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viernes, 30 de julio de 2010

Aquel árbol se llamaba Paraíso



Aquel árbol se llamaba Paraíso y en él habitaban, además de mis fértiles riegos, cuidados y olvidos, mi lora Pepa a la que papá trajo de muy chiquita encerrada en una caja de cartón con dos agujeros. Al tiempo que, desde mis tempranos seis años, me abocaba a la tarea de plantar un árbol al compás de las directivas de papá, Pepa daba sus primeros saltos a través de la gramilla del patio y se acostumbraba al roce de mis dedos que a contra pluma caminaban por su cabecita, adormeciéndola y domesticándola.
Ella creció entre nosotros, de a ratos sobre mi hombro, de a ratos al pie de la cama velando para que mi sueño llegara pronto, tan pronto como para que papá la llamara, luego de mi cerrar de ojos, en susurros y ella contestando con onomatopeya de lora, lo siguiera a paso lento por el pasillo hasta su jaula, que colgaba airosa y carcelera de la rama más baja y robusta de nuestro retoñado Paraíso.
Mi viejo se levantaba mucho más temprano que yo, se levantaba y hacia sus deberes, entre ellos, soltar a Pepa para que retoce en el jardín. Pero ella también tenía sus mandados de quehaceres y uno de ellos, previo pispear que ninguna mirada felina anduviera haciendo blanco en su pescuezo, era recorrer el Paraíso en busca de una china, o de una india o de una lila persa que jamás encontraba. Cubriéndose resignada se parapetaba camuflada bajo su sombrilla de copos verdes y deslizándose desde la cumbre por varillados barniles carnosos, no paraba hasta dar con uno que coincidía justo sobre la ventana de mi cuarto. Desde allí, sin pedir permiso, comenzaba su tarea más titánica, aquella ardua tarea de despertarme. Primero intentaba con picotazos sobre el postigo de madera maciza, luego, si eso no resultaba, como casi nunca resultaba, comenzaba a silbar imitando a mamá cuando regaba las plantas y si aquello tampoco resultaba, cosa muy probable, no sé por qué extraña razón comenzaba a insultar. Acto seguido, abriendo el postigo, aún con la almohada entre los ojos, insultando a coro con ella, la dejaba entrar para que se dedicara a su tarea favorita, acariciarme con su pico la cabeza, mientras yo remoloneaba un poco más.
Pasaron cinco años de rutina verde y plumífera y un día al despertar Pepa no cantó, ni golpeó ni insultó tras la ventana. Asomados al enjambre de las hojas del enmudecido custodio arbóreo, notamos la puerta abierta de su prisión domiciliaria y un aire de libertad que acunaban las hojas entre las enramadas del árbol nos anotició de su partida. ¡Pepa! ¡Pepa! La llamábamos, incluso los vecinos, que enterados de mi desdicha y de mis llantos no dudaron en organizar el rescate. Sonaban los teléfonos, Doña María gritaba por detrás del paredón buscando novedades y la Tía Mecha gritaba, al cabo de unas doce horas de intensa y fatigosa búsqueda ¡Vasco!, ¡Pepa está en el muelle! la escucho cotorrear…
Fuimos de inmediato. Al llegar comenzamos a susurrar su nombre y Pepa contestó una vez, contesto dos y a la tercera, sobrevolando mi cabeza hizo unas piruetas y se paró en mi hombro. Nos fuimos a casa, los tres, papá en silencio, yo con la emoción corrida en lágrima del reencuentro y Pepa con la dicha de experimentar sus primeros vuelos en la libertad de aquellos vínculos humanos que tanto le habían regalado. Habían crecido sus alas, habían crecido sin darnos cuenta ¡Quién sabe por qué papá se las cortó de tan pequeña! ¡Quién sabe por qué cortó las mías al encadenarme al compromiso de aquel árbol que nos cobijaba bajo su copa sombrilla! Lo cierto es que como yo, ella hizo de Paraíso su refugio y su morada. Allí los tres éramos libres, más allá de que Pepa aún, en esos momentos, no volara. Mientras yo me trepaba hasta la rama más robusta y ella me seguía saltando por entre las enramadas frondosas y de endeble contextura, Paraíso hacía sonar sus dientes y crujía toda su dentadura mientras me mecía. Entre tanto, Pepa, ya trepada a mi cabeza, me acariciaba con su pico todo el pelo revuelto y así, nos íbamos adormeciendo, mirando hacia lo alto, buscando lamparones de sol entre las hojas regaderas de sombra, tanteando cada día un lugar más cerquita del cielo, en aras de una libertad que algunas alas truncas, ciertos años menores y varias raíces descarriadas no nos dejaban aún, elevar en vuelo.
Pepa lo había conseguido, cuando la vi otra vez sobre mis hombros, cuando ya no saltaba sino que volaba sobre mi cabeza para cambiar de apoyo, comprendí aquella certeza y de inmediato entendí otras tantas. Si bien ella era feliz entre nosotros, o al menos eso suponíamos, sentía la necesidad de sobrevolar los confines de nuestra casa, recorrer el mundo, ampliar sus horizontes y cultivar otras amistades, ¡Cuánto lo habíamos soñado juntos! ¡Cuánto tiempo emprendiendo ese sueño amarrado! Ella era libre y con su alegría nos contagiaba, a mí y a Paraíso, que en cuestión de amarres nadie podía superarlo.
Al llegar a casa convencí a papá, que ya andaba muñido de tijeras y pinzas, para que no cortara sus alas otra vez, prefería verla volar, prefería contemplarla en el aire aunque me doliera su levitar liviano que nunca podría ser mío, prefería aprender de sus vuelos, de su instinto que le indicaba todo lo que debía hacer, a cada salto de rama y a cada vuelo del suelo a la foresta de su morada. Ese día dejamos la jaula con la puerta abierta y nunca más la cerramos. Ese día, Pepa, comenzó a cambiar su rutina pero sin dejar de despertarme y de andar entre mis hombros, incorporando algunos vuelos por entre los árboles vecinos y el barrio portuario en dónde vivíamos. Yo creo que Paraíso se puso celoso de que su enamorada anduviera coqueteando con los Tilos y las Acacias de los vecinos, y a su vez, creo que nunca pudo superar su complejo de amarradito, a tal punto que dejó caer algunas hojas y luego algunas más hasta que de a poco se secó y dejó de respirar.
A Paraíso lo cortaron al tiempo unos muchachos que trabajaban para la municipalidad, hicieron un pozo y lo desenterraron en una muerte de pie, como debe ser la muerte de un árbol, aunque él ni nosotros lo hubiéramos comprendido nunca y Pepa murió un año después, de la muerte más digna para un ave que tenía la osadía de volar y de vivir entre el muelle y mi casa. No sé cómo sucedió pero el zarpazo y el quejido final lo escuchamos clarito desde el comedor un mediodía diáfano de verano.
Seguro, por allí anda, cotorreando en la panza del gato Pancho que nunca dejó de mirarla con cariño desde el día en que ella, irrumpiendo entre mis querencias, decidió compartir su amistad entre mi ser y su paraíso de libertad, uno que siendo abono, hoy florece en lilas, madreselvas y jazmines perfumando la casa con el recuerdo de aquellos infantiles años volados juntos.

