Material exclusivo para utilizar en el baño

viernes, 23 de diciembre de 2011

De festividades y festejos...




Esta manía que tengo de cumplir años cuando ya el calendario pierde sus últimas hojas en un intento de emular al otoño, tal vez no sea una virtud.
Pero quizá la virtud radique en celebrar la vida como ese don maravilloso que nos deslumbra a cada paso, más allá de todas las festividades que se nos imponen desde que el mundo es mundo.
Está claro que uno elije renacer a este mundo y que tamaña determinación no se nos impone desde ningún sitio. Somos nosotros quienes elegimos en qué momento emprender un nuevo viaje por los senderos que vamos descubriendo bajo el cielo. Si somos nosotros quienes decidimos, eso responde a un deseo que, si bien se esconde en lo más profundo de nuestro espíritu, de una u otra forma conforma un punto de partida y un punto al cual debemos llegar año tras año con la rendición de cuentas de nuestros aciertos y desaciertos, de nuestras alegrías y tristezas, de nuestros eventuales logros y lo que aún queda por lograr aunque por lo pronto resulte sólo una incerteza.
Por lo tanto, llegar a esta instancia en que completamos un año para comenzar a  gastarnos otro resulta desde todo punto de vista una hermosa bendición, un momento único para contemplar lo realizado, para cobrar fuerzas para emprender lo que viene y un sitio único y especial para agradecer.
Agradecer lo bueno y agradecer lo malo; lo bueno por el bienestar que nos genera y lo malo porque es absolutamente necesario para nuestro aprendizaje, nos permite agudizar la paciencia, condimenta la espera con unos gramos de pensamiento, enaltece y enriquece el alma al darnos la posibilidad de darle batalla para derrotarlo y arrimarse nuevamente a buen puerto. La dicotomía y los opuestos son necesarios para vivir y se hacen uno cuando logramos que esas dos caras de una misma moneda se fundan en una sola sin perder individualidad.
Hoy quiero agradecer por sobre todo agradecimiento posible, a todos ustedes, a los que con placer y con ganas y también, hablando de opuestos, a quiénes un poco desconfiados o alertas, se asoman a este portal acompañando mi emoción transitada en palabras.
Agradecer el nacimiento de mi primer libro y la lectura que van haciendo ustedes del mismo, sumando todas las sensaciones que me transmiten a diario a raíz de su lectura. Me alegra saber que los emociona, que los hace reír, pensar, que los obliga, de una u otra manera, a enfrentarse a una forma de sentir que a veces no es la propia pero que no por eso, dejar de ser otra forma de sentir, otra para sumarse a la diversidad de sensaciones y emociones que pueblan esta hermosa Tierra.
A todos ustedes, mi más sincero agradecimiento, por acompañarme, por confiar, por animarme y por habitar hoy por hoy, otras habitaciones en mi corazón, enriqueciéndolo y ayudándolo a extenderse sin fronteras.
Agradecer a la familia, al amor de Clau que me acompaña minuto a minuto, a los amigos, los de siempre y los que poco a poco se van sumando haciendo de mis días un placer y una fiesta, la que también empieza hoy, asomándome a los 37 años en la compañía de todos ustedes.
Y para quienes celebren, más allá del negocio de la Navidad; para quienes aún los convoque la magia y el encanto de una fecha tan especial y ancestral como la que se celebra el  domingo en todo el mundo, al menos todo el mundo cristiano, un deseo profundo de que el amor los encuentre y encuentren el amor.

Felicidades para todos y un pequeño regalo robado de por ahí, para que el humor también nos encuentre...

http://www.victoriarolanda.com.ar/2011/12/colera-festivo.html

Y les pido paciencia a todos aquellos a los que por una u otra cosa, aún no les envié o acerqué personalmente el libro que me pidieron. Sepan que en breve estaré haciéndolos llegar. De todas formas siguen vigentes los siguientes medios para conseguirlo:

A partir de la editorial:

http://www.elaleph.com/libro/Silabario-de-Sebastian-Virgili/839218/

En Bahía Blanca: Librería Henry y librería Agencia Sur.

sábado, 22 de octubre de 2011

Promete o promete...


Así que deja que yo y la locura, que es sólo mía, corramos este peligro” 
(Antígona- Sófocles)




El epígrafe no se lo robé a Sófocles, de hecho se lo saqué, y sin pedir permiso, a Pedro Guerra.
Resulta que el canario cantautor editó disquito nuevo y degustando un poco su arte que ya apropié y acopio desde hace años, di con una de sus bellas poesías que llevaba dicho epígrafe antecediendo sus acordes. No creo que Pedrito se enoje por haberle robado, y de última, si así fuera, puedo recurrir a un alegato contundente o, ¿acaso no es cierto que ladrón que roba a ladrón tiene cien años de perdón?
Y ustedes preguntaran, quizá, ¿por qué cual Prometeo me robé el fuego sagrado de tan locas palabras?.
Si piensan en forma etimológica les diré que van por mal camino. Para vidente no sirvo, no he sido bautizado con esos dones y creo que ni siquiera evocando a Orangel o a Ludovica me saldría esa inspiración y arte que conlleva a colocar las manos sobre una bola de cristal y anticipar el futuro de manera inequívoca. Más allá de que ellos también se equivocan y en grande, evocando a mi amigo Alejandro, por llamarlo de alguna manera cercana, en algo hay que creer. Entonces, habrá que creer nomás.  
Si lo relacionan al mundo de las deidades, podríamos ponernos de acuerdo en algo: según lo que leí en Wikipedia, Prometeo no fue un Dios del Olimpo, sólo se considera un Titán y como mi avatar de Puerto Libre y mi apodo niño resultan un anagrama bastante aceptable de dicho cargo mitológico, podría decirles que sí, que de Tatián a Titán sólo hay una vocal de distancia y por ende, me puedo considerar un Prometeo y darme el gusto de andar robando fuegos por ahí, menos los de Galeano, esos sólo por respeto al autor los dejaría abrazados a su hábitat sin tocarlos, con que  sólo se me permita acercarme a calentarme una noche de intenso frío, me bastaría.
Pero también se les puede haber ocurrido que lo mío, esa osada locura de robar lo ya robado, haya sido producto de  tomar lo que es propio y devolverlo mejorado, algo así como al César lo que es del César, pero sin la intención de acumular riquezas, más bien con el propósito de crear y desgranar por allí, cual simientes depositadas en diferentes terrenos, todas las palabras que tienen algo que contar y que decir.
Atenea orgullosa, me mira desde su nube y  Zeus vuelve a la escena con la trillada y aburrida creación de una Kandora, portadora ya no de una caja, sino, convertida ella misma en la promulgación de todos los males, con la intención de persuadirme y recuperar la admiración que tiempo atrás tuvo sobre la totalidad de los mortales.
Como conozco su táctica y me sé el desenlace, debo ser más astuto que mi predecesor para no correr el riesgo de que un par de cuervuchos me ultrajen comiendo el hígado (con lo que cuesta hoy por hoy un trasplante en este país).
Como ya hay muchos enamorados de Kandora y ella anda por allí regalando males dos por uno, yo sólo ilumino con el fuego las palabras que coquetean con una de las leyes promulgadas durante su primer mandato y de esa forma, halagando sus virtudes, me hago el boludo y la paso bomba.
Pero si lo piensan en forma concreta, las robé porque estoy loco y lo que les voy a contar corre por nuestra cuenta: la de mi locura y la mía (si alguien se quiere sumar, le hacemos lugar enseguida, piensen que los locos y los niños siempre tienen la razón, en una de esas comienzan a creerles)
Dicho todo esto, y antes de llegar al grano (mi amigo Tessi ya habría colgado el teléfono a éstas alturas del relato), aclaro que yo nunca me consideré escritor y creo que es un título demasiado noble y grande para caber en este cuerpo de cualidades despistadas. Sin embargo, debido a la insistencia de muchos de ustedes, quienes se animan a pasar por acá y leer toda barbaridad que aterriza en mi cabeza, les cuento que, cuan Prometeo y su locura heroica, quien escribe, con una locura un poco más kamikaze, tiene la alegría de contarles que SILABARIO ya no sólo es un blog, ahora ha tenido familia y sus parientes en formato celulosa estarán en breve poblando, aunque más no sea, los espacios aún vacíos de mi departamento.

