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sábado, 22 de octubre de 2011

Titilandia



"Son los recuerdos los que nos dejan en penitencia de por vida..." Estela Teitelbaum


Siempre preguntaba por mí y tanto insistió, que finalmente nos encontramos.
Ella, con el pelo mucho más cano y algunas cuantas pecas más en sus manos, siempre pequeña en su estatura pero con un corazón inmenso, coqueta, repleta de colgantes y aros, radiante como un sol de medio día, me recibió al pié de su jardín, uno que, además de contener rosales y azaleas, también era la casa de un hermoso ciruelo silvestre, aventajados helechos, malvones, pensamientos y una parra que, según sus caprichos, algunos veranos nos dejaba regodearnos con las uvas y otros, sólo nos cobijaba del sol.
En el centro, estaba en pié el aro de Pepe, el loro de la familia quien, de alcahuete me botoneó antes de que yo pudiera dar la sorpresa.

—¡Titi…! ¡Titi…!— gritó Pepe.

Ese graznido nítido hizo que yo despegara mis dedos del timbre que, como siempre, no alcanzaba a tocar.
Desde la ventanita de la puerta pude ver como Titi acercaba su cara hasta la ventana. Tras el  ciego reflejo que provocan los cristales cuando la luz los atraviesa venciendo todas sus silícicas resistencias, logré ver como acomodaba sus anteojos y levantaba las cejas junto a los brazos, llevando sus manos a la cara en señal de asombro.
En breve se asomó a la puerta y no me dejó ni siquiera saludar.
Me abrazó, nos abrazamos y lloramos con la emoción de quien se encuentra luego de mucho tiempo de haber estado distante.  Pasando su brazo alrededor de mi cintura, me fue guiando por el corredor dejándome pasar a su casa, una que de tan transitada ya me sabía de memoria.  
Allí, sobre la mesa, el mate, sabio y paciente, aguardaba nuestro encuentro, silente, pero con la convicción de que, cuando de convocar se trata, no existe mejor anfitrión.
Conversamos largo y tendido y nos reímos a más no poder recordando todas las pavadas que pueblan la vida, esas que de tan simples y tan tontas, conforman su sal y los almohadones mullidos en donde no sólo me place descansar, también me resulta prudente y necesario recostarme, para transitar el recuerdo condimentado con sus dolores y sus risas.
Habiéndome acomodado sobre el almohadón verde, automáticamente se instaló en mi mente la imagen fresca de una escena en la que, sentado sobre la cama, Til y Carlos me habían puesto sobre la cabeza un gorrito a rayas rojas y blancas.

—¡Titilandia!, ¿te acordás el día que Charly me tomó la foto con el gorrito de Wally?.

Y Titilandia quedó suspendida de esa imagen mientras que yo rumiaba entre mis labios la deformación fonética que le había impuesto a su sobrenombre.
Así la bauticé el día que conocí su casa. Las paredes se me caían encima de tan cargadas. Platos colgados sobre una de las paredes, uno de México, otro de Cuba, otro de Guatemala. Más allá, jarrones de diversas procedencias, adornos mínimos, tazas de colección, anaqueles repletos de copas, vajillas y manteles aún sin estrenar. Licores, espejos, floreros siempre coloridos y unas máscaras venecianas que anunciaban a diario un carnaval con góndolas y canales. La totalidad de aquellos pequeños apéndices de su existencia poblaban su microcosmos cotidiano, dándole la seguridad de que al menos allí, en su casa, era dueña de algo más que su propio sufrimiento acunado por años.
Seguramente, aquel sitio podría haber sido un buen prólogo para aquella casona silabeada por Mujica Láinez, es más, no tenía absolutamente nada que envidiarle. Allí también los objetos tenían historia y seguramente cuchicheaban cuando todos dormían, haciendo de su hábitat un ecosistema propicio para delinear el proyecto de un barroco museo. Y teníamos la certeza de eso en cada amanecer, cuando ella, aún dormida y con los ojos hinchados de tanto sueño, relojeando su living se daba cuenta de que la pequeña taza de porcelana china faltaba en medio de aquel alboroto objetal.

