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sábado, 11 de febrero de 2012

Tiempo de Kayros


Habiendo retornado ya a la serenidad de la casa luego de una bella y mágica estadía en la Villa de Merlo, provincia de San Luis. Intentando evitar el encuentro drástico con las obligaciones y el trabajo, esa mezcla rara de sensaciones que primero chocan generando un malestar gris y agrio y que luego poco a poco van tiñendo la mente de colores más cálidos haciendo de nuestro entendimiento un sitio más razonable, voy caminando despacio  hacia la habitación del departamento que se transformo en mi reino y mi calma, oprimiendo pausa sin lograr ni siquiera deteniendo mis pasos, que el tiempo se detenga.
Me siento en el sillón y desde allí miro hacia afuera. El viento mueve las ramas de los arboles sacudiéndolos como una madre desvariada haría con los brazos de su hijo en algún ataque de capricho. Observo la tarde desde la ventana que pone a resguardo mi biblioteca en donde, luego de un buen acondicionamiento, he podido encontrar el tiempo de Kayros y plácidamente me he sumergido en las lecturas que me generan placer. Me he puesto al día con la música que desde hace meses se acopia en los módulos dedicados a tal fin, música encerrada en celofán y plástico, a la espera de la orgía que sólo mi reproductor puede ofrecerles, proporcionándome un goce tántrico auditivo, intransmisible.
He probado, con muy buen resultado,  ausentarme bastante de internet y de los caprichos de la computadora, incluso, a pesar de mi férrea determinación de hacerme de una rutina para escribir esas historias que poblaran de vida mi próximo libro, he renunciado a dejarme llevar por los caprichos que impone la obligación y también he tomado distancia del teclado y del anotador en donde voy esgrimiendo ideas. Me desconecté saludablemente del facebook y parcialmente del blackberry al que sólo recurro para hacer algún llamado, escribir o responder algún mensaje o eventualmente responder algún correo electrónico.
Creo que es un buen punto para darme cuenta que todo aquello que se presenta  como una necesidad no es más ni menos que una comodidad que se nos impone de modo insurrecto y a la que , a veces consciente y otras, como ganado,  nos rendimos sin remedio. Pero el antídoto existe, un estetoscopio para escuchar el  corazón y unas gotitas diarias de razonabilidad.
Mientras el  flaco Spinetta  susurra desde su cielo que todos quieren su montaña,  como aquellas que dejé en el recuerdo y en las fotos que no dejo de mirar intentando que Cronos se demore un poco más en instalarse definitivamente, voy comprobando que esté donde se esté, uno desde el pensamiento puede tomarse las vacaciones que quiera y en donde desee. Las mías, más allá de haberse  materializado en las sierras de San Luis y Córdoba,  hicieron campamento en los libros que aún sigo leyendo y las películas que cada noche me tiro a ver junto a Clau en el living, apoltronados sobre el futón.
Quiero invitarlos a la fiesta de mis vacaciones para que juntos volvamos a atemorizarnos y sintamos el vértigo de que la copa se mueva invocando a un viejo espíritu junto a otros once cuentos que Mariana Enriquez nos regala con maestría  y misterio en “Los peligros de fumar en la cama”. Un libro en el que cobran vida muchas leyendas urbanas, a veces  bajo un aljibe de provincia norteña y otras en la rambla de una escalofriante Barcelona. Hacía mucho tiempo no leía literatura del género que surca los límites del terror y del suspenso y más, que dichas historias se recreen en su casi totalidad dentro del territorio Argentino. Fue como viajar a la infancia en donde un corte de luz y una vela encendida eran escenario suficiente para que la piel se erizara del susto ante la más mínima brisa surcando el silencio y la oscuridad absoluta.
Siguiendo ese rumbo, pero ahora invitándolos a la playa del séptimo arte, les diría que, les guste o no el género, no dejen de ver “Confessions”, un film de Tetsuya Nakashima que ganó muchos premios en Japón, pero que la academia no consideró suficientemente aceptable como para integrar las ternas de la 83ª edición de los premios Oscar. De todas formas y superando la pochoclería mediática de dicho evento, la película, bajo mi opinión –que no soy experto en cine y que sólo me dejo llevar por las emociones que el arte despierta- es excelente. Un llamado de atención a la educación de los chicos por parte de padres y educadores. Sin lugar a dudas, a pesar de ser por momentos violenta, escalofriante y perversa, un reflejo de la sociedad actual en donde, a buen decir de Silvia Di Segnis Obiols, los jóvenes a la deriva son el resultado de adultos en verdadera crisis.
Volviendo al terreno de los libros y su vinculación con el cine, no necesariamente en forma directa, simplemente siguiendo mi asociación libre, en el valle de las palmeras Caranday los invito a disfrutar de una milimétrica función de circo junto a Ana María Shua en ¨Fenómenos de Circo”. Su último libro de micro ficción que no tiene desperdicio, por su elocuencia plasmada a través de su don de síntesis, por su sentido del humor, a veces  irónico, a veces de una oscuridad abismal, y por su imaginación marmolada de investigación, que a modo de grajeas de chocolate se van interponiendo en cada una de las funciones dando toques de realismo a cada acto de acrobacia e ilusionismo mágico. Algo que sin lugar a dudas también tiñe de belleza y hermosura al nuevo film de Martin Scorsese, “Hugo”. Fantasía e imaginación al estado puro. La película está basada en el libro  ”La invención de Hugo Cabret”  escrito por Brian Selznick y es, además de un viaje en el tiempo a los comienzos del cine, una metáfora clara y rotunda de que pese a todo, cada uno de nosotros ha venido a este mundo con un propósito, uno que de tan obvio , nos lleva una vida entera para encontrarlo, y a veces ni eso.
En la vuelta  y ya llegando a término del paseo, para acunar el corazón y el alma, la música del Flaco Spinetta y los poemas de Esteban Agüero.

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