Material exclusivo para utilizar en el baño

viernes, 14 de enero de 2011

CALORES

Bajo un cerezo en flor
murmullo de abejas,
Juan Manuel Serrat





Estaban todos sentados alrededor de una mesa bajo el cerezo.
Comenzaba la primavera.
Las flores blancas y mullidas del tierno árbol elevaban sus corolas al sol y embriagaban de néctar y polen a cientos de abejas que, laboriosas, insistían en interrumpir la apacible tarde que los convocaba. Mientras uno de ellos intentaba atrapar alguno de aquellos insectos, que, mansamente caminaba sobre la mesa, los demás no salían de su asombro al ver que, tras la cerca que dividía el jardín del parque, bajo el naranjo, dos hombres se daban un beso, tímido y a su vez intenso.
Los amorosos se miraban y acercaban sus labios recreando el capítulo siete de Rayuela.
Felices, se dejaban perturbar por el fuerte aroma de azares que difundía a través del aire, enredando sus emociones. Tan borrachos estaban de éxtasis que sus feromonas alcanzaban el paladar de los ruborizados mirones a quienes envolvía un deseo profundo de besar, de tocarse, de abrasarse y sentir otras pieles rozando sus zonas erógenas.
Pero, el pudor pudo con sus prominentes sofocones y sólo fue posible que entre ellos se dibujaran sonrisas y se encendieran rubores.
Intentaron por todos los medios distraer sus miradas y abstraerse de aquel espectáculo que, a pesar de todo los obligaba a prestar atención, despertándoles y apagándoles la curiosidad y el morbo constantemente.
La categoría aún era incierta. No sabían si ubicarlos en las escenas de un film romántico o de uno completamente pornográfico. Les parecía horroroso verlos, tan desfachatados, besándose casi públicamente.
Sin embargo allí seguían, observando, contemplando aquello como si estuvieran sentados frente a la pantalla de un gran cine porno.
Por momentos les parecía verlos desnudos. Los inquietaba la imagen de sodomía que recreaban sin poder evitarlo.
Euforizados, sin emitir palabra, sin mirarse por temor a delatarse, temían y curioseaban en la fotografía fílmica de aquel pecado nefando que iban desgajando con sus pupilas ardidas de voyeurismo.
Cuando los amantes por fin se despidieron y abandonaron la escena bebiéndose todo el jugo de las naranjas que colgaban de las ramas del árbol, la gente que junto a la mesa no se habían perdido ni un detalle, como si aquello nunca hubiera sucedido, siguió conversando sobre la falta de agua, el deterioro de las calles y lo paupérrimo que aún seguía siendo el servicio de colectivos, es decir, detalles por demás anodinos.
Al parecer, el único que se perdió gran parte de la función fue el cazador de abejas que salió corriendo a buscar una fuente con agua en donde zambullirse, no precisamente para matar los calores.

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Este relato, un poco más breve, lo había preparado para participar en un concurso en el cual fui descalificado por extenso.
De hecho, es cierto, me extendí tres renglones por eso que doy en llamar despiste crónico.
Las reglas están hechas para ser cumplidas y se ve que como siemre las infrinjo, al parecer, hasta inconscientemebte termino haciéndolo.
Mi procesador de texto está configurado en Calibri tamaño diez. No por galantería ni por tener buena visión, simplemente porque la Times New Roman me disgusta y debido a que el monitor es grande, se ajusta más al encudre de mi visual un tamaño más pequeño de letra.
En fin, lo cierto es que quedé afuera del concurso.
El trabajo de mis compañeros de travesía portuaria ha sido excelente y de una riqueza frutal. Ellos, que sí hiceron la tarea como debían, están en carrera.
En éstos momentos vengo de allá, en donde, nobleza obliga, los condecoré con mi humilde puntuación. 
En fin, prestaré más atención la próxima vez.
Saludos Silabarios. 

