Material exclusivo para utilizar en el baño

martes, 31 de diciembre de 2013

Esa puta costumbre

 Tal como nuestros ojos responden a la luz y nuestros oídos al sonido, así nuestro corazón responde al significado. El órgano del significado es el corazón

Brother David

Se apagaba el ante último día del mes de diciembre, con viento sur y mucha lluvia. Luego de haber soportado temperaturas que rozaban los 50 grados de sensación térmica bajo la piel, finalmente el tiempo nos daba un respiro, y se presentaba como un refrigerado alivio.
Me encontraba terminando de escribir una crónica rosa para el diario local, alusiva a las fechas festivas de fin de año; nada demasiado formal y, ni siquiera, algo que me generara placer. Para poder expresar mi verdadero sentimiento al respecto, había investigado bastante acerca del significado de la palabra felicidad y sus connotaciones, algo que siempre me había parecido una utopía sin sentido, sobre todo, cuando nos llenamos la boca proclamándola a los cuatro vientos como un latiguillo circunstancial. Entre esa mágica palabra y un 'lo siento mucho' de velorio, no encontraba mucha diferencia, más allá del significado que otorga el lenguaje. ¿Y si no existía un sólo motivo para ser feliz, ni siquiera para querer estarlo? Reflexionando sobre ello, y habiendo organizado un párrafo que finalmente tornaba mi tarea interesante, fue cuando la oscuridad tiñó de negro la pantalla y el entorno circundante..

—¡¡¡Mierda!!!— grité cuando se cortó la luz, sujetándome la cabeza con las dos manos.

