Material exclusivo para utilizar en el baño

viernes, 29 de junio de 2012

Cruzar el charco...

Es verdad, trascender fronteras no es sólo cuestión de física y química. Uno puede atravesar el mundo con sólo un gesto o una palabra.
Con una emoción inmensa, hoy recibí este hermoso mensaje que quiero compartir a quiénes se den una vuelta por este sitio.

"Publicación de noticias de Facebook de: Alena Collar
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Alena Collar ha escrito:

"Silabario" de Sebastian Virgili- Sebas Igna-, ya se puede comprar en Libros Dodó.
Allí acabo de dejar cinco ejemplares de esta excelente obra. Relatos con sinceridad, con buen estilo, frescos y originales. Han cruzado el charco para ver si encuentran un lugar en el corazón de quienes quieran leer los relatos de este argentino universal llamado Sebas. Merecen la pena; si no no los recomendaría, no le hubiera pedido que enviara algunos ejemplares ni se los hubiera dejado a los libreros amigos.
Es un libro valiente, un libro que hay que tener el coraje de escribir. Sebas lo ha tenido. Bienvenido a España y suerte en esta travesía."

Mil gracias querida Alena por este hermoso regalo.
Sebastián

lunes, 2 de abril de 2012

Esclavos del apego

                Si conmemorar es hacer memoria, esta debería ayudarnos para modificar el presente y no solamente para recordar un hecho aislado. Sé que me adelanto a los hechos, ya que aún falta un mes para la fecha con la que quiero compartir una reflexión personal. Sé que hoy, más allá de que este post no se referirá al tema,  en Argentina estamos conmemorando 30 años de los caídos en la gesta de Malvinas y también sé que más allá de fechas de calendario, las conmemoraciones deberían servirnos para aprender y no para permanecer en ese pasado en forma enquistada,  provocando más dolor.






Tenemos, a lo largo de la historia de la humanidad, un sinnúmero de ejemplos que nos alertan sobre el significado de la esclavitud. Sabemos, por ejemplo, que para Aristóteles, en la antigua Grecia, era un fenómeno natural. En el imperio Romano se sabe de ella gracias a la implementación de una garantía personal conocida como apremio individual mediante la que se sometía a un deudor a trabajar duramente para un súbdito hasta pagar lo adeudado con el sudor de su frente. También conocemos la existencia de la esclavitud relacionada a trabajos forzosos a los que se sometía a determinados pueblos o regiones por intermedio de otros que se reconocían más fuertes o poderosos, como por ejemplo la esclavitud Nazi hacia el pueblo Judío y su exterminio;  la esclavitud de gente negra, de diferente creencia, etc. Incluso reconocemos también la esclavitud durante la mal llamada conquista de América por parte del pueblo Español, período en donde la población americana nativa fue forzada a  realizar trabajos muy duros, incluso se los obligó a convertir sus creencias religiosas y se los diezmó sin tregua.


