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miércoles, 6 de julio de 2011

Perdón... (aunque no crea en el perdón)


El día que Joaquín se quedó sin aire, ese mismo instante en que todo su cuerpo comenzó a inundarse de temblores involuntarios, erizando la piel y sofocando sus palabras, nublando sus ojos serenos y bonachones en tenue mirada, todo sin siquiera poder ni querer evitarlo; ese mismo día tuvo la certeza de que lo amaba.
Y tuvo la certeza a tal punto que, instantáneamente se dio cuenta de lo poco o nada que conocía sobre ese sentimiento llamado amor.
En ese mismo instante, y casi de inmediato, también tembló de miedo, un miedo atroz, penetrante, un intenso temor a perderlo. Temió que Alejo se fuera ese mismo día en que todas aquellas imaginadas fantasías se materializaban ante él con la misma certeza en la que se daba cuenta todo lo que lo amaba y lo necesitaba. Temió que cruzara la puerta sin siquiera decir adiós, sin un beso, sin caricias ni un abrazo prolongado que le permitiera retenerlo unos segundos más prendido a su ser, a pesar de que ya todo él estaba invadido de su presencia.

— Perdón, me equivoqué— Dijo Joaquín con voz entrecortada mientras argumentaba las razones y los motivos por los cuales había llegado a engañarlo.

— ¡No me pidas perdón, no soy un ogro ni Dios!. ¡No me digas más perdón carajo!. ¡Perdón una mierda!— Gritó Alejo golpeando la mesa— ¿Perdón?... ¿Cómo pudiste hijo de puta?... ¿Cómo?

— ¡Tenía que hacerlo, no es en contra tuya, pero sentí la necesidad de hacerlo!

Joaquín comenzó a llorar sin poder evitarlo, las lágrimas surcaban su rostro y ahuecaban su tristeza y su pena haciéndolo sentir avergonzado, tonto.

— ¿Por qué, por qué?… — Comenzó a balbucear Alejo, dejando correr sobre el gran manto de lagrimas que ya iba tejiendo la angustia de Joaquín también las suyas.

Entonces, Joaquín pidió perdón otra vez, y otra mientras bajaba el rostro llorando, balbuceando un lo necesitaba entrecortado y ahogado, repitiendo entre llanto y llanto un perdón que para Alejo era difícil de escuchar, que negaba sin más y al que Joaquín recurría como tregua aunque no creyera en él, como tampoco creía en el Silvina.
A Joaquín no se le ocurría otra palabra y otro sentir para hacerle llegar a su marido el descontento que lo invadía por obrar a veces de manera tonta, sin pensar, impulsiva, como aquel encuentro carnal con un tipo que había conocido tiempo atrás y al que había acudido para satisfacer deseos dormidos y aquellos que ya Alejo, por cansancio y por desinterés ya no le despertaba. Volvía entonces a recaer en la ancestral y bíblica sentencia del perdón, como si no encontrara otra palabra que desmadejara su sentir, que pusiera en evidencia todo el pesar acumulado por lo que a veces sentía sin poder controlarlo. Aquellos celos pavos por todo lo que a veces creía que Alejo hacía en su ausencia, esa posesión que pretendía hacerlo suyo en un intento de que ambos se fundieran transformándose en esa unidad que tanto despreciaba.

— ¡Si estabas caliente, te hubieras hecho una paja, hubieras mirado una porno pero no así. Irte con el primer tipo que se te cruza!. No puedo creerlo, no puedo creerlo…– Alejo entrelazaba las manos a su cabeza moviéndolas en negación intentando no creer lo que estaba escuchando, intentando no saber— ¡Sos igual al resto, sos como todos los demás, un puto de mierda!.

Esa última frase sonó a sentencia de muerte y Joaquín sintió todos los cuchillos clavado en su corazón. Empezó a temblar, a sentir frío. Tuvo la gélida sensación de que allí terminaba todo y se llenó de miedo, rebalsaba de miedo, se le caía el miedo por todos lados y temblaba y más se agitaba y el miedo lo engullía, ahogándolo.
Y entonces volvió a pedir perdón, aún sin quererlo, aún sabiendo que Alejo no querría escuchar esa palabra de su boca nunca más; volvió al ruedo con la disculpa por la demanda constante, por no dejarle coartada ni sitio libre de escapatoria, por cercarle los pasos y cegarle el sentir.

— ¿Cómo sigue esto? Decime, ¿qué hacemos, qué hago con esto?... — gritó Alejo nuevamente golpeando la mesa.

Joaquín levantó la vista y con los ojos agrietados y húmedos volvió a implorar perdón, por no saber, por no entender, por poseer, por sofocar, por no dejar hacer, por invadir, por desear a veces una libertad sin límites.
Sus miradas se encontraron entonces. Alejo se animó a sostenerla nuevamente mirando a Joaquín a los ojos. Lo encontró indefenso, inocente, un niño asustado, pollito mojado. Lo amaba, lo amaba con todo su ser a pesar de todo y a pesar del engaño lo entendía, era capaz de entenderlo. Y lo entendía porque lo amaba y porque lo amaba tanto podía sentir todo lo que estaba sintiendo, algo que alguna vez había explorado él en antiguas relaciones siendo amante y traicionado, siendo también parte y traicionero.
Mientras seguía mirando a Joaquín a los ojos, éste volvió a pedir perdón, aunque no creía en él, pero dándose cuenta de que lo amaba como nunca había amado, porque lo necesitaba a su lado más que nunca y lo deseaba cada día un poco más y lo quería mucho y más y lo amaba y se enamoraba cada día a niveles exponenciales que lo subían a la nube más alta desde la que se permitía mirar el mundo que cada vez sentía más lejos, experimentando una felicidad que le resultaba inalcanzable para tantos que como él, anhelaban una vida en compañía de un ser compinche y tierno, atento, dispuesto a dar hasta la vida por ese amor que se animaban a sentir y explorar.
Y volvió a pedir perdón por no saber nada del amor, por haberlo hecho sufrir, por no haberse dado cuenta a tiempo de todo el dolor que podía causarle.
Alejo entonces lo abrazó, entrelazó su cuerpo trémulo y quebradizo. Joaquín recostó suavemente su cabeza contra el pecho de la persona que más amaba en el mundo.
Alejo acarició su cabello en un gesto tierno. Con lágrimas en los ojos, finalmente, ya más calmo y comprensivo balbuceó un tímido pero certero perdón.


Y de amor no supe nada
(Daniela Horovitz).




Te grité que me escucharas....
Te escribí falsos poemas....
Te esperé de madrugada.....
Te confundí con el mundo....
Te di mi amor de mañana....

Y de amor no supe nada....
Y de amor no supe nada.....




Una noche como tantas....
Mi puerta cerrada abrieron,....
Por la cerradura enjuta....
Vi un papel donde escribieron:....

"vos de amor no sabes nada"....


Y de amor no supe nada....
Y de amor no supe nada.....


Tuve a quienes yo querer....
Y queriendo que me quieran,....
Hice y deshice las camas....
De esta vida traicionera.....

Y de amor supe nada....
Y de amor no supe nada.....


Hasta que llegaste vos....Que eras hombre verdadero....Y cerraste mis heridas....Y me abriste un mundo nuevo.....Y al fin supe y doy por cierto....Que el amor, mi amor, es esto....... ..Pero no acaba esta historia....De escribirse en este verso....Y se agregan pentagramas....Y me asaltan versos nuevos,....Que me duelen en el alma....Que sospecho y que no quiero.....Que me dicen que te vas,....Que amar es sufrir, entiendo.....Y al fin supe y doy por cierto....Que el amor también es esto....... ..





















domingo, 3 de julio de 2011

Sueños circulares...


"Hay días de luz afuera y adentro, días que parecen iguales, en los que no sucede casi nada más que el suave cruzar de lo cotidiano. Días que parecen sin huella, pero que marcan, al sumarse, lo que podríamos llamar alegría, esto que no es la escandalosa felicidad, sino la sencilla emoción de andar el mundo, como las plantas y los elefantes, porque así nos tocó. En este siglo, bajo estas estrellas, no siendo más que otros. Ni menos. No mandar, ni prevalecer, ni afligirse porque hay historias que no se sabe si tendremos el tiempo de contar y contarnos. Hoy ha sido un día de estos." Ángeles Mastretta

Uno de esos días en los que uno decide reconciliarse con viejos amores aún sin haberse peleado nunca, reconciliar como un intento de volver a unir el entramado de lo destejido, de lo desmadejado, de lo abandonado sólo por haber enfilado el alma en otros placeres y haberse dejado llevar por otros encantos.
Pero como todo tiende a un equilibrio, al menos nuestra psique funciona de ese modo, todo aquello que deslumbra, pasado el tiempo sólo alumbra o se transforma en un foco oscuro y quemado que no hace otra cosa que poblar de sombra lo que alguna vez llenó de luz; sombra que sin lugar a dudas es indispensable para poder ver la luminaria que aún queda por transitar y aquella que nos aguarda como si fuese un padre esperando la venida de su hijo pródigo.
Así, en un intento de huir de las sombras de mi mente, en un manotazo sórdido y estrépito volví a cachetear al miedo que zumbaba como abeja en mis oídos y que opacaba mis pensamientos y me puse en campaña para encontrar esa paz que nunca llega sin batallar antes.
A la paz, o a unas migajas de ella, la encontré rápidamente entre mis libros, acompasando las notas de la música que se descuelgan desde todos los estantes de CD que me rodean, retornando viejos paseos blogueros por la red, como este encantador naufragio en el tan querido Puerto Libre , capitaneado por la bellísima persona de Ángeles Mastretta que nos relata sus días de una manera tan cálida y deslumbrante que da gusto y hermosura leerla.
Reencontrarme con los libros y las ganas de contar sobre ellos, algo que me genera placer y alivio. El placer de poder compartir la querencia y el alivio de no sentirme tan solo en el disfrute de mis pequeños placeres.
Acabo de dar vuelta la última página de un libro que me cautivó desde que mis ojos se encontraron frente a su tapa, su título y su autora, de la cual, desconocía paraderos y reseñas silabarias hasta la fecha.
Quizá muchos la conozcan e incluso hayan leído el libro, pero para mí fue una de esas sorpresas, o golpes causales del destino, como diría mi amiga Dali, en el que, una fuerza interior milenaria corriendo por nuestras venas nos moviliza hasta los estantes del librero a sabiendas de que allí estará esperándonos el depositario de nuestras tardes de sol y de nuestros desvelos.
Gioconda Belli es una escritora nicaragüense, reconocida internacionalmente principalmente por su obra poética por la qué ha recibido una tríada de premios, al menos esos cuenta la solapa del libro (admito que sólo he leído uno de sus poemas y me ha enamorado "yo, la que te quiere"). La mujer habitada, su primera creación novelística y mis primeros andares a través de sus palabras, cuenta la historia de Lavinia, una mujer para quién la vida no está signada por el ideal del deber ser, sino más bien por una búsqueda profunda y milenaria de reencontrarse con ese estado primigenio y salvaje que le permita dar a luz a la verdadera mujer que se esconde tras el titulo de arquitecta. Una mujer que no decide abandonarse a la tradición familiar y a su estirpe de niña rica eligiendo el matrimonio y la familia acomodada para poder vivir una vida sin sobresaltos y plagada de lujos. Una mujer que toma las riendas de su independencia, enfrentando las miradas lapidarias de sus pares a cada paso y en cada elección.
En un excelente paralelismo entre historia, cultura y guerrilla, Gioconda nos introduce en un mundo de guerras, armas, búsqueda de la paz en un doloroso y liberador viaje hacia las profundidades del alma, del propio ser y su esencia, hilvanando la historia con ese componente esencial sin el cual la vida no sería vida: el amor.
Una historia que nos muestra capítulo tras capítulo como la arqueología humana va penetrando en la sangre de la protagonista llevándola constantemente a reencontrarse con su verdadera identidad, con su destino que a modo de círculos, nunca empieza ni termina, simplemente gira y vuelve a dar la vuelta para someter al personaje y a lector en ese crudo pero vital mensaje de que las elecciones son siempre propias y que durante la vida daremos tantas vueltas como sean necesarias para aprender aquello que aún nos falta. Y si una vida no alcanza, como es de esperar, vendrán otras tantas, las que sean necesarias para que al fin el alma logre su máxima evolución, el amor en estado puro.
Mientras tanto, mientras culmino esa bellísima historia, viene a mi mente el recuerdo de una, más hilarante y trágica, una que leí en el verano, al pie de las sierras cordobesas. La novela se titula Soy Paciente y como en el caso anterior, fue la primer novela que leí de Ana María Shua, escritora Argentina que comenzó su carrera también escribiendo poesía para luego desembocar en la trama narrativa, incursionando también en un género que me fascina, la micro ficción, un género que comienza a pisar fuerte dentro del género literario y del qué “La Sueñera” es un libro también altamente recomendable y encantador.
En Soy Paciente me enfrenté al estilo satírico y cómico mediante el que la escritora nos invita a transitar sus historias. Luego, en La Sueñera, pude volver a encontrar los ribetes de una escritura original y auténtica, una forma de narrar los sueños única y desopilante.
Soy Paciente refleja el estado calamitoso en el cual se encuentra nuestro sistema de salud, en donde todo es atravesado por la burocracia, conformando una institución en la que importa poco y nada el enfermo y sus aflicciones. Un paseo que resulta una sátira y a su vez, una alegoría de lo que se vive a diario en los hospitales Argentinos y en donde el título juega y se burla con las acepciones dando cuenta de lo paciente que deben ser los pacientes cuando sin más, quedan postrados en una cama de hospital.
Y mientras Ana María Shua me invita a participar de sus viajes oníricos desopilantes, surrealistas y divertidos, yo tejo mi propio sueño de escribir mi libro, sin haberme iniciado ni siquiera en la poesía, sin haber estudiado letras, siendo malísimo para hablar y escribir otros idiomas e incluso el propio, llevando sobre mis recuerdos todos los años que me llevé lengua y literatura a examen por mi pésima ortografía de la que, algunos de los transeúntes de este blog pueden dar fe.
Estoy sobrevolando la idea, estoy con muchas ganas de hacerlo. Sé que muchos confían en mí a pesar de que yo no confíe tanto en mi sueño. No tengo idea si será una buena idea escribirlo como darle vida a su contenido, tampoco entiendo de ediciones y mucho menos de comercio, pero en el mientras tanto me entusiasma la idea de hacerlo, como un desafío personal y un juego que a modo de calesita vuelve a sonreírme desde la mano del maquinista y su burlona sortija que jamás pude atrapar.