Material exclusivo para utilizar en el baño

sábado, 21 de agosto de 2010

Desobediencia debida

Un mundo de gente se acumulaba en la estación Malabia de la línea B en un horario propicio para la confusión y el despiste. Un mundo en el que ellos se camuflaban, tomados de la mano y distraídos, lejos de la conformidad y asqueados de adaptación, comentando de a ratos las sensaciones que había despertado en cada uno la última obra de teatro presenciada juntos. Se confundían entre ese mundillo de hombres y mujeres que, sumidos en la celeridad de los días y desde horas tempranas, recorrían la ciudad ocultos de los escaparates, las marquesinas y las luces de neón; un gentío pululante con quiénes compartían el descenso en las escaleras mecánicas y el embudo que se concentraba tras los molinetes de acceso al maravilloso mundo del subterráneo, plagado de cuerpos morales delineados por auroras boreales resplandecientes de inmoralidad, como sus almas.
Pasaban entre la muchedumbre sin sentirse vistos, pero sin duda observados; sin sentirse parte y sabiendo de antemano que lo eran tanto en la corrupción de sus cuerpos como en lo incorruptible de las almas. Tomados de la mano, etéreos y alejados de toda perturbación se fueron deslizando a paso lento entre la gente hasta que conquistaron un lugar cercano al último de los asientos del andén, uno de esos sitios que muchos eligen para ganar terreno rápido en los últimos vagones, los más vacíos y los más lejanos, un sitio cómodo para las más íntimas muestra de cariño a pesar de lo populosamente enmarcado.
Allí, al reparo de la muchedumbre que distraída se abalanzaba sobre la línea amarilla a la espera de su intermitente viaje, Lito y el Chino se besaron en la boca sin reparos y con toda la pasión que los impulsaba en cuerpo y en alma, intentando la contradicción y la fusión orgásmica de sus mentes y sus entrañas en la inmoralidad más sublime y más bastardeada, aquella del amor explícito y sin sujetos tácitos. Nada más importaba entonces, nada más existía, nada más que toda la inmensidad de aquel beso coronado con el abrazo que fundía las siluetas fálicas haciendo desaparecer lentamente el colorido festín urbano y férreo a trazos y pinceladas cargadas de agua que de tan sedienta, escurría y difuminaba, diluyendo las acuarelas en los contornos de lo inmediato que, ya ciego a sus pensamientos, teñía de humedad y silencio el entorno y sus confines a punto tal de no permitirles oír el arribo del subte que se acercaba y que, al abrir sus puertas, no encontró la argumentación suficiente para convencerlos y sumarlos al pasaje, salvo por aquel grito que, si bien no los animó a colarse y subir, retumbó y rebotó entre las columnas y los pasadizos llegando a sus oídos, paralizándolos y despertándolos al ruido y al bullicio con una sonrisa que ruborizada entre sus labios desdibujó el beso y los sumergió en coloridas sonrisas de desvelo y materialización mediata.
¡Viva los novios! fueron las sonoras palabras que escucharon mientras el boquete devoraba el tren, dejando a su paso ese aire tibio y denso que empujaba al pasar, como queriendo penetrarlo en un intento vano y lujurioso, casi carnal, tanto o más que aquel deseo que ellos sentían cosquillear entre sus braguetas fusionadas más allá de los confines de los jeans. ¡Viva los novios! fueron las admiradas palabras que se animaron a romper el silencio en la voz de un hombre que no se conformaba con mirar sin ver, con ser parte sin sentirse parte, permitiéndose quizá, por un instante, la traición a sus calcificados y heredados pensamientos.
Y luego de aquellas tres palabras, de su sonoridad y de la traición, allí estaban ellos, ahora sí, ahora solos, abandonados de gente y de un cielo, abandonados del sol, abandonados al deseo de ser, entre todos y entre muchos otros, sólo ellos, así, sin más vestimenta que su hombría y su querencia, sin más atuendo que aquel amor inmoral que brotaba a borbotones desde el centro del alma misma y que, en las semanas precedentes había resistido a la discriminación y el apedreo popular ante una promesa de ley que ya dejaba de ser promesa pero que aún no terminaba con la desigualdad. Una ley bajo la que podían cobijarse con un pseudo manto de una igualdad frágil como el papel mojado, soluble como la cáscara del huevo sumergida en vinagre, endeble como la cicatriz de un dolor o de una pérdida aún no duelada y sin embargo, una ley inmoral y rebelde, promotora de mutaciones sociales, traicionera de los valores éticos y espirituales heredados de un pasado remoto y contundente.