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Abstract Silabario
 
(Con este recorte me animé a jugar en un concurso en Puerto Libre y para mi sorpresa, quedé en quinto lugar, qué maravilla!!!)
 
Aquel árbol se llamaba Paraíso y en él habitaban, además de mis fértiles riegos, temores y olvidos, mi lora Pepa a la que papá trajo de muy chiquita encerrada en una caja con dos agujeros. Al tiempo que, desde mis tempranos doce años, me abocaba a la tarea de plantar un árbol al compás de las directivas de papá, Pepa daba sus primeros saltos a través de la gramilla del patio y se acostumbraba al roce de mis dedos que a contra pluma caminaban por su cabecita, adormeciéndola y domesticándola. ¡Quién sabe por qué papá cortó sus alas de tan pequeña! ¡Quién sabe por qué cortó las mías al encadenarme al compromiso de aquel árbol que nos cobijaba bajo su copa sombrilla! Lo cierto es que como yo, ella hizo de Paraíso su refugio y su morada. Allí los tres éramos libres, más allá de que Pepa no volara. Mientras yo me trepaba hasta la rama más robusta y ella me seguía saltando por entre las enramadas frondosas y de endeble contextura, Paraíso hacía sonar sus dientes y crujía toda su dentadura mientras me mecía. Entre tanto, Pepa, ya trepada a mi cabeza, me acariciaba con su pico todo el pelo revuelto y así, nos íbamos adormeciendo, mirando hacia lo alto, buscando lamparones de sol entre las hojas regaderas de sombra, tanteando cada día un lugar más cerquita del cielo, en aras de una libertad que algunas alas truncas, ciertos años menores y varias raíces descarriadas no nos dejaban aún, elevar en vuelo.

