Material exclusivo para utilizar en el baño

miércoles, 29 de febrero de 2012

Todos somos principiantes




Desde que vi por primera vez Tomates Verdes Fritos, quedé profundamente enamorado de la historia y de sus entrañables personajes Ninny y Evelyn personificados por las maravillosas y extraordinarias Yessica Tandy y Kathy Bates. Me emocionó tanto aquella historia que llegué a registrarla en VHS para luego volver a verla una y otra vez, sumando detalles para la alegría y profundizando con lágrimas cada vez más intensas ese dulce y florido final.
Pasaron casi veinte años de aquella primera vez y pese a los mareos y la congestión del resfrío que me asediaron estos días quien sabe por qué emoción mal digerida, recién ayer por la noche cuando terminé de vencer el prejuicio almacenado por años y me tiré en el futón para deleitarme con una joya de Tarantino llamada Kill Bill, plagada de fotogramas un tanto entintadas de rojo, de escenas inolvidables y de ambiente musicalizado a la perfección con ese toque de humor casi sarcástico que desempolva Uma Thurman al volver intacta de su propio entierro; junto a ese marco por momentos demoledor y por momentos muy fantasioso, probé por vez primera  mis propios tomates verdes fritos y los disfruté como un manjar inigualable. Creo que, en ese preciso momento en qué las migajas de pan tostado y frito atravesadas por el sabor ácido del jugo de tomate aún sin madurar ingresaban a mi cuerpo, pude internalizar verdaderamente el significado de aquella película que Jon Avnet nos regaló para atesorar por siempre en el corazón como si otra vez, y cada vez fuera la primera.
Todo comienza al fin, debería rezar la canción que popularizó Vox Dei, porque quién no comienza jamás termina y está claro que en esta vida así ocurren los ciclos. Sin querer ni por un minuto intentar resolver el famoso dilema filosófico que nos interpela para responder si fue primero el huevo y luego la gallina o al revés (ya lo han intentado demasiadas personas a lo largo de la historia, sobre todo personas con mucha más capacidad que yo al respecto y han diseminado diversas hipótesis y conjeturas que pululan por todos lados),  nacemos para morir, mal que nos pese, pero nacemos y esa primera experiencia de contacto con el mundo fuera del vientre materno, es una garantía clara de que habrá que comenzar a transitar la vida con la esperanza de que en cada comienzo, los tropiezos y las caídas harán de nuestra vida un aprendizaje inigualable.
Como dar un paso por primera vez, como decir la primer palabra con sentido, aquella que nos abre paso hacia la cultura de una forma única siendo la portavoz de nuevos principios. Como cuando tomamos los utensilios para comer solos alejados de la mano de mamá o papá, cuando por primera vez dejamos de utilizar el pañal o aprendemos a andar en bicicletas sin rueditas. Como el primer día de clases de cada año escolar o el primer beso de ese amor de juventud que acunado tras las cuerdas de su inigualable bajo, nos susurra cantando Pedro Aznar (hay una versión con Gal Costa que es bellísima). Como recibir nuestro título luego de años de estudio o dar el primer paso en nuestro primer trabajo que garantiza ese primer sueldo con el que queremos comprar el mundo y todo lo que de él nos haga soñar. Como aceptar la realidad así, como es, sin más remedio que la resignación para luego asumirla y más tarde dar el primer envión para intentar transformarla aunque muchas veces nos demos la cabeza contra la pared.
