Material exclusivo para utilizar en el baño

martes, 11 de enero de 2011

LA CASA MUDA



Me propusieron un juego muy divertido, cambiar el final de un cuento excelente de Dimas Lidio Pitty. Acepté porque no se les puede negar una tarea a los maestros.
Al principio me puse muy nervioso. Sentí que profanaría algo sagrado, que lo violaría y me resistí tanto que a pesar de todo, no pude hacerlo. Abandoné mis encuentros virtuales del taller literario y me creí incapaz de escribir nada, ni siquiera un deseo, un recuerdo.
Mis profesores insistieron dos veces más, la última, a principios de diciembre. Estaba tan abrumado con el fin del año escolar que acepté atendiendo a mi deseo de volar por otros sitios plagados de belleza.
No sé cómo pasó, pero en el transcurso de dos o tres minutos escribí un nuevo final sin releer ni siquiera el cuento original. Y así como lo escribí lo envié, sin revisar, a mis profesores para su análisis. Grande fue mi sorpresa y emoción cuando recibí una respuesta de aprobación.
De vez en cuando es lindo que a uno le digan que va por el camino correcto, son mimos que hacen falta y que estimulan a seguir creciendo.
Les comparto el cuento con final cambiado (en color rojo) y luego, al final encontrarán el link para leer el original que no tiene desperdicio.

La casa muda

Tocó el timbre sin entusiasmo pero con la secreta esperanza de que, por esa vez, al menos, las cosas fueran distintas. No podía ser que el día prosiguiera tan absurdamente idéntico: "¡Ya le dije que nada, que no quiero nada! ¡ Lárguese!"; que ni la tarde acabara bien: "¡Pase usted! ¡No faltaba más! ¡Tanta falta que nos hacía algo así! Pero siéntese, hombre, no se quede ahí. ¡Vaya, por Dios, con lo cansado que se ve!" Ojalá el haber pulsado tres veces el timbre cambiara su suerte. Algunos recomendaban hacerlo para que la gente abriera de buen humor. Ojalá... Le vino a la mente una de esas historias de mala suerte y de cómo ésta terminó cuando la víctima le cortó la cola a un gato negro la medianoche de un viernesanto. Sonría. Si en verdad resultara. Todo es cuestión de fe, de decir, por ejemplo: "Hago esto para que acabe mi mala suelte." Sin embargo, lo del timbre no iba a servir. Estaba seguro. Porque algo -quizá el día nublado o la sensación de soledad y frío que 1a noche anterior lo mantuvo despierto hasta muy tarde?, lo inducía al pesimismo, a suponer que nada sería halagüeño, que nuevamente una mujeruca desgreñada y roñosa 1o mandaría al demonio. Eso en el mejor de los casos; en el peor, salía una bestia con trazas de insomne o de alcohólico y... Estaba convencido de que no sería de otro modo, así el día se prolongase por siglos y visitara todas las casas de todas las calles de todas las ciudades de la Tierra. No obstante, una especie de hastío o de anhelo lo impelía a insistir, a seguir llamando, aunque dentro de sí comenzaban a crecer el fracaso y ese extraño júbilo de la desilusión, tan intenso como el de la alegría y quizá más legítimo.
Volvió a tocar y de nuevo el sonido del timbre horadó las profundidades de la casa. Ahora comenzarían los carraspeos, los roces de pies, los "ya voy" y, finalmente, escucharía el chasquido de la cerradura, pero la llamada no provocó ninguna reacción en la vivienda. Seguramente su inquilina era alguna anciana solitaria, dueña de varios gateas, de maceteros con dalias y orquídeas, y tal vez de un perico; también podía ser habitada por algún excéntrico, enemigo de coloquios y visitas. Pero, entonces, ¿para qué el timbre?
El mutismo de la casa fue lo último que esperó Podía aceptar el mal tiempo, el trajín, las injurias, etcétera (en cierto modo, eso era parte del oficio), pero que hasta las casas lo desdeñaran era el colmo del la humillación. Eso estaba más allá del infortunio, de toda tolerancia, de la propia dignidad. El día no podía terminar de esa manera; en un silencio húmedo y escandalosamente neutro. Era preciso insistir hasta que alguien saliera a mar darlo a la perra que lo parió. O podía ser a la gallina o a la zorra; no importaba. Pero, por lo menos, eso sería un testimonio de vida, de gente: un instante de comunicación y compañía bajo la lluvia.
Por tercera vez pulsó el timbre, aunque virtualmente desinteresado de todo propósito comercial. Porque ya 1o importante no era vender, sino que abrieran; eso era 1o único que realmente importaba. No vender; no mostrar; no discutir. Todo eso era superfluo. Lo esencial era que abrieran, así fuese para gritarle: "No joda y váyase al carajo!", o cualquier cosa que lo rescatara de esa calle mojada, de esa tarde podrida y gris perdiéndose hacia arriba y detrás de las casas, en los desagües, en la boca y en los pasos de ese hombre quo sostenía un gran paraguas negro; algo que, aunque fuese fugazmente, lo incorporase al verdadero mundo de los hombres. Eso era. Algo que lo aliviara de esa sensación de muerte que, a lo largo de años, había ido espesándose dentro de sí. Tocó, volvió a tocar, pero nada. Más bien, con cada timbrazo, sintió aumentar el silencio; casi lo sentía fluir por debajo de la puerta.
De pronto comenzó a sentir como la madera de la puerta crujía, el picaporte temblaba y su osamenta se petrificaba. El pensamiento se le había adormecido y un dolor punzante crecía y se diseminaba por todos sus músculos, contrayéndolos y relajándolos de forma involuntaria. En forma vana intentó gritar y sólo conseguía golpear con mayor furia la puerta, azotarla, rasguñarla con el resto de uñas que aún le quedaban, astillándose todas las yemas de los dedos que ya comenzaban a sangrar, hasta que no pudo más y se quedó quieto, tieso como una estatua, morado de quemazón, con los ojos abiertos y el aliento en agónica retirada.
Los peritos afirmaron, unas horas después, que de tanta fuerza que el vendedor había propinado sobre el timbre, lo había descolocado, aliando en matrimonio entidades materiales que debieran andar separadas; un poco de humedad y algunos cables pelados, sueltos.

Para leer el original haz click aquí

Gracias por tu lectura.

2 comentarios:

  1. Me ha encantado el final...Y sigue siendo sorprendente.

    saludos

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  2. Excelente final el tuyo, manteniendo la dosis de surrealismo del cuento original.
    Realmente que era difícil...pues lo conseguiste sin que decayera el tono...¡felicitaciones!

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