Podría haber sido un detalle menor, si no hubiera sido porque la notebook, sin batería, estaba conectada al tomacorriente.  Mientras caminaba en busca de una linterna, recordé que en el último corte de luz la había encontrado rota al fondo del cajón de los cubiertos. Reparé en ese momento que nunca la había arreglado. Por otro lado, las últimas velas se habían consumido tras otro corte repentino ocurrido dos días atrás. Ensayando más y más insultos, a tientas, manoteé el sobretodo y cubriéndome con él, salí en busca de velas o de algo acorde para poder, al menos, ducharme y afeitarme en forma digna..
Paradojal, sí.
Primero por el sobretodo a comienzos del verano, pero les aseguro que el frío era intenso, más o menos como mi irritación. Lo agradecía, por supuesto. Suelo preferir la frescura a un microondas solar. ¿Velas para alumbrar lejos de una ambientación?, también. No me extrañaría que alguno se pregunte cómo, a horas del 2014, sigamos utilizando velas como sustitutos de las lámparas. Edison, sin duda, les diría que estamos en contra del progreso, y que no valoramos para nada el avance tecnológico, en especial el suyo. Yo podría responder que es por puro romanticismo, en ciertas noches que lo ameritan. Una cena a la luz de las velas en la compañía adecuada, es de un refinamiento exquisito que no sólo es aconsejable en las buenas películas. Un baño de inmersión, con velas que tiñan de color las burbujas de la espuma, mientras el vapor del agua tibia va develando el misterio de las caricias y el sexo, es un lujo placentero que hay que atreverse a extrapolar de las mejores novelas de época.  Pero, para mí, en aquella circunstancia, cuando mi única compañía se resumía al lado frío de la cama, imaginarme, como todos ustedes, esos momentos de extremo gozo, acrecentaba mi fastidio.
Si estaba dudando de la felicidad, ahora me urgía hacer un nudo con ella, y ahorcarme.
No, no es por caminos encendidos que conducen a una mesa servida con sushi y champaña, que fui en busca de pábilos envueltos en parafina. Verán, es que olvido cargar las luces de emergencia, las cuales utilizo a modo de atrapa polvo, porque me gusta ser excéntrico. Sumado a mis extravagancias, no soy poseedor de un generador de electricidad, y eso que la cooperativa y el ente regulador, hace tiempo que se encuentran promocionando la campaña, ante la falta de presupuesto para invertir en recursos energéticos.
Y podría seguir esgrimiendo argumentos a favor de mi elección por las velas ante un corte de luz. El de mayor peso, la costumbre, esa palabra que aún resuena en nuestras conductas y que la RAE insiste en dejar, con su vertiente de significados, impertérrita, estanca, y avezada en su trono. Es difícil deshacernos de la costumbre, excepto para las mujeres en su período fértil, cuando el cuerpo les recuerda, mes a mes, esa trágica, dolorosa, asquerosa, pero bendita condición de abrigar una maternidad en potencia, latente como la vida que duerme dentro de las semillas. Para el resto de los mortales, incluso para ellas en otra acepción del término, la costumbre se vuelve, en general, fatídica y agotadora, sobre todo durante Las Fiestas. Hacer las compras, amontonarse en el centro comercial hasta último momento para que nada falte en la mesa, ni bajo el pino de Navidad; invitar a todos los familiares y amigos, sin distinción, se soporten o no; fingir bienestar por más que muchos sientan un deseo profundo de viajar, de estar leyendo un libro o tocando la guitarra en el patio de su casa con la vasta compañía de las estrellas. Pero el peso de esa palabra es tan intenso, que hasta se ahoga en el mar de la culpa cuando intentamos escuchar al adulto que somos, lejos del niño que fuimos, de los padres y de Freud. Las velas, son, por lo tanto, una costumbre difícil de desterrar, pero también son reciclables, y económicas, éstas últimas, cualidades que, a fin de mes, se tornan indispensables si las comparamos con el precio de las pilas o del consumo de las baterías.
Si debo ser sincero, me daba un poco de impresión jugar al murciélago. Para  correr como gallito ciego, me faltaba hinchada, y para imitar a los gatos, estaba carente, además, de un buen par de lentes infrarrojos, de la destreza del yoga, y de unos cuantos kilos menos. Por eso es que, promediando las 21 hs., con cielo encapotado por fuera y nula visibilidad interna, salí al encuentro con el mundo de gente que aún se amontonaba, bajo la lluvia, fuera y dentro de los negocios, siguiendo el ritual de la costumbre.
Como vivo en un décimo piso, tuve que evitar forzosamente el ascensor. Me lo tomé con calma, y sin embargo, llegando al cuarto, casi hago culo patín hasta el palier de entrada a causa del agua que se había filtrado por los ventiluces semiabiertos. En un acto reflejo alcancé a sujetarme de la baranda metálica, pero de todas maneras, y si bien  la sujeción amortiguó bastante el golpe posterior, caí sentado sobre un charco, situación que además de completar la barra de irritación con un indicador más, me dejó una aureola de agua en toda la parte trasera del pantalón, dando la impresión de que me había hecho encima lo primero, y lo segundo (suerte que no había olor a pañal para confirmar la certeza)
