Material exclusivo para utilizar en el baño

miércoles, 22 de septiembre de 2010

Mientras duermes...



Mientras duermes y la tos no me deja dormir, mientras maldigo a la bronquitis y me levanto a prepararme un té, vos te precipitas para ofrecérmelo, cobijando mi espalda, intentando por todos los medios posibles que no me destape y que no tome frio. En eso te sostengo la mano y te digo que dejes, que no te molestes, que yo me levanto, que descanses, que mañana vos no tenés licencia laboral a pesar de tu resfrío y tu congestión que ya se ha contagiado de la mía. Más allá de todo, porfiado y cordial, igual insistís. Buscás persuadirme de todas las formas posibles para que me quede en la cama como recetó el médico, pero mi caricia y tu somnolencia te vencen o te convencen y finalmente te quedás y te das vuelta. Me das la espalda y entonces yo te cubro y me tiro encima, destapándome, jugando a estar sano desafío tus retos y tus ronquidos que mientras protestan entre dormidos no logran convencer a mi mano para que te tape la boca y te bese el cachete que cubrís con tu mano. Te digo te amo moviéndote el pelo y me sonreís, entre medio de una oscuridad que tus labios encienden.
Te molesta que no descanse a tu lado en una noche ventosa porque el viento hace temblar las persianas y sus quejidos te asustan. Te molesta que me desvele y que te deje solo en la cama en la que te apresuras a tomar mi lugar aferrado a mi almohada y te molesta este ruido de teclas que buscan la soledad de un espacio libre de tu presencia. Te molesta que las patitas no se enrosquen a tu pierna sedando tu descanso y mientras todo eso te molesta te levantas a fumar en la cocina sin encender luces para no despabilarte del todo. Volvés a la cama cerrando la puerta y con el mp3 en tu oreja, diciendo hasta mañana. Es mentira que dormís, sé que me estás esperando y no puedo dejar de amarte y de recordar ese último instante en la cama, justo antes de decidir levantarme mientras te miraba y te amaba.
Y es que cuando dormís sos como un nene y yo muchas veces me quedo mirándote porque experimento una ternura infinita, una que no tiene ni punto final ni comas ni paréntesis y puedo quedarme un largo rato sintiéndote dormir. Me recuesto en tu cuello y te observo mientras el led del reproductor de audio encandila el entorno desde su pequeñez que la sombra agiganta. Y te miro y te acaricio la espalda, la cola y las piernas, despacio, muy despacio, para mimarte sin despertarte, para que sueñes suave y sientas cosquillas de sueños bailando en tu mente. Y entonces recuerdo tus palabras, cuando me besabas antes de acostarnos y me decías que querías resfriarte siempre conmigo. Sin querer derramo una lágrima y me emociono doblemente.
Mientras tomo mi té y te recuerdo sabiéndote del otro lado de la habitación, ocupando mi sitio, escuchando música que te distraiga de mi ausente presencia que a toses te asaltan, un profundo deseo de cobijarte me invade y deseo abrir las ventanas para volver a mirar las estrellas y pedirle a la luna que apague esta tristeza que me acompaña hace días y aliviane la tos y me acune de cansancio para rápidamente volver a tu encuentro, acurrucarme a tu espalda, quitarte el auricular del oído y susurrarte que cada día que pasa siento que te amo más, que mi amor se ensancha y que te necesita para seguir adelante…
