Material exclusivo para utilizar en el baño

sábado, 22 de octubre de 2011

Promete o promete...


Así que deja que yo y la locura, que es sólo mía, corramos este peligro” 
(Antígona- Sófocles)




El epígrafe no se lo robé a Sófocles, de hecho se lo saqué, y sin pedir permiso, a Pedro Guerra.
Resulta que el canario cantautor editó disquito nuevo y degustando un poco su arte que ya apropié y acopio desde hace años, di con una de sus bellas poesías que llevaba dicho epígrafe antecediendo sus acordes. No creo que Pedrito se enoje por haberle robado, y de última, si así fuera, puedo recurrir a un alegato contundente o, ¿acaso no es cierto que ladrón que roba a ladrón tiene cien años de perdón?
Y ustedes preguntaran, quizá, ¿por qué cual Prometeo me robé el fuego sagrado de tan locas palabras?.
Si piensan en forma etimológica les diré que van por mal camino. Para vidente no sirvo, no he sido bautizado con esos dones y creo que ni siquiera evocando a Orangel o a Ludovica me saldría esa inspiración y arte que conlleva a colocar las manos sobre una bola de cristal y anticipar el futuro de manera inequívoca. Más allá de que ellos también se equivocan y en grande, evocando a mi amigo Alejandro, por llamarlo de alguna manera cercana, en algo hay que creer. Entonces, habrá que creer nomás.  
Si lo relacionan al mundo de las deidades, podríamos ponernos de acuerdo en algo: según lo que leí en Wikipedia, Prometeo no fue un Dios del Olimpo, sólo se considera un Titán y como mi avatar de Puerto Libre y mi apodo niño resultan un anagrama bastante aceptable de dicho cargo mitológico, podría decirles que sí, que de Tatián a Titán sólo hay una vocal de distancia y por ende, me puedo considerar un Prometeo y darme el gusto de andar robando fuegos por ahí, menos los de Galeano, esos sólo por respeto al autor los dejaría abrazados a su hábitat sin tocarlos, con que  sólo se me permita acercarme a calentarme una noche de intenso frío, me bastaría.
Pero también se les puede haber ocurrido que lo mío, esa osada locura de robar lo ya robado, haya sido producto de  tomar lo que es propio y devolverlo mejorado, algo así como al César lo que es del César, pero sin la intención de acumular riquezas, más bien con el propósito de crear y desgranar por allí, cual simientes depositadas en diferentes terrenos, todas las palabras que tienen algo que contar y que decir.
Atenea orgullosa, me mira desde su nube y  Zeus vuelve a la escena con la trillada y aburrida creación de una Kandora, portadora ya no de una caja, sino, convertida ella misma en la promulgación de todos los males, con la intención de persuadirme y recuperar la admiración que tiempo atrás tuvo sobre la totalidad de los mortales.
Como conozco su táctica y me sé el desenlace, debo ser más astuto que mi predecesor para no correr el riesgo de que un par de cuervuchos me ultrajen comiendo el hígado (con lo que cuesta hoy por hoy un trasplante en este país).
Como ya hay muchos enamorados de Kandora y ella anda por allí regalando males dos por uno, yo sólo ilumino con el fuego las palabras que coquetean con una de las leyes promulgadas durante su primer mandato y de esa forma, halagando sus virtudes, me hago el boludo y la paso bomba.
Pero si lo piensan en forma concreta, las robé porque estoy loco y lo que les voy a contar corre por nuestra cuenta: la de mi locura y la mía (si alguien se quiere sumar, le hacemos lugar enseguida, piensen que los locos y los niños siempre tienen la razón, en una de esas comienzan a creerles)
Dicho todo esto, y antes de llegar al grano (mi amigo Tessi ya habría colgado el teléfono a éstas alturas del relato), aclaro que yo nunca me consideré escritor y creo que es un título demasiado noble y grande para caber en este cuerpo de cualidades despistadas. Sin embargo, debido a la insistencia de muchos de ustedes, quienes se animan a pasar por acá y leer toda barbaridad que aterriza en mi cabeza, les cuento que, cuan Prometeo y su locura heroica, quien escribe, con una locura un poco más kamikaze, tiene la alegría de contarles que SILABARIO ya no sólo es un blog, ahora ha tenido familia y sus parientes en formato celulosa estarán en breve poblando, aunque más no sea, los espacios aún vacíos de mi departamento.

