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jueves, 6 de enero de 2011

Reyes y flores



He llamado al viento

Le confié mi ser

Alejandra Pizarnik



Me trajeron un día, envuelta en papel de regalo, con un moño y una nota pegada al pie, que no supe leer.
Ni bien llegué, mis nuevos dueños me ultrajaron la vestimenta y me colocaron sobre un hueco libre que hallaron sobre la mesa. Entre medio de cajas y del desorden que reinaba en el lugar, encendieron la luz a pesar del sol que atravesaba los ventanales semi tapados y me contemplaron desnuda, en mi estado natural, como siempre estuve desde el momento en que nací.
Luego de mirarme, acariciar mi suave y punzante piel, contemplar mis recientes muertes y mis nacimientos, aprovechando que el clima ventoso y polvoriento característico de una zona patagónica argentina, como este blanco portal, comenzaba a mejorar, me colocaron sobre el alfeizar de la ventana del departamento del piso 13 ubicado en la calle Rosales 81 en la que ahora me encontraba. Minutos más tarde, contemplándome con los ojos desorientados y la sonrisa forzada de quien consiente y aprueba sólo por cortesía, sujetándome con delicadeza y compasión para un seis de enero alejado de lo presuntamente esperado, me dieron de beber cantando canciones de cuna y lustrando mis múltiples extremidades. Sentí cosquillas, me estremecía de placer el hecho de que aquellas personas tuvieran esos cuidados aún a sabiendas de su descontento, aún sin conocerme en mi verdadero potencial. Al saciar mi sed con los sorbos de agua que brotaban de sus vasos tuve la certeza inexacta de que mi vida sería fecunda, extensa y plena junto a ellos. Paradójicamente, unos instantes después cerraron la ventana, corrieron la cortina y allí, literalmente, me abandonaron.
En el transcurso del día me era posible verlos cuando salían o ingresaban al edificio y como yo me encontraba en las alturas, sólo podía contemplar sus formas, ni siquiera sus rostros. Los vi salir y entrar muchas veces, cargando bultos sobre un camión que parecía fagocitar todo aquello que le llevaban de una forma ágil y ordenada.

Qué rara forma de alimentarse tienen algunos, pensé.

Una sola vez, creí ver los ojos de uno de ellos, cuando alzó la cabeza hacia arriba intentando buscarme. Y pienso así, por intentar creer que no se habían olvidado totalmente de mi existencia, quizá albergando la esperanza de contar con un poco de su humanidad. Pero, pasó ese día, otro y alguno más y la ventana no se abrió ni resonaron sus voces en melodías junto al vidrio de la ventana, nunca más.
Con el transcurso de las jornadas comencé a sentir sed, mis tejidos cavernosos estaban comenzando a sentir la falta de alimento, mis venas empezaban a atrofiarse.
Si hubiera sabido gritar, lo habría hecho, pero no está en mi esencia ese don. Cuando creí desfallecer de la sed, un día de pronto comenzó a llover. Intenté estirar mis brazos y mis múltiples manos para alcanzar un poco del agua que caía en diagonal y hacia el lado contrario en el que me hallaba, pero todo intento fue en vano, no tenía fuerzas, mi debilidad era extenuante.
Sedienta y cubierta de escamas, imploré con mi cuerpo al viento, a ese amado airoso que los residentes detestan y que para mí, en la situación de extrema soledad en la que me encontraba y de plena quietud, impedida de toda movilidad, era la única alternativa de salvación. Le imploré que viniera a mi encuentro y de un giro invirtiese el sentido de la lluvia y la volviera hacia mí.
El temporal de tormentas no cesaba pero yo seguía sin poder ahogarme en él porque éste insistía en mirar al costado, en no verme. Me despreciaba, me ignoraba, y yo, olvidada y reseca decidí abandonarme al destino.
Mientras la muerte se iba adueñando poco a poco de mi osamenta, no sé en qué momento, ni sé ya qué día, comencé a sentir la brisa fresca que me envolvía acompañada de humedad. Primero salpicones, luego misiles en gotas, más tarde lluvia torrencial golpeando mi vida y reanimando mi temple. Había sido tal la deshidratación previa y era tanta la emoción que brotaba burbujeante bajo mis posaderas, que creí estar, por un momento sostenida en el aire. Las gotas comenzaron a rociar mis hojas; la tierra, agrietada y desértica, se transformó en sustrato permeable y comenzó a beberse el cielo de a gotas hasta saciarse de inundación. Me creí volar y planear mientras sentía cada vez más el peso del agua sobre mí. Mientras más agua recolectaba, volaba más veloz y de pronto sentí un golpe seco, duro, que me desarmó en mil pedazos. Mis partes estaban diseminadas por todo el cantero que oficiaba de antesala al edificio y mientras yo moría de muerte accidental, mis parientas más evolucionadas y grandes, aquellas que hacen del rosal una coqueta elegancia en todo jardín, al ver uno de mis retoños apenas mojado y flagelado junto a sus espinas, murmuraron a coro,

–¡Se suicidó la del trece!

Al mismo tiempo, la Grandiflora que pavoneaba sus pimpollos desde el esquinero más húmedo del rosedal, leía finalmente la tarjeta mojada y casi desteñida que había quedado pegada a uno de los trozos de maceta que yacían desparramados a su alrededor:


Espero reciban el presente antes de la mudanza. Olvidaron decirnos la nueva dirección. Los mejores deseos en esta nueva vida, Les dejamos vuestro regalo, una rosa rococó miniatura para que se empeñen en echar raíces, florezcan y den frutos, sin olvidarse jamás las espinas.
Atte.


Melchor, Gaspar y Baltazar.


PD. La próxima vez, al menos no olviden dejar agua y pasto para los camellos, gracias.

2 comentarios:

  1. ¡¡ SEBASTIÁN !! la próxima me la mandas, yo me encargo de ella...( precioso el texto, aunque sentí una pena inmensa por la flor... ¡ y mira que yo también fui pecadora y dejé a la mía abandonada)

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  2. Sebas, la vida de este rosal rococó miniatura...
    ha hecho que me emocione. Expresas admirablemente sus senimientos, sus sentires...
    como el ser vivo que es...
    ¡Bravo por la empatía!
    Besos.

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