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lunes, 2 de abril de 2012

Esclavos del apego

                Si conmemorar es hacer memoria, esta debería ayudarnos para modificar el presente y no solamente para recordar un hecho aislado. Sé que me adelanto a los hechos, ya que aún falta un mes para la fecha con la que quiero compartir una reflexión personal. Sé que hoy, más allá de que este post no se referirá al tema,  en Argentina estamos conmemorando 30 años de los caídos en la gesta de Malvinas y también sé que más allá de fechas de calendario, las conmemoraciones deberían servirnos para aprender y no para permanecer en ese pasado en forma enquistada,  provocando más dolor.






Tenemos, a lo largo de la historia de la humanidad, un sinnúmero de ejemplos que nos alertan sobre el significado de la esclavitud. Sabemos, por ejemplo, que para Aristóteles, en la antigua Grecia, era un fenómeno natural. En el imperio Romano se sabe de ella gracias a la implementación de una garantía personal conocida como apremio individual mediante la que se sometía a un deudor a trabajar duramente para un súbdito hasta pagar lo adeudado con el sudor de su frente. También conocemos la existencia de la esclavitud relacionada a trabajos forzosos a los que se sometía a determinados pueblos o regiones por intermedio de otros que se reconocían más fuertes o poderosos, como por ejemplo la esclavitud Nazi hacia el pueblo Judío y su exterminio;  la esclavitud de gente negra, de diferente creencia, etc. Incluso reconocemos también la esclavitud durante la mal llamada conquista de América por parte del pueblo Español, período en donde la población americana nativa fue forzada a  realizar trabajos muy duros, incluso se los obligó a convertir sus creencias religiosas y se los diezmó sin tregua.


Durante el siglo pasado, algunos pueblos y en diversos rincones del planeta, algunas cuestiones referidas a este tema, sobre todo aquellas relacionadas con la esclavitud laboral, se fueron aboliendo, quizá no de forma definitiva, pero al menos fueron las que sembraron las bases para que un cambio comience a gestarse. Vivo es aún, el recuerdo de aquellos mártires de Chicago durante el año 1889 que, durante una jornada de lucha y movilización en reclamo de una jornada laboral de 8 horas, fueron cruelmente asesinados. Gracias a este lamentable hecho, hoy se conmemora el día internacional del trabajo y se han adecuado las leyes para que los trabajadores obtengan condiciones más dignas dentro de su actividad laboral.
Si bien esto es así, y hay una ley que defiende y protege a los trabajadores, el Capitalismo, con toda su belleza superficial aún hoy nos somete a muchos tipos de esclavitud de a la cual permanecemos atados por inseguridad o por encajar en un sistema que nos tiene literalmente presos y atados de pies y manos o al menos, eso nos hacen creer.
Si entendemos por esclavitud, ”una institución jurídica mediante la cual un individuo está bajo el dominio de otro, perdiendo la capacidad de disponer libremente de su propia persona y desus bienes”  aún hoy es común enfrentar a diario el trabajo en “negro”, las extensas horas de trabajo por parte de ciertos sectores laborales, algunos en condiciones que no tienen nada que envidiarle a las antiguas esclavitudes.
También hoy, y quizá de manera menos explícita pero mucho más violenta, podemos vislumbrar claramente formas más sutiles de esclavitud. Y cuando me refiero a este tema, del cual no estoy exento, me refiero al apego. Apego material, emocional, intelectual, psicológico, etc.
Hace más de un año, por ejemplo, accedí a unirme a la mundialmente conocida red social facebook, en la cual aún poseo un perfil. También, casi al mismo tiempo, convencido de la necesidad de estar comunicado permanentemente, me compré mi primer Smartphone de Blackberry con el cual accedí no sólo a una comunicación permanente sino a un apego casi simbiótico y totalmente esclavo.
Cuando al poco tiempo de haber accedido a mi blackberry indagué en la historia de su nombre, fue fácil cerrar la ecuación que ya comenzaba a dar señales de alarma en mi mente. Antiguamente, a los esclavos se les colocaba un grillete en los pies, algo así como una cadena con una bola negra de forma irregular que, al ser pesada, los mantenía prácticamente inmovilizados y atados permanentemente al trabajo al que eran sometidos. Por su forma y su semejanza a las moras, al grillete lo llamaban blackberry (mora en inglés). No es casual que el teléfono “inteligente” más utilizado por el mundo empresarial se denomine justamente de esa forma y cualquiera puede comprender que, si bien no es pesado, nos mantiene atados constantemente a todo, a la mensajería, a las aplicaciones, a la navegación por internet, etc. No quiero pecar de incluir a todos en una misma bolsa, pero me atrevería a decir que cada uno de los que poseemos un blackberry estamos sujetos, prácticamente, a los mismos patrones de comportamiento. Esto es, observar el teléfono constantemente, encenderlo si vemos que el led se enciende y si no se enciende acceder igual por las dudas que haya entrado algún mensaje y haya fallado el indicador; estar en reuniones o en el trabajo y abstraernos por completo del entorno sumergiéndonos en nuestra mora electrónica atraídos por sus encantos como Narciso por su imagen reflejada en el agua.
De esta forma confundimos necesidad con comodidad y nos hacemos adictos a ese aparato, a una red social, al pasado, a una droga legalizada, como el cigarrillo; al alcohol, a la compulsión de comprar por comprar, de llenar la casa de objetos, a una persona, a ciertos dogmas sociales o religiosos, a ataduras socialmente impuestas que lo que logran es más esclavitud. A veces sabemos que tal o cual atadura nos hace daño, pero igual seguimos atados, presos en una encrucijada provocada por las fluctuaciones mentales que no desean la linealidad.
Y así, como si estuviéramos dentro de la tierra de los lotófagos,  se nos adormece la memoria y los sentidos y permanecemos esclavos de cuanto nos rodea, incluso a veces, hasta del trabajo, sin darnos cuenta que la vida es justamente todo lo contrario. La vida implica libertad, pero para poder elegir con libertad debemos estar despiertos, conscientes, perfectamente anclados al aquí y el ahora.
Creo que, en la medida que llenamos el hogar de objetos a veces innecesarios, o que nos desesperamos ansiosamente por ver las últimas novedades que fueron publicadas en una red social para seguir creídos que así estamos en sintonía con el mundo, vamos perdiendo gradualmente la libertad de elegir en forma individual para ser esclavos de los que otros desean y así subyugarnos.
El apego opera por inseguridad. La inseguridad nos hace esclavos. Si bien soy consciente de que no todo es tan malo ni tan bueno, deberíamos empezar a ejercitar con libertad el desapego, para que la vida fluya como una corriente de agua sin dejarnos atados o amarrados a lo innecesario, atendiendo constantemente  a nuestra intuición que, si aprendiéramos a escucharla, sería nuestra mejor guía.
Si bien, siempre estaremos apegados a algo, más no sea la ropa que llevamos puesta, lo importante, al menos en mi caso, es tomar conciencia de apegarse lo menos posible a todo lo que nos rodea. Quizá alguno esgrima que esto implica una falta de compromiso o una negación a hacerlo. Yo creo todo lo contrario, creo que es un buen camino para comprometerse con uno mismo.
Para lograrlo, la ecuanimidad es la meta.
El camino, lo estoy emprendiendo. 
En principio despertar, como cuando eramos niños y nuestros padres nos invitaban a hacerlo, para enfrentar el día  y comenzar a elegir lo que nuestra intuición nos susurraba al corazón.