Me río, recuerdo el martes de la semana pasada en la que nos levantamos con sendas marcas en nuestros cuellos. Hematomas morados y delatores de todo el amor en el que solemos enredarnos cada día como dos adolescentes en ebullición hormonal. Me río porque aquella mañana hacia calor y yo tuve que ponerme el polerón sintético para poder cubrir un poco la evidencia, una que no me gusta esconder porque adoro llevar tus marcas en mi piel, pero que es motivo de risas y burlas para todos aquellos que no saben disfrutar el amor de la forma que vos y yo lo hacemos. Me río porque esa mañana terminé entrando a una perfumería céntrica y por primera vez en mi vida compré rubor para cubrir un poco las manchas y desatarme del calor que me sofocaba al mediodía. Una mujer muy simpática me atendió y con paciencia femenina me probó uno tras otros los diversos tonos hasta dar con uno que más o menos se disimulaba con mi piel al mismo tiempo que decía que hoy en día las chicas estaban terribles. No puedo evitar la carcajada, tan o más fuerte que la que por dentro me invadió en ese momento en que para mis adentros pensaba, ¡si usted supiera los huevos que tiene esa mujer!.
Y luego me asalta como un fantasma trasnochado, el episodio del sábado, cuando un poco alcoholizado después de la fiesta de cumpleaños de uno de tus amigos, sensibilizado por todo lo que venías viviendo y aguantando, discutimos y sin dejar arrimarme, con tus ojos llorosos te desnudaste de una forma que me daba pena y miedo y tuve que contenerme mucho para evitar el impulso que la ternura me animaba a abrazarte y acariciarte para consolarte y tranquilízate, llenándote la mejilla de besos. Y luego el ritual de siempre, vos quedaste satisfecho y en orden y yo quedé rengo una semana, asimilando tus palabras, intentando argumentar tu angustia, entenderla, objetivarla, acercando cada vez más tu corazón al mío
Mientras tanto, mientras todo este amor crece, mientras este proyecto se agranda y se alimenta, siento la estreches de las paredes que en forma proporcional se achican y aplastan los brotes.
Mi familia no te conoce, tampoco mis amigos, la mayoría no saben de tu existencia o la suponen, que no es lo mismo. Algunos, quizá, no dudarían en alegrarse con lo nuestro, a otros les costaría, lo sé, y eso, si bien no es problema nuestro, me duele y me entristece porque me limita en mis acciones, me entorpece, me aliena y me distrae.
¿Cómo explico en la escuela que ese día falté porque te sentías mal, cómo justifico esa ausencia? ¿Cómo evitar los retos o la mentira? ¿Cómo no vestirme de evasión? ¿Cómo explicar a mis padres que si no voy a almorzar un domingo es porque almuerzo con vos y que si bien me gustaría hacerlo con ellos, me gustaría hacerlo todos juntos? ¿Cómo evitar el tironeo constante? ¿Cómo parar de ocultar lo que no deseo ocultar pero que no me animo a no hacerlo?
Y entonces me salva imaginar bacterias jugando al fútbol con los virus, utilizando los futbolenos de Fuller, aprovechando los encantos de la alotropía y la maravilla del carbono que además de darnos vida, nos permite imaginar un nanoscomos en el que todo es posible, incluso encerrar moléculas en carteras de nanotubos. Y entonces es cuando me levanto y me sumerjo en mis lecturas y en mi pantalla que hace muchos días permanece blanca de impotencia, implorándome que la llene de lo que sea, incluso de éstas, mis trasnochadas y sentidas emociones que se micro esconden, como las moléculas, en los nanotubos de mi inconsciente.
Te siento toser, temo que otra vez te ahogues y pierdas el aire. Me distraigo de mis divagues y ya no puedo seguir escribiendo.
Estoy otra vez acariciando tu espalda mientras lentamente nos mimamos y ya insomnes volvemos a hacer el amor hasta quedar exhaustos minutos antes de despertar el día.