Durante el siglo pasado, algunos pueblos y en diversos rincones del planeta, algunas cuestiones referidas a este tema, sobre todo aquellas relacionadas con la esclavitud laboral, se fueron aboliendo, quizá no de forma definitiva, pero al menos fueron las que sembraron las bases para que un cambio comience a gestarse. Vivo es aún, el recuerdo de aquellos mártires de Chicago durante el año 1889 que, durante una jornada de lucha y movilización en reclamo de una jornada laboral de 8 horas, fueron cruelmente asesinados. Gracias a este lamentable hecho, hoy se conmemora el día internacional del trabajo y se han adecuado las leyes para que los trabajadores obtengan condiciones más dignas dentro de su actividad laboral.
Si bien esto es así, y hay una ley que defiende y protege a los trabajadores, el Capitalismo, con toda su belleza superficial aún hoy nos somete a muchos tipos de esclavitud de a la cual permanecemos atados por inseguridad o por encajar en un sistema que nos tiene literalmente presos y atados de pies y manos o al menos, eso nos hacen creer.
Si entendemos por esclavitud, ”una institución jurídica mediante la cual un individuo está bajo el dominio de otro, perdiendo la capacidad de disponer libremente de su propia persona y desus bienes”  aún hoy es común enfrentar a diario el trabajo en “negro”, las extensas horas de trabajo por parte de ciertos sectores laborales, algunos en condiciones que no tienen nada que envidiarle a las antiguas esclavitudes.
También hoy, y quizá de manera menos explícita pero mucho más violenta, podemos vislumbrar claramente formas más sutiles de esclavitud. Y cuando me refiero a este tema, del cual no estoy exento, me refiero al apego. Apego material, emocional, intelectual, psicológico, etc.
Hace más de un año, por ejemplo, accedí a unirme a la mundialmente conocida red social facebook, en la cual aún poseo un perfil. También, casi al mismo tiempo, convencido de la necesidad de estar comunicado permanentemente, me compré mi primer Smartphone de Blackberry con el cual accedí no sólo a una comunicación permanente sino a un apego casi simbiótico y totalmente esclavo.
Cuando al poco tiempo de haber accedido a mi blackberry indagué en la historia de su nombre, fue fácil cerrar la ecuación que ya comenzaba a dar señales de alarma en mi mente. Antiguamente, a los esclavos se les colocaba un grillete en los pies, algo así como una cadena con una bola negra de forma irregular que, al ser pesada, los mantenía prácticamente inmovilizados y atados permanentemente al trabajo al que eran sometidos. Por su forma y su semejanza a las moras, al grillete lo llamaban blackberry (mora en inglés). No es casual que el teléfono “inteligente” más utilizado por el mundo empresarial se denomine justamente de esa forma y cualquiera puede comprender que, si bien no es pesado, nos mantiene atados constantemente a todo, a la mensajería, a las aplicaciones, a la navegación por internet, etc. No quiero pecar de incluir a todos en una misma bolsa, pero me atrevería a decir que cada uno de los que poseemos un blackberry estamos sujetos, prácticamente, a los mismos patrones de comportamiento. Esto es, observar el teléfono constantemente, encenderlo si vemos que el led se enciende y si no se enciende acceder igual por las dudas que haya entrado algún mensaje y haya fallado el indicador; estar en reuniones o en el trabajo y abstraernos por completo del entorno sumergiéndonos en nuestra mora electrónica atraídos por sus encantos como Narciso por su imagen reflejada en el agua.
De esta forma confundimos necesidad con comodidad y nos hacemos adictos a ese aparato, a una red social, al pasado, a una droga legalizada, como el cigarrillo; al alcohol, a la compulsión de comprar por comprar, de llenar la casa de objetos, a una persona, a ciertos dogmas sociales o religiosos, a ataduras socialmente impuestas que lo que logran es más esclavitud. A veces sabemos que tal o cual atadura nos hace daño, pero igual seguimos atados, presos en una encrucijada provocada por las fluctuaciones mentales que no desean la linealidad.
Y así, como si estuviéramos dentro de la tierra de los lotófagos,  se nos adormece la memoria y los sentidos y permanecemos esclavos de cuanto nos rodea, incluso a veces, hasta del trabajo, sin darnos cuenta que la vida es justamente todo lo contrario. La vida implica libertad, pero para poder elegir con libertad debemos estar despiertos, conscientes, perfectamente anclados al aquí y el ahora.
Creo que, en la medida que llenamos el hogar de objetos a veces innecesarios, o que nos desesperamos ansiosamente por ver las últimas novedades que fueron publicadas en una red social para seguir creídos que así estamos en sintonía con el mundo, vamos perdiendo gradualmente la libertad de elegir en forma individual para ser esclavos de los que otros desean y así subyugarnos.
El apego opera por inseguridad. La inseguridad nos hace esclavos. Si bien soy consciente de que no todo es tan malo ni tan bueno, deberíamos empezar a ejercitar con libertad el desapego, para que la vida fluya como una corriente de agua sin dejarnos atados o amarrados a lo innecesario, atendiendo constantemente  a nuestra intuición que, si aprendiéramos a escucharla, sería nuestra mejor guía.
Si bien, siempre estaremos apegados a algo, más no sea la ropa que llevamos puesta, lo importante, al menos en mi caso, es tomar conciencia de apegarse lo menos posible a todo lo que nos rodea. Quizá alguno esgrima que esto implica una falta de compromiso o una negación a hacerlo. Yo creo todo lo contrario, creo que es un buen camino para comprometerse con uno mismo.
Para lograrlo, la ecuanimidad es la meta.
El camino, lo estoy emprendiendo. 
En principio despertar, como cuando eramos niños y nuestros padres nos invitaban a hacerlo, para enfrentar el día  y comenzar a elegir lo que nuestra intuición nos susurraba al corazón.


sábado, 17 de marzo de 2012

Acerca de...

