: se levantaba temprano, enseguida se hacía la cama, se lavaba con agua fría en una palangana de cinc y había que guardar esa agua jabonosa para remojar calcetines y calzoncillos. Las lecciones con mi madre cada mañana, ortografía, inglés, aritmética. El rezo cada tarde, y el toque de queda a las nueve. Nada en común con la educación francesa, la carrera de desanudar pañuelos y las escondidas, las comidas alegres donde todo el mundo hablaba a la vez, y para terminar, los dulces romances antiguos que contaba mi abuela, las ensoñaciones en su cama mientras se escuchaba chirriar la veleta y en el libro La alegría de leer seguir las aventuras de una urraca piadosa que viajaba por la campiña normanda. Al irnos a Africa habíamos cambiado de mundo. Lo que compensaba la disciplina de la mañana y de la tarde era la libertad de los días. La llanura herbosa delante de la cabaña era inmensa, peligrosa y atractiva como el mar. Nunca había imaginado que gozaría de esa independencia. La llanura estaba allí, delante de mis ojos, lista para recibirme.
No recuerdo el día en que mi hermano y yo nos aventuramos por primera vez por la sabana. Tal vez instigados por los chicos de la aldea, esa barra un poco heteróclita en la que había chicos muy pequeños, con grandes barrigas, y casi adolescentes de doce, trece años, vestidos como nosotros, con short caqui y camisa y que nos habían enseñado a quitarnos los zapatos y los calcetines de lana para correr descalzos por la hierba. Son los que veo en algunas fotos de la época, alrededor de nosotros, muy negros, desgarbados, por cierto burlones y combativos, pero que nos habían aceptado a pesar de nuestras diferencias.
Es probable que estuviera prohibido. Como mi padre estaba todo el día ausente, hasta la noche, debimos comprender que la prohibición sólo podía ser relativa. Mi madre era dulce. Sin duda estaba ocupada en otras cosas, en leer o en escribir, dentro de la casa, para escapar al calor de la tarde. A su manera se había hecho africana. Pienso que debía creer que, para dos chicos de nuestra edad, no había lugar en el mundo más seguro.
¿De verdad hacía calor? No tengo ningún recuerdo. Me acuerdo del frío del invierno, en Niza, o en Roquebillière, siento todavía el aire helado que soplaba por las calles, un frío de nieve y de hielo, a pesar de las polainas y los chalecos de piel de cordero. Pero no recuerdo haber tenido calor en Ogoja. Mi madre, cuando nos veía salir, nos obligaba a ponernos los cascos Cawnpore, en realidad sombreros de paja que nos había comprado en Niza, antes de irnos, en una tienda de la ciudad vieja. Mi padre, entre otras reglas, había establecido la de los calcetines de lana y zapatos de cuero encerado. Apenas se iba a su trabajo nos descalzábamos para correr. En los primeros tiempos me despellejaba con el cemento del suelo al correr. No sé por qué, siempre me arrancaba la piel del dedo gordo del pie derecho. Mi madre me ponía una venda y yo la ocultaba en los calcetines. Después volvía a empezar.
Un día corrimos solos por la llanura leonada en dirección al río. En ese lugar el Aiya no era muy ancho pero lo sacudía una corriente violenta que arrancaba de las orillas terrones de barro rojo. La llanura, a cada lado del río, parecía no tener límites. Cada tanto, en medio de la sabana, se alzaban grandes árboles de tronco muy recto que, más tarde supe, servían para proveer de planchas de caoba a los países industriales. También había algodoneros y acacias espinosas que daban una sombra ligera. Corríamos casi sin detenernos, hasta quedar sin aliento, por las altas hierbas que azotaban nuestros rostros a la altura de los ojos, guiados por los troncos de los grandes árboles. Todavía hoy, cuando veo imágenes de Africa, los grandes parques de Serengeti o de Kenia, siento un vuelco en el corazón y me parece reconocer la llanura por la que corríamos cada día, en el calor de la tarde, sin objetivo, como animales salvajes.
En el medio de la llanura, a una distancia suficiente para que no pudiéramos ver nuestra cabaña, había castillos. En un área vacía y seca, paredes rojo oscuro, con las cresterías ennegrecidas por el incendio, como las murallas de una antigua ciudadela. Cada tanto, a lo largo de las paredes, se levantaban torres cuyas cimas parecían picoteadas por pájaros, despedazadas, quemadas por el rayo. Estas murallas ocupaban una superficie tan vasta como una ciudad. Las paredes y las torres eran más altas que nosotros. Sólo éramos niños, pero en mi recuerdo imagino que esas paredes debían ser más altas que un hombre adulto y algunas de las torres debían superar los dos metros.
