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domingo, 4 de septiembre de 2011

Cubriendo la tristeza



Rompí en llanto al terminar de leer.
Ese relato breve que me anoticiaba de la situación delicada de una mujer que unos años atrás supo ser compañera y madre, una de esas tantas madres que uno atesora en el corazón aunque la sangre diga lo contrario.
El mensaje de correo había sido escrito por su hija, quien supo ser mi compañera de viaje y de matrimonio cuando aún yo vivía encerrado en un clóset.
El mensaje fue corto, pero profundo en emoción y querencia.
Cuando la pena abunda y se nos cae por entre las manos y los ojos, cuando ya no cabe en uno, hay que salir al encuentro de alguien que, dentro de su cántaro posea aún espacio para soportarla con uno. Ella me eligió porque no podía con su tristeza como yo tampoco ahora puedo con la mía aunque intento sostenerla desde la distancia y el silencio.

“Tengo la claridad de los tiempos pasados en la retina, allí nace una imagen en la que todos reíamos a más no poder, y en mí en un instante de pensamiento en la carcajada: Te vamos a extrañar tanto, ojalá siempre estés así. A quién miraba y en quien pensaba era en mi mami. ¿y sabés? Hace más de un año que se nos está yendo en nuestra realidad…”

Rompí en llanto como vuelvo a llorar ahora al leerla y reescribirla.
¡La quise tanto, los quise tanto a todos!. Aún hoy, a pesar de las rupturas y la separación, los sigo queriendo. ¿Cómo se hace para dejar de querer?. Es imposible hacerlo cuando la querencia es genuina y está instalada en el corazón. Quien quiere, no puede dejar de hacerlo, me dijo sabiamente Tilsa hace unos años. Cuánta certeza, cuánta luminosidad, cuánta claridad.
Y un día, luego de armar mis valijas y de irme para siempre de sus vidas, me negué a volver a verlos. Creo que sentí una especie de vergüenza, sentí que les había fallado, que no había podido darles lo que tanto habían soñado para su familia, para su hija.
No sé si tendré el coraje de volver a ver a esa mujer que supo el significado del abandono desde que nació, que vivió los maltratos de un padre ausente desde sus primeros días de vida cuando su madre, al dejarla en este mundo, decidió volar a otro, más placentero y elevado, al que llegaremos todos algún día.
Una mujer que siempre vivió de lo ajeno hasta que, con temple y coraje logró el anhelo de formar su familia, la propia, la tan ansiada familia, con marido e hijos a quiénes prometió jamás abandonar, a los que amó y ama con todo su ser y para quiénes hoy es una gruta profunda de dolor y pena.
No sé si es prudente volver a su encuentro. Prefiero recordarla en esas carcajadas en las que nos zambullíamos hasta llorar nadando en sus aguas. Prefiero traer a mi mente a esa mujer que nos preparaba la cena y el almuerzo, que nos deleitaba con sus calentitos y sus buñuelos. Qué siempre tenía sobre la mesa algún arte culinario con el que nos agasajaba y nos manifestaba su afecto: las empanadas de papa, el mondongo en escabeche (nunca probé uno igual), las albóndigas de carne, los famosos críspeles y las tortas que eran el deleite de toda reunión de cumpleaños.
Prefiero recordarla en sus picardías, como las trampas que nos hacía jugando a las cartas o simplemente en un paseo por el barrio llevando tras de sí a Lulú y Fleco, los perros terrier que eran su más fiel compañía.
Mientras lloraba sin poder parar, hoy por la tarde tome entre mis manos una manta a croché que me tejió y regaló para un cumpleaños. Me recosté en el futón y me cubrí con ella, apoyando mi cabeza en el almohadón que también formaba parte del juego. Me quedé allí recordándola en sus tejidos y manualidades, en su amor por los anillos, los aros y colgantes, en su siempre estar de punta en blanco aunque sólo fuera para estar de entrecasa. Todas mis lágrimas fueron absorbidas por la lana multicolor, todas y mi necesidad de un abrazo que nunca llegó.
Pienso que tal vez le dolió mi partida, una que quizá fue vivida como otro abandono, llevándola a revivir esa herida nunca sanada frente a la cual hoy hace síntoma.
Entiendo la tristeza porque mi madre también se alejó a otra realidad durante dos años. Dos años en los cuales las lágrimas eran moneda corriente entre mis hermanos, mi papá y yo. Dos años gélidos, devastadores, desiertos.
Cómo no entender la tristeza., cómo no sentirla, cómo no llorar sin poder parar.
Es increíble que a veces el amor no alcance para sanar un corazón herido de años, de vida desolada. Es lamentable que algunos seres humanos, algunos que sólo reclaman amor, cariño y afecto terminen perdidos en los corredores de su mente sin encontrar la salida de emergencia.
Pero así como mi mamá de sangre la encontró, guardo en mí querer toda la esperanza de que Titi dé con ella. La señal es clara, el amor sana incluso a la distancia, ¿no es energía acaso?. Y cuando la encuentre, cuando finalmente la abra allí se encontrará con todos los que la quieren y para quienes dio su vida, sus hijos.
Espero estar allí ese día.

1 comentario:

  1. Y allí estás, cada vez que te nombra ligado a sus sueños en los que te abraza y lloran juntos. :)

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