Y después de todo eso, ¿tenía que volver a escribir un artículo sobre la felicidad? Era obvio que andar con el año tonto, me estaba dando más de un argumento para batallar contra esa dicha infinita que algunos dicen experimentar.
Cuando finalmente logré salir del edificio, la lluvia había mermado. De todas formas, el agua que llevaba encima la superaba con creces, mojándome la entrepierna y los genitales, tornándose molesto, provocando la impresión -literal- de estar paspado. La sensación era similar a la que deben sentir los bebés cuando llevan varias horas con el pañal cargado encima. Me sentía por primera vez empático con esos pequeños proyectos de seres humanos que tanto me impacientaban.
Menos mal que no estaba muy lejos de una de las veinte sucursales de Asia que, al igual que los sucesivos cortes de luz, se habían ido gestando a lo largo y ancho del barrio
Apurando el paso lo más que pude, manteniendo las piernas arqueadas, simulando chuequera, para evitar las risas y los comentarios -¿hice algo gracioso?...-, finalmente llegué a destino. Al parecer, debido al temporal, muchas de las personas que circulaban, habían decidido hacer una parada técnica, y estaban paseando entre las góndolas, llenando sus changos con la felicidad -¡yo no fui!- de la compra, esa que resulta innecesaria, pero que alimenta los vacíos de la angustia existencial, sobre todo en época navideña. El que tiene puede, y el que puede compra. El que compra aplasta la pena, la envuelve para regalo y se la ofrece a sí mismo como banquete de bodas, saboreando el paladar exquisito de la insatisfacción y engordando de calóricas ansias la conciencia.
Yo no era la excepción, sin duda.
Ni bien traspasé la línea de cajas, me llamaron la atención dos cosas, la primera, en ese sector de la ciudad el suministro eléctrico no se había interrumpido -la luz es eso que le ocurre a los otros- y en segundo lugar, una chica que estaba obsequiando galletas, untadas en una pasta que emanaba destellos de luz. Ese último detalle me sorprendió y me inquietó mucho más que el primero. Por un lado, me recordó a las imágenes multicolores de las auroras boreales, y por otro, no pude quitar de mi mente las emanaciones lumínicas del radio, esas que enamoraron  a Madame Curie, hasta dejarla seca y lista para el festín de los gusanos.
Más allá de la impresión, el espectáculo que ofrecía la manipuladora de luces era algo llamativo, tanto, que poco a poco me acerqué al stand. No estaba seguro de si saldría con vida de aquella exposición, pero si en algo pude comprender a Marie, fue precisamente en el magnetismo que genera una luz cuando surge de algo que no está enchufado a 220 voltios, y carece de batería.
Al llegar, comprobé con asombro que se trataba de algo comestible, pequeños bocadillos untados con una pasta verdosa, responsable de aquella radiación excitante. Jamás había estado en presencia de alimentos a base de cocina molecular, y sin bien lo que veía estaba lejos de ser cocina gourmet, mi paladar, como perro de Pavlov, comenzó a salivar urgido de un bocadillo.
La pasta, en efecto, tenía la particularidad de absorber luz y emitirla luego en un color visible. Se trataba de jamón cocido a la provenzal en versión  Jumbo Highlighter, de una marca de embutidos reconocida a nivel nacional. No voy a negar que al principio, meterme ese bocadillo a la boca me generó impresión, pero vencí el impulso de tirarlo al cesto, y con la misma intriga que me había hecho llegar hasta el puesto de venta, le dí un mordisco al canapé.
La puta costumbre y sus cualidades de conservación. Aún no entiendo como la ciencia, sobre todo la biología, no hipotetizó en considerarla un ser vivo. Es una célula que se reproduce y transmite sus genes de generación en generación, se nutre de los mandatos sociales adquiridos, crece y se desarrolla, luego evoluciona tornándose cada vez más resistente a los cambios, lo que la convierte en una especie léxica con un poder de adaptación digno de haber sido estudiado por don Charles. Con la respuesta frente a mis ojos, y la idea adherida a mi mente, degustaba aquel sabor cromático que, debo admitir, era realmente exquisito, y dejaba un efecto fosforescente en la lengua, que a los chicos entusiasmaba mucho, y a los grandes les daba otro incentivo para gastar.
Me dediqué a saborear algunos bocadillos más, le pedí a la chica dos potes, que puse de inmediato en un carro vacío manoteado al pasar, y proseguí al encuentro de mi búsqueda.
Con el sabor a jamón en la boca, y la lengua resplandeciente, me acordé de inmediato de todas las bromas que me gastaba mi vecino de arriba en cuanto tenía oportunidad. La última vez, por nombrar una,  se había escondido en el cuarto de los residuos. Cuando me acerqué a tirar la basura, salió proyectado, como una de esas antiguas marionetas que salían de una caja, impulsadas por un resorte. El susto que me pegué -siempre me los pegaba, conocía mi punto débil, la sorpresa- me hizo dar un salto, acompañado de un grito ensordecedor que terminé de ahogar dentro del departamento, al que llegué corriendo y totalmente excitado.