Sabíamos que era la ciudad de los termes.
¿Cómo lo habíamos sabido? Tal vez por mi padre o por algunos de los chicos del pueblo. Pero nadie nos acompañaba. Habíamos aprendido a demoler esas paredes. Habíamos debido empezar por lanzar algunas piedras, para sondear, para escuchar el ruido cavernoso que hacían al chocar contra los termiteros. Luego habíamos golpeado con palos las paredes, las altas torres, para ver desmoronarse la tierra polvorienta, mostrar las galerías y los animales ciegos que vivían en ellas. Al día siguiente, las obreras habían rellenado las brechas tratando de reconstruir las torres. Volvíamos a golpear, hasta que nos dolían las manos, como si combatiéramos a un enemigo invisible. No hablábamos, golpeábamos, lanzábamos gritos de rabia y otra vez pedazos de pared volvían a derrumbarse. Era un juego. ¿Era un juego? Nos sentíamos llenos de fuerza. En la actualidad me acuerdo no como de una diversión sádica de chico malo, con la crueldad gratuita que a los chicos puede gustarles ejercer contra una forma de vida indefensa, cortar las patas de los escarabajos, aplastar a los sapos con una puerta, sino como una especie de posesión que nos inspiraba la extensión de la sabana, la proximidad de la selva, el furor del cielo y las tormentas. Tal vez de esa manera rechazábamos la autoridad excesiva de mi padre devolviendo golpe por golpe con nuestros palos.
Los chicos del pueblo nunca estaban con nosotros cuando íbamos a destruir los termiteros. Sin duda, esa rabia por demoler los hubiera asombrado ya que vivían en un mundo donde los termes eran una evidencia, en el que representaban un papel en las leyendas. El dios Termes había creado los ríos al comienzo del mundo y era el que guardaba el agua para los habitantes de la tierra. ¿Por qué destruir su casa? Para ellos no hubiera tenido sentido alguno la gratuidad de esa violencia: fuera de los juegos, moverse significaba ganar dinero, recibir una golosina, cazar algo vendible o comestible. Los mayores vigilaban a los más chicos que nunca estaban solos, librados a sí mismos. Los juegos, las discusiones y los trabajos menudos se alternaban sin un empleo preciso del tiempo: mientras paseaban recogían ramas y bosta seca para el fuego, iban a buscar agua y charlaban durante horas delante de los pozos, jugaban a la payana en el suelo o se quedaban sentados delante de la cabaña de mi padre, mirando el vacío, esperando por una tontería. Si hurtaban algo sólo podían ser cosas útiles, un trozo de torta, fósforos, un viejo plato oxidado. Cada tanto el garden boy se enojaba, y los echaba a pedradas, pero al instante siguiente ya habían vuelto.
Nosotros éramos salvajes como jóvenes colonos, seguros de nuestra libertad, nuestra impunidad, sin responsabilidades y sin mayores. Escapábamos cuando mi padre estaba ausente, cuando mi madre dormía, y la llanura leonada nos atrapaba. Corríamos a toda velocidad, descalzos, lejos de la casa, a través de las altas hierbas que nos cegaban, saltando por encima de las rocas, por la tierra seca y resquebrajada por el calor, hasta las ciudades de las termitas. El corazón nos latía, la violencia desbordaba nuestro aliento, agarrábamos piedras, palos y golpeábamos, golpeábamos, hacíamos derrumbar paredes de esas catedrales, por nada, simplemente por la felicidad de ver subir las nubes de polvo, escuchar desmoronarse las torres, para que el palo resonara sobre las paredes endurecidas y quedaran al aire las galerías rojas como venas donde hormigueaba una vida pálida, color nácar. Pero tal vez al escribirlo hago demasiado literario, demasiado simbólico el furor que dominaba nuestros brazos cuando golpeábamos los termiteros. Sólo éramos dos niños que habían atravesado el encierro de cinco años de guerra, educados en un entorno de mujeres, en una mezcla de temor y astucia, donde el único destello era la voz de mi abuela maldiciendo a los "boches". Esos días en los que corríamos entre las altas hierbas en Ogoja eran nuestra primera libertad. La sabana, la tormenta que se formaba cada tarde, la quemadura del sol en la cabeza, y esa expresión demasiado fuerte, casi caricaturesca de la naturaleza animal, era lo que llenaba nuestros pequeños pechos y nos lanzaba contra la muralla de los termes, esos negros castillos que se levantaban hacia el cielo. Creo que desde ese entonces no volví a sentir semejante entusiasmo. Semejante necesidad de calcular y de dominar. Era un momento de nuestras vidas, sólo un momento, sin ninguna explicación, sin pesar, sin futuro y casi sin memoria.