Pido que las noches no se quiebren en tu luz
Y que las ventanas sean grandes para el sol
Cuando los almendros no se pasen de estación
Buscaré más flores para darte mi canción de amor.

Pido atardeceres en los cielos de Beltrán
Y que tus mañanas siempre sean para hablar
Cuando los jardines no se pasen de estación
Buscaré más flores para darte mi canción de amor.

Y si vos querés te voy a buscar
Para que los días no se vayan sin pensar.
Y si vos querés te voy a buscar
Y dejamos los caminos libres de humedad.

Pido tu mirada más alegre para mi
Y que toda el alma se disuelva en el amor
Cuando los almendros no se pasen de estación
Buscaré más flores para darte mi canción de amor.

(Lisandro Aristimuño - Canción de amor)

jueves, 2 de septiembre de 2010

Recomendación Silabaria (a lo Grandes)

Almudena Grandes tiene, además del don de la palabra y la escritura acuñados a su mente y sus dedos, la capacidad de describir las emociones humanas de una forma profunda y transparente, como la claridad de un espejo de agua tropical. Finalmente terminé Los Aires Difíciles con esa tristeza de dar giro a la última página deseando otro capítulo, otros fragmentos, otro final posible, tan posible como el posible que ella eligió.
Dos personas se conocen promediando la mitad de sus cumpleaños. Juan, un hombre con una historia pasional en andas, con una cicatriz profunda en el corazón se traslada a un pueblo costero con su familia para empezar una nueva vida. Sara, una mujer atravesada por el rencor de una infancia dolida aguarda vientos de cambio tras el cristal de una casa desde donde ve llegar un auto del que descienden una niña, un hombre algo torpe y Juan, quien sale dejando una estela de pasiones suspendidas en el alma.
Y así comienza un tránsito y un viaje en dónde ambos, con sus secretos a cuestas y el anhelo de dejar un pasado escondido hasta de los recuerdos, intentaran sobrevivir a la persecución y el acecho de los mismos pidiendo ayuda al lector. Para ello utilizarán de intermediaria a una gran (des) escritora que nos pone en conocimiento de todas sus miserias y de todas sus nostalgias, para que les demos cauce, para que vuelen a través nuestro y encuentren calma. Así, ambos, solaparán sus búsquedas personales, ahuyentando los fantasmas del pasado, acentuando un vínculo afectivo y compañero en pos de una construcción identitatria.
Construir la identidad es una tarea diaria y permanente. Es un trabajo de jornada completa y sin feriados ni francos. No se suspende por mal tiempo y quizá, es justamente ante la adversidad del clima cuando el pronóstico se vuelve más constructivo. Juan y Sara lo saben, al menos en forma empírica, lo experimentan, como lo hacemos todos a diario. Saben además que esa construcción está íntimamente ligada al entramado social y cultural de la realidad que cada uno ha vivido y aquella que comienza a conjugarse en el presente, desde el primer momento que los aires difíciles son removidos y barridos por los nuevos aires del levante.
Una historia densa en palabras y a su vez, rica en emociones. Una historia que nos invita a conmovernos y a remover en nuestro interior ese pasado mediato que aún insiste en soplarnos la nuca, enfriándonos, desvelándonos. Una historia para reflexionar sobre lo que fuimos y lo que somos en pos de proseguir en esa búsqueda y construcción permanente de los rasgos propios que nos identifican y nos hacen únicos.
En la vida las condiciones están dadas para que todos experimentemos la felicidad, depende de cada uno asomarse a su interior, animarse a encontrarse y con esa renovada mirada, ver el entorno y elegir el camino que ya fue, de antemano, preparado para cada uno. En eso consistirá el viaje de Juan y Sara, la misión del lector será acompañarlos haciendo a su vez su propio viaje en el que Almudena lo deslumbrará con sus palabras y su arte.

Pero esto es sólo la impresión de un lector, si desean acá les dejo un enlace a lo que ha dicho la crítica:


Los Aires difíciles fue llevada al cine, no he visto el film pero les convido el trailer...


¿Cómo se hace una novela? Almudena Grandes nos tira algunas pistas...


Y bueno, para ir cerrando este capítulo almudenariano, les convido una entrevista deliciosa que acabo de escuchar.