Eso sí, yo no seré Prometeo, pero que este libro Promete o promete no caben dudas, sino comprueben ustedes de que se trata siguiendo el siguiente link:



Titilandia



"Son los recuerdos los que nos dejan en penitencia de por vida..." Estela Teitelbaum


Siempre preguntaba por mí y tanto insistió, que finalmente nos encontramos.
Ella, con el pelo mucho más cano y algunas cuantas pecas más en sus manos, siempre pequeña en su estatura pero con un corazón inmenso, coqueta, repleta de colgantes y aros, radiante como un sol de medio día, me recibió al pié de su jardín, uno que, además de contener rosales y azaleas, también era la casa de un hermoso ciruelo silvestre, aventajados helechos, malvones, pensamientos y una parra que, según sus caprichos, algunos veranos nos dejaba regodearnos con las uvas y otros, sólo nos cobijaba del sol.
En el centro, estaba en pié el aro de Pepe, el loro de la familia quien, de alcahuete me botoneó antes de que yo pudiera dar la sorpresa.

—¡Titi…! ¡Titi…!— gritó Pepe.

Ese graznido nítido hizo que yo despegara mis dedos del timbre que, como siempre, no alcanzaba a tocar.
Desde la ventanita de la puerta pude ver como Titi acercaba su cara hasta la ventana. Tras el  ciego reflejo que provocan los cristales cuando la luz los atraviesa venciendo todas sus silícicas resistencias, logré ver como acomodaba sus anteojos y levantaba las cejas junto a los brazos, llevando sus manos a la cara en señal de asombro.
En breve se asomó a la puerta y no me dejó ni siquiera saludar.
Me abrazó, nos abrazamos y lloramos con la emoción de quien se encuentra luego de mucho tiempo de haber estado distante.  Pasando su brazo alrededor de mi cintura, me fue guiando por el corredor dejándome pasar a su casa, una que de tan transitada ya me sabía de memoria.  
Allí, sobre la mesa, el mate, sabio y paciente, aguardaba nuestro encuentro, silente, pero con la convicción de que, cuando de convocar se trata, no existe mejor anfitrión.
Conversamos largo y tendido y nos reímos a más no poder recordando todas las pavadas que pueblan la vida, esas que de tan simples y tan tontas, conforman su sal y los almohadones mullidos en donde no sólo me place descansar, también me resulta prudente y necesario recostarme, para transitar el recuerdo condimentado con sus dolores y sus risas.
Habiéndome acomodado sobre el almohadón verde, automáticamente se instaló en mi mente la imagen fresca de una escena en la que, sentado sobre la cama, Til y Carlos me habían puesto sobre la cabeza un gorrito a rayas rojas y blancas.

—¡Titilandia!, ¿te acordás el día que Charly me tomó la foto con el gorrito de Wally?.

Y Titilandia quedó suspendida de esa imagen mientras que yo rumiaba entre mis labios la deformación fonética que le había impuesto a su sobrenombre.
Así la bauticé el día que conocí su casa. Las paredes se me caían encima de tan cargadas. Platos colgados sobre una de las paredes, uno de México, otro de Cuba, otro de Guatemala. Más allá, jarrones de diversas procedencias, adornos mínimos, tazas de colección, anaqueles repletos de copas, vajillas y manteles aún sin estrenar. Licores, espejos, floreros siempre coloridos y unas máscaras venecianas que anunciaban a diario un carnaval con góndolas y canales. La totalidad de aquellos pequeños apéndices de su existencia poblaban su microcosmos cotidiano, dándole la seguridad de que al menos allí, en su casa, era dueña de algo más que su propio sufrimiento acunado por años.
Seguramente, aquel sitio podría haber sido un buen prólogo para aquella casona silabeada por Mujica Láinez, es más, no tenía absolutamente nada que envidiarle. Allí también los objetos tenían historia y seguramente cuchicheaban cuando todos dormían, haciendo de su hábitat un ecosistema propicio para delinear el proyecto de un barroco museo. Y teníamos la certeza de eso en cada amanecer, cuando ella, aún dormida y con los ojos hinchados de tanto sueño, relojeando su living se daba cuenta de que la pequeña taza de porcelana china faltaba en medio de aquel alboroto objetal.

