Material exclusivo para utilizar en el baño

miércoles, 20 de abril de 2011

De lector a Amo de Casa




Los seres humanos cambiamos de estado constantemente. Esto no es ninguna idea descabellada ya que, por ejemplo, si pensamos que toda la materia del universo observable es capaz de hacerlo, nosotros que formamos parte de esa gran inmensidad, no estamos exentos.
La materia cambia de estado. Así, es posible que se volatilice como lo hace el yodo al ponerse en contacto con una fuente de calor, deslumbrándonos con esos vapores de color violeta intenso con los que intento cautivar a mis alumnos en las primeras clases de laboratorio, jugando un poco a ser Harry Potter, sin lograrlo nunca, claro. También puede fundir, como cuando se nos manchan las manos y la remera con el chocolate que compramos a las dos de la tarde en un día de pleno verano. Puede evaporarse, como el agua de los charcos luego de una intensa lluvia, solidificarse como piedra y condensarse como cuando los vidrios empañados del auto nos delatan el romance y el juego disfrutado en su interior. En cada caso sus componentes primarios, esas partículas invisibles que los sabios griegos tuvieron a bien bautizar con el nombre de átomos y que se encuentran, en mayor o menor medida, en constante movimiento, practican el divorcio a menudo y por momentos se arriman, se enlazan, se separan para luego volverse a reunir y así van modificando también su estado civil, como hacemos análogamente nosotros, los humanos que contenemos un buen capital de esas partículas dando forma y vida a nuestro cuerpo.
Y así como, la naftalina ahuyenta las polillas de nuestros suéteres al emanar esas moléculas de olor desagradable que nos obligan a autoexiliarnos del armario y sus alrededores para resguardar nuestro olfato y evitar improperios gratuitos, nosotros somos capaces de sublimar la energía libidinal, cambiar también nuestro estado, no sólo el material, también el civil, por ejemplo de solteros a casados, luego a separados, más tarde a divorciados, luego vueltos a casar, más adelante viudos y así sucesivamente, modificando rutinas, avocándonos a nuevos hábitos y recuperando algunos que ya creíamos olvidados.
Al decidir pasar de mi estado de novio a conviviente, por ejemplo, mucho se ha ido modificando, por ejemplo este hábito vital de la escritura como catarsis y su compañero de batallas, la lectura.
Debido a que soy tan humano como todos los mortales que actualmente están frente al monitor leyendo estas palabras que no pretenden para nada distraerlos, no puedo sucumbir a los encantos de los cambios materiales y espirituales que nos modifican y nos obligan a crecer inexorablemente.
He estado de acuerdo con muchos preceptos cristianos durante años, luego en desacuerdo y ahora se ha transformado en desinterés. He despreciado el facebook durante mucho tiempo y luego me he reconciliado con él a tal punto de llevarlo conmigo hasta en el teléfono. Solía desechar fácilmente objetos inservibles para luego retenerlos otra vez y nuevamente desecharlos. Acumulé mucha tensión durante largo tiempo de mi vida y hace apenas un bienio me liberé de casi todas, al menos las que no me permitían crecer, me casé y me separé, intenté la heterosexualidad y asumí la homosexualidad, hice el amor con otros hombres y luego me puse de novio con uno en especial que, primero me hechizó y luego me enamoró sin más. Fui novio, fui pareja y ahora somos concubinos, o como nos gusta llamarnos, maridos, emulando aquel bello libro de Ángeles Mastretta.
Entre otras manifestaciones de mis cambios, pasé de sostener entre mis manos un libro a cambiarlo por un plumero y una franela, algo que sin duda jamás hubiera creído poder hacer, ni siquiera remotamente. Cambié de lugar los libros y en su lugar ubiqué sartenes y ollas, platos y demás vajilla útil a la hora de un buen almuerzo o una romántica cena.