Demasiada es mi gratitud, y creo que me quedo corto, para con aquellas personas que a diario me hacen llegar un mensaje o me hablan acerca de mi querido libro Silabario.
Emociona saber que todo el sentir que uno deja enredado a las palabras, se transforma y multiplica en el interior de cada lector, despertando en cada uno emociones nuevas, de afinidad, alegría, risas, tristezas y por qué no, complicidad.
Una amiga me manifestó hace un tiempo que en cierto aspecto la hizo pensar y replantearse algunos cuestionamientos. Otra me habló de la valentía y de una necesidad imperiosa de que este tipo de libros se publicaran con más frecuencia.
Muchos han sido los mimos que me han regalado y que me siguen haciendo y hoy, en este sitio que dejé nacer y que hoy crece con cada uno de ustedes, quiero compartir una carta de un amigo cordobés, con quien hemos entablado vinculo a través de internet y a quien no tengo el gusto de conocer personalmente aún.
Una de esas personas que el destino entrecruza en la vida, quizá con ese propósito, hacer de la distancia un lugar especial de encuentro.

Silabario, una afectuosa apreciación de mi querido Pablo Sánchez.

"Este lunes me llegó un SILABARIO por correo… Por un compromiso impostergable, aguanté hasta el martes. Lo terminé el miércoles. En cuanto lo agarré, no necesité muchas páginas para darme cuenta de que el SILABARIO era en realidad una señora avalancha PALABRARIA, en la que un profuso ADJETIVARIO y ADVERBIARIO, elegidos en tozuda y consciente búsqueda, explotaban los escuetos límites de los sustantivos (que suelen nombrar a los SUJETOS y a sus cosas) y de los verbos (que siguen, como siempre, nombrando sus "acciones, pasiones, estados o esencias", eso que los hace SER y ESTAR de esta manera y no de otra) para que reflejaran de la manera más completa, sincera, cálida y abierta (como la jeta sonriente del autor que figura en la solapa) sus imágenes e ideas, y que los sentimientos y las emociones tuvieran una traducción lo más fiel posible (si es que puede darse eso) a su versión pre-verbal sin editar…
Un estilo que contrasta un poco con el mío propio, por un lado demasiado acostumbrado a racionalizar y a filtrar hasta los sentimientos por un implacable colador de estrecha red intelectual, y por el otro habituado a la síntesis que impone la escritura dramática, la única para la cual alguna vez tuve la disciplina y la constancia de esgrimir la pluma (que no LAS PLUMAS, jajajaja…).
Fue inevitable jugar a las semejanzas y las diferencias, y encontrar más de las primeras que de las segundas en anécdotas (de las lindas y de las no tanto) que resumen vidas, recorridos y caracteres semejantes: el sentirnos a nuestras anchas en el ocio creativo antes que en la obligatoriedad que anula; el refugio temprano en la lectura, que en mi caso se trasformó en razón vital y en un trabajo que, a veces, es algo así como dar voces en el desierto; el haberse sabido desde siempre en contramano con respecto a mandatos impuestos desde afuera por inercia; y el haber hecho y hacer lo que se pudo y se puede (a veces inconsciente y cada vez más conscientemente) para elegir ser un sapo de otro pozo con la mayor coherencia posible.
Las diferencias son graciosas: al autor niño, el padre lo disfrazó de jugador gallina; en el álbum de mi infancia hay una foto en donde casi ni me reconozco, camuflado con los colores boquenses a instancias de mi abuelo; no me dormí en ninguna cancha (creo que nunca vi un partido completo, ni siquiera una final argentina de mundial), pero arriba del ropero de mi pieza de chico, por lo menos una docena de pelotas dormían el sueño de los justos, condenadas al ostracismo (regalos todos, exactamente una por año, de una tía abuela que casi ni me conocía). Eso sí, jamás me casé y por el sexo opuesto (dos señoritas que supieron cruzarse por ahí) solamente fui consciente de desarrollar la misma platónica atracción que por la Venus de Milo manca o por la de Botticelli…
Sé que el germen de este SILABARIO es el blog homónimo (saturninoterreo.blogspot.com). Y ahí entiende uno eso de que un género, al decir de don Mijaíl Bajtín, no es otra cosa que un arcaísmo vivo, siempre el mismo y nuevo a la vez, que conserva, transformada, la memoria de su origen. Porque, ¿qué otra cosa es un blog, sino una versión aggiornada y a tono con nuestra era, de un diario que dejó de ser íntimo? El diario íntimo, esa anacronía, es el ejemplo por excelencia del lenguaje puesto al servicio de la función emotiva o expresiva, tanto que ni siquiera prevé la figura de un receptor posible: no es otra cosa que la percepción fragmentada de la subjetividad del que lo escribe. Y en épocas como la nuestra, donde las subjetividades toman conciencia de que existen en la manera en que se expresan, se exponen y se muestran, el SILABARIO de papel conserva las huellas de tal genealogía: blog, diario, en el que Sebas se anima, machazo, a poner en palabras una catarata de emociones, a objetivar a la luz solar toda su sensibilidad y toda su ternura.

