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jueves, 25 de noviembre de 2010

El arte de contar...


Fuente: Aguatinta

Antes que nada quiero agradecerles la visita a todos los que a diario, semanalmente o de vez en cuando pasan a leer o escuchar música, agradecerles también los comentarios que van dejando, las impresiones; agradecerles la compañía aún en mi ausencia.
Hace un tiempo que no me detengo en esta parada y es que, cuando no se encuentran las palabras para contar, es ridículo forzar la emoción y las ganas....
En mi viaje diario salteo esta ruta, me desvío, viajo en diferido, la pospongo y la evito sin remordimientos (al menos ahora).
Hace un tiempo me pesaba no poder dibujar en palabras un pensamiento, decodificarlo, hacerlo letra y comunicarlo.
Pero una amiga querida me dijo hace poco que hay que saber tener paciencia, sobre todo con uno mismo. ¡Tanta paciencia le tenemos a otros, a veces a quién no la merece!
En ese viaje diario busque, revolví, revoleé todo lo que puede hasta encontrar el equipaje de la paciencia y claro, no fue fácil, pero poco a poco la fui descubriendo hasta que pude robarle el atuendo en un descuido y vestirme con él.

Así, ya no me pesó no volver, no detenerme por acá.

Hay un tiempo para todo y lo que sucede, siempre es lo que debe suceder.

Y como diría Teresa Prost, siempre hay "Algo para contar"



Otras estaciones me estaban aguardando, por ejemplo, la jornada internacional de narradores orales que se dio cita en Bahía Blanca a principios de mes y a la que asistí con mucha curiosidad y mucha duda ya que desconocía las fibras íntimas que movilizan ese mundo de la expresión y la palabra.
Nada sucede por azar y allí estaba yo, envilecido, embobado, motivado, encendido, emocionado, embellecido por tanta maravilla, por el arte de la palabra hecho acto, representado en mil gestos, en un puñado de cuentos que cobraban vida tras el manto perpetuo de la voz y el cuerpo de los narradores.
Uno vuelve a ser niño cuando desde el escenario o desde la mesa de un viejo café le narran un cuento. Uno vuelve a creer en la magia y en las hadas, vuelve a soñar despierto y comienza a vivir tantas vidas que sería imposible hacerlas caber en los años que vamos transitando.


(Graciela, Silabario, Marce, Ana... todos en las vísperas de la cita internacional de narradores)

AGRADEZCO a todos los que hicieron posible este maravilloso encuentro, primero a mis secuaces de la foto!!!, luego a Elvia, a Claudio, a Marita, Ányela, a Claudia, Edda y a todos los que enriquecieron esta hermosa cita.

Algo me hace cosquillas en el alma, me moviliza las emociones.
Otra vez el deseo es presencia y es acto.
Otra vez vuelven las ganas...

...por ahora las ganas de pasear por aquí, saludarlos, dejarles alguna historia, aunque no sea la que esperan (¿esperan algo especial?). En fin, simplemente decirles nuevamente gracias y regalarles un textito para quien guste pasar y leer.

¿Quién se anima a pasear un poco por la historia de la química?... Es cortito, bastante simple, vamos, que todo es aprendizaje y en todo hay emoción!...

Seguimos en contacto!!!

Saludos cordiales para cada uno!!! :)

PD: El texto lo encuentran en la entrada anterior.

Atómica Revolución

(Rafael: La escuela de Atenas - Museo Vaticano)


La teoría atómica surge en el contexto filosófico de la antigüedad con la intención de resolver el gran problema del “cambio y la permanencia”. Para los filósofos de la antigüedad, las cosas cambiaban mientras otras permanecían inalterables, pero la cuestión era poder describir ¿cuál era la esencia del cambio y cuál la de la permanencia?. Heráclito y Parménides fueron quiénes dieron las primeras respuestas filosóficas y mientras el primero inclinaba la balanza del pensamiento hacia lo permanente, el segundo la inclinaba hacia el cambio. Para el primero todo cambio era ilusorio y para el segundo lo ilusorio era lo permanente.

Allá por el año 300 a.C., Demócrito –influenciado por Leucipo, 450 a.C.- buscó la solución a este dilema y para poder responder a ello de una manera amoldable, propuso lo que más tarde Dalton retomaría para postular la primer teoría atómica. Podemos escribir dicha “teoría” –período de preciencia- de la siguiente manera:

 
1. Todo el Universo es átomos y vacío.

2. Los átomos son invisibles.

3. Los átomos son indestructibles, indivisibles, eternos e incambiables.

4. Hay muchos átomos distintos.

5. Los átomos pueden agregarse y disgregarse para formar todo lo que a nuestro alrededor existe.

De esta forma se resolvía el problema de la permanencia y el cambio, los átomos y el vacío permanecen mientras que el agregado de los átomos cambia. Esto explicaba por ejemplo el misterio de la muerte; “nada de nuestros seres desaparece, sino que nuestros átomos se disgregan”. –ciencia normal-
A esta corriente filosófica se la conoce con el nombre de “atomismo” en honor a la “fundación” del átomo, algo que podía (y puede) vivir en la imaginación de aquellos filósofos pero difícilmente visible y tangible, lo que le valdría, años más tarde, una vuelta de cara por parte de los adeptos al empirismo y al positivismo.

A los átomos se los imagina para dar coherencia a todo lo que observamos.

Esta primera “teoría atómica” tuvo sus enemigos. –Anomalías y crisis- Primero, por parte de los estoicos para quiénes la idea de vacío era absurda ya que allí, en lo los atomistas situaban la “nada” ellos situaban la inteligencia divina o el Dios Creador. Es más, para estos últimos, los atomistas eran considerados ateos, farsantes y hasta faltos de moral.
Luego en la Edad Media, estas ideas fueron atacadas por la Iglesia Católica, quienes habían adoptado las ideas Aristotélicas gracias a Tomas de Aquino. Ya todos sabemos que estas ideas fueron concebidas como un dogma y no fue fácil para muchos hombres de ciencia, animarse a pensar lo contrario. Uno de estos hombres, Galileo Galilei (1600), se animó a hablar de experimentación –Revolución científica- y de hecho, superando la guillotina y con un poco de “gracia”, logró convencer a la Iglesia, la que, entre otras cosas, empezó a ver con buenos ojos a los queridos átomos griegos –ciencia normal-. Años más tarde, esta idea del átomo fue desterrada por los mismos científicos –positivistas y empiristas- ya que el átomo no era una entidad observable. No servía, o no se amoldaba a los nuevos paradigmas. –Anomalías y crisis-
Luego llegó Lavoasier (1700) con su ingenio paracientífico y Dalton (1800 -1803), quién aprovechó el sutil trabajo de los antiguos griegos y la astucia del francés para re-proponer la teoría atómica, pero esta vez bajo el aval científico, constituyéndola en la primer y verdadera teoría atómica –copia casi fiel de la propuesta por Demócrito-.
Fue en este punto dónde comenzó la verdadera revolución científica, dando comienzo a una nueva ciencia que dio en llamarse química, en honor a aquellos viejos alquimistas, que ocultos en sótanos y cubiertos de simbologías raras, lograron hechizar a más de un incrédulo. (…)