Como esa, miles. Y ahora... -mueca de risa sarcástica-, ahora llegaba el turno de mi venganza.
Comencé a experimentar alegría, intensa, profunda. Mis labios se retorcían, dejando asomar mis filosos colmillos. Las pupilas se me agrandaban, y los ojos comenzaban a brillar. Si aquello era parecido a lo que el mundo llamaba felicidad, estaba considerando seriamente hacer una tregua con ella. 
Año nuevo, la gente, gracias a la costumbre -¡Yo no fui!- busca un lugarcito donde aquerenciarse, para que cuando llegue el momento del brindis, la copa no nos encuentre resonando chin chines con los locutores radiales. Si bien yo tiendo a la soledad festiva, sobre todo porque fechas como éstas me resultan intrascendentes, reconozco que en general, muchas personas se obligan a pasar un momento de felicidad -y... no sé, tal vez fui yo-. Entonces comienzan a congregarse por Facebook para asistir a  megaeventos, y rodearse de gente. Luego se aturden con música estridente y se bañan en alcohol, con la esperanza de recibir  la extrema unción de un año que se muere y el bautismo de uno nuevo que comienza, recargando el presente de una esperanza falaz, que lo más probable es que los despierte llovidos de lágrimas un primero de año.
Mi vecino es solo, yo también. Él siempre busca con quién pasar estos festejos, y si bien yo siempre me niego, ésta vez era el anzuelo perfecto para poder desquitarme. Es cierto, él conocía mi punto flaco, yo conocía perfectamente el suyo, era escandalosamente hipocondríaco, a tal punto, que sus vacaciones favoritas eran dentro de un hospital, con viaje en ambulancia, por supuesto.
Fui en busca de las galletas, luego por el vino tinto que sabía que tomaba, encargué unas empandas en la rotisería, fui recolectando algunas otras cosas encontradas al pasar, de esas que son trascendentes y de las cuales no podemos prescindir, y me dirigí a la caja. Mientras esperaba mi turno en la cola, aproveché para mensajearme con el agasajado, quien aceptó con gusto el convite.
Al salir del mercado, habiendo recorrido una media cuadra, comenzó a llover nuevamente, en forma torrencial, y el sobretodo no alcanzó a protegerme, por lo que llegué al edificio como quien dice, hecho sopa (singing in the rain, ¡qué me canten otra!).
Un espectáculo digno de ver, chueco, cargado de bolsas, bañado, pero sonriente. Obvio, ya no había nadie en la calle, era evidente que mi momento de dicha no era negocio, ni siquiera para la gente de alumbrado, barrido y limpieza.
Al ingresar observé que aún no había vuelto la luz, lo cual me desanimó un poco el instante de Felicidad  -¿la invito a salir después de la broma?- porque eso quería decir que ahora, con todo el peso extra, y encima con la entrepierna al rojo vivo, debía subir diez pisos por escalera.
Haciendo paradas en cada descanso, bajando las bolsas cada tanto, apoyándome en alguna que otra pared y guiándome con lo poco que mis ojos, ya acostumbrados a la oscuridad, me dejaban ver, llegué al departamento.
Acomodé como pude los paquetes sobre la mesa y comencé a sacar lo que había comprado. Una botella de vino, unos potes de broma, galletas, empandas y unos chocolates que había tomado a último momento para ofrecer algo durante el postre, si es que llegábamos a esa instancia, un salero en forma de campanita navideña, una jeringa, un par de paraguas para zapatos, un rascador de espalda, un par de dados para empatar a todo, un cubo Rubik monocromático, y un caloventor, para reponer el que había roto el invierno anterior. Cuando me cansé de hurgar hasta entre los dobladillos de las bolsas, me di cuenta que me había olvidado de comprar las velas.
Asumiendo mi distracción sin echar más leña al fuego -¿vieron el resplandor?-, me fui a la cama. Nada apocaría aquel momento ufano.
Supuse que la corriente se había restablecido mientras dormía, porque al despertar todo funcionaba correctamente, incluso mi computadora, que, no sabría explicar los motivos, pero me esperaba encendida. Aproveché a acicalarme, pasar crema sobre las partes enrojecidas de mi piel y trabajar unas horas en el artículo, al que logré darle fin pasadas las siete de la tarde.
Minutos después comencé con los preparativos. Antes que nada, realicé pequeños cortes en cada una de las empanadas, y fui colocando con la jeringa, un poco de pasta verde -¡Ay! si Yiya me viera, diría que el alumno supera al maestro, sin duda-. Luego de esa parte, la más laboriosa, ya eran las nueve de la noche, y mientras me dirigía con el vino y las copas para disponerlos sobre la mesa, volvió a cortarse la luz -voy a ahorrarles la disertación de improperios-
Con urgencia llamé a mi vecino para solicitarle velas, pero me dijo que hacia años que no las usaba -...no es gracioso- De todas formas, no podía suspender la cena, tenía que someterlo a la tortura de una boca encendida y sugestionarlo con alimentos transgénicos, que no tenían nada que ver con la fosforescencia, pero que no venía al caso, puesto que él, se asustaría y terminaría en la guardia del hospital más cercano, con un círculo de enfermeros y médicos, que, llorando de risa, lo mandarían de una patada en el culo a su casa por haber interrumpido el brindis de año nuevo con semejante paparruchada.