Eso sí, yo no seré Prometeo, pero que este libro Promete o promete no caben dudas, sino comprueben ustedes de que se trata siguiendo el siguiente link:



Titilandia



"Son los recuerdos los que nos dejan en penitencia de por vida..." Estela Teitelbaum


Siempre preguntaba por mí y tanto insistió, que finalmente nos encontramos.
Ella, con el pelo mucho más cano y algunas cuantas pecas más en sus manos, siempre pequeña en su estatura pero con un corazón inmenso, coqueta, repleta de colgantes y aros, radiante como un sol de medio día, me recibió al pié de su jardín, uno que, además de contener rosales y azaleas, también era la casa de un hermoso ciruelo silvestre, aventajados helechos, malvones, pensamientos y una parra que, según sus caprichos, algunos veranos nos dejaba regodearnos con las uvas y otros, sólo nos cobijaba del sol.
En el centro, estaba en pié el aro de Pepe, el loro de la familia quien, de alcahuete me botoneó antes de que yo pudiera dar la sorpresa.

—¡Titi…! ¡Titi…!— gritó Pepe.

Ese graznido nítido hizo que yo despegara mis dedos del timbre que, como siempre, no alcanzaba a tocar.
Desde la ventanita de la puerta pude ver como Titi acercaba su cara hasta la ventana. Tras el  ciego reflejo que provocan los cristales cuando la luz los atraviesa venciendo todas sus silícicas resistencias, logré ver como acomodaba sus anteojos y levantaba las cejas junto a los brazos, llevando sus manos a la cara en señal de asombro.
En breve se asomó a la puerta y no me dejó ni siquiera saludar.
Me abrazó, nos abrazamos y lloramos con la emoción de quien se encuentra luego de mucho tiempo de haber estado distante.  Pasando su brazo alrededor de mi cintura, me fue guiando por el corredor dejándome pasar a su casa, una que de tan transitada ya me sabía de memoria.  
Allí, sobre la mesa, el mate, sabio y paciente, aguardaba nuestro encuentro, silente, pero con la convicción de que, cuando de convocar se trata, no existe mejor anfitrión.
Conversamos largo y tendido y nos reímos a más no poder recordando todas las pavadas que pueblan la vida, esas que de tan simples y tan tontas, conforman su sal y los almohadones mullidos en donde no sólo me place descansar, también me resulta prudente y necesario recostarme, para transitar el recuerdo condimentado con sus dolores y sus risas.
Habiéndome acomodado sobre el almohadón verde, automáticamente se instaló en mi mente la imagen fresca de una escena en la que, sentado sobre la cama, Til y Carlos me habían puesto sobre la cabeza un gorrito a rayas rojas y blancas.

—¡Titilandia!, ¿te acordás el día que Charly me tomó la foto con el gorrito de Wally?.

Y Titilandia quedó suspendida de esa imagen mientras que yo rumiaba entre mis labios la deformación fonética que le había impuesto a su sobrenombre.
Así la bauticé el día que conocí su casa. Las paredes se me caían encima de tan cargadas. Platos colgados sobre una de las paredes, uno de México, otro de Cuba, otro de Guatemala. Más allá, jarrones de diversas procedencias, adornos mínimos, tazas de colección, anaqueles repletos de copas, vajillas y manteles aún sin estrenar. Licores, espejos, floreros siempre coloridos y unas máscaras venecianas que anunciaban a diario un carnaval con góndolas y canales. La totalidad de aquellos pequeños apéndices de su existencia poblaban su microcosmos cotidiano, dándole la seguridad de que al menos allí, en su casa, era dueña de algo más que su propio sufrimiento acunado por años.
Seguramente, aquel sitio podría haber sido un buen prólogo para aquella casona silabeada por Mujica Láinez, es más, no tenía absolutamente nada que envidiarle. Allí también los objetos tenían historia y seguramente cuchicheaban cuando todos dormían, haciendo de su hábitat un ecosistema propicio para delinear el proyecto de un barroco museo. Y teníamos la certeza de eso en cada amanecer, cuando ella, aún dormida y con los ojos hinchados de tanto sueño, relojeando su living se daba cuenta de que la pequeña taza de porcelana china faltaba en medio de aquel alboroto objetal.

—¿Qué hacés ahí vos?— Le decía cuando la encontraba perdida en los confines de la repisa casi a punto de caerse— ¡Te dije que no te hagas la viva!, que si querés volar, le pidas ayuda a Pepe, sola no, te vas a quebrar, yo sé lo que te digo.

Y poniendo todo en su lugar, amanecía su día con los mates y las tostadas recién preparadas, untadas con manteca.
Y es que Titi es, en sí misma, un país, un mundo, un universo repleto de cosquillas, sonrisas y regalos. A su casa uno llega siempre con las manos vacías y sale como si hubiera estado en el supermercado, sin haber sacado a pasear la billetera y con la algarabía propia de su discurso atolondrado enredado a la querencia.
En medio del encuentro, de tanta risa, Titi se ahogó y comenzó a toser, hasta que, llenando nuevamente los pulmones de aire, respiró profundo inflando su pecho como una pelota y volvió a su normalidad exhalando suavemente y despacio como le habían enseñado en sus clases de yoga.

Mientras, yo tomaba su mano y en el visor del electrocardiógrafo la señal se ponía roja y un sonido como de alarma me despabilaba de aquella intromisión onírica en la que me había inmiscuido con el tórrido deseo de concretar ese abrazo que tantas noches la había despertado de sus dolientes y tristes sueños.
En la espera de aquella sala decorada de intensivas terapias, ella seguía dormida y sus latidos eran normales, mientras que en el sueño que la mantenía dormida, la jarana seguía entre mates y crocantes tortas fritas.
Hubiera preferido jamás ingresar allí, ese sitio fronterizo en donde la vida y la muerte pulsean una lucha mano a mano; donde la fragilidad de ésto que somos se desvanece y en una simple fracción de segundos la esperanza de la inmortalidad se clisa y gotea su dolor a través de todos los cristales.
Mi mente logro silenciarse  dejando que el corazón despierte. Allí, los dos, ella quietita, tranquila, durmiente; yo sosteniendo su mano hinchada por la retención de líquidos y las secuelas de una enfermedad que de tanto susto, jugaba a esconderse tras el reuma y los dolores musculares, carcomiendo venas y arterias, endureciendo articulaciones, encapsulando un riñón y luego el otro, atravesando membranas hasta llegar al pulmón y sus ronquidos para luego, sin más sitio en donde esconderse, invadir la sangre con el temor de ser vista, pero con la certeza de haber realizado bien su trabajo.
Me acerqué a su rostro y con la otra mano acaricié su cabello, allí me di cuenta que llevaba el pelo recogido y atado de una forma aún más prolija de la que le hubiera recreado un coiffeur.
Cacho, marido y hombre con aire de médico no matriculado, revisaba el estado general de su mujer a la salida de los enfermeros, como inspeccionando si el trabajo estaba bien hecho. Levantaba las mantas, revisaba las mangueras y los cables y de paso le hacía una colita, como la que ella se hacía para andar de entre casa.

—¡Qué hincha pelota!— hubiera sido su comentario en ese momento si no hubiera sido que, de su boca emergía, ya no su voz, sino una triada de tubos de goma que la conectaban a un respirador que, celoso y acaparador nos robaba todo su aliento y sus anhelos.

La observé en silencio, la acaricié mientras le tomaba la mano.