—¿Qué hacés ahí vos?— Le decía cuando la encontraba perdida en los confines de la repisa casi a punto de caerse— ¡Te dije que no te hagas la viva!, que si querés volar, le pidas ayuda a Pepe, sola no, te vas a quebrar, yo sé lo que te digo.

Y poniendo todo en su lugar, amanecía su día con los mates y las tostadas recién preparadas, untadas con manteca.
Y es que Titi es, en sí misma, un país, un mundo, un universo repleto de cosquillas, sonrisas y regalos. A su casa uno llega siempre con las manos vacías y sale como si hubiera estado en el supermercado, sin haber sacado a pasear la billetera y con la algarabía propia de su discurso atolondrado enredado a la querencia.
En medio del encuentro, de tanta risa, Titi se ahogó y comenzó a toser, hasta que, llenando nuevamente los pulmones de aire, respiró profundo inflando su pecho como una pelota y volvió a su normalidad exhalando suavemente y despacio como le habían enseñado en sus clases de yoga.

Mientras, yo tomaba su mano y en el visor del electrocardiógrafo la señal se ponía roja y un sonido como de alarma me despabilaba de aquella intromisión onírica en la que me había inmiscuido con el tórrido deseo de concretar ese abrazo que tantas noches la había despertado de sus dolientes y tristes sueños.
En la espera de aquella sala decorada de intensivas terapias, ella seguía dormida y sus latidos eran normales, mientras que en el sueño que la mantenía dormida, la jarana seguía entre mates y crocantes tortas fritas.
Hubiera preferido jamás ingresar allí, ese sitio fronterizo en donde la vida y la muerte pulsean una lucha mano a mano; donde la fragilidad de ésto que somos se desvanece y en una simple fracción de segundos la esperanza de la inmortalidad se clisa y gotea su dolor a través de todos los cristales.
Mi mente logro silenciarse  dejando que el corazón despierte. Allí, los dos, ella quietita, tranquila, durmiente; yo sosteniendo su mano hinchada por la retención de líquidos y las secuelas de una enfermedad que de tanto susto, jugaba a esconderse tras el reuma y los dolores musculares, carcomiendo venas y arterias, endureciendo articulaciones, encapsulando un riñón y luego el otro, atravesando membranas hasta llegar al pulmón y sus ronquidos para luego, sin más sitio en donde esconderse, invadir la sangre con el temor de ser vista, pero con la certeza de haber realizado bien su trabajo.
Me acerqué a su rostro y con la otra mano acaricié su cabello, allí me di cuenta que llevaba el pelo recogido y atado de una forma aún más prolija de la que le hubiera recreado un coiffeur.
Cacho, marido y hombre con aire de médico no matriculado, revisaba el estado general de su mujer a la salida de los enfermeros, como inspeccionando si el trabajo estaba bien hecho. Levantaba las mantas, revisaba las mangueras y los cables y de paso le hacía una colita, como la que ella se hacía para andar de entre casa.

—¡Qué hincha pelota!— hubiera sido su comentario en ese momento si no hubiera sido que, de su boca emergía, ya no su voz, sino una triada de tubos de goma que la conectaban a un respirador que, celoso y acaparador nos robaba todo su aliento y sus anhelos.

La observé en silencio, la acaricié mientras le tomaba la mano.

—Te quiero mucho ¿sabés?— le dije mientras de mis ojos escurrían algunas lágrimas.
—Yo también— alcancé a escuchar desde la cercanía de sus sueños que hicieron poner al rojo otra vez el aparato con la intención picaresca de obligar a sus pulmones a regalarme un poco de su alma respirada por motus propia.