Pablo."

Gracias Pablo, gracias a todos...

miércoles, 29 de febrero de 2012

Todos somos principiantes




Desde que vi por primera vez Tomates Verdes Fritos, quedé profundamente enamorado de la historia y de sus entrañables personajes Ninny y Evelyn personificados por las maravillosas y extraordinarias Yessica Tandy y Kathy Bates. Me emocionó tanto aquella historia que llegué a registrarla en VHS para luego volver a verla una y otra vez, sumando detalles para la alegría y profundizando con lágrimas cada vez más intensas ese dulce y florido final.
Pasaron casi veinte años de aquella primera vez y pese a los mareos y la congestión del resfrío que me asediaron estos días quien sabe por qué emoción mal digerida, recién ayer por la noche cuando terminé de vencer el prejuicio almacenado por años y me tiré en el futón para deleitarme con una joya de Tarantino llamada Kill Bill, plagada de fotogramas un tanto entintadas de rojo, de escenas inolvidables y de ambiente musicalizado a la perfección con ese toque de humor casi sarcástico que desempolva Uma Thurman al volver intacta de su propio entierro; junto a ese marco por momentos demoledor y por momentos muy fantasioso, probé por vez primera  mis propios tomates verdes fritos y los disfruté como un manjar inigualable. Creo que, en ese preciso momento en qué las migajas de pan tostado y frito atravesadas por el sabor ácido del jugo de tomate aún sin madurar ingresaban a mi cuerpo, pude internalizar verdaderamente el significado de aquella película que Jon Avnet nos regaló para atesorar por siempre en el corazón como si otra vez, y cada vez fuera la primera.
Todo comienza al fin, debería rezar la canción que popularizó Vox Dei, porque quién no comienza jamás termina y está claro que en esta vida así ocurren los ciclos. Sin querer ni por un minuto intentar resolver el famoso dilema filosófico que nos interpela para responder si fue primero el huevo y luego la gallina o al revés (ya lo han intentado demasiadas personas a lo largo de la historia, sobre todo personas con mucha más capacidad que yo al respecto y han diseminado diversas hipótesis y conjeturas que pululan por todos lados),  nacemos para morir, mal que nos pese, pero nacemos y esa primera experiencia de contacto con el mundo fuera del vientre materno, es una garantía clara de que habrá que comenzar a transitar la vida con la esperanza de que en cada comienzo, los tropiezos y las caídas harán de nuestra vida un aprendizaje inigualable.
Como dar un paso por primera vez, como decir la primer palabra con sentido, aquella que nos abre paso hacia la cultura de una forma única siendo la portavoz de nuevos principios. Como cuando tomamos los utensilios para comer solos alejados de la mano de mamá o papá, cuando por primera vez dejamos de utilizar el pañal o aprendemos a andar en bicicletas sin rueditas. Como el primer día de clases de cada año escolar o el primer beso de ese amor de juventud que acunado tras las cuerdas de su inigualable bajo, nos susurra cantando Pedro Aznar (hay una versión con Gal Costa que es bellísima). Como recibir nuestro título luego de años de estudio o dar el primer paso en nuestro primer trabajo que garantiza ese primer sueldo con el que queremos comprar el mundo y todo lo que de él nos haga soñar. Como aceptar la realidad así, como es, sin más remedio que la resignación para luego asumirla y más tarde dar el primer envión para intentar transformarla aunque muchas veces nos demos la cabeza contra la pared.