—Te quiero mucho ¿sabés?— le dije mientras de mis ojos escurrían algunas lágrimas.
—Yo también— alcancé a escuchar desde la cercanía de sus sueños que hicieron poner al rojo otra vez el aparato con la intención picaresca de obligar a sus pulmones a regalarme un poco de su alma respirada por motus propia.

Incliné la mirada hacia abajo con mis ojos vidriosos de dolor y la alegría de haber llegado a tiempo. Y es que todo ocurre cuando debe, no cuando uno quiere. Bajando los niveles de ansiedad, intenté que la madre paciencia, protegida bajo un cielo con nueve lunas, me guíe y simplemente me deje fluir en el torrente de la vida sin más objetivo que vivirla, disfrutarla y aprender, aprender también bajo los influjos del dolor, esa otra forma de vencer los límites de las propias comodidades y represiones.
Sabiendo que mi tiempo y el de ella, el momento preciso de volver a encontrarnos era justo ése, el que estábamos viviendo, ella desde su cama cubierta de hospital y yo desde mi anhelo de vencer mis propios temores, volví a mirarla y sonriendo le dije

—¡Contra el mal, la hormiga atómica!, ¿te acordás Titi? ¡Cómo te enojabas cuando te lo decía!... ¿dónde quedaron tus súper poderes?...

Pensativo, aún mirándola, me pregunté de dónde sacaríamos nosotros la fuerza y el coraje para acompañarla en ese viaje, para ayudarla con las valijas que, de tantas y tan cargadas de recuerdos, amor y algunos de todos esos objetos que tanto le agradaba coleccionar, se le tornarían densamente pesadas.
Parpadeó, las comisuras de sus labios se movieron gesticulando una mueca que mi mente imagino como una pícara sonrisa, esa misma que le gustaba colocarse en su cara cuando tramaba una broma o nos hacía trampa jugando a las cartas. Por un momento recordé aquellos “besos en la frente” y a su protagonista que de achinado sólo posee un apodo, cuando al finalizar el film, habiendo hecho creer a todos que yacía muerta en su cama, de un salto despierta, comienza a reír a carcajadas y tomando un cojín de plumas comienza la guerra clásica de almohadones  arrojándolo sobre la cabeza de Leito Sbaraglia, anunciándole de esa forma que el zorro pierde los pelos pero jamás la mañas. En esa escena me perdía imaginando a Titi despertando, quitándose el suero, agarrando las valijas que descansaban a los costados de su cama y con determinación arrojándolas a los confines de sus recuerdos alivianando de una vez por todas los duelos nunca elaborados de sus andanzas.
Si bien ella no despertó, si bien aún sigue durmiendo allí, en su camita de hospital, rápidamente entendí que,  en este tiempo de verse sumergida en su propia pelea, ella está poco a poco aprendiendo el verdadero significado del desapego. Allí, en ese mismo momento, aferrándose a lo único que la acompañaría en su viaje, ese que aún late en su destino y que nos mantiene alertas y a la espera, comprendiendo que sólo el amor es necesario y que de él no hace falta desapegarse, tan sólo inyectarlo en su maleta corazón, de a gotas, a borbotones, en torrente, a chorros, como sea y como se pueda.
Amor, siempre amor, único atuendo imprescindible ante cualquier inesperado viaje. 

domingo, 16 de octubre de 2011

Sueño de madre

"Cuando el dolor es tan profundo, nadie puede entenderlo" Rosalina Bustamante.

Imagino una madre dormida.
En sus sueños, después de andar varios días perdida, se detiene ante un inmenso portal. Sus pequeños pies se resisten a caminarla tras él, sin embargo una voluntad que no logra visualizar la lleva a dar el paso que la deja en medio. De un lado, el sueño se torna blanco y se respira paz de jazmines; del otro, un jardín de rosas y madreselvas hilvana con restos de perfume sus más preciados recuerdos a un presente que se difumina. 
Ella intenta despertar pero no tiene fuerza para abrir ni siquiera los ojos. 

Entre tanto, espera paciente que un Dios piadoso la despierte

miércoles, 21 de septiembre de 2011

Entre Panchasana y Surya Namaskar, un encuentro.



El invierno invita a replegarse. Quizá son sus fríos y sus gélidas madrugadas las que nos convocan a quedarnos acurrucados en la cama, cubiertos de mantas y sin la menor intención de deshabitarla. O tal vez son las noches en las que el aliento se hace escarcha apenas sale de la boca, las que nos obligan a quedarnos dentro, al amparo de una buena película, acompañados del aroma y el sabor de un torrado café intenso.
El invierno es época de gestación dicen quiénes de eso entienden. Habitarnos a nosotros mismos entonces, sería como una forma de intentar encontrarnos, atravesar la dialéctica con todos los seres y las emociones que nos envisten y que nos dejan ser quien somos, para poder dar cauce a lo nuevo, para poder emprender, para acuñar ese bello y ansiado proyecto.
Los ciclos terminan, la última pieza del rompecabezas es colocada en su sitio, el invierno y sus áridas ramas van quedando atrás sepultando el pasado, los  nuevos brotes le dan la despedida y al mismo tiempo bendicen el nacimiento de la primavera que, perezosa y remolona acumula la energía necesaria para dar lugar al espectáculo multicolor y florido que la caracteriza.
Es necesario estar alerta, disfrutar de la escena despiertos y conscientes para que ningún detalle se nos escape de la retina y del pensamiento. Parir lo gestado, disfrutarlo, ofrecerlo, pulirlo y luego dejarlo ir.
Decidí comenzar la primavera de este ciclo invocando al Sol y purificando mi mente con sus brillos e intensidades, aprovechando el espectáculo que desde hace unos meses me brinda el nuevo departamento en el que vivo.  El lavadero, que apunta hacia el este y que ofrece un panorama de casitas bajas cercadas por una hilera de álamos añejos que limitan los confines del parque, posee sendos ventanales que van de pared a pared y que ofician de pulmón y de ocular a través del cual puedo respirar la madrugada y el atardecer así como, observar el devenir de las luces que asoman sobre el horizonte y que, se van filtrando entre la arboleda para dejar aparecer un Sol radiante sobre las copas robustas y perenes de la entramada arbórea cada mañana, siempre y cuando la ceniza o las nubes no decidan opacarme la belleza.
Desde hacía tiempo me había hecho la promesa de comenzar mis mañanas saludando a quién por ese ventanal se asoma alumbrando la cocina y dejando al descubierto el polvillo acumulado y las betas de una rejilla mal enjuagada que atravesó la mesada a los apurones. Pero siempre sucumbía ante la pereza y la comodidad de una cama bien habitada. Sin embargo, el recuerdo y las experiencias vividas activaron mi conciencia para que de una vez por todas abandone un poco a “panchasana”, postura en la cual el cuerpo reposa en posición horizontal y relajada, para dar comienzo a “cineticasana”, algo un poco más movido y vivaz.
Y así, recreando en mi mente las diversas posturas que integran el Surya Namaskar, algo más que una frase en sánscrito; una serie de asanas posturales que reverencian al Sol, creador de luz y portador de energía vital, amanecí a la primavera nutriendo mi espíritu de lumbre.
Pronuncio Namasté, de pié con las palmas enfrentadas a la altura del pecho. Respiro bien profundo y exhalo sacando todo el aire de los pulmones como ofrenda y agradecimiento. Armo entonces tadasana, o postura de la montaña, elevando el pecho y alineando hombros, cadera y pies. Luego uttanasana, sin llegar a tocar el suelo con las manos pero con las yemas de los dedos haciendo el intento. Al terminar, inhalo y llevo una pierna hacia atrás dejando la otra adelante, apoyando mis manos sobre el suelo siempre a la altura de los hombros, realizo una respiración consciente y armo entonces adho mukha shvanasana y como puedo, llevo la cola hacia arriba elevando los talones pensando sin querer, siempre, en una vaca.  Termino armando la postura de la cobra o bujangasana para luego retroceder el ciclo, como si rebobinara una cinta.
Repito la serie tres veces y mientras tanto, las partículas del sahumerio impregnan mis pulmones de un aroma suave y con sabor a Nag Champa, sumiendo mi mente en un recuerdo reciente y ancestral que va decantando y tomando forma como una vivencia que es necesario rumiar antes de poder plasmarla.