—No te preocupes capo, de todos modos tengo una luz de emergencia —me dijo riendo.

A las once en punto tocó el timbre de mi puerta. Lo hice pasar, y a tientas, caminamos hasta el comedor donde ya estaba la mesa lista. Todo era penumbras. Antes de invitarlo a sentarse, esperé unos minutos a que me ofreciera la lámpara. Ninguno hablaba, y casi que no nos distinguíamos a pesar de estar las persianas  de las ventanas abiertas.

—¿Te olvidaste la luz? —le pregunté rompiendo el silencio, al notar muy difusamente que dentro de algo que imaginé como un paquete sujetado entre sus manos, no podía caber una lámpara.

—¡Está acá adentro! —y con sutileza fue desenvolviendo el paquete para extraer algo que no alcancé a divisar muy bien — ¡¡¡Cha chan!!!... Magia —dijo inmediatamente.

Yo hacía un esfuerzo sobrehumano para poder distinguir esa magia de la que me hablaba, pero mis ojos no alcanzaban a focalizar mucho. Luego, hizo un pequeño chasquido con la mano que sonó como a tapa de mermelada cuando se abre. Seguido, un destello verde intenso iluminó la sala, borrando mi sonrisa, palideciendo mis ojos y fagocitando mis colmillos.
No hubo previa ni after con revancha esa noche, pero al menos, nos dimos el gusto de recibir el año agradeciendo por esa inusual cena a la luz de las lenguas.



martes, 3 de diciembre de 2013

Parte de lo imprescindible

Ingiero dosis cotidianas de lo imprescindible en proporciones equivalentes a tu sonrisa, tu piel por las mañanas, y tus ojos que transmutan el dolor en un suave aroma de almendras.  
Cuando la semana amanece y tus dedos se despiden de las sábanas rozando mi cuerpo, el lunes deja de ser el escabio de la semana.  Se extiende al martes, en el momento exacto que tu boca encuentra ese hueco, ahora engrosado de la ingle, para hincar un mordisco que me despierta a cosquillas de saltamonte. Continúa el miércoles, al conquistar juntos el placer de la siesta y su fértil simiente. Como nuevos brotes, rompe la rutina del jueves,  con el sabor de la cena, que realza la mesa y la calidez del brillo en tus ojos, ese que desnuda la esencialidad alejada de las piedras preciosas. El viernes, amanece como anuncio de verano, cuando al abrir la puerta, el perfume me cuenta que anduviste sacudiendo mugre, y el orden te deschava en los rezongos y puteadas por todo el Kosovo de papeles y de migas que fui acumulando en la semana. Madura con el sábado, al planificar su noche, con mi cansancio acumulado que convierte mi ánimo en intermitentes luces navideñas, con ese binarismo de respuestas que logran ponerte de mal humor sin siquiera proponérmelo, leudando tu impaciencia y descontento. Y alcanza hasta el domingo, cuando al despertar con los pies sembrando tus surcos, mis besos acarician tu piel, mis dedos se entretienen en tus protuberancias y cavidades, erizando la sensibilidad de tus tetillas, hasta escuchar un ‘se armó la gorda’ que tu boca exclama y tu lengua devora con el último mordisco de tostada que da la bienvenida al desayuno.

