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miércoles, 21 de septiembre de 2011

Entre Panchasana y Surya Namaskar, un encuentro.



El invierno invita a replegarse. Quizá son sus fríos y sus gélidas madrugadas las que nos convocan a quedarnos acurrucados en la cama, cubiertos de mantas y sin la menor intención de deshabitarla. O tal vez son las noches en las que el aliento se hace escarcha apenas sale de la boca, las que nos obligan a quedarnos dentro, al amparo de una buena película, acompañados del aroma y el sabor de un torrado café intenso.
El invierno es época de gestación dicen quiénes de eso entienden. Habitarnos a nosotros mismos entonces, sería como una forma de intentar encontrarnos, atravesar la dialéctica con todos los seres y las emociones que nos envisten y que nos dejan ser quien somos, para poder dar cauce a lo nuevo, para poder emprender, para acuñar ese bello y ansiado proyecto.
Los ciclos terminan, la última pieza del rompecabezas es colocada en su sitio, el invierno y sus áridas ramas van quedando atrás sepultando el pasado, los  nuevos brotes le dan la despedida y al mismo tiempo bendicen el nacimiento de la primavera que, perezosa y remolona acumula la energía necesaria para dar lugar al espectáculo multicolor y florido que la caracteriza.
Es necesario estar alerta, disfrutar de la escena despiertos y conscientes para que ningún detalle se nos escape de la retina y del pensamiento. Parir lo gestado, disfrutarlo, ofrecerlo, pulirlo y luego dejarlo ir.
Decidí comenzar la primavera de este ciclo invocando al Sol y purificando mi mente con sus brillos e intensidades, aprovechando el espectáculo que desde hace unos meses me brinda el nuevo departamento en el que vivo.  El lavadero, que apunta hacia el este y que ofrece un panorama de casitas bajas cercadas por una hilera de álamos añejos que limitan los confines del parque, posee sendos ventanales que van de pared a pared y que ofician de pulmón y de ocular a través del cual puedo respirar la madrugada y el atardecer así como, observar el devenir de las luces que asoman sobre el horizonte y que, se van filtrando entre la arboleda para dejar aparecer un Sol radiante sobre las copas robustas y perenes de la entramada arbórea cada mañana, siempre y cuando la ceniza o las nubes no decidan opacarme la belleza.
Desde hacía tiempo me había hecho la promesa de comenzar mis mañanas saludando a quién por ese ventanal se asoma alumbrando la cocina y dejando al descubierto el polvillo acumulado y las betas de una rejilla mal enjuagada que atravesó la mesada a los apurones. Pero siempre sucumbía ante la pereza y la comodidad de una cama bien habitada. Sin embargo, el recuerdo y las experiencias vividas activaron mi conciencia para que de una vez por todas abandone un poco a “panchasana”, postura en la cual el cuerpo reposa en posición horizontal y relajada, para dar comienzo a “cineticasana”, algo un poco más movido y vivaz.
Y así, recreando en mi mente las diversas posturas que integran el Surya Namaskar, algo más que una frase en sánscrito; una serie de asanas posturales que reverencian al Sol, creador de luz y portador de energía vital, amanecí a la primavera nutriendo mi espíritu de lumbre.
Pronuncio Namasté, de pié con las palmas enfrentadas a la altura del pecho. Respiro bien profundo y exhalo sacando todo el aire de los pulmones como ofrenda y agradecimiento. Armo entonces tadasana, o postura de la montaña, elevando el pecho y alineando hombros, cadera y pies. Luego uttanasana, sin llegar a tocar el suelo con las manos pero con las yemas de los dedos haciendo el intento. Al terminar, inhalo y llevo una pierna hacia atrás dejando la otra adelante, apoyando mis manos sobre el suelo siempre a la altura de los hombros, realizo una respiración consciente y armo entonces adho mukha shvanasana y como puedo, llevo la cola hacia arriba elevando los talones pensando sin querer, siempre, en una vaca.  Termino armando la postura de la cobra o bujangasana para luego retroceder el ciclo, como si rebobinara una cinta.
Repito la serie tres veces y mientras tanto, las partículas del sahumerio impregnan mis pulmones de un aroma suave y con sabor a Nag Champa, sumiendo mi mente en un recuerdo reciente y ancestral que va decantando y tomando forma como una vivencia que es necesario rumiar antes de poder plasmarla.