Me encuentro ante el bellísimo episodio del equinoccio de primavera a los pies de la pirámide de Chichén Itzá, observando como la serpiente de Kukulkán se asoma desde lo alto y desciende hasta posarse sobre la tierra, bajo mis pies, enroscándose en mis piernas sin la menor intención de retenerme, más bien con la plena convicción de anunciarme la llegada de un encuentro esperado, generador y creador de nuevos vínculos, nuevas redes que se tejen en el entramado gravitacional del Universo.
Desde esa vivencia asumo y tomo consciencia de que  mi primavera fue llegando antes de lo que anuncia el calendario. Arribó no sólo con alergias y sus amantes de turno, loratadina y difenedramina, también me trajo el regalo de dos seres maravillosos: Tessi y Emma.
Con Tessi hace tiempo que vamos gestando amistad, sobre todo desde este blog que si bien no lo acunó desde sus comienzos, le dio la bienvenida mucho antes de que decidiera comenzar a intervenir en los comentarios que cada tanto va dejando por acá, poblando de huellas el camino que andamos y que nos va surcando el alma de emociones intensas, asemejando a las grietas que los años van marcando en la piel.
Cuando Tessi, desde su México querido y con la bandera del idioma como patria, me anunció la concreción de su tan soñado viaje a Argentina, no imaginé que Emma, Marion y Mariana fueran también parte de nuestro recorrido. Todos silabarios, todos, en mayor o menor medida, participantes de un blog capitaneado por la escritora Ángeles Mastretta, todos compañeros de palabras y navegantes de ideas, todos embarcados en un mismo sueño: expresar libremente nuestros pensamientos y creencias.
Al contrario de lo que pude suponer, Tessi no traía en sus ansias el deseo de recorrer de punta a punta un país tan americano como el suyo, sino las ganas de transitar cara a cara los afectos acuñados a la distancia y materializar el afecto macerado durante meses desde las líneas o las comunicaciones telefónicas.
Ese deseo lo impulsó a viajar, el deseo intenso y profundo de estrecharnos fraternalmente un cálido abrazo, mirarnos a los ojos y decirnos con el brillo de la pupila todo lo que la palabra esconde, camufla o no dice.
Cómo negarse entonces a recibirlo, a pasearlo por nuestros sentires y algunos rincones de nuestra tierra, esos que de tan queridos nos da gusto compartir. Automáticamente le dije bienvenido y fue así que nos encontramos rodeados de cemento y arte en una cosmopolita y hermosa Buenos Aires.
Marion, desde Uruguay, finalmente no pudo asistir al convite. Un resfriado la dejó anclada en su cama del otro lado del río, postergando un café en el Tortoni y un paseo porteño que seguramente tenga cabida en México en los meses próximos.
Emma, en tanto, fue una sorpresa y un milagro. No sabía absolutamente nada de esta deslumbrante presencia femenina y tucumana. Radiante, espléndida, llena de luz e inteligencia, esta profesora de letras es el vivo ejemplo de la rebeldía, la determinación y la belleza. Es, bajo todo punto de vista, una mujer sin tiempo que hace alarde de su edad sin tapujos porque para ella, los años vividos son experiencia acumulada al servicio de los demás. Emma se sabe feliz y plena y para ella es todo una cuestión de actitud.
Tessi en tanto, más serio y locuaz, encarna con sabiduría la determinación de vivir a pleno sus días, prometiéndose no renunciar jamás a sus ideales pero con la inteligencia de saberse parte de un proceso en constante evolución.


Entre los tres compartimos vivencias y sensaciones acariciadas por delicados fileteados porteños que ofrecieron el marco ideal de nuestra conversación y acercamiento. Entre Caminito y la Bombonera, devorando unas ricas empanadas y posando para la foto-postal del tango; entre San Telmo y Recoleta, conversando con una filosa y sabia Mafalda; entre Palermo y todos sus adjetivos, releyendo a Cortázar y sumándonos a una noche espléndida de Brujas y alcohol; entre Puerto Madero y el teatro Moliere disfrutando a carcajadas de un espléndido unipersonal titulado La Suplente; entre Bariloche con sus bosques, lagos, cumbres nevadas y la belleza encantadora de Mariana Patagonia, amiga entrañable de Tessi, tripulante del puerto y también amiga nuestra; entre tanto encanto y maravilla acompasados por la cumbia del mole de Lila Dawns y una Luna Tucumana coreada por un dúo “sencillito y carismático” que hizo reír a carcajadas hasta al taxista que nos paseó la última noche por las calles porteñas buscando un sitio en donde celebrar la despedida. Entra tanto  tiempo compartido, el fluir de nuestras historias y relatos, de nuestros sentimientos y placeres, fue intenso y fecundo, a tal punto que impregnó de riegos nuestra cimiente, coloreando nuestra primavera de tonalidades más intensas y vivaces, acercando distancias y plasmando en el presente un sentir único, especial e inigualable

Namasté, repito al terminar mi serie. Namasté y dejo atrás el recuerdo, atesorando para siempre los momentos compartidos. Namasté y amanece la primavera del calendario con nuevas flores en el jardín de nuestra querencia, bajo la promesa de repetir el encuentro, quizá en Tucumán, tal vez en Bariloche, en Uruguay, o en México, sitio en donde Tessi nos tiene prometida una cena y un chapuzón en las hermosas playas azules y cristalinas que lo rodean.






domingo, 4 de septiembre de 2011

Cubriendo la tristeza



Rompí en llanto al terminar de leer.
Ese relato breve que me anoticiaba de la situación delicada de una mujer que unos años atrás supo ser compañera y madre, una de esas tantas madres que uno atesora en el corazón aunque la sangre diga lo contrario.
El mensaje de correo había sido escrito por su hija, quien supo ser mi compañera de viaje y de matrimonio cuando aún yo vivía encerrado en un clóset.
El mensaje fue corto, pero profundo en emoción y querencia.
Cuando la pena abunda y se nos cae por entre las manos y los ojos, cuando ya no cabe en uno, hay que salir al encuentro de alguien que, dentro de su cántaro posea aún espacio para soportarla con uno. Ella me eligió porque no podía con su tristeza como yo tampoco ahora puedo con la mía aunque intento sostenerla desde la distancia y el silencio.

“Tengo la claridad de los tiempos pasados en la retina, allí nace una imagen en la que todos reíamos a más no poder, y en mí en un instante de pensamiento en la carcajada: Te vamos a extrañar tanto, ojalá siempre estés así. A quién miraba y en quien pensaba era en mi mami. ¿y sabés? Hace más de un año que se nos está yendo en nuestra realidad…”