Hasta la próxima recomendación! Saludos silabarios para todos.

miércoles, 1 de septiembre de 2010

Entre el Sol y su magia

Un veintidós de agosto del año que eligió nacer, Edus Cortés le dio la bienvenida a la vida y con ella al placer de celebrarla. En cada uno de los más de cien cumpleaños que el aseguraba poder festejar en este viaje terreno, no descansaría hasta lograr la evolución necesaria para alcanzar la próxima existencia. Al menos fue eso lo que me contó, y hoy por hoy, conociéndolo y sabiendo de su Sol y su magia, no me animaría ni siquiera a dudarlo.
Por esos días, el ocaso en los brillos azulados de Regulus, el poniente blanco y cristalino de Denébola y los ocres naranjas de la gamma Algieba reflejándose entre ambas, otorgaban a la constelación de Leo la última oportunidad de ese año para coronar a quien, desde una posición terrena y sólida, llevaría a cabo otra de sus milenarias misiones en la Tierra, aquella de ser luz de pleno sol entre el corazón de su gente, derramando sobre ellos paz, amor y magia, mucha magia.
Edus y Leo se eclipsaron entonces, el primero decidido a poner a prueba aquel deseo caprichoso y vital que había implorado a los dioses en tantas otras vidas, un deseo de inmortalidad cuyo plazo sería determinado por su mente más allá de su naturaleza humana. Claro que esto no sería gratuito, los dioses suelen ser buenos prestamistas cuyo interés suelen cobrarlo cuando ya la inmensidad de las diferencias nos torna inalcanzables. Edus lo sabía, conocía las reglas y sabía que ese precio a pagar sería parte de su crecimiento. Como era un retador de desafíos y era consciente que lo olvidaría en el mismo instante que su madre abriera las compuertas de su entrepierna y el doctor lo pescara como un pez, al escuchar el sí, se cubrió de alegría, se posicionó cabeza abajo y pujó hasta romper aquella bolsa que segundos antes lo vinculaba atemporalmente con el universo.
Leo, en tanto, más cauteloso y seductor, apelando a su paciencia felina, aprovechó la oportunidad de aquel regalo, algo que siempre hacia con todos los nacidos bajo su estrella, para extender su ego alumbrando la magnífica belleza de los dorados ojos de Edus, marcando así, el sello de su regencia y de su singularidad.
Como todo felino, a Leo le gustaban los juegos, los perversos, de esos que se regodean y se relamen mucho tiempo antes de dar el golpe de gracia y si bien el tiempo era escaso, aún le posibilitaba dar ese golpe y jugarle a Edus una broma genética, modificando ciertas moléculas de su ADN transformándolo en un rotundo heterocigota. De esta forma, además, lo sentenciaba a portar con arrogancia su don más sublime, aquel que resulta de la combinación de todos los aires de altivez condensados en una sola persona, con todo lo que ello implica para un humano tan mortal y tan imperfecto como cualquiera.
Hace apenas algunos festejos, más de cuarenta pero lejano de los cincuenta, cuando Saturno increíblemente enlazó el destino del Sol a través de mis anillos, Leo, que habitaba desde siempre el cuerpo y el alma de Edus, ya se había adueñando de su coronilla de acuerdo a sus planes y se reflejaba en la calvicie, donde uno podía verle retratada el alma, como una corona amarilla y hechicera que lo envolvía en un manto de generosidad sin límites. Se veía en sus ojos el brillo de su determinación y era contundente cuando afirmaba, por decreto solar, que viviría hasta pasados los cien años porque así lo había decidido y porque era parte de su evolución.
Ese destino que ovillan los dioses y que fecundan los astros, ese en el que algunos no suelen creer y que para mí es esperanza de vida, nos dejó conocernos en el 2008, en la Universidad, desde un entorno virtual que los profesores nos proponían con variados temas de debate colmados de puntos seguidos y otros tantos puntos suspensivos que debíamos continuar. Hasta ese momento, compartíamos sólo una profesión en común, la docencia. Él desde la biología y su pasión por la evolución Darwiniana y yo desde las letras y mi pasión por leer. Mientras el agregaba fósiles y caracoles yo pegaba letras y entre ambos íbamos pintando un collage en dónde las sílabas de neón delineaban un camino de emociones que primero nos condujeron a un mail y luego a dos y más tarde a un sms y ya después se trepó por los párpados para descender hasta el centro mismo del corazón.
De su corona leonina y abrillantada, más allá de Darwin, también brotaban piedras, algunos sílices rosas como sales efervescentes, alegres cornalinas, aventureros cuarzos verdes y blancos como cristales de roca; todos caían como frutos maduros entre sus manos, todos tenían siempre un destino, una persona, un momento como aquel en el que decidió festejar nuestro encuentro regalándome uno de esos tantos trozos de mineral que atraen el amor, con la instrucción clara y precisa de que lo llevara siempre de paseo con mi cuerpo.
No fui consciente de sus poderes hasta pasados unos cuantos meses y si bien no le creí, guardé aquella piedra entre mis bolsos y mi ropa sin despegarla un minuto de mi entorno.
Cuando nos vimos por primera vez, alejados de un monitor o de un display de teléfono celular, es decir, cuando nos vimos las caras y el cuerpo que contenían esas almas que nos sabíamos de memoria, teníamos un examen por delante y mucho aún por contarnos. Nos miramos y sonreímos, nos abrazamos. Gentilmente me invitó a subir a su modesto auto, como le gustaba llamar a su Volkswagen Gol usado, nos volvimos a mirar, volvimos a sonreír y conversando de trivialidades fuimos tranquilos hacia nuestro encuentro con una hoja blanca, rociada apenas de algunas oraciones negras en dónde sería posible leer el argumento que deberíamos desarrollar sobre las teorías del aprendizaje.
Al llegar, me pidió que lo espere un momento porque debía ir al baño. Le dije que lo esperaba en el auto. Cuando bajó lo vi tambalearse y me sorprendí. Digo me sorprendí, porque siempre tengo reacción lenta. Otro quizá hubiera salido corriendo a su encuentro para intentar ayudarlo o preguntar por lo sucedido, pero en mi caso, primero sobreviene la impresión, la sorpresa y luego la duda de no saber si hacer o no lo que sería esperado, simplemente porque a menudo dudo si lo que hago -o podría llegar a hacer- sería lo correcto. Tambaleó de nuevo y otra vez y nuevamente lo vi quebrarse, caerse de costado, derrumbarse y volver a estar otra vez al nivel de su altura, con los hombros alineados. A pesar de los sube y baja era rápido en su andar, se lo notaba firme, sereno, seguro y quizá, eso me tranquilizó hasta que lo vi volver, manteniendo el mismo ritmo y la misma cadencia en las pisadas, sonriendo como esa mañana reciente de apenas treinta minutos o menos en que nuestro abrazo había condensado todos los mails, todos los sms y todo un viaje ancestral que jugaba a escondernos para buscarnos y volvernos a encontrar.