lunes, 4 de noviembre de 2013

De Zutanos y Menganas en el país de Laptopou


El profesor Zutano llegó a la escuela unos minutos antes de lo previsto, y tras saludar al portero, se dirigió hasta la sala de informática. Fulana, la preceptora, personalmente había interrumpido su clase el martes anterior para darle las indicaciones del procedimiento, siendo absolutamente radical y explícita, tenés que venir sí o sí, mirá que si no, no te dan nada, por favor, haceme caso, mirá que yo sé cómo funciona todo esto
Al llegar, notó que delante suyo había algunos estudiantes que se encontraban realizando reclamos. Un muchacho joven, que al parecer oficiaba de ayudante, lo invitó a ponerse en la fila pertinente, obligándolo necesariamente a esperar. Aún no era el horario acordado, y mientras duraba la estancia, rebuscó entre los bolsillos de su pantalón hasta dar con el DNI.
—Ya me parecía que la generosidad no era completa —le comentó Zutano a Fulana, mientras ese mismo martes leía el comodato.
—Sí, si algún día dejás las horas, tenés que devolverla —respondió Fulana
—¿Y si eso ocurre en diez años?
—¡¡¡Y qué se yo que va a pasar en la escuela en diez años!!! —dijo la preceptora con gesto burlón.
—Chatarra, devuelvo chatarra.
Ambos esbozaron una ligera sonrisa mientras Zutano firmaba el contrato.
Ya con los papeles en su poder, y antes de retirarse, la preceptora lo volvió a interrumpir
—Venite con el documento, te lo van a pedir, no te olvides —y cerró la puerta, dejando tras de sí, un aire de misión cumplida.
A Zutano no le agradó mucho eso de la presencia in situ, como si se tratara de la entrega de un reconocimiento a su extensa labor. Todo aquel circo implicaba tener que pedir permiso en la otra escuela, dejar dos cursos sin clase, incluso posponer una evaluación que ya tenía programada. Estuvo el resto de la tarde pensando si valía la pena todo aquel movimiento. Su mente oscilaba entre dejar todo como estaba o finalmente aceptar aquel préstamo, nada gratuito, que se financiaba entre todos los ciudadanos, y que lamentablemente, a la vista estaba, no estaba dando los resultados esperados.
Más que nada en el mundo, Zutano bregaba por una educación de calidad, por una renovada escuela, y las nuevas tecnologías eran, hoy por hoy, una prioridad. Nunca se cansaba de repetir que una manera de superar la brecha existente entre una escuela del siglo XIX, profesores del siglo XX y alumnos del siglo XXI, era la de instalar verdaderas escuelas virtuales, capacitando a educadores y modernizando los colegios, no sólo con infraestructura, también con la implementación de políticas acordes a las necesidades actuales. Lo ilusionaba la idea de imaginarse una pequeña China o un tecnobonsái Japonés dentro de Latinoamérica, como lo promocionaban a través de los medios.
El plan Computadoras para todos era un programa de educación adaptado para eso, y funcionaba desde hacía tres años. En el mundo actual, donde un teléfono celular o una tablet han dejado de ser simples accesorios y se han convertido en extremidades portátiles, en la mayoría de los casos, y en el resto, han pasado a la categoría de mascotas, se tornaba impensable una escuela que los excluyera. Pero lo paradójico del programa, es que dejaba entrar a la escuela, con correa y grillete, una netbook por alumno, y prohibía el uso del celular. Si bien, todas estas cuestiones, a Zutano le hacían cortocircuito en la cabeza, no dejaba de parecerle interesante la idea.
El programa estuvo planificado de forma estratégica, de tal forma que primero se capacitó a los docentes en el uso de las TIC –tecnologías de la información y la comunicación- Tuvo como primer objetivo, amigar a los docentes con las computadoras, sobre todo a los más alejados pretéritamente del siglo XXI, y lo hizo a través de la última generación de aplicaciones, que revolucionarían de una vez y para siempre las aulas argentinas, transformándolas en verdaderos centros de redes virtuales.