martes, 11 de enero de 2011

LA CASA MUDA



Me propusieron un juego muy divertido, cambiar el final de un cuento excelente de Dimas Lidio Pitty. Acepté porque no se les puede negar una tarea a los maestros.
Al principio me puse muy nervioso. Sentí que profanaría algo sagrado, que lo violaría y me resistí tanto que a pesar de todo, no pude hacerlo. Abandoné mis encuentros virtuales del taller literario y me creí incapaz de escribir nada, ni siquiera un deseo, un recuerdo.
Mis profesores insistieron dos veces más, la última, a principios de diciembre. Estaba tan abrumado con el fin del año escolar que acepté atendiendo a mi deseo de volar por otros sitios plagados de belleza.
No sé cómo pasó, pero en el transcurso de dos o tres minutos escribí un nuevo final sin releer ni siquiera el cuento original. Y así como lo escribí lo envié, sin revisar, a mis profesores para su análisis. Grande fue mi sorpresa y emoción cuando recibí una respuesta de aprobación.
De vez en cuando es lindo que a uno le digan que va por el camino correcto, son mimos que hacen falta y que estimulan a seguir creciendo.
Les comparto el cuento con final cambiado (en color rojo) y luego, al final encontrarán el link para leer el original que no tiene desperdicio.

La casa muda

Tocó el timbre sin entusiasmo pero con la secreta esperanza de que, por esa vez, al menos, las cosas fueran distintas. No podía ser que el día prosiguiera tan absurdamente idéntico: "¡Ya le dije que nada, que no quiero nada! ¡ Lárguese!"; que ni la tarde acabara bien: "¡Pase usted! ¡No faltaba más! ¡Tanta falta que nos hacía algo así! Pero siéntese, hombre, no se quede ahí. ¡Vaya, por Dios, con lo cansado que se ve!" Ojalá el haber pulsado tres veces el timbre cambiara su suerte. Algunos recomendaban hacerlo para que la gente abriera de buen humor. Ojalá... Le vino a la mente una de esas historias de mala suerte y de cómo ésta terminó cuando la víctima le cortó la cola a un gato negro la medianoche de un viernesanto. Sonría. Si en verdad resultara. Todo es cuestión de fe, de decir, por ejemplo: "Hago esto para que acabe mi mala suelte." Sin embargo, lo del timbre no iba a servir. Estaba seguro. Porque algo -quizá el día nublado o la sensación de soledad y frío que 1a noche anterior lo mantuvo despierto hasta muy tarde?, lo inducía al pesimismo, a suponer que nada sería halagüeño, que nuevamente una mujeruca desgreñada y roñosa 1o mandaría al demonio. Eso en el mejor de los casos; en el peor, salía una bestia con trazas de insomne o de alcohólico y... Estaba convencido de que no sería de otro modo, así el día se prolongase por siglos y visitara todas las casas de todas las calles de todas las ciudades de la Tierra. No obstante, una especie de hastío o de anhelo lo impelía a insistir, a seguir llamando, aunque dentro de sí comenzaban a crecer el fracaso y ese extraño júbilo de la desilusión, tan intenso como el de la alegría y quizá más legítimo.
Volvió a tocar y de nuevo el sonido del timbre horadó las profundidades de la casa. Ahora comenzarían los carraspeos, los roces de pies, los "ya voy" y, finalmente, escucharía el chasquido de la cerradura, pero la llamada no provocó ninguna reacción en la vivienda. Seguramente su inquilina era alguna anciana solitaria, dueña de varios gateas, de maceteros con dalias y orquídeas, y tal vez de un perico; también podía ser habitada por algún excéntrico, enemigo de coloquios y visitas. Pero, entonces, ¿para qué el timbre?
El mutismo de la casa fue lo último que esperó Podía aceptar el mal tiempo, el trajín, las injurias, etcétera (en cierto modo, eso era parte del oficio), pero que hasta las casas lo desdeñaran era el colmo del la humillación. Eso estaba más allá del infortunio, de toda tolerancia, de la propia dignidad. El día no podía terminar de esa manera; en un silencio húmedo y escandalosamente neutro. Era preciso insistir hasta que alguien saliera a mar darlo a la perra que lo parió. O podía ser a la gallina o a la zorra; no importaba. Pero, por lo menos, eso sería un testimonio de vida, de gente: un instante de comunicación y compañía bajo la lluvia.
Por tercera vez pulsó el timbre, aunque virtualmente desinteresado de todo propósito comercial. Porque ya 1o importante no era vender, sino que abrieran; eso era 1o único que realmente importaba. No vender; no mostrar; no discutir. Todo eso era superfluo. Lo esencial era que abrieran, así fuese para gritarle: "No joda y váyase al carajo!", o cualquier cosa que lo rescatara de esa calle mojada, de esa tarde podrida y gris perdiéndose hacia arriba y detrás de las casas, en los desagües, en la boca y en los pasos de ese hombre quo sostenía un gran paraguas negro; algo que, aunque fuese fugazmente, lo incorporase al verdadero mundo de los hombres. Eso era. Algo que lo aliviara de esa sensación de muerte que, a lo largo de años, había ido espesándose dentro de sí. Tocó, volvió a tocar, pero nada. Más bien, con cada timbrazo, sintió aumentar el silencio; casi lo sentía fluir por debajo de la puerta.
De pronto comenzó a sentir como la madera de la puerta crujía, el picaporte temblaba y su osamenta se petrificaba. El pensamiento se le había adormecido y un dolor punzante crecía y se diseminaba por todos sus músculos, contrayéndolos y relajándolos de forma involuntaria. En forma vana intentó gritar y sólo conseguía golpear con mayor furia la puerta, azotarla, rasguñarla con el resto de uñas que aún le quedaban, astillándose todas las yemas de los dedos que ya comenzaban a sangrar, hasta que no pudo más y se quedó quieto, tieso como una estatua, morado de quemazón, con los ojos abiertos y el aliento en agónica retirada.
Los peritos afirmaron, unas horas después, que de tanta fuerza que el vendedor había propinado sobre el timbre, lo había descolocado, aliando en matrimonio entidades materiales que debieran andar separadas; un poco de humedad y algunos cables pelados, sueltos.