Como asumir la homosexualidad a los 75 años, cuando ya toda una vida ha sido recorrida en el interior de un hogar con esposa e hijo, asumiendo la posibilidad de salir del clóset con determinación y transformándose en principiante de su vida aunque sólo le resten 5 años para finalizarla. Básicamente de eso, de los comienzos y en especial de éste último, versa un film titulado Beginners y que vi por primera vez hace cinco días.
El personaje de Cristopher Plummer, Hal Fields, y yo hicimos contacto de inmediato. Es un papel encantador, que enamora desde un principio y que le valió, para mi sorpresa e inmensa alegría, una estatuilla en la última entrega de los Óscar.
En su slogan, escrito en forma interrogativa bajo el afiche promocional, se denota claramente que el amor debería trascender todo prejuicio y toda fractura que arrecie a las personas. De hecho, es así, y la película lo demuestra con excelente madurez, con escenas intensas y diálogos concisos pero contundentes. Claro está que es cine, es ficción, pero como ya es vox populi, la realidad la supera siempre y vasta adentrarnos en nuestras propias relaciones para comenzar a transitar esas vivencias y hacernos también la pregunta ¿de qué va el amor en nuestra vida, en nuestras vidas?
La película tiene un tinte autobiográfico y eso fue todo un descubrimiento para mí, como lo es casi todo lo que me acontece. En general no me dejo llevar por críticas, o al menos eso intento; prefiero darle lugar a la intuición, cosa que siempre, sin defraudarme, me lleva a buen puerto. Este caso no fue la excepción. Fui al video en busca de algunas películas para mirar en casa y de pasada la vi, solita en un estante. No fue necesario leer la contratapa, con solo ver el frente de la caja pensé “quiero ver esta película”. No me costó nada convencerlo a Clau quien se tiró de inmediato junto a mí para disfrutarla juntos. Y de hecho lo hicimos, quedamos enamorados, con los ojos brillando de emoción y con unas ganas inmensas de abrazarnos hasta el amanecer.
Sin duda, siempre resulta que ver la realidad desde otra óptica nos ofrece nuevas formas de aproximación a esa realidad, más enriquecida y menos prejuiciosa. En este caso, Oliver Fields, hijo de Has, encarnado por el divino de Ewan McGregror, es quien debe aceptar que la realidad de su padre no es la que el siempre imaginó. Evocando el pasado va entramando aquellos episodios de su vida en los que, por así decirlo, sus padres iban dejando evidencias para que en su presente las respuestas decanten sin más fundamento que la verdad.
Tenés a tu hijo bebé en tus brazos, acurrucado junto a tu pecho, mimándolo, susurrando cuanto lo querés. ¿Dejarías de quererlo si más allá de su adolescencia te confiesa que es gay? De la misma forma, un hijo ¿dejaría de amar a su padre si al cabo de los años éste le confiesa su homosexualidad? ¿De qué va el amor?... a dar respuesta a ese interrogante nos convoca este emotivo y brillante film.
Seguramente mi amiga Pilar, quien es un referente de mis películas puesto que compartimos gustos e intereses y cuyo blog recomiendo ampliamente, hará una crítica contundente y prolija sobre Beginners y por eso, sumado a que no soy persona capacitada para la crítica, sólo agregaré que en mi opinión es una película bellísima, intensa, con un ritmo que no aburre nunca, plena de emotividad y atravesada por una simple y muchas veces bastardeada premisa existencial: mientras estemos vivos seremos siempre principiantes y para comenzar jamás habrá tiempo; siempre estaremos a tiempo de volver a empezar.