Y allí quedaron ellos, otra vez besándose, abrazándose, otra vez ellos, otra vez desobedientes.

martes, 17 de agosto de 2010

"Tiempos modernos"

El auto finalmente arrancó luego de tantos intentos fallidos y de algunas semanas en suspenso. Primero fue la helada y su rocío de quietud y muerte, fríamente propiciadora de la concatenación de pruebas de arranque que finalmente terminaron agotando la rumia de los electrones que alimentaban la batería.
Luego fue la alarma, que de golosa, se consumió toda la carga eléctrica del acumulador.
Finalmente la batería fue la infractora y la depositaria de todos los improperios que se precien, insultos variopintos que la empequeñecieron y la dotaron de vergüenza, enmudeciéndola y culpándola, sin ser la responsable directa pero si la más visible y la más a mano -como la lora-
Estaba claro como el agua que ha dejado de ser clara hace tiempo y ahora ostenta el ámbar de las yemas, Saturno estaba asociado a esta travesura matinal de invierno en la previa de una jornada laboral intensa que inauguraba una semana antecedida por un hermoso viaje capitalino y romántico. Así me daba la bienvenida, así me aguardaba, asechando como el gato de la vecina que observa tras la ventana de su tercer piso con esa mirada paciente y calculadora que espera el momento oportuno para dar el zarpazo y hacerse de su presa, jugando con ella, gozando morbosamente de su lenta agonía hasta acabarlo y devorarlo satisfecho. Así comenzaba el encuentro lúdico con Saturno, un juego que se extendería por algunos días, o semanas y que si bien ingresaba en la recta final, aún el color del rey caído era incierto.
Por un momento sentí desesperarme, como es mi costumbre, como bien marca mi neurosis y mi obsesión, pero luego de unos minutos sobrevino una aparente calma en la que, mirando a lo alto, respirando profundo y tranquilo, reté a duelo a mi adversario retrógrado -el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra, nunca más certera la certeza- y me dispuse a seguir el juego, esperando con paciencia felina la hendidura en la falla de su viaje perverso y maligno, un viaje que posibilitaría, mirado con mucha ternura y con mucha inocencia, cumplir el sueño de recorrer el mundo sin salir de la ciudad y sin encender computadoras ni imaginación; un viaje real, concreto, tangible, materializado gracias a quiénes son parte de su ejército rodado y lento, tan lento como el leve evanecer de sus gases y que por aquí es popularmente conocido como trasporte público.
La primer parada del viaje fue la parada misma, un lugar placentero en donde pude concluir la lectura de una novela de 500 páginas y comenzar la siguiente. Sin lugar a dudas, un sitio apropiado para entablar relaciones públicas con el vecino de al lado al que ni siquiera conocía de tan cerca que se encontraba, un spa de reflexología polar, hidromasaje artrítico, secador capilar con efecto tsunami y geles abrasivos o cama solar gratuita según el estado del tiempo, el día del año y la hora en que uno decida o deba comenzar el viaje.
Luego del relax nervioso propiciado por la espera, me sumé al brevaje  del aperitivo con insultos a la carta donde a coro con mi vecino, recordamos a  la madre, al padre, a los hijos, a la suegra y a toda la parentela del chofer y también del micro, cuyo linaje también existe en la chatarrería del fondo de la ciudad, a la vuelta.