Para leer el original haz click aquí

Gracias por tu lectura.

jueves, 6 de enero de 2011

Reyes y flores



He llamado al viento

Le confié mi ser

Alejandra Pizarnik



Me trajeron un día, envuelta en papel de regalo, con un moño y una nota pegada al pie, que no supe leer.
Ni bien llegué, mis nuevos dueños me ultrajaron la vestimenta y me colocaron sobre un hueco libre que hallaron sobre la mesa. Entre medio de cajas y del desorden que reinaba en el lugar, encendieron la luz a pesar del sol que atravesaba los ventanales semi tapados y me contemplaron desnuda, en mi estado natural, como siempre estuve desde el momento en que nací.
Luego de mirarme, acariciar mi suave y punzante piel, contemplar mis recientes muertes y mis nacimientos, aprovechando que el clima ventoso y polvoriento característico de una zona patagónica argentina, como este blanco portal, comenzaba a mejorar, me colocaron sobre el alfeizar de la ventana del departamento del piso 13 ubicado en la calle Rosales 81 en la que ahora me encontraba. Minutos más tarde, contemplándome con los ojos desorientados y la sonrisa forzada de quien consiente y aprueba sólo por cortesía, sujetándome con delicadeza y compasión para un seis de enero alejado de lo presuntamente esperado, me dieron de beber cantando canciones de cuna y lustrando mis múltiples extremidades. Sentí cosquillas, me estremecía de placer el hecho de que aquellas personas tuvieran esos cuidados aún a sabiendas de su descontento, aún sin conocerme en mi verdadero potencial. Al saciar mi sed con los sorbos de agua que brotaban de sus vasos tuve la certeza inexacta de que mi vida sería fecunda, extensa y plena junto a ellos. Paradójicamente, unos instantes después cerraron la ventana, corrieron la cortina y allí, literalmente, me abandonaron.
En el transcurso del día me era posible verlos cuando salían o ingresaban al edificio y como yo me encontraba en las alturas, sólo podía contemplar sus formas, ni siquiera sus rostros. Los vi salir y entrar muchas veces, cargando bultos sobre un camión que parecía fagocitar todo aquello que le llevaban de una forma ágil y ordenada.

Qué rara forma de alimentarse tienen algunos, pensé.

Una sola vez, creí ver los ojos de uno de ellos, cuando alzó la cabeza hacia arriba intentando buscarme. Y pienso así, por intentar creer que no se habían olvidado totalmente de mi existencia, quizá albergando la esperanza de contar con un poco de su humanidad. Pero, pasó ese día, otro y alguno más y la ventana no se abrió ni resonaron sus voces en melodías junto al vidrio de la ventana, nunca más.
Con el transcurso de las jornadas comencé a sentir sed, mis tejidos cavernosos estaban comenzando a sentir la falta de alimento, mis venas empezaban a atrofiarse.
Si hubiera sabido gritar, lo habría hecho, pero no está en mi esencia ese don. Cuando creí desfallecer de la sed, un día de pronto comenzó a llover. Intenté estirar mis brazos y mis múltiples manos para alcanzar un poco del agua que caía en diagonal y hacia el lado contrario en el que me hallaba, pero todo intento fue en vano, no tenía fuerzas, mi debilidad era extenuante.
Sedienta y cubierta de escamas, imploré con mi cuerpo al viento, a ese amado airoso que los residentes detestan y que para mí, en la situación de extrema soledad en la que me encontraba y de plena quietud, impedida de toda movilidad, era la única alternativa de salvación. Le imploré que viniera a mi encuentro y de un giro invirtiese el sentido de la lluvia y la volviera hacia mí.
El temporal de tormentas no cesaba pero yo seguía sin poder ahogarme en él porque éste insistía en mirar al costado, en no verme. Me despreciaba, me ignoraba, y yo, olvidada y reseca decidí abandonarme al destino.
Mientras la muerte se iba adueñando poco a poco de mi osamenta, no sé en qué momento, ni sé ya qué día, comencé a sentir la brisa fresca que me envolvía acompañada de humedad. Primero salpicones, luego misiles en gotas, más tarde lluvia torrencial golpeando mi vida y reanimando mi temple. Había sido tal la deshidratación previa y era tanta la emoción que brotaba burbujeante bajo mis posaderas, que creí estar, por un momento sostenida en el aire. Las gotas comenzaron a rociar mis hojas; la tierra, agrietada y desértica, se transformó en sustrato permeable y comenzó a beberse el cielo de a gotas hasta saciarse de inundación. Me creí volar y planear mientras sentía cada vez más el peso del agua sobre mí. Mientras más agua recolectaba, volaba más veloz y de pronto sentí un golpe seco, duro, que me desarmó en mil pedazos. Mis partes estaban diseminadas por todo el cantero que oficiaba de antesala al edificio y mientras yo moría de muerte accidental, mis parientas más evolucionadas y grandes, aquellas que hacen del rosal una coqueta elegancia en todo jardín, al ver uno de mis retoños apenas mojado y flagelado junto a sus espinas, murmuraron a coro,

–¡Se suicidó la del trece!

Al mismo tiempo, la Grandiflora que pavoneaba sus pimpollos desde el esquinero más húmedo del rosedal, leía finalmente la tarjeta mojada y casi desteñida que había quedado pegada a uno de los trozos de maceta que yacían desparramados a su alrededor:


Espero reciban el presente antes de la mudanza. Olvidaron decirnos la nueva dirección. Los mejores deseos en esta nueva vida, Les dejamos vuestro regalo, una rosa rococó miniatura para que se empeñen en echar raíces, florezcan y den frutos, sin olvidarse jamás las espinas.
Atte.


Melchor, Gaspar y Baltazar.


PD. La próxima vez, al menos no olviden dejar agua y pasto para los camellos, gracias.