Rompí en llanto como vuelvo a llorar ahora al leerla y reescribirla.
¡La quise tanto, los quise tanto a todos!. Aún hoy, a pesar de las rupturas y la separación, los sigo queriendo. ¿Cómo se hace para dejar de querer?. Es imposible hacerlo cuando la querencia es genuina y está instalada en el corazón. Quien quiere, no puede dejar de hacerlo, me dijo sabiamente Tilsa hace unos años. Cuánta certeza, cuánta luminosidad, cuánta claridad.
Y un día, luego de armar mis valijas y de irme para siempre de sus vidas, me negué a volver a verlos. Creo que sentí una especie de vergüenza, sentí que les había fallado, que no había podido darles lo que tanto habían soñado para su familia, para su hija.
No sé si tendré el coraje de volver a ver a esa mujer que supo el significado del abandono desde que nació, que vivió los maltratos de un padre ausente desde sus primeros días de vida cuando su madre, al dejarla en este mundo, decidió volar a otro, más placentero y elevado, al que llegaremos todos algún día.
Una mujer que siempre vivió de lo ajeno hasta que, con temple y coraje logró el anhelo de formar su familia, la propia, la tan ansiada familia, con marido e hijos a quiénes prometió jamás abandonar, a los que amó y ama con todo su ser y para quiénes hoy es una gruta profunda de dolor y pena.
No sé si es prudente volver a su encuentro. Prefiero recordarla en esas carcajadas en las que nos zambullíamos hasta llorar nadando en sus aguas. Prefiero traer a mi mente a esa mujer que nos preparaba la cena y el almuerzo, que nos deleitaba con sus calentitos y sus buñuelos. Qué siempre tenía sobre la mesa algún arte culinario con el que nos agasajaba y nos manifestaba su afecto: las empanadas de papa, el mondongo en escabeche (nunca probé uno igual), las albóndigas de carne, los famosos críspeles y las tortas que eran el deleite de toda reunión de cumpleaños.
Prefiero recordarla en sus picardías, como las trampas que nos hacía jugando a las cartas o simplemente en un paseo por el barrio llevando tras de sí a Lulú y Fleco, los perros terrier que eran su más fiel compañía.
Mientras lloraba sin poder parar, hoy por la tarde tome entre mis manos una manta a croché que me tejió y regaló para un cumpleaños. Me recosté en el futón y me cubrí con ella, apoyando mi cabeza en el almohadón que también formaba parte del juego. Me quedé allí recordándola en sus tejidos y manualidades, en su amor por los anillos, los aros y colgantes, en su siempre estar de punta en blanco aunque sólo fuera para estar de entrecasa. Todas mis lágrimas fueron absorbidas por la lana multicolor, todas y mi necesidad de un abrazo que nunca llegó.
Pienso que tal vez le dolió mi partida, una que quizá fue vivida como otro abandono, llevándola a revivir esa herida nunca sanada frente a la cual hoy hace síntoma.
Entiendo la tristeza porque mi madre también se alejó a otra realidad durante dos años. Dos años en los cuales las lágrimas eran moneda corriente entre mis hermanos, mi papá y yo. Dos años gélidos, devastadores, desiertos.
Cómo no entender la tristeza., cómo no sentirla, cómo no llorar sin poder parar.
Es increíble que a veces el amor no alcance para sanar un corazón herido de años, de vida desolada. Es lamentable que algunos seres humanos, algunos que sólo reclaman amor, cariño y afecto terminen perdidos en los corredores de su mente sin encontrar la salida de emergencia.
Pero así como mi mamá de sangre la encontró, guardo en mí querer toda la esperanza de que Titi dé con ella. La señal es clara, el amor sana incluso a la distancia, ¿no es energía acaso?. Y cuando la encuentre, cuando finalmente la abra allí se encontrará con todos los que la quieren y para quienes dio su vida, sus hijos.
Espero estar allí ese día.

sábado, 13 de agosto de 2011

Obscenidades

"No aprendemos nada en la Tierra, sólo vamos descubriendo y recordando lo que sabemos desde que éramos dioses, en el origen"
 Platón -teoría de la reminiscencia-


Está escrito en los genes, en la psique y en el alma. La naturaleza de cada uno está escrita allí desde que poblamos el Universo. Descubrir el modo de descifrar el lenguaje en el que se nos manifiesta es nuestra misión en la Tierra.
Hay quienes nos empeñamos en afrontar diariamente dicho desafío y están aquellos que se pasan la vida intentando decodificar la naturaleza de los demás. Cuando no pueden hacerlo, cuando esa otra naturaleza los desafía y los enfrenta, entonces llega el momento de atacar, cuestionar, juzgar y así exponer todo un arsenal de miedos y angustias que no hacen más que sumergirlos en su propia anulación.
En este sentido, a veces pienso que hay gente que habla porque nos han bendecido con el don de la palabra. A veces creo que, oportunamente, sería prudente que cierta gente enmudezca antes de dejar que sus palabras entablen sonoridad en el aire.
Quizá sería adecuado y brillante que el aire se solidarizara con esos grupos de personas ayudándolos a encontrarse a sí mismos. Sería prudente para tal caso que contara entre sus moléculas con un detector de estupideces y ante la más mínima insensatez volcada sobre él, tuviera la capacidad física o química de ahogarla, tragarla, pulverizarla y silenciarla.
Nos ahorraríamos disgustos, tristezas, pesares y malos entendidos. No quiero decir con esto que no sea necesario pasar por esas emociones, pero se puede arribar a ellas de otro modo, más elegante y menos perturbador.
Cuando escucho comentarios que refieren a éste, mi espacio público de pensamiento y ficción, como un sitio con lenguaje obsceno, automáticamente me río y pienso:

Si ser gay es obsceno, dichosa sea la obscenidad.

Si ser homosexual es obsceno, bienvenida la obscenidad.

Si disfrutar apaciblemente y con absoluto goce del onanismo es obsceno, elijo ser obsceno tres o cuatro veces por día.

Si hacer el amor con mi compañero de vida es obsceno, quiero sentir diariamente el placer de la obscenidad.

Si acariciar a otro hombre es obsceno, prefiero vivir perfumado de obscenidad.

Si contar historias de vida es obsceno, prefiero nunca acallar la obscenidad.

Si hablar de amor es obsceno, elijo enamorarme de la obscenidad.

Si admirar la belleza de otro que comparte mi mismo sexo es obsceno, dichosos sean mis ojos retratados de obscenidad.

Si este blog por alguna razón de tu negación inconsciente te resulta obsceno, lamento comunicar que mis silabarias ideas, pensamientos y sentires seguirán derrochando páginas de obscenidad.

miércoles, 6 de julio de 2011

Perdón... (aunque no crea en el perdón)


El día que Joaquín se quedó sin aire, ese mismo instante en que todo su cuerpo comenzó a inundarse de temblores involuntarios, erizando la piel y sofocando sus palabras, nublando sus ojos serenos y bonachones en tenue mirada, todo sin siquiera poder ni querer evitarlo; ese mismo día tuvo la certeza de que lo amaba.
Y tuvo la certeza a tal punto que, instantáneamente se dio cuenta de lo poco o nada que conocía sobre ese sentimiento llamado amor.
En ese mismo instante, y casi de inmediato, también tembló de miedo, un miedo atroz, penetrante, un intenso temor a perderlo. Temió que Alejo se fuera ese mismo día en que todas aquellas imaginadas fantasías se materializaban ante él con la misma certeza en la que se daba cuenta todo lo que lo amaba y lo necesitaba. Temió que cruzara la puerta sin siquiera decir adiós, sin un beso, sin caricias ni un abrazo prolongado que le permitiera retenerlo unos segundos más prendido a su ser, a pesar de que ya todo él estaba invadido de su presencia.

— Perdón, me equivoqué— Dijo Joaquín con voz entrecortada mientras argumentaba las razones y los motivos por los cuales había llegado a engañarlo.

— ¡No me pidas perdón, no soy un ogro ni Dios!. ¡No me digas más perdón carajo!. ¡Perdón una mierda!— Gritó Alejo golpeando la mesa— ¿Perdón?... ¿Cómo pudiste hijo de puta?... ¿Cómo?

— ¡Tenía que hacerlo, no es en contra tuya, pero sentí la necesidad de hacerlo!

Joaquín comenzó a llorar sin poder evitarlo, las lágrimas surcaban su rostro y ahuecaban su tristeza y su pena haciéndolo sentir avergonzado, tonto.

— ¿Por qué, por qué?… — Comenzó a balbucear Alejo, dejando correr sobre el gran manto de lagrimas que ya iba tejiendo la angustia de Joaquín también las suyas.