—¿Qué hacés ahí vos?— Le decía cuando la encontraba perdida en los confines de la repisa casi a punto de caerse— ¡Te dije que no te hagas la viva!, que si querés volar, le pidas ayuda a Pepe, sola no, te vas a quebrar, yo sé lo que te digo.

Y poniendo todo en su lugar, amanecía su día con los mates y las tostadas recién preparadas, untadas con manteca.
Y es que Titi es, en sí misma, un país, un mundo, un universo repleto de cosquillas, sonrisas y regalos. A su casa uno llega siempre con las manos vacías y sale como si hubiera estado en el supermercado, sin haber sacado a pasear la billetera y con la algarabía propia de su discurso atolondrado enredado a la querencia.
En medio del encuentro, de tanta risa, Titi se ahogó y comenzó a toser, hasta que, llenando nuevamente los pulmones de aire, respiró profundo inflando su pecho como una pelota y volvió a su normalidad exhalando suavemente y despacio como le habían enseñado en sus clases de yoga.

Mientras, yo tomaba su mano y en el visor del electrocardiógrafo la señal se ponía roja y un sonido como de alarma me despabilaba de aquella intromisión onírica en la que me había inmiscuido con el tórrido deseo de concretar ese abrazo que tantas noches la había despertado de sus dolientes y tristes sueños.
En la espera de aquella sala decorada de intensivas terapias, ella seguía dormida y sus latidos eran normales, mientras que en el sueño que la mantenía dormida, la jarana seguía entre mates y crocantes tortas fritas.
Hubiera preferido jamás ingresar allí, ese sitio fronterizo en donde la vida y la muerte pulsean una lucha mano a mano; donde la fragilidad de ésto que somos se desvanece y en una simple fracción de segundos la esperanza de la inmortalidad se clisa y gotea su dolor a través de todos los cristales.
Mi mente logro silenciarse  dejando que el corazón despierte. Allí, los dos, ella quietita, tranquila, durmiente; yo sosteniendo su mano hinchada por la retención de líquidos y las secuelas de una enfermedad que de tanto susto, jugaba a esconderse tras el reuma y los dolores musculares, carcomiendo venas y arterias, endureciendo articulaciones, encapsulando un riñón y luego el otro, atravesando membranas hasta llegar al pulmón y sus ronquidos para luego, sin más sitio en donde esconderse, invadir la sangre con el temor de ser vista, pero con la certeza de haber realizado bien su trabajo.
Me acerqué a su rostro y con la otra mano acaricié su cabello, allí me di cuenta que llevaba el pelo recogido y atado de una forma aún más prolija de la que le hubiera recreado un coiffeur.
Cacho, marido y hombre con aire de médico no matriculado, revisaba el estado general de su mujer a la salida de los enfermeros, como inspeccionando si el trabajo estaba bien hecho. Levantaba las mantas, revisaba las mangueras y los cables y de paso le hacía una colita, como la que ella se hacía para andar de entre casa.

—¡Qué hincha pelota!— hubiera sido su comentario en ese momento si no hubiera sido que, de su boca emergía, ya no su voz, sino una triada de tubos de goma que la conectaban a un respirador que, celoso y acaparador nos robaba todo su aliento y sus anhelos.

La observé en silencio, la acaricié mientras le tomaba la mano.