Luego de la primera instancia de capacitación, sobrevinieron otras, en las que se iba profundizando la utilización de los programas y el trabajo en red, hasta que por último, comenzó el reparto de los equipos. Debido a la gran extensión del país, docentes y alumnos tuvieron que armarse de paciencia, pero poco a poco, las escuelas argentinas fueron siendo visitadas por pequeñas laptopou que ya tenían dueño asignado. En primer lugar, los alumnos. Luego, con suerte, y si sobraban, se repartían entre directivos y docentes. En ciertos casos, luego de haber sido repartidas ente toda la comunidad educativa, viendo que algunos alumnos dejaban de asistir sin devolver la computadora, y sobre todo, por aquellos que egresaban, para los cuales estaba acordado que podían quedarse con la misma, los directivos tuvieron que, en más de una oportunidad, pedir a los docentes que pongan a disposición sus equipos para repartirlos entre los alumnos que se habían quedado sin el suyo.
Claro, de por sí, un docente, al tener sus abultados ingresos mensuales, en general tiene acceso a la compra de un equipo. O, si supo organizar su economía, con surte ya tiene una en su casa, o un par, la propia y la de los hijos. Por lo tanto, quedarse sin el equipo prestado por el gobierno, no implicaba un gran desapego. El tema era que, ése equipo estaba vinculado al de los alumnos, y si el docente no poseía su máquina, no podía monitorear el trabajo de los estudiantes, por ende, las netbook terminaron siendo el salón de juegos y de vida social de los adolescentes dentro de la clase, quienes las alimentaban a litio, por su bipolaridad, a cambio de algunos tácitos caramelos. Más tarde, las aulas fueron quedando vacías de máquinas, y el aula virtual se transformó en otro precioso proyecto educativo que sólo fue un mero sueño.
El programa era (y es) excelente, pero sin duda, la ausencia de controles y monitoreo, y sobre todo la desidia reinante, promovieron que poco a poco se fuera distorsionando. Pero, pese a todo, la producción de computadoras prosiguió, y siguen llegando a las escuelas de una manera más aleatoria e informal, haciendo del como sí una máscara perfecta.
Por ende, muchos docentes y alumnos aún hoy, pueden estar recibiendo su equipo, y fue esa, una de las motivaciones que terminó de convencer a Zutano para aceptar el ofrecimiento. Quizá podría implementarla de la forma que estaba prevista, o incluso mejorar el plan, hacer sus propias modificaciones. Estaba convencido de que los gobernantes eran una ilusión, un espejo de la realidad vivida por los ciudadanos. Él debía propiciar un cambio si quería, con su ejemplo, contagiar al resto. De abajo hacia los costados, luego hacia arriba; planificar estrategias para su uso, generar algún tipo de cambio para salvaguardar el proyecto.
Por eso Zutano estaba allí aquel día, esperando su netbook, ansioso y con ganas de empezar a implementarla dentro de su planificación. Además, haber entrado por primera vez a la sala de máquinas se le presentaba como una experiencia jurásica, cosa que le causó gracia. Le resultaba paradojal ver máquinas antiquísimas para el aprendizaje de los alumnos, a quienes enseñaban las apasionantes herramientas del Word y Excel, en comparación con las pequeñas computadoras portátiles que cada uno de ellos se llevaba a su casa.
Cuando finalmente le tocó el turno, Mengana, la jefa de Gabinete, con una exuberante sonrisa le pidió sus datos. Claro, ellos no se conocían. Mengana trabajaba sólo de mañana y Zutano de tarde, además, éste último, hacía pocos meses que trabajaba en la escuela.
—Esperá que busco el comodato que me dio Fulana —le dijo, haciendo referencia a la preceptora — No, no te encuentro por acá —y seguía moviendo papeles de varias pilas que estaban desordenadas sobre el escritorio, cada vez más nerviosa y seria.
—Claro, no me encuentra ahí porque estoy acá —dijo Zutano para descontracturar la situación.
Mengana forzó unas pequeñas risitas mientras seguía revolviendo las hojas en busca del comodato.
—¡¡¡Acá está!!!, lo encontré, yo sabía que tenía que estar acá, ¡qué suerte! —gritó alegremente como si hubiera