Entonces, Joaquín pidió perdón otra vez, y otra mientras bajaba el rostro llorando, balbuceando un lo necesitaba entrecortado y ahogado, repitiendo entre llanto y llanto un perdón que para Alejo era difícil de escuchar, que negaba sin más y al que Joaquín recurría como tregua aunque no creyera en él, como tampoco creía en el Silvina.
A Joaquín no se le ocurría otra palabra y otro sentir para hacerle llegar a su marido el descontento que lo invadía por obrar a veces de manera tonta, sin pensar, impulsiva, como aquel encuentro carnal con un tipo que había conocido tiempo atrás y al que había acudido para satisfacer deseos dormidos y aquellos que ya Alejo, por cansancio y por desinterés ya no le despertaba. Volvía entonces a recaer en la ancestral y bíblica sentencia del perdón, como si no encontrara otra palabra que desmadejara su sentir, que pusiera en evidencia todo el pesar acumulado por lo que a veces sentía sin poder controlarlo. Aquellos celos pavos por todo lo que a veces creía que Alejo hacía en su ausencia, esa posesión que pretendía hacerlo suyo en un intento de que ambos se fundieran transformándose en esa unidad que tanto despreciaba.

— ¡Si estabas caliente, te hubieras hecho una paja, hubieras mirado una porno pero no así. Irte con el primer tipo que se te cruza!. No puedo creerlo, no puedo creerlo…– Alejo entrelazaba las manos a su cabeza moviéndolas en negación intentando no creer lo que estaba escuchando, intentando no saber— ¡Sos igual al resto, sos como todos los demás, un puto de mierda!.

Esa última frase sonó a sentencia de muerte y Joaquín sintió todos los cuchillos clavado en su corazón. Empezó a temblar, a sentir frío. Tuvo la gélida sensación de que allí terminaba todo y se llenó de miedo, rebalsaba de miedo, se le caía el miedo por todos lados y temblaba y más se agitaba y el miedo lo engullía, ahogándolo.
Y entonces volvió a pedir perdón, aún sin quererlo, aún sabiendo que Alejo no querría escuchar esa palabra de su boca nunca más; volvió al ruedo con la disculpa por la demanda constante, por no dejarle coartada ni sitio libre de escapatoria, por cercarle los pasos y cegarle el sentir.

— ¿Cómo sigue esto? Decime, ¿qué hacemos, qué hago con esto?... — gritó Alejo nuevamente golpeando la mesa.

Joaquín levantó la vista y con los ojos agrietados y húmedos volvió a implorar perdón, por no saber, por no entender, por poseer, por sofocar, por no dejar hacer, por invadir, por desear a veces una libertad sin límites.
Sus miradas se encontraron entonces. Alejo se animó a sostenerla nuevamente mirando a Joaquín a los ojos. Lo encontró indefenso, inocente, un niño asustado, pollito mojado. Lo amaba, lo amaba con todo su ser a pesar de todo y a pesar del engaño lo entendía, era capaz de entenderlo. Y lo entendía porque lo amaba y porque lo amaba tanto podía sentir todo lo que estaba sintiendo, algo que alguna vez había explorado él en antiguas relaciones siendo amante y traicionado, siendo también parte y traicionero.
Mientras seguía mirando a Joaquín a los ojos, éste volvió a pedir perdón, aunque no creía en él, pero dándose cuenta de que lo amaba como nunca había amado, porque lo necesitaba a su lado más que nunca y lo deseaba cada día un poco más y lo quería mucho y más y lo amaba y se enamoraba cada día a niveles exponenciales que lo subían a la nube más alta desde la que se permitía mirar el mundo que cada vez sentía más lejos, experimentando una felicidad que le resultaba inalcanzable para tantos que como él, anhelaban una vida en compañía de un ser compinche y tierno, atento, dispuesto a dar hasta la vida por ese amor que se animaban a sentir y explorar.
Y volvió a pedir perdón por no saber nada del amor, por haberlo hecho sufrir, por no haberse dado cuenta a tiempo de todo el dolor que podía causarle.
Alejo entonces lo abrazó, entrelazó su cuerpo trémulo y quebradizo. Joaquín recostó suavemente su cabeza contra el pecho de la persona que más amaba en el mundo.
Alejo acarició su cabello en un gesto tierno. Con lágrimas en los ojos, finalmente, ya más calmo y comprensivo balbuceó un tímido pero certero perdón.


Y de amor no supe nada
(Daniela Horovitz).




Te grité que me escucharas....
Te escribí falsos poemas....
Te esperé de madrugada.....
Te confundí con el mundo....
Te di mi amor de mañana....

Y de amor no supe nada....
Y de amor no supe nada.....




Una noche como tantas....
Mi puerta cerrada abrieron,....
Por la cerradura enjuta....
Vi un papel donde escribieron:....

"vos de amor no sabes nada"....


Y de amor no supe nada....
Y de amor no supe nada.....


Tuve a quienes yo querer....
Y queriendo que me quieran,....
Hice y deshice las camas....
De esta vida traicionera.....

Y de amor supe nada....
Y de amor no supe nada.....


Hasta que llegaste vos....Que eras hombre verdadero....Y cerraste mis heridas....Y me abriste un mundo nuevo.....Y al fin supe y doy por cierto....Que el amor, mi amor, es esto....... ..Pero no acaba esta historia....De escribirse en este verso....Y se agregan pentagramas....Y me asaltan versos nuevos,....Que me duelen en el alma....Que sospecho y que no quiero.....Que me dicen que te vas,....Que amar es sufrir, entiendo.....Y al fin supe y doy por cierto....Que el amor también es esto....... ..





















domingo, 3 de julio de 2011

Sueños circulares...


"Hay días de luz afuera y adentro, días que parecen iguales, en los que no sucede casi nada más que el suave cruzar de lo cotidiano. Días que parecen sin huella, pero que marcan, al sumarse, lo que podríamos llamar alegría, esto que no es la escandalosa felicidad, sino la sencilla emoción de andar el mundo, como las plantas y los elefantes, porque así nos tocó. En este siglo, bajo estas estrellas, no siendo más que otros. Ni menos. No mandar, ni prevalecer, ni afligirse porque hay historias que no se sabe si tendremos el tiempo de contar y contarnos. Hoy ha sido un día de estos." Ángeles Mastretta