Como asumir la homosexualidad a los 75 años, cuando ya toda una vida ha sido recorrida en el interior de un hogar con esposa e hijo, asumiendo la posibilidad de salir del clóset con determinación y transformándose en principiante de su vida aunque sólo le resten 5 años para finalizarla. Básicamente de eso, de los comienzos y en especial de éste último, versa un film titulado Beginners y que vi por primera vez hace cinco días.
El personaje de Cristopher Plummer, Hal Fields, y yo hicimos contacto de inmediato. Es un papel encantador, que enamora desde un principio y que le valió, para mi sorpresa e inmensa alegría, una estatuilla en la última entrega de los Óscar.
En su slogan, escrito en forma interrogativa bajo el afiche promocional, se denota claramente que el amor debería trascender todo prejuicio y toda fractura que arrecie a las personas. De hecho, es así, y la película lo demuestra con excelente madurez, con escenas intensas y diálogos concisos pero contundentes. Claro está que es cine, es ficción, pero como ya es vox populi, la realidad la supera siempre y vasta adentrarnos en nuestras propias relaciones para comenzar a transitar esas vivencias y hacernos también la pregunta ¿de qué va el amor en nuestra vida, en nuestras vidas?
La película tiene un tinte autobiográfico y eso fue todo un descubrimiento para mí, como lo es casi todo lo que me acontece. En general no me dejo llevar por críticas, o al menos eso intento; prefiero darle lugar a la intuición, cosa que siempre, sin defraudarme, me lleva a buen puerto. Este caso no fue la excepción. Fui al video en busca de algunas películas para mirar en casa y de pasada la vi, solita en un estante. No fue necesario leer la contratapa, con solo ver el frente de la caja pensé “quiero ver esta película”. No me costó nada convencerlo a Clau quien se tiró de inmediato junto a mí para disfrutarla juntos. Y de hecho lo hicimos, quedamos enamorados, con los ojos brillando de emoción y con unas ganas inmensas de abrazarnos hasta el amanecer.
Sin duda, siempre resulta que ver la realidad desde otra óptica nos ofrece nuevas formas de aproximación a esa realidad, más enriquecida y menos prejuiciosa. En este caso, Oliver Fields, hijo de Has, encarnado por el divino de Ewan McGregror, es quien debe aceptar que la realidad de su padre no es la que el siempre imaginó. Evocando el pasado va entramando aquellos episodios de su vida en los que, por así decirlo, sus padres iban dejando evidencias para que en su presente las respuestas decanten sin más fundamento que la verdad.
Tenés a tu hijo bebé en tus brazos, acurrucado junto a tu pecho, mimándolo, susurrando cuanto lo querés. ¿Dejarías de quererlo si más allá de su adolescencia te confiesa que es gay? De la misma forma, un hijo ¿dejaría de amar a su padre si al cabo de los años éste le confiesa su homosexualidad? ¿De qué va el amor?... a dar respuesta a ese interrogante nos convoca este emotivo y brillante film.
Seguramente mi amiga Pilar, quien es un referente de mis películas puesto que compartimos gustos e intereses y cuyo blog recomiendo ampliamente, hará una crítica contundente y prolija sobre Beginners y por eso, sumado a que no soy persona capacitada para la crítica, sólo agregaré que en mi opinión es una película bellísima, intensa, con un ritmo que no aburre nunca, plena de emotividad y atravesada por una simple y muchas veces bastardeada premisa existencial: mientras estemos vivos seremos siempre principiantes y para comenzar jamás habrá tiempo; siempre estaremos a tiempo de volver a empezar.