Donde antes había colecciones acuñadas de discos musicales, hoy por hoy se flamean jadeantes perchas con pilas de camisas y pantalones arrugados, ténders de ropa húmeda secándose y pilas de calzado y ropa de uso diario desvestida del cuerpo y que irremediablemente vuelven a vestir.
La computadora, de ser escritorio y reducto de mis más íntima manifestaciones semánticas, musicales y verborrágicas, se transformó en un bello adorno que de vez en cuando funciona como TV y en la mayoría de los casos es un buen motín de polvo y tierra.
Los sillones, antes poblados de mullidos almohadones para mi descanso y lectura plácida de mis libros favoritos, pasaron a estar cubiertos de electrodomésticos que reposan por el intenso uso. Así, la procesadora, mientras pica zapallitos y ralla zanahorias, no se pierde detalle de lo que sucede en Intrusos. La tostadora, mientras dora el pan del desayuno, escucha atenta a los resacados de 40 principales para ponerle humor a su mañana. También hay que mencionar a Felipa, que si bien está de paso por esta casa, adoptó la costumbre de hornear de noche recostada en el futón mientras no pierde pisada a todo lo que ocurre en la casa de gran hermano. Entre tanto, Tomasa, que debido a su tamaño no puede trasladarse, se conforma con oler el plantín de albahaca que compré para aromatizar la ensalada caprese, y que descansa sobre sus espaldas mientras ella mueve y humedece la ropa al ritmo de salsa cubana.
Eso sin olvidar la plancha, que como no puede trabajar sola, lamentablemente es la única excluida de la sala de estar y para que no sienta la discriminación y encima me demande por hacer un trato desigual, más ahora que se aprobó la ley de matrimonio homosexual, le permito acompañarme al sofá con la condición de que sea oreja fiel de todos mis soliloquios al compás de lo último de Lady Gaga o de Edward Maya y su this is my life. Ojo, si están pensando en extorsionarla para que se los cuente, ni se gasten, la reseteo antes de estirar la última prenda.
Lo más impactante de todo es que cuando deseo hacer más de una cosa a la vez para ver si puedo igualar los talentos de muchas mujeres que conozco, me termino convenciendo de que ser gay de ninguna manera implica igualar el género femenino. Ese es un terreno único, basto, profundo y lleno de interrogantes que sólo es entendido, y creo no equivocarme si digo que no siempre, por el universo de Ellas. Por eso mismo, mis queridas chicas, les aseguro, que si bien tenemos ustedes y nosotros el mismo objeto del deseo, no podremos igualarlas nunca en el arte de la atención multifocal. Luego de varios intentos de querer lograrlo sólo puedo llegar a la conclusión de que es hasta genéticamente imposible, diría más, genéricamente improbable.
En esto de los cambios intenté por ejemplo, escuchar las noticias cocinando una tortilla de papas. El resultado fue, nunca supe quien ganó la pelea, si Moria o Carmen y encima se rostizó la tortilla.
Otro intento fue cuando probé de hacer milanesas, comprar tomates para hacer una ensalada y ordenar la habitación. Terminamos comiendo sobre un mantel de sábanas, sentados sobre las almohadas.
Y el desafío final fue intentar escuchar la radio, mirar la tele, leer las noticias del periódico y del facebook, chatear con mis amigos e intentar escribir algo coherente para darle un poco de limpieza a este sitio. El resultado, catastrófico. Si centraba mi atención en la lectura, perdía la sintonía de la radio, la tele hacía fritura y el teclado cambiaba todas las letras de sitio provocando un escrito que desanimaría a cualquier criptógrafo.
Es por eso que, si por algún cambio en la dirección de tus lecturas no llegaste hasta acá, no te preocupes, no te perdiste nada. Y si lo hiciste, si pese a todo, resististe los cambios y llegaste, quiere decir que de algo valió el intento de, entre limpieza de la cocina, el living, el comedor y el baño, pasar por acá para acomodar el escritorio, lustrarlo un poco y poblarlo de algunos retazaos silabarios para darnos otra vez una grata y cálida bienvenida.