Uno de esos días en los que uno decide reconciliarse con viejos amores aún sin haberse peleado nunca, reconciliar como un intento de volver a unir el entramado de lo destejido, de lo desmadejado, de lo abandonado sólo por haber enfilado el alma en otros placeres y haberse dejado llevar por otros encantos.
Pero como todo tiende a un equilibrio, al menos nuestra psique funciona de ese modo, todo aquello que deslumbra, pasado el tiempo sólo alumbra o se transforma en un foco oscuro y quemado que no hace otra cosa que poblar de sombra lo que alguna vez llenó de luz; sombra que sin lugar a dudas es indispensable para poder ver la luminaria que aún queda por transitar y aquella que nos aguarda como si fuese un padre esperando la venida de su hijo pródigo.
Así, en un intento de huir de las sombras de mi mente, en un manotazo sórdido y estrépito volví a cachetear al miedo que zumbaba como abeja en mis oídos y que opacaba mis pensamientos y me puse en campaña para encontrar esa paz que nunca llega sin batallar antes.
A la paz, o a unas migajas de ella, la encontré rápidamente entre mis libros, acompasando las notas de la música que se descuelgan desde todos los estantes de CD que me rodean, retornando viejos paseos blogueros por la red, como este encantador naufragio en el tan querido Puerto Libre , capitaneado por la bellísima persona de Ángeles Mastretta que nos relata sus días de una manera tan cálida y deslumbrante que da gusto y hermosura leerla.
Reencontrarme con los libros y las ganas de contar sobre ellos, algo que me genera placer y alivio. El placer de poder compartir la querencia y el alivio de no sentirme tan solo en el disfrute de mis pequeños placeres.
Acabo de dar vuelta la última página de un libro que me cautivó desde que mis ojos se encontraron frente a su tapa, su título y su autora, de la cual, desconocía paraderos y reseñas silabarias hasta la fecha.
Quizá muchos la conozcan e incluso hayan leído el libro, pero para mí fue una de esas sorpresas, o golpes causales del destino, como diría mi amiga Dali, en el que, una fuerza interior milenaria corriendo por nuestras venas nos moviliza hasta los estantes del librero a sabiendas de que allí estará esperándonos el depositario de nuestras tardes de sol y de nuestros desvelos.
Gioconda Belli es una escritora nicaragüense, reconocida internacionalmente principalmente por su obra poética por la qué ha recibido una tríada de premios, al menos esos cuenta la solapa del libro (admito que sólo he leído uno de sus poemas y me ha enamorado "yo, la que te quiere"). La mujer habitada, su primera creación novelística y mis primeros andares a través de sus palabras, cuenta la historia de Lavinia, una mujer para quién la vida no está signada por el ideal del deber ser, sino más bien por una búsqueda profunda y milenaria de reencontrarse con ese estado primigenio y salvaje que le permita dar a luz a la verdadera mujer que se esconde tras el titulo de arquitecta. Una mujer que no decide abandonarse a la tradición familiar y a su estirpe de niña rica eligiendo el matrimonio y la familia acomodada para poder vivir una vida sin sobresaltos y plagada de lujos. Una mujer que toma las riendas de su independencia, enfrentando las miradas lapidarias de sus pares a cada paso y en cada elección.
En un excelente paralelismo entre historia, cultura y guerrilla, Gioconda nos introduce en un mundo de guerras, armas, búsqueda de la paz en un doloroso y liberador viaje hacia las profundidades del alma, del propio ser y su esencia, hilvanando la historia con ese componente esencial sin el cual la vida no sería vida: el amor.
Una historia que nos muestra capítulo tras capítulo como la arqueología humana va penetrando en la sangre de la protagonista llevándola constantemente a reencontrarse con su verdadera identidad, con su destino que a modo de círculos, nunca empieza ni termina, simplemente gira y vuelve a dar la vuelta para someter al personaje y a lector en ese crudo pero vital mensaje de que las elecciones son siempre propias y que durante la vida daremos tantas vueltas como sean necesarias para aprender aquello que aún nos falta. Y si una vida no alcanza, como es de esperar, vendrán otras tantas, las que sean necesarias para que al fin el alma logre su máxima evolución, el amor en estado puro.
Mientras tanto, mientras culmino esa bellísima historia, viene a mi mente el recuerdo de una, más hilarante y trágica, una que leí en el verano, al pie de las sierras cordobesas. La novela se titula Soy Paciente y como en el caso anterior, fue la primer novela que leí de Ana María Shua, escritora Argentina que comenzó su carrera también escribiendo poesía para luego desembocar en la trama narrativa, incursionando también en un género que me fascina, la micro ficción, un género que comienza a pisar fuerte dentro del género literario y del qué “La Sueñera” es un libro también altamente recomendable y encantador.
En Soy Paciente me enfrenté al estilo satírico y cómico mediante el que la escritora nos invita a transitar sus historias. Luego, en La Sueñera, pude volver a encontrar los ribetes de una escritura original y auténtica, una forma de narrar los sueños única y desopilante.
Soy Paciente refleja el estado calamitoso en el cual se encuentra nuestro sistema de salud, en donde todo es atravesado por la burocracia, conformando una institución en la que importa poco y nada el enfermo y sus aflicciones. Un paseo que resulta una sátira y a su vez, una alegoría de lo que se vive a diario en los hospitales Argentinos y en donde el título juega y se burla con las acepciones dando cuenta de lo paciente que deben ser los pacientes cuando sin más, quedan postrados en una cama de hospital.
Y mientras Ana María Shua me invita a participar de sus viajes oníricos desopilantes, surrealistas y divertidos, yo tejo mi propio sueño de escribir mi libro, sin haberme iniciado ni siquiera en la poesía, sin haber estudiado letras, siendo malísimo para hablar y escribir otros idiomas e incluso el propio, llevando sobre mis recuerdos todos los años que me llevé lengua y literatura a examen por mi pésima ortografía de la que, algunos de los transeúntes de este blog pueden dar fe.
Estoy sobrevolando la idea, estoy con muchas ganas de hacerlo. Sé que muchos confían en mí a pesar de que yo no confíe tanto en mi sueño. No tengo idea si será una buena idea escribirlo como darle vida a su contenido, tampoco entiendo de ediciones y mucho menos de comercio, pero en el mientras tanto me entusiasma la idea de hacerlo, como un desafío personal y un juego que a modo de calesita vuelve a sonreírme desde la mano del maquinista y su burlona sortija que jamás pude atrapar.


viernes, 17 de junio de 2011

CASA NOSTRA


“Una ramita, dos ramitas” (así actúan los verdaderos reyes africanos)

Un anciano se está muriendo y convoca en torno a si a los suyos. A cada uno de sus muchos hijos, esposas y parientes le entrega una corta y resistente ramita.
-Romped la ramita, les ordena.
Con cierto esfuerzo, todos rompen la ramita por la mitad.
-Eso es lo que ocurre cuando un alma está sola y no tiene a nadie. Se rompe fácilmente.
Después, el viejo les dio a cada uno de sus parientes otra ramita y les dijo
-Así me gustaría que vivierais cuando yo haya muerto. Reunid todas las ramitas en haces de dos y de tres. Y ahora, quebrad los haces por la mitad.
Nadie puede quebrar las ramitas cuando forman un haz de dos o tres. El viejo los miró sonriendo.
-Somos fuertes cuando estamos con otra alma. Cuando estamos unidos a los demás, no nos pueden romper”

Cuento popular afroamericano. Extraído de “mujeres que corren con los lobos” de Clarissa Pinkola Estés.

Si tengo que elegir un divertimento o un hobby no precisamente elegiría una mudanza, pero cuando la misma arriba como un soplo y se cuela en el departamento, sin aviso e instalándose como una certeza, a uno, no le queda más remedio que elegirla como pasatiempo.