Incliné la mirada hacia abajo con mis ojos vidriosos de dolor y la alegría de haber llegado a tiempo. Y es que todo ocurre cuando debe, no cuando uno quiere. Bajando los niveles de ansiedad, intenté que la madre paciencia, protegida bajo un cielo con nueve lunas, me guíe y simplemente me deje fluir en el torrente de la vida sin más objetivo que vivirla, disfrutarla y aprender, aprender también bajo los influjos del dolor, esa otra forma de vencer los límites de las propias comodidades y represiones.
Sabiendo que mi tiempo y el de ella, el momento preciso de volver a encontrarnos era justo ése, el que estábamos viviendo, ella desde su cama cubierta de hospital y yo desde mi anhelo de vencer mis propios temores, volví a mirarla y sonriendo le dije

—¡Contra el mal, la hormiga atómica!, ¿te acordás Titi? ¡Cómo te enojabas cuando te lo decía!... ¿dónde quedaron tus súper poderes?...

Pensativo, aún mirándola, me pregunté de dónde sacaríamos nosotros la fuerza y el coraje para acompañarla en ese viaje, para ayudarla con las valijas que, de tantas y tan cargadas de recuerdos, amor y algunos de todos esos objetos que tanto le agradaba coleccionar, se le tornarían densamente pesadas.
Parpadeó, las comisuras de sus labios se movieron gesticulando una mueca que mi mente imagino como una pícara sonrisa, esa misma que le gustaba colocarse en su cara cuando tramaba una broma o nos hacía trampa jugando a las cartas. Por un momento recordé aquellos “besos en la frente” y a su protagonista que de achinado sólo posee un apodo, cuando al finalizar el film, habiendo hecho creer a todos que yacía muerta en su cama, de un salto despierta, comienza a reír a carcajadas y tomando un cojín de plumas comienza la guerra clásica de almohadones  arrojándolo sobre la cabeza de Leito Sbaraglia, anunciándole de esa forma que el zorro pierde los pelos pero jamás la mañas. En esa escena me perdía imaginando a Titi despertando, quitándose el suero, agarrando las valijas que descansaban a los costados de su cama y con determinación arrojándolas a los confines de sus recuerdos alivianando de una vez por todas los duelos nunca elaborados de sus andanzas.
Si bien ella no despertó, si bien aún sigue durmiendo allí, en su camita de hospital, rápidamente entendí que,  en este tiempo de verse sumergida en su propia pelea, ella está poco a poco aprendiendo el verdadero significado del desapego. Allí, en ese mismo momento, aferrándose a lo único que la acompañaría en su viaje, ese que aún late en su destino y que nos mantiene alertas y a la espera, comprendiendo que sólo el amor es necesario y que de él no hace falta desapegarse, tan sólo inyectarlo en su maleta corazón, de a gotas, a borbotones, en torrente, a chorros, como sea y como se pueda.
Amor, siempre amor, único atuendo imprescindible ante cualquier inesperado viaje. 

6 comentarios:

  1. ay primo.... sin palabras... solo lágrimas y amor. Val

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  2. Excelente...pude sentir como los aromas llegaban a mi nariz...redacciones que llegan al alma. Aarón

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  3. con lágrimas y amor por acá también!...

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  4. Né, qué lindo que nos encontremos en ese jardín, donde todos estos días voy hilvanando los recuerdos, las palabras y las anécdotas... cada tanto con ese rocío inescrupuloso que nos salta del corazón apretujado por el dolor...
    Siempre te digo que te quiero, y lo insisto en la querencia más allá de los tiempos y los modos.
    Titilandia fue a la tienda a comprar un par de medias...
    :)
    Mil canciones, versos y frases a contramano que salieron en trío...
    Y aquí hoy sin palabras por escribir como hace tantos meses, pero atesorando todo todo en el almapapel, de donde saldrán cuando las manos tomen la fuerza para resistir un lápiz relator.
    Gracias, por ser parte de mis palabras, risas y lágrimas del relato. Gracias por ser mis palabras cuando no las tengo.

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  5. ... atravesada por mucho amor, orgullo, tristeza, nostalgia, lágrimas, suspiros... en fin, la vida, no? Te adoro Sebita de mi corazón

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