Traducción de Claudia Solans



J. M .G. Le Clézio (Niza, 1940). A los veintitrés años ganó el prestigioso premio Renaudot por su novela El atestado. Otras novelas suyas son: La fiebre, Terra amata, La guerra, Desierto (premio de la Academia Francesa), El buscador de oro, Onitsha, Estrella errante, El pez dorado, Revoluciones, El africano y Urania. En el 2008 Jean-Marie Gustave Le Clézio recibió el Premio Nóbel de Literatura

3 comentarios:

  1. Tatián querido,

    Si vieras cuánto amo los libros de viajes. Este de Le Clézio lo leí por recomendación de Enrique, un cubano que adora las orquídeas y que entra esporádicamente a Puerto Libre. Sin duda un libro maravilloso, lleno de nostalgia por los ocasos de su niñez y las ausencias de un padre que al final siempre fue un extraño. He querido leer Onitsha pero ahora estoy con Javier Reverte, otro gran escritor de viajes y que tiene una trilogía interesantísima de África: "El sueño de África", "Vagabundo en África" y "Los caminos perdidos de África".

    http://www.4shared.com/file/223251829/f1b357f6/Reverte_Javier.html

    En la mañana que iba en el bus del trabajo me enteré de la noticia tan triste, luego leía en elpais.com la nota y también resalté la cita que después colocaste en el blog de Ángeles Mastretta. La vida es un suspiro mon ami.

    Que tengas un bonito finde. Tu amigo mexicanito!

    ResponderEliminar
  2. Tatián,
    Hace días que no posteas, ¿todo bien?,
    ¿como va el temita por allá?. Acabo de leer una nota en un diario local y vamos muy bien.
    Te dejo la liga:
    http://www.eluniversal.com.mx/editoriales/48816.html
    Abrazos.

    ResponderEliminar
  3. Tessi querido!!!... gracias por pasar por acá, gracias por el llamado de atención jeje. Creo que el nuevo post respodnerá tu pregunta... por el otro tema, se sigue debatiendo, hay mucho resquemor aún, pero seguimos peleando... si no es hoy, será mañana, pero decantará de todas formas, estoy convencido!
    Tenés un e-mail? facebook?... me avisás??? gracias por tu enlace... de a poco va queriendo jeje ABRAZOS querido amigo!

    ResponderEliminar