sábado, 11 de febrero de 2012

Tiempo de Kayros


Habiendo retornado ya a la serenidad de la casa luego de una bella y mágica estadía en la Villa de Merlo, provincia de San Luis. Intentando evitar el encuentro drástico con las obligaciones y el trabajo, esa mezcla rara de sensaciones que primero chocan generando un malestar gris y agrio y que luego poco a poco van tiñendo la mente de colores más cálidos haciendo de nuestro entendimiento un sitio más razonable, voy caminando despacio  hacia la habitación del departamento que se transformo en mi reino y mi calma, oprimiendo pausa sin lograr ni siquiera deteniendo mis pasos, que el tiempo se detenga.
Me siento en el sillón y desde allí miro hacia afuera. El viento mueve las ramas de los arboles sacudiéndolos como una madre desvariada haría con los brazos de su hijo en algún ataque de capricho. Observo la tarde desde la ventana que pone a resguardo mi biblioteca en donde, luego de un buen acondicionamiento, he podido encontrar el tiempo de Kayros y plácidamente me he sumergido en las lecturas que me generan placer. Me he puesto al día con la música que desde hace meses se acopia en los módulos dedicados a tal fin, música encerrada en celofán y plástico, a la espera de la orgía que sólo mi reproductor puede ofrecerles, proporcionándome un goce tántrico auditivo, intransmisible.
He probado, con muy buen resultado,  ausentarme bastante de internet y de los caprichos de la computadora, incluso, a pesar de mi férrea determinación de hacerme de una rutina para escribir esas historias que poblaran de vida mi próximo libro, he renunciado a dejarme llevar por los caprichos que impone la obligación y también he tomado distancia del teclado y del anotador en donde voy esgrimiendo ideas. Me desconecté saludablemente del facebook y parcialmente del blackberry al que sólo recurro para hacer algún llamado, escribir o responder algún mensaje o eventualmente responder algún correo electrónico.
Creo que es un buen punto para darme cuenta que todo aquello que se presenta  como una necesidad no es más ni menos que una comodidad que se nos impone de modo insurrecto y a la que , a veces consciente y otras, como ganado,  nos rendimos sin remedio. Pero el antídoto existe, un estetoscopio para escuchar el  corazón y unas gotitas diarias de razonabilidad.
Mientras el  flaco Spinetta  susurra desde su cielo que todos quieren su montaña,  como aquellas que dejé en el recuerdo y en las fotos que no dejo de mirar intentando que Cronos se demore un poco más en instalarse definitivamente, voy comprobando que esté donde se esté, uno desde el pensamiento puede tomarse las vacaciones que quiera y en donde desee. Las mías, más allá de haberse  materializado en las sierras de San Luis y Córdoba,  hicieron campamento en los libros que aún sigo leyendo y las películas que cada noche me tiro a ver junto a Clau en el living, apoltronados sobre el futón.
Quiero invitarlos a la fiesta de mis vacaciones para que juntos volvamos a atemorizarnos y sintamos el vértigo de que la copa se mueva invocando a un viejo espíritu junto a otros once cuentos que Mariana Enriquez nos regala con maestría  y misterio en “Los peligros de fumar en la cama”. Un libro en el que cobran vida muchas leyendas urbanas, a veces  bajo un aljibe de provincia norteña y otras en la rambla de una escalofriante Barcelona. Hacía mucho tiempo no leía literatura del género que surca los límites del terror y del suspenso y más, que dichas historias se recreen en su casi totalidad dentro del territorio Argentino. Fue como viajar a la infancia en donde un corte de luz y una vela encendida eran escenario suficiente para que la piel se erizara del susto ante la más mínima brisa surcando el silencio y la oscuridad absoluta.
Siguiendo ese rumbo, pero ahora invitándolos a la playa del séptimo arte, les diría que, les guste o no el género, no dejen de ver “Confessions”, un film de Tetsuya Nakashima que ganó muchos premios en Japón, pero que la academia no consideró suficientemente aceptable como para integrar las ternas de la 83ª edición de los premios Oscar. De todas formas y superando la pochoclería mediática de dicho evento, la película, bajo mi opinión –que no soy experto en cine y que sólo me dejo llevar por las emociones que el arte despierta- es excelente. Un llamado de atención a la educación de los chicos por parte de padres y educadores. Sin lugar a dudas, a pesar de ser por momentos violenta, escalofriante y perversa, un reflejo de la sociedad actual en donde, a buen decir de Silvia Di Segnis Obiols, los jóvenes a la deriva son el resultado de adultos en verdadera crisis.
Volviendo al terreno de los libros y su vinculación con el cine, no necesariamente en forma directa, simplemente siguiendo mi asociación libre, en el valle de las palmeras Caranday los invito a disfrutar de una milimétrica función de circo junto a Ana María Shua en ¨Fenómenos de Circo”. Su último libro de micro ficción que no tiene desperdicio, por su elocuencia plasmada a través de su don de síntesis, por su sentido del humor, a veces  irónico, a veces de una oscuridad abismal, y por su imaginación marmolada de investigación, que a modo de grajeas de chocolate se van interponiendo en cada una de las funciones dando toques de realismo a cada acto de acrobacia e ilusionismo mágico. Algo que sin lugar a dudas también tiñe de belleza y hermosura al nuevo film de Martin Scorsese, “Hugo”. Fantasía e imaginación al estado puro. La película está basada en el libro  ”La invención de Hugo Cabret”  escrito por Brian Selznick y es, además de un viaje en el tiempo a los comienzos del cine, una metáfora clara y rotunda de que pese a todo, cada uno de nosotros ha venido a este mundo con un propósito, uno que de tan obvio , nos lleva una vida entera para encontrarlo, y a veces ni eso.
En la vuelta  y ya llegando a término del paseo, para acunar el corazón y el alma, la música del Flaco Spinetta y los poemas de Esteban Agüero.