Cuando sobrevino, como una crónica de Márquez anunciada, la primera mudanza, aquella que era estimulada por los vientos de cambio, existía en el aire un cierto alivio y una alegría diferente a la que siento ahora.
Este departamento, que ahora se va poblando de huecos vacíos retornando a su virginal comienzo, fue el sitio que elegí para empezar una nueva vida. La elección fue ardua, recuerdo que me llevó semanas de visitas inapropiadas e improductivas a casas que intentaban serlo y a departamentos que oficiaban de perfectas conejeras.
Hasta que, ya medio desahuciado y desesperado, abrí las puertas de éste al cual hoy debo empezar a decir adiós. Recuerdo que ya, antes de entrar y sólo contemplando los inmensos ventanales junto a la luz que se filtraba a través de ellos, dije ¡ lo quiero!. No me interesaba ni siquiera recorrerlo, ni saber el precio, interiormente algo latiendo me susurraba que era mío, ambos nos habíamos elegido, el Universo había escuchado nuestros latidos y como detectores en busca de su fuente, logró saciar nuestra sed poniéndonos cara a cara, yo como habitante y él como habitable.
La mudanza fue lenta, a mi estilo, trasladando cajas con libros robados a todos los anaqueles de la biblioteca, algo de vajilla barata y todo el arsenal escolar en uso y por utilizar. Luego llegó el momento de mudar lo menos ligero para lo que contraté un taxiflet con ayudantes incluidos para no mover un dedo ni siquiera para correr la heladera, como también es mi estilo.
Poco a poco fui adueñándome del espacio, purificándolos y bautizándolo con las lágrimas de un duelo postergado, al principio sin mesa ni sillas, soportando todo tipo de ruidos a los que poco a poco me fui acostumbrando, escuchando los gritos ensordecedores de, la que luego supe, era mi vecina de abajo y con la que llegamos a entablar un lazo bastante estrecho y cordial.
Conquiste los rincones, los fui poblando de historias, de cuentos, de fotos, de migas de pan y restos de mani. Lo hice mío y me adueñe de él como si fuera su propietario. En el fui libre por primera vez, en el conocí a quien ahora es mi compañero de camino, en el fui feliz y lloré mucho, mucho más de lo que creía poder llorar.
En este departamento la soledad cantada por Drexler me acompañó y me alivió. Con ella comulgué muchos meses intentando reencontrarme, nos batimos a duelo, confrontamos de manera pacífica y mansa, como me gustan las confrontaciones; no sé de qué otro modo se puede confrontar sin resultarme violento, no lo supe hasta hace poco que según quién perciba el mundo, las confrontaciones pueden ser un aullido y un desgarro sin el menor interés de cargar de violencia el episodio.
Fiel a mi estilo pausado y tranquilo, elegí el silencio y la música de amantes, como compañeros los libros y sus sabios o aburridos silabarios, como cómplices los films de género independiente con quién la alianza la mantengo desde hace años aunque ahora esté un poco perdido en el mar de otros géneros y categorías.  Elegí vivir alejándome de la catastrófica muerte, esa que mata la vida dentro de la vida misma, esa que mutila y que promueve un cambio que de no llegar a transitar, se corre el riesgo de quedar tieso de muerte ante una vida que no nos permitimos asir y tomar fuertemente.
En este departamento la vida cobró alas, me apropié de los espacios a mi gusto, a mis ritmos, a mi modo planté la bandera de la conquista y lo hice tan mío como pude y como quise.
Por eso, cuando la dueña, hace apenas unas semanas, me dio la triste noticia de que debía dejarle el departamento para su uso particular, me entristecí, se me nubló la mirada y me habitaron días de mucha ansiedad e incerteza.
Nada permanece constante, a no ser que se trate de la constante universal de los gases ideales y alguna otra que anda dando vueltas. El cambio es permanente y necesario para crecer.  Quizá habrá llegado el momento del viraje al buen estilo papel de tornasol o su amiga fenolftaleína, aunque yo prefiera el indicador universal pues tiene una gama cromática mucho más amplia e interesante. Acomodarse a la vida requiere de tiempo, aunque a veces el tiempo personal no coincida con el tiempo cronológico ni cronométrico. La vida va marcando el compás y a veces, por estar embarcados en ese tren, no aminoramos ni siquiera la marcha para poner en claro la mente y bajarnos en alguna estación para serenar el motor y pensar con mayor claridad.
Habitar otro espacio, ahora en la compañía de otro que también lo habita implica duelar una conquista postergada por años, ansiada, anhelada y afianzada. Implica renunciar a un espacio personal para incorporar poco a poco, como los ingredientes de una masa, los condimentos que ese otro también tiene que agregar para que la mezcla heterogénea fermente y leude en contacto con la tibieza y la calidez de las fogatas.
Me habita el temor de lo nuevo, de lo distinto.  Comenzar a dejar el mío para incorporar el nuestro sin dejar lo mío pues la individualidad nunca se pierde aunque vayamos acompañados.
Se  van marcando nuevos destinos, otros rumbos se van develando como si se tratara de esos mapas secretos que van revelando sus misterios a medida que se superan los obstáculos que es necesario sortear para hallarlos o se adivinaran las secuencias de pistas solicitadas.
Hacer propio un espacio que es ajeno, cuesta trabajo y esfuerzo. Fue por eso que a Clau, esa noticia no le sentó tan mal. Empezar a construir un espacio conquistado de a dos era su anhelo y su deseo como así también suya era la necesidad de poseer algo propio, algo nominado como tal, algo también apropiado por él, virgen de ambos.
Me costó mucho hacerme a la idea, me daba mucha tristeza y temor abandonar lo mío para pasar a ese nosotros en dónde aún el singular prima frente al plural, al menos en mi cabeza que siempre va más lento que la de los demás.
Luego de una semana de intensa búsqueda, como si otra vez el Universo estuviera latiendo a nuestra par, dimos con un departamento vecino, a pocas cuadras, que me habitó en un parpadeo antes de ingresar en sus corredores. Yo me sentí deslumbrado por la aparición de dos habitaciones y Clau quedó embelesado con la cocina, el vientre de toda casa. Sin dudarlo, nos miramos y dijimos ¡lo queremos!.
El universo otra vez estuvo presente, ahora de nuestro lado, el departamento ya es nuestro, fuimos los primeros en verlo y los elegidos por sus propietarios para vivirlo, poblarlo de nuestras risas y enojos, habitarlo y transformarlo en ese sueño de hogar al que aspiramos.
Entre trabajo, días laborales y fin de semana nos trasladamos y en pocas horas lo dejamos habitable y a nuestro gusto. Descorchamos juntos un espumante, nos quejamos de todos los dolores cervicales y lumbares, quedamos rotos y eso denotó la falta de ejercicio. Luego retomamos la cotidianeidad y en ella, acostumbrarnos a lo nuevo, integrarlo a la masa, incorporarlo.
Igual, a pesar de las dos semanas que llevamos viviendo en esta hermosa  y luminosa casa que nos deslumbra de sol cada mañana, aún me pierdo entre sus habitaciones porque además de tener más ambientes, éstos son mucho más amplios. Cuando intento buscar algo en la cocina recorro todas las alacenas antes de encontrarlo. La habitación que oficia de estudio y que, bromeamos que me pertenece porque ya quedó impregnada de todos mis libros y mi música, aún no logro poseerla. Me resisto a sentarme frente al monitor de la computadora, me resisto a las dependencias tecnológicas aunque me apasione recorrerlas. Deseo volver a mi relación estrecha con el arte y la cultura, así más no sea para contemplar y disfrutar como lo hacía antes. Me cuesta retornar, algo en mi está fracturado y aún no logro dar con el eslabón perdido para reconstruir las piezas. Algo que sabe a duelo y que m entristece frente al huracán que Clau enciende a cada paso, firmezas que van dejando huella en los pisos de una casa, que aun siendo nuestra, ahora es más suya que mía pues en mi aún permanecen las reminiscencias de una conquista solitaria que se resiste a dejarme por temor a perder lo único que me pertenece, mis placeres y mi pensamiento.
Antes era fácil pausar un film porque la urgencia silabaria me poseía y no me quedaba otra que imprmir letras sobre un teclado. Luego, en otro momento sería el tiempo de retomar el film. Ahora, mientras los dos, tirados en la cama, observamos plácidamente la televisión, ¿cómo hacer para no sucumbir ante tan urgente ansiedad silabaría sin dejar derramar una lágrima?. ¿Cómo hago para sortear la inercia en la que quedo sumido cuando un grito de enojo que se cuela por mis orejas como un disparo ensordecedor y que proviene de su boca, la misma que me besa y me calma y me llena el alma de dulzura? ¿Cómo no llorar de impotencia ante esta imposibilidad de esgrimir un No por temor, otra vez al rechazo, a la no aprobación, cómo si se tratara de ello el poder decidir sobre la propia vida? ¿cómo no sentir a veces, haber retrocedido otra vez si la conquista del amor era la meta?. Al fin y al cabo, es todo un proceso de asimilación y acomodación, diría Piaget.
Construir el nosotros es, de todos los trabajos, uno de los más arduos, al menos eso voy comprobando. Quizá no tanto como el de descubrirse a uno mismo, pero si jugaran una cinchada creo que la resultante sería empate.
Construir el nosotros implica mirarse constantemente, mirar al otro, reinventarse, aceptar la debilidad y la derrota, dejar de lado las idealizaciones del enamoramiento y aprender a caminar sostenidos por el amor traducido en gestos cotidianos. A veces se puede caer en el error de renunciar a uno mismo, algo que se paga caro y que cuesta recuperar, algo que intento subsanar diariamente para que esta casa nostra, logre serlo sin dejar de habitar esos pequeños e inmensos espacios de individualidad.