Me encuentro ante el bellísimo episodio del equinoccio de primavera a los pies de la pirámide de Chichén Itzá, observando como la serpiente de Kukulkán se asoma desde lo alto y desciende hasta posarse sobre la tierra, bajo mis pies, enroscándose en mis piernas sin la menor intención de retenerme, más bien con la plena convicción de anunciarme la llegada de un encuentro esperado, generador y creador de nuevos vínculos, nuevas redes que se tejen en el entramado gravitacional del Universo.
Desde esa vivencia asumo y tomo consciencia de que  mi primavera fue llegando antes de lo que anuncia el calendario. Arribó no sólo con alergias y sus amantes de turno, loratadina y difenedramina, también me trajo el regalo de dos seres maravillosos: Tessi y Emma.
Con Tessi hace tiempo que vamos gestando amistad, sobre todo desde este blog que si bien no lo acunó desde sus comienzos, le dio la bienvenida mucho antes de que decidiera comenzar a intervenir en los comentarios que cada tanto va dejando por acá, poblando de huellas el camino que andamos y que nos va surcando el alma de emociones intensas, asemejando a las grietas que los años van marcando en la piel.
Cuando Tessi, desde su México querido y con la bandera del idioma como patria, me anunció la concreción de su tan soñado viaje a Argentina, no imaginé que Emma, Marion y Mariana fueran también parte de nuestro recorrido. Todos silabarios, todos, en mayor o menor medida, participantes de un blog capitaneado por la escritora Ángeles Mastretta, todos compañeros de palabras y navegantes de ideas, todos embarcados en un mismo sueño: expresar libremente nuestros pensamientos y creencias.
Al contrario de lo que pude suponer, Tessi no traía en sus ansias el deseo de recorrer de punta a punta un país tan americano como el suyo, sino las ganas de transitar cara a cara los afectos acuñados a la distancia y materializar el afecto macerado durante meses desde las líneas o las comunicaciones telefónicas.
Ese deseo lo impulsó a viajar, el deseo intenso y profundo de estrecharnos fraternalmente un cálido abrazo, mirarnos a los ojos y decirnos con el brillo de la pupila todo lo que la palabra esconde, camufla o no dice.
Cómo negarse entonces a recibirlo, a pasearlo por nuestros sentires y algunos rincones de nuestra tierra, esos que de tan queridos nos da gusto compartir. Automáticamente le dije bienvenido y fue así que nos encontramos rodeados de cemento y arte en una cosmopolita y hermosa Buenos Aires.
Marion, desde Uruguay, finalmente no pudo asistir al convite. Un resfriado la dejó anclada en su cama del otro lado del río, postergando un café en el Tortoni y un paseo porteño que seguramente tenga cabida en México en los meses próximos.
Emma, en tanto, fue una sorpresa y un milagro. No sabía absolutamente nada de esta deslumbrante presencia femenina y tucumana. Radiante, espléndida, llena de luz e inteligencia, esta profesora de letras es el vivo ejemplo de la rebeldía, la determinación y la belleza. Es, bajo todo punto de vista, una mujer sin tiempo que hace alarde de su edad sin tapujos porque para ella, los años vividos son experiencia acumulada al servicio de los demás. Emma se sabe feliz y plena y para ella es todo una cuestión de actitud.
Tessi en tanto, más serio y locuaz, encarna con sabiduría la determinación de vivir a pleno sus días, prometiéndose no renunciar jamás a sus ideales pero con la inteligencia de saberse parte de un proceso en constante evolución.


Entre los tres compartimos vivencias y sensaciones acariciadas por delicados fileteados porteños que ofrecieron el marco ideal de nuestra conversación y acercamiento. Entre Caminito y la Bombonera, devorando unas ricas empanadas y posando para la foto-postal del tango; entre San Telmo y Recoleta, conversando con una filosa y sabia Mafalda; entre Palermo y todos sus adjetivos, releyendo a Cortázar y sumándonos a una noche espléndida de Brujas y alcohol; entre Puerto Madero y el teatro Moliere disfrutando a carcajadas de un espléndido unipersonal titulado La Suplente; entre Bariloche con sus bosques, lagos, cumbres nevadas y la belleza encantadora de Mariana Patagonia, amiga entrañable de Tessi, tripulante del puerto y también amiga nuestra; entre tanto encanto y maravilla acompasados por la cumbia del mole de Lila Dawns y una Luna Tucumana coreada por un dúo “sencillito y carismático” que hizo reír a carcajadas hasta al taxista que nos paseó la última noche por las calles porteñas buscando un sitio en donde celebrar la despedida. Entra tanto  tiempo compartido, el fluir de nuestras historias y relatos, de nuestros sentimientos y placeres, fue intenso y fecundo, a tal punto que impregnó de riegos nuestra cimiente, coloreando nuestra primavera de tonalidades más intensas y vivaces, acercando distancias y plasmando en el presente un sentir único, especial e inigualable

Namasté, repito al terminar mi serie. Namasté y dejo atrás el recuerdo, atesorando para siempre los momentos compartidos. Namasté y amanece la primavera del calendario con nuevas flores en el jardín de nuestra querencia, bajo la promesa de repetir el encuentro, quizá en Tucumán, tal vez en Bariloche, en Uruguay, o en México, sitio en donde Tessi nos tiene prometida una cena y un chapuzón en las hermosas playas azules y cristalinas que lo rodean.






domingo, 4 de septiembre de 2011

Cubriendo la tristeza



Rompí en llanto al terminar de leer.
Ese relato breve que me anoticiaba de la situación delicada de una mujer que unos años atrás supo ser compañera y madre, una de esas tantas madres que uno atesora en el corazón aunque la sangre diga lo contrario.
El mensaje de correo había sido escrito por su hija, quien supo ser mi compañera de viaje y de matrimonio cuando aún yo vivía encerrado en un clóset.
El mensaje fue corto, pero profundo en emoción y querencia.
Cuando la pena abunda y se nos cae por entre las manos y los ojos, cuando ya no cabe en uno, hay que salir al encuentro de alguien que, dentro de su cántaro posea aún espacio para soportarla con uno. Ella me eligió porque no podía con su tristeza como yo tampoco ahora puedo con la mía aunque intento sostenerla desde la distancia y el silencio.