-Es mi tatuaje muscular –me dijo, palmeando su pierna derecha.

Sonreí y me quedé en silencio unos instantes. Pasados unos minutos le dije lo tierna y seductora que resultaba aquella forma tan distinguida de caminar. Sonrió y continuó

-En 2005 tuve un entredicho con la directora de una escuela privada. Yo había presentado un proyecto sobre educación sexual que ella había aprobado- Y siguió relatando que estando ya en marcha el proyecto, una mañana llamó a la escuela la madre de un alumno para quejarse por un comentario que le había hecho su hijo. Al colgar el teléfono, fue a paso ligero hasta el aula dónde se encontraba dando clases, lo interrumpió y delante de los alumnos le gritó ¡usted y yo tenemos que hablar!.

- ¡imaginate mi cara! –siguió- no entendía nada, me puse un poco tenso y la acompañé hasta la dirección. Me dijo que cómo se me había ocurrido hablar de homosexualidad en el aula, que me había olvidado de que estaba en una escuela católica, que por ser puto no tenía derecho de contagiar, ¿contagiar? Me dijo la muy estúpida, de esas ideas a sus alumnos, que era un maricón hijo de puta, que debía haberme echado del establecimiento cuando se enteró y muchas otras cosas que no recuerdo o que borré por la sensación de bronca e impotencia que me dejaron –suspiró, hizo un pausa y me miró haciendo una mueca con los labios en búsqueda de comprensión- Me dijo palabras muy feas, muy hirientes y yo, en ese momento no tenía el trabajo terapéutico que tengo ahora. Me puse furioso. No podía hablar, sólo la mandé al carajo y me fui serrando un portazo. Al bajar las escaleras sentí una especie de corriente subiendo por mi pierna y de inmediato, la pierna comenzó a temblar, me hacía así, ves, así –y movía la mano como una serpiente torciéndose de dolor al sentir un gran peso encima- hasta que fue tanto el descontrol que rodé como peso muerto hasta el descanso.