11 comentarios:

  1. Querido Sebita,

    ¿Para cuando tu primer libro?

    Un besotote grande y otro para Clau.

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  2. Maravilloso amigo simplemente hermoso!

    Te escribo.

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  3. Lily, GRACIAS por pretender un libro!!! jajaja no creas que no lo tengo pensado, pero la verdad ni idea del mundillo editorial, allí deberé pedir más que una ayuda!!! Hasta hace un tiempo ni lo creía, pero ahora en cambio, cada día lo veo más posible, más cercano y la verdad desconozco los motivos... estaré creyendo más en mi? quizá... Clau y yo te dejamos besos y además te deseamos HERMOSAS VACACIONES!!!! depués no contarás que caminos emprendiste.... y sobre todo, FOTOS!!!

    Tessi, querido Tessi!!! gracias por ser parte de mis historias y por tus palabras sentidas y sinceras... espero tu escrito y seguimos en contacto... Ti voglio bene caro! sei bravo!!! :)

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  4. Sebas...mi admiración y mis lágrimas para tí...mi admiración para Pepa, mi respeto hacia Paraíso. Mis deseos hacia leer tu libro...¡me encanta!...Lola canta mientras yo escribo esto. Me pregunto si sabrá que a dos habitaciones de donde ella se encuentra en este momento hay alguien que llora pensando que algo le puede pasar. No sé. Algún día, espero, cuando le toque dar su último canto, espero que por allí encuentre a Pepa y puedan las dos...jugar mientras nos esperan.

    Un beso.

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  5. HOLA DALI!!! Yo tuve dos pericas cuando era chico y tuve otros pájaros también, un cardenal, dos diamantes, dos canarios, etc... nunca llegué a tenerlos mucho tiempo o bien porque se morían o bien porque, ya con algunos años más, les abría la jaula para soltarlos -inconsciente porque seguro tednrían un final fatídico... son animalitos acostumbrads al cautiverio, han nacido así!, mal que nos pese... pero detesto las jaulas, de cualquier tipo!- La historia de Pepa es una ficción de una historia que me contó Clau y que me conmovió al punto de desencadenar la historia, que tiene mucho de retrato de su infancia, como por ejemplo, el día que se escapó y que todos la bscaban... me causó gracia, me dio ternura, me dije, qué linda historia para contar!!! es tan tierna!!! jejeje... y al mismo tiempo que yo escribía vos enviaste la foto con tu perica y allí me dije, QUÉ LOCO!!! De todas formas, seguramente nos enonctraremos todos algún día, allá o acá, transmutados... pero nos volveremos a ver para seguir evolucionando!

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  6. Hermoso Seba! Como siempre un placer entrar al blog. Aproveche un tiempito ahora que estoy en cordoba por un curso. Que hermoso relato trataba de recordar la lora y al no lograrlo pense en el alzehimer ja!... menos mal que era una historia recreada de clau...todavia tengo un poco de memoria...Ja!Ja! Magica tu forma de contarla. Que lindo esta el blog con esos colores otoñales y las fotos de Valenchu una delicia. Besos

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  7. HOLA FER!!! se te extrañaba por acá!!!! qué linda sorpresa!!! gracias por hacerte un tiempito y visitarme... y viste!!! no siempre hago relatos autobiográficos!!! jajaja
    Te estoy debiendo un encuentro y te vuelvo a pedir disculpas!!! ya lo concretaremos y espero que ese "ya" no se lo devore le tiempo...
    Gracias por todas tus apreciaciones.
    TE quiero... BESOS y a disfrutar de Córdoba y sus altas cumbres!!!

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  8. Sebastián

    Pepa es un ave muy afortunada pese a su triste final. Afortunada por el inmenso homenaje que le dedicas, afortunada por haber sido tu amiga y mascota.

    Besos

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  9. Gracias Fabiola!!! es sí es como si lo fuera, pero no fue mi "mascota"... sólo ficcioné e hice mía una historia que me contaron!!! qué hermoso que suene tan real, tan mía... gracias por tus comentarios, por tu visita y por tu devolución!!! BESOTES.

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  10. Por supuesto que se trata de matar en el psiquismo, claro que si. Pero no me resulta muy facil. Y me duelen esas actitudes que mencioné en la entrada anterior. Ya pasará, nadie es perfecto, es cuestion de algunos duelos también que me quedaron colgados. Te agradezco infinitamente por estar siempre. T adoro!

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  11. ¡Qué bonito blog! ¡Qué bien que escribes!
    Un gran saludos desde Florida y gracias por pasar por mi página.

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