Material exclusivo para utilizar en el baño

martes, 17 de agosto de 2010

"Tiempos modernos"

El auto finalmente arrancó luego de tantos intentos fallidos y de algunas semanas en suspenso. Primero fue la helada y su rocío de quietud y muerte, fríamente propiciadora de la concatenación de pruebas de arranque que finalmente terminaron agotando la rumia de los electrones que alimentaban la batería.
Luego fue la alarma, que de golosa, se consumió toda la carga eléctrica del acumulador.
Finalmente la batería fue la infractora y la depositaria de todos los improperios que se precien, insultos variopintos que la empequeñecieron y la dotaron de vergüenza, enmudeciéndola y culpándola, sin ser la responsable directa pero si la más visible y la más a mano -como la lora-
Estaba claro como el agua que ha dejado de ser clara hace tiempo y ahora ostenta el ámbar de las yemas, Saturno estaba asociado a esta travesura matinal de invierno en la previa de una jornada laboral intensa que inauguraba una semana antecedida por un hermoso viaje capitalino y romántico. Así me daba la bienvenida, así me aguardaba, asechando como el gato de la vecina que observa tras la ventana de su tercer piso con esa mirada paciente y calculadora que espera el momento oportuno para dar el zarpazo y hacerse de su presa, jugando con ella, gozando morbosamente de su lenta agonía hasta acabarlo y devorarlo satisfecho. Así comenzaba el encuentro lúdico con Saturno, un juego que se extendería por algunos días, o semanas y que si bien ingresaba en la recta final, aún el color del rey caído era incierto.
Por un momento sentí desesperarme, como es mi costumbre, como bien marca mi neurosis y mi obsesión, pero luego de unos minutos sobrevino una aparente calma en la que, mirando a lo alto, respirando profundo y tranquilo, reté a duelo a mi adversario retrógrado -el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra, nunca más certera la certeza- y me dispuse a seguir el juego, esperando con paciencia felina la hendidura en la falla de su viaje perverso y maligno, un viaje que posibilitaría, mirado con mucha ternura y con mucha inocencia, cumplir el sueño de recorrer el mundo sin salir de la ciudad y sin encender computadoras ni imaginación; un viaje real, concreto, tangible, materializado gracias a quiénes son parte de su ejército rodado y lento, tan lento como el leve evanecer de sus gases y que por aquí es popularmente conocido como trasporte público.
La primer parada del viaje fue la parada misma, un lugar placentero en donde pude concluir la lectura de una novela de 500 páginas y comenzar la siguiente. Sin lugar a dudas, un sitio apropiado para entablar relaciones públicas con el vecino de al lado al que ni siquiera conocía de tan cerca que se encontraba, un spa de reflexología polar, hidromasaje artrítico, secador capilar con efecto tsunami y geles abrasivos o cama solar gratuita según el estado del tiempo, el día del año y la hora en que uno decida o deba comenzar el viaje.
Luego del relax nervioso propiciado por la espera, me sumé al brevaje  del aperitivo con insultos a la carta donde a coro con mi vecino, recordamos a  la madre, al padre, a los hijos, a la suegra y a toda la parentela del chofer y también del micro, cuyo linaje también existe en la chatarrería del fondo de la ciudad, a la vuelta.
En pleno menú, mientras los (des) esperantes conversábamos y aprendíamos el verdadero castellano, un micro finalmente asomó de golpe y sin previo aviso, sorprendiéndonos. Raudamente dejamos de lado la clase y nos avalanzamos sobre sus puertas que se terminaron de abrir en la otra esquina y en andas, debido al estado sólido de la gente que ya iba en su interior y que no dejaba lugar para otra gota. Comenzamos el recorrido muñidos de sendas partencias tales como aspiradora, lavandina, perfumes, trapos, jabón, una o dos mudas de ropa y paciencia, mucha paciencia para soportar un viaje que nos refrescó con visitas antárticas al Polo (Sur), paseándonos luego por el desierto de Patagones que envició toda la atmósfera de polvo, los asientos de arena y nuestras garganatas de tos y asma. Luego, antes de llegar a destino se sumaron al paisaje los aromas del Cairo que se colaron por todos los poros del ómnibus, provenientes de un río que de Nilo, ni lo huele, ni lo conoce y ni lo sueña.
Cuando finalemnte llegué a buen puerto, mi yo era una hilacha de yo. Desalineado, pisoteado, despeinado, afónico, contracturado, sucio y transpirado (Y Shakira que se quiso hacer la guapa con eso de quedar ciega y sordomuda... si me huviera visto!... -ya no sería ciega ¿?-) dejando de lado la milanesa de mi osamenta, que entre la humedad y la tierra, era digna de la más alta nobleza de Milán.
Un día viajando en transporte público fue suficiente para envalentarme con mi regente solar. Al finalizar la jornada me puse un pañuelo blanco en la cabeza y asomando mi cráneobandera de paz por la ventana, miré a lo alto, suspiré y tomando el teléfono en forma calma y tranquila, realicé una llamada urgente, imperiosa y desgarrada.
Cuando el técnico de la casa de repuestos, con su equipo de pruebas entre las manos, acarició suavemente aquella caja blasfemada, dolida y dotada de bornes rojinegros que seguía ostentando el título de batería, dándole ánimo, inspirándole confianza, diciéndole con todo el gesto de las palmaditas con las que la animaba a despertar de su humillación, que debía gritar con toda la fuerza de sus chasquidos y sus toses la inocencia acallada y ahogada por mi arrebatamiento y mis palabras, ella, en un acto de valentía, alineó su ejército de soldados negativos, despabiló los contactos y de un solo toque al arranque se desveló propiciando al motor una dosis de electroshock que lo reanimó hasta su corriente funcionar, sereno, monocorde y arrítmico.
Me acerqué a su encuentro apesadumbrado, avergonzado, con el orgullo entre las patas y agachando mi cabeza con la comisura de los labios hacia abajo en señal de aflicción, acerqué mi mano al tiempo que el técnico alejaba las suyas y dándole unos mimos le pedí disculpas, le agradecí su osadía con la promesa de no descartarla todavía, de no cambiarla por otra más nueva y con más pila, de no hacer de su vejez un motivo de desatención y desvalorización acordando nuevamente nuestro pacto y nuestro trato, una manta para su amante motor en las noches frías a cambio de su guardia nocturna permanente, con la finalidad de atacar y no dejar ejercer nunca más los maliciosos embistes del sexto Señor de los Anillos que Tolkien nunca jamás escribió.
Y colorín colorado, nunca más se divorció del nunca al día siguiente…

1 comentario:

  1. ja ja ja!!!!!!!
    DESOPILANTE!!!!!!!
    ME ENCANTÓ!!!!
    (porque además, yo misma estoy tenieno unos "percances" eléctricos con mi autito, así que sé bien lo que se siente!!!!)
    BESOSSSSSSSSSSSSSSS

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