En pleno menú, mientras los (des) esperantes conversábamos y aprendíamos el verdadero castellano, un micro finalmente asomó de golpe y sin previo aviso, sorprendiéndonos. Raudamente dejamos de lado la clase y nos avalanzamos sobre sus puertas que se terminaron de abrir en la otra esquina y en andas, debido al estado sólido de la gente que ya iba en su interior y que no dejaba lugar para otra gota. Comenzamos el recorrido muñidos de sendas partencias tales como aspiradora, lavandina, perfumes, trapos, jabón, una o dos mudas de ropa y paciencia, mucha paciencia para soportar un viaje que nos refrescó con visitas antárticas al Polo (Sur), paseándonos luego por el desierto de Patagones que envició toda la atmósfera de polvo, los asientos de arena y nuestras garganatas de tos y asma. Luego, antes de llegar a destino se sumaron al paisaje los aromas del Cairo que se colaron por todos los poros del ómnibus, provenientes de un río que de Nilo, ni lo huele, ni lo conoce y ni lo sueña.
Cuando finalemnte llegué a buen puerto, mi yo era una hilacha de yo. Desalineado, pisoteado, despeinado, afónico, contracturado, sucio y transpirado (Y Shakira que se quiso hacer la guapa con eso de quedar ciega y sordomuda... si me huviera visto!... -ya no sería ciega ¿?-) dejando de lado la milanesa de mi osamenta, que entre la humedad y la tierra, era digna de la más alta nobleza de Milán.
Un día viajando en transporte público fue suficiente para envalentarme con mi regente solar. Al finalizar la jornada me puse un pañuelo blanco en la cabeza y asomando mi cráneobandera de paz por la ventana, miré a lo alto, suspiré y tomando el teléfono en forma calma y tranquila, realicé una llamada urgente, imperiosa y desgarrada.
Cuando el técnico de la casa de repuestos, con su equipo de pruebas entre las manos, acarició suavemente aquella caja blasfemada, dolida y dotada de bornes rojinegros que seguía ostentando el título de batería, dándole ánimo, inspirándole confianza, diciéndole con todo el gesto de las palmaditas con las que la animaba a despertar de su humillación, que debía gritar con toda la fuerza de sus chasquidos y sus toses la inocencia acallada y ahogada por mi arrebatamiento y mis palabras, ella, en un acto de valentía, alineó su ejército de soldados negativos, despabiló los contactos y de un solo toque al arranque se desveló propiciando al motor una dosis de electroshock que lo reanimó hasta su corriente funcionar, sereno, monocorde y arrítmico.
Me acerqué a su encuentro apesadumbrado, avergonzado, con el orgullo entre las patas y agachando mi cabeza con la comisura de los labios hacia abajo en señal de aflicción, acerqué mi mano al tiempo que el técnico alejaba las suyas y dándole unos mimos le pedí disculpas, le agradecí su osadía con la promesa de no descartarla todavía, de no cambiarla por otra más nueva y con más pila, de no hacer de su vejez un motivo de desatención y desvalorización acordando nuevamente nuestro pacto y nuestro trato, una manta para su amante motor en las noches frías a cambio de su guardia nocturna permanente, con la finalidad de atacar y no dejar ejercer nunca más los maliciosos embistes del sexto Señor de los Anillos que Tolkien nunca jamás escribió.
Y colorín colorado, nunca más se divorció del nunca al día siguiente…