A medida que lo escuchaba y mi cuerpo comenzaba a temblar, como continuación de su relato, mi mente se apresuraba en elaborar hipótesis sobre aquella renguera con la cual él amasaba la vida, esa misma que me había preocupado y luego conmovido hasta las lágrimas, junto a otras dolencias que se habían desprendido de sus ojos y su boca mientras me relataba con detalles las palabras ofensivas y el dolor en el pecho que lo habían dejado inmóvil frente a un escritorio que hubiera querido tumbar para sepultar a su interlocutora, callándola para siempre. Claro, los chicos envilecidos por los dotes argumentales de Edus y su brillo característico, estaban fascinados con sus clases y le tenían mucha confianza, tanta, que a veces se le acercaban para pedirle consejo, como Juan Olmos, el hijo de la madre que llamó a la directora aquella mañana desafortunada, que un día lo buscó para contarle de sus inclinaciones homosexuales, de lo que sentía, de la vergüenza que le ocasionaba, de sentirse solo y enfermo y de todo la tristeza que le provocaba su situación. Edus lo tranquilizó, ¡cómo no hacerlo si era el sol encarnado!, lo cubrió con sus cálidos rayos que extendió sobre sus hombros para abrazarlo, lo animó, le dio confianza y lo entusiasmó para que hablara francamente en su casa, con su familia, que ellos lo iban a entender porque lo querían mucho, porque él era su hijo y a un hijo se lo quiere así, sin más, sin explicaciones y sin miramientos.

-Parálisis lateral derecha dijeron los médicos, me la diagnosticaron al año, cuando ya casi no tenía movilidad –continuó Edus sin prestar atención a mis acallados pensamientos que lo dejaban derramar su historia mientras me provocaban admiración e impotencia. Todo lo recitaba sereno, como si estuviera hablando de otro, como si el tiempo o su autoconocimiento actual lo hubieran reconciliado con la enfermedad. Más tarde ya no dudaba, al proseguir él con su historia, en que aquellas dagas clavadas en su salud habían sido malas pasadas de su regente Leo al meterse en medio de su trato con los dioses, un Leo egocéntrico y coronario, fogoso y cálido, de flamas incandescentes que durante las décadas anteriores seguramente no había sabido controlar y que se habían transformado en un brasero propicio para el placer y la quemazón, dejándole sangrando el alma por varios años, luchando contra el dolor y la sensación de una muerte inminente y rotunda, una pena grande como un cañón, profunda como el océano.

-Igual, ahora estoy re bien sabés, es todo cuestión mental, fue una mala jugada de mis nervios pero ahora ya casi ni me molesta y además, como me voy a morir pasados los cien años, voy a tener tiempo de volver todo a su sitio y caminar con normalidad, vas a ver.