sábado, 11 de febrero de 2012

Tiempo de Kayros


Habiendo retornado ya a la serenidad de la casa luego de una bella y mágica estadía en la Villa de Merlo, provincia de San Luis. Intentando evitar el encuentro drástico con las obligaciones y el trabajo, esa mezcla rara de sensaciones que primero chocan generando un malestar gris y agrio y que luego poco a poco van tiñendo la mente de colores más cálidos haciendo de nuestro entendimiento un sitio más razonable, voy caminando despacio  hacia la habitación del departamento que se transformo en mi reino y mi calma, oprimiendo pausa sin lograr ni siquiera deteniendo mis pasos, que el tiempo se detenga.
Me siento en el sillón y desde allí miro hacia afuera. El viento mueve las ramas de los arboles sacudiéndolos como una madre desvariada haría con los brazos de su hijo en algún ataque de capricho. Observo la tarde desde la ventana que pone a resguardo mi biblioteca en donde, luego de un buen acondicionamiento, he podido encontrar el tiempo de Kayros y plácidamente me he sumergido en las lecturas que me generan placer. Me he puesto al día con la música que desde hace meses se acopia en los módulos dedicados a tal fin, música encerrada en celofán y plástico, a la espera de la orgía que sólo mi reproductor puede ofrecerles, proporcionándome un goce tántrico auditivo, intransmisible.
He probado, con muy buen resultado,  ausentarme bastante de internet y de los caprichos de la computadora, incluso, a pesar de mi férrea determinación de hacerme de una rutina para escribir esas historias que poblaran de vida mi próximo libro, he renunciado a dejarme llevar por los caprichos que impone la obligación y también he tomado distancia del teclado y del anotador en donde voy esgrimiendo ideas. Me desconecté saludablemente del facebook y parcialmente del blackberry al que sólo recurro para hacer algún llamado, escribir o responder algún mensaje o eventualmente responder algún correo electrónico.
Creo que es un buen punto para darme cuenta que todo aquello que se presenta  como una necesidad no es más ni menos que una comodidad que se nos impone de modo insurrecto y a la que , a veces consciente y otras, como ganado,  nos rendimos sin remedio. Pero el antídoto existe, un estetoscopio para escuchar el  corazón y unas gotitas diarias de razonabilidad.
Mientras el  flaco Spinetta  susurra desde su cielo que todos quieren su montaña,  como aquellas que dejé en el recuerdo y en las fotos que no dejo de mirar intentando que Cronos se demore un poco más en instalarse definitivamente, voy comprobando que esté donde se esté, uno desde el pensamiento puede tomarse las vacaciones que quiera y en donde desee. Las mías, más allá de haberse  materializado en las sierras de San Luis y Córdoba,  hicieron campamento en los libros que aún sigo leyendo y las películas que cada noche me tiro a ver junto a Clau en el living, apoltronados sobre el futón.
Quiero invitarlos a la fiesta de mis vacaciones para que juntos volvamos a atemorizarnos y sintamos el vértigo de que la copa se mueva invocando a un viejo espíritu junto a otros once cuentos que Mariana Enriquez nos regala con maestría  y misterio en “Los peligros de fumar en la cama”. Un libro en el que cobran vida muchas leyendas urbanas, a veces  bajo un aljibe de provincia norteña y otras en la rambla de una escalofriante Barcelona. Hacía mucho tiempo no leía literatura del género que surca los límites del terror y del suspenso y más, que dichas historias se recreen en su casi totalidad dentro del territorio Argentino. Fue como viajar a la infancia en donde un corte de luz y una vela encendida eran escenario suficiente para que la piel se erizara del susto ante la más mínima brisa surcando el silencio y la oscuridad absoluta.
Siguiendo ese rumbo, pero ahora invitándolos a la playa del séptimo arte, les diría que, les guste o no el género, no dejen de ver “Confessions”, un film de Tetsuya Nakashima que ganó muchos premios en Japón, pero que la academia no consideró suficientemente aceptable como para integrar las ternas de la 83ª edición de los premios Oscar. De todas formas y superando la pochoclería mediática de dicho evento, la película, bajo mi opinión –que no soy experto en cine y que sólo me dejo llevar por las emociones que el arte despierta- es excelente. Un llamado de atención a la educación de los chicos por parte de padres y educadores. Sin lugar a dudas, a pesar de ser por momentos violenta, escalofriante y perversa, un reflejo de la sociedad actual en donde, a buen decir de Silvia Di Segnis Obiols, los jóvenes a la deriva son el resultado de adultos en verdadera crisis.
Volviendo al terreno de los libros y su vinculación con el cine, no necesariamente en forma directa, simplemente siguiendo mi asociación libre, en el valle de las palmeras Caranday los invito a disfrutar de una milimétrica función de circo junto a Ana María Shua en ¨Fenómenos de Circo”. Su último libro de micro ficción que no tiene desperdicio, por su elocuencia plasmada a través de su don de síntesis, por su sentido del humor, a veces  irónico, a veces de una oscuridad abismal, y por su imaginación marmolada de investigación, que a modo de grajeas de chocolate se van interponiendo en cada una de las funciones dando toques de realismo a cada acto de acrobacia e ilusionismo mágico. Algo que sin lugar a dudas también tiñe de belleza y hermosura al nuevo film de Martin Scorsese, “Hugo”. Fantasía e imaginación al estado puro. La película está basada en el libro  ”La invención de Hugo Cabret”  escrito por Brian Selznick y es, además de un viaje en el tiempo a los comienzos del cine, una metáfora clara y rotunda de que pese a todo, cada uno de nosotros ha venido a este mundo con un propósito, uno que de tan obvio , nos lleva una vida entera para encontrarlo, y a veces ni eso.
En la vuelta  y ya llegando a término del paseo, para acunar el corazón y el alma, la música del Flaco Spinetta y los poemas de Esteban Agüero.