jueves, 12 de agosto de 2010

"Saturno Contro"

Luego de la visita que pobló mi casa por la tarde, atravieso sus espacios como quién atraviesa una calle. Recorro con la vista ambos lados de la sala, inspecciono cuidadoso los cerámicos en busca de algo que pueda atropellarme y provocar una irremediable caída con su consecuente golpe y resonancias, tanto las verbales como aquellas más óseas y musculares.
En apariencia, nada me turba y nada me invade, hasta que lo observo. Un bultito, pequeño y colorado, recostado sobre el futón de texturas lisas y de blancas cuerinas.
Me acerco curioso a su encuentro y observo que es un caramelo en proceso de descomposición luego de haber sido lamido varias veces por voraces lengüitas inquietas. Resoplo, respiro y pienso ay ay ay, Son cosas de chicos…
Sujeto el caramelo entre mis manos y un papel, lo quito con cuidado y al girar para arrojarlo al cesto que espera impaciente su almuerzo, otro bulto rojizo y otro y otro asoman desde diversos rincones del futón. Comienzo a respirar hondo y me digo en una especie de diálogo mental con mi conciencia Es tu culpa por dejar el paquete de caramelos al alcance de los niños. Acto seguido, tomo más papel y junto los restos de dulces, limpiando los pegotes, quitando las manchas, alimentando al cesto.
Me dirijo a la cocina y enciendo el fuego para calentar el agua y distenderme escuchando linda música, tomando unos ricos mates. Entre tanto, me descalzo y voy por mis pantuflas a la habitación. Mis ojos se agrandan al observar cuán patines en piso recién encerado, algunos discos plateados. Entonces, al fijar la mirada, mis ojos se asombran y mi gesto se expande mientras mi boca exclama Oh por Dios, me quiero morirrrrr al notar que el cerámico se ha transformado en una gran consola de DJ, con cientos de discos girando sin sonar pero sonados. Invoco a Patanjali y pienso Esto te ocurre por no haber colocado la repisa la semana pasada y dejar todos los compactos en pilas, cual juego de encastre por el suelo, sin duda una alfombra lúdica al alcance de cualquier criatura.
Trato de tornar a la calma mientras voy armando el rompecabezas de cajas con discos, volviendo todo a su primitiva forma, evitando escuchar la música para no fruncir el seño ante posibles ralladuras o saltos de láser. Voy armando pilas de a diez, hasta dejar todo en perfecto equilibrio al buen estilo Yenga y en eso voy escuchando golpecitos de metal que anuncian el estado meteorológico del agua hirviendo: temperatura 100 grados centígrados, recomendamos beber con abundante hielo y si es posible, utilice yerba sin palos.
Retomo el ritual del mate y sin visitar otro rincón de la casa, me quedo junto a él, en su íntima compañía, para que nuestro encuentro sea fecundo y placentero y nada nuevo disturbe la tranquilidad que el mantra del yoga Sutra ha logrado otorgarme. Tomo el mate entre mis manos, lo observo, introduzco en su interior la hierba verde, le agrego unas hebras de Tilo, introduzco el agua caliente en un termo y me dirijo sereno al comedor para entrar en ese romance personal que en este paisito llamado Argentina cada uno entabla con su mate. Deslizo suavemente la silla para no provocar ruidos molestos que luego mis vecinos de abajo pudieran utilizar en mi contra y antes de sentarme, una mancha marrón y otra roja y otra marrón y otra de ya no sé qué color turban mi vista, curvan mis comisuras, hacen abrir mis manos elevándolas en un gesto de llevarlas a mi cabeza seguido del acto de exclamación característico y provocando inevitablemente que la gravedad atraiga el mate hacia ella, como queriendo sustraerlo en un acto de amor clandestino, logrando calmar su deseo al sentirse derramar su verde y tibio fluido sobre el cerámico encerado y limpio. Sin poder evitarlo, dejo entretejer improperios en el aire que se confunden y entran en sintonía con los gritos desquiciados de mi vecina dirigiendo retos hacia su pequeño hijo.
No sólo la yerba en el suelo, también los pies surcando los almohadones que delataban la huella del calzado menor, pinturas rupestres de manitos en gelatina y postrecitos; todo un arte infantil poblando las sillas, la mesa y los entornos cercanos. Sin dudarlo, recupero mi mate del fatal secuestro, lo sacudo un poco, lo arreglo como puedo, lo colmo de agua y en un suspiro intenso, bebo para lograr la calma entre las hierbas y el Tilo.
Luego de tragar, respiro hondo y recuerdo mi último viaje a Buenos Aires dónde mi amigo el astrologo supo de advertirme de lo que significa el conjuro cosmológico del caminar lento que ostentan algunos planetas. En ese momento comprendo que significa tener a Saturno Contro, más allá que me haya asomado a la ventana 8 mm de Ozpetek hace ya un tiempo, menospreciado el sutil detalle de su mensaje.
Para colmo, siguiendo el pronóstico astrológico, en estos días Saturno está en oposición a Venus, lo cual significa cuestiones adversas en torno al amor y las relaciones sexuales. Pienso: Lo único que falta es que en la oralidad con mi amante el mate, contraiga una enfermedad verderea. Por las dudas, en estos días que corren deberé probar la masturbación con preservativo, no vaya a ser cosa que Saturno me condene a la muerte blanca o lo que sería más trágico, pueble mi espacio de niños en forma habitual y con otros genes.