Volvió a sonreír con ese lucimiento en sus ojos, esa gloria tan propia y tan característica mientras aquellas conjeturas que iba elaborando en mi pensamiento se desdecían como copos de nieve ante cada una de sus miradas y ante cada gesto. Edus brillaba, iluminaba, me coronaba de buenos deseos, convidando sus duendes y sus hadas, sus santitos y sus plegarias, todos los amuletos que, con fundamento, lo habían ayudado a controlar el brasero del alma y a poner en órbita su constelación zodiacal. Todo con la intención de sanar mi alma, todo con tal de ayudarme a correr el velo de prejuicios y culpas que aún se depositaban sobre mis ojos y mi vida, que se asemejaba mucho a la de aquel Juan que siendo su alumno le pidió ayuda. El quizá, por esa leonina forma de proceder, hoy estaba rengo de una pierna, pero sin duda, yo estaba cojo del alma y él lo sabía, lo había percibido desde un primer momento y sin detenerse a esperar ver mi renguera me tendió su mano y sus esperanzas para evitar que me caiga.
Recuerdo que, tiempo después, cuando ya se habían repetido varios exámenes y otras variadas visitas, me habló de la visualización creativa, una técnica que consiste en cerrar los ojos e imaginar todo lo que uno desea, pero imaginarlo real, imaginarlo presente y tangible, como si fuera nuestro en el mismo momento que cerramos los ojos. Yo no pude evitar reírme, como en cierto momento cuando me reí de sus amuletos en los que, quizá por escepticismo me costaba mucho creer y a los que sucumbí cuando vi aparecer el amor en los reflejos del cuarzo que me había regalado y que dormía en el morral con los ojos abiertos y la sonrisa de Claudio ante mí.
Grande fue mi sorpresa cuando a los pocos meses me llamó para decirme que viajaba a Europa, al volver me volvió a llamar para anoticiarme de la compra del 0 Km que tanto anhelaba, luego llego el turno de la laptop y el LCD. Era increíble como destellaba su voz al contarlo, podía imaginar su rostro, el lustre de su calvicie siempre cerosa y pulcra, sus ojos iluminados como dicroicas y su boca efervesciendo de dicha y alegría.
Hace unos días, más precisamente en la víspera de su reciente cumpleaños, estábamos conversando en su habitación y en un momento vi un afiche contra la pared con un montón de imágenes pegadas. Me llamaron la atención y me acerqué a verlas.

-Son parte de mi visualización. Todas las noches, antes dormir, las miro y hago una oración.

Allí estaban su computadora, el auto, su televisor, el estudio, su dinero, los viajes, una nueva casa y al costado, me sorprendieron unas fotos coloreadas que resaltaban del resto. Una, era una foto tomada con anterioridad a su renguera, en dónde se lo podía ver bailando sin ninguna evidencia de desperfecto en su pierna y en la otra, que estaba inmediatamente al lado, estábamos los dos juntos, abrazados y sonriendo. La foto estaba enmarcada con un fibrón. Por el costado, con el mismo fibrón había sido dibujada una flecha y a continuación, encerrado en un círculo la palabras amigos.
Bajo mis ojos, un ocaso de emoción coloreó mis pupilas de ternura. El se acercó y me dio un abrazo. Luego se tomó de mi hombro como había hecho desde el primer momento que nos conocimos, un gesto amable y conmovedor mediante el cual lo ayudaba siempre a cruzar una calle o simplemente a caminar, paseando, como si fuéramos padre e hijo o, como en aquel instante, en que, agarrado de mi bastión óseo, lo ayudaba a descender las escaleras, en silencio y mirando los escalones para llegar a salvo a la planta baja. Entre medio de mi mutismo y su pausado descenso, mis sensaciones, que de cálidas ya evaporaban emoción, se condensaban en mis ojos goteando. Allí estábamos y sin duda allí estaba su magia, el amor y la paz con la que al caminar rengueando me miraba, en una estampa detenida de tiempo, huyendo de una habitación que nos inmortalizaba y creaba, hablando de nuestros planes y de nuestros sueños, de nuestras dudas e incertidumbres, apoyándonos uno al otro, riéndonos, convencidos de que, si bien el precio que había debido pagar por su capricho era elevado, no era suficiente para doblegarlo.
Sin duda los dioses estaban contentos. Sus planes se cumplían inexorablemente más allá de los conjuros cósmicos, de los caprichos y del infatigable Leo que lo dejaba brillar y le cobraba impuestos, los propios y los de las más altas deidades, quiénes, camufladas tras el zodiaco y su metafísica paranormal, evitaban de esta sutil manera quedar en evidencia ante su creación.
Allí, en esa imagen, en ese deseo, en ese encuentro, también los dioses bailaban y bebían, transpirando el deleite de sus antojos, fertilizándonos el destino, uno que de tan próspero y fecundo había vuelto a encontrarnos.