—Te quiero mucho ¿sabés?— le dije mientras de mis ojos escurrían algunas lágrimas.
—Yo también— alcancé a escuchar desde la cercanía de sus sueños que hicieron poner al rojo otra vez el aparato con la intención picaresca de obligar a sus pulmones a regalarme un poco de su alma respirada por motus propia.

Incliné la mirada hacia abajo con mis ojos vidriosos de dolor y la alegría de haber llegado a tiempo. Y es que todo ocurre cuando debe, no cuando uno quiere. Bajando los niveles de ansiedad, intenté que la madre paciencia, protegida bajo un cielo con nueve lunas, me guíe y simplemente me deje fluir en el torrente de la vida sin más objetivo que vivirla, disfrutarla y aprender, aprender también bajo los influjos del dolor, esa otra forma de vencer los límites de las propias comodidades y represiones.
Sabiendo que mi tiempo y el de ella, el momento preciso de volver a encontrarnos era justo ése, el que estábamos viviendo, ella desde su cama cubierta de hospital y yo desde mi anhelo de vencer mis propios temores, volví a mirarla y sonriendo le dije

—¡Contra el mal, la hormiga atómica!, ¿te acordás Titi? ¡Cómo te enojabas cuando te lo decía!... ¿dónde quedaron tus súper poderes?...

Pensativo, aún mirándola, me pregunté de dónde sacaríamos nosotros la fuerza y el coraje para acompañarla en ese viaje, para ayudarla con las valijas que, de tantas y tan cargadas de recuerdos, amor y algunos de todos esos objetos que tanto le agradaba coleccionar, se le tornarían densamente pesadas.
Parpadeó, las comisuras de sus labios se movieron gesticulando una mueca que mi mente imagino como una pícara sonrisa, esa misma que le gustaba colocarse en su cara cuando tramaba una broma o nos hacía trampa jugando a las cartas. Por un momento recordé aquellos “besos en la frente” y a su protagonista que de achinado sólo posee un apodo, cuando al finalizar el film, habiendo hecho creer a todos que yacía muerta en su cama, de un salto despierta, comienza a reír a carcajadas y tomando un cojín de plumas comienza la guerra clásica de almohadones  arrojándolo sobre la cabeza de Leito Sbaraglia, anunciándole de esa forma que el zorro pierde los pelos pero jamás la mañas. En esa escena me perdía imaginando a Titi despertando, quitándose el suero, agarrando las valijas que descansaban a los costados de su cama y con determinación arrojándolas a los confines de sus recuerdos alivianando de una vez por todas los duelos nunca elaborados de sus andanzas.
Si bien ella no despertó, si bien aún sigue durmiendo allí, en su camita de hospital, rápidamente entendí que,  en este tiempo de verse sumergida en su propia pelea, ella está poco a poco aprendiendo el verdadero significado del desapego. Allí, en ese mismo momento, aferrándose a lo único que la acompañaría en su viaje, ese que aún late en su destino y que nos mantiene alertas y a la espera, comprendiendo que sólo el amor es necesario y que de él no hace falta desapegarse, tan sólo inyectarlo en su maleta corazón, de a gotas, a borbotones, en torrente, a chorros, como sea y como se pueda.
Amor, siempre amor, único atuendo imprescindible ante cualquier inesperado viaje. 

domingo, 16 de octubre de 2011

Sueño de madre

"Cuando el dolor es tan profundo, nadie puede entenderlo" Rosalina Bustamante.

Imagino una madre dormida.
En sus sueños, después de andar varios días perdida, se detiene ante un inmenso portal. Sus pequeños pies se resisten a caminarla tras él, sin embargo una voluntad que no logra visualizar la lleva a dar el paso que la deja en medio. De un lado, el sueño se torna blanco y se respira paz de jazmines; del otro, un jardín de rosas y madreselvas hilvana con restos de perfume sus más preciados recuerdos a un presente que se difumina. 
Ella intenta despertar pero no tiene fuerza para abrir ni siquiera los ojos. 

Entre tanto, espera paciente que un Dios piadoso la despierte