“Tengo la claridad de los tiempos pasados en la retina, allí nace una imagen en la que todos reíamos a más no poder, y en mí en un instante de pensamiento en la carcajada: Te vamos a extrañar tanto, ojalá siempre estés así. A quién miraba y en quien pensaba era en mi mami. ¿y sabés? Hace más de un año que se nos está yendo en nuestra realidad…”

Rompí en llanto como vuelvo a llorar ahora al leerla y reescribirla.
¡La quise tanto, los quise tanto a todos!. Aún hoy, a pesar de las rupturas y la separación, los sigo queriendo. ¿Cómo se hace para dejar de querer?. Es imposible hacerlo cuando la querencia es genuina y está instalada en el corazón. Quien quiere, no puede dejar de hacerlo, me dijo sabiamente Tilsa hace unos años. Cuánta certeza, cuánta luminosidad, cuánta claridad.
Y un día, luego de armar mis valijas y de irme para siempre de sus vidas, me negué a volver a verlos. Creo que sentí una especie de vergüenza, sentí que les había fallado, que no había podido darles lo que tanto habían soñado para su familia, para su hija.
No sé si tendré el coraje de volver a ver a esa mujer que supo el significado del abandono desde que nació, que vivió los maltratos de un padre ausente desde sus primeros días de vida cuando su madre, al dejarla en este mundo, decidió volar a otro, más placentero y elevado, al que llegaremos todos algún día.
Una mujer que siempre vivió de lo ajeno hasta que, con temple y coraje logró el anhelo de formar su familia, la propia, la tan ansiada familia, con marido e hijos a quiénes prometió jamás abandonar, a los que amó y ama con todo su ser y para quiénes hoy es una gruta profunda de dolor y pena.
No sé si es prudente volver a su encuentro. Prefiero recordarla en esas carcajadas en las que nos zambullíamos hasta llorar nadando en sus aguas. Prefiero traer a mi mente a esa mujer que nos preparaba la cena y el almuerzo, que nos deleitaba con sus calentitos y sus buñuelos. Qué siempre tenía sobre la mesa algún arte culinario con el que nos agasajaba y nos manifestaba su afecto: las empanadas de papa, el mondongo en escabeche (nunca probé uno igual), las albóndigas de carne, los famosos críspeles y las tortas que eran el deleite de toda reunión de cumpleaños.
Prefiero recordarla en sus picardías, como las trampas que nos hacía jugando a las cartas o simplemente en un paseo por el barrio llevando tras de sí a Lulú y Fleco, los perros terrier que eran su más fiel compañía.
Mientras lloraba sin poder parar, hoy por la tarde tome entre mis manos una manta a croché que me tejió y regaló para un cumpleaños. Me recosté en el futón y me cubrí con ella, apoyando mi cabeza en el almohadón que también formaba parte del juego. Me quedé allí recordándola en sus tejidos y manualidades, en su amor por los anillos, los aros y colgantes, en su siempre estar de punta en blanco aunque sólo fuera para estar de entrecasa. Todas mis lágrimas fueron absorbidas por la lana multicolor, todas y mi necesidad de un abrazo que nunca llegó.
Pienso que tal vez le dolió mi partida, una que quizá fue vivida como otro abandono, llevándola a revivir esa herida nunca sanada frente a la cual hoy hace síntoma.
Entiendo la tristeza porque mi madre también se alejó a otra realidad durante dos años. Dos años en los cuales las lágrimas eran moneda corriente entre mis hermanos, mi papá y yo. Dos años gélidos, devastadores, desiertos.
Cómo no entender la tristeza., cómo no sentirla, cómo no llorar sin poder parar.
Es increíble que a veces el amor no alcance para sanar un corazón herido de años, de vida desolada. Es lamentable que algunos seres humanos, algunos que sólo reclaman amor, cariño y afecto terminen perdidos en los corredores de su mente sin encontrar la salida de emergencia.
Pero así como mi mamá de sangre la encontró, guardo en mí querer toda la esperanza de que Titi dé con ella. La señal es clara, el amor sana incluso a la distancia, ¿no es energía acaso?. Y cuando la encuentre, cuando finalmente la abra allí se encontrará con todos los que la quieren y para quienes dio su vida, sus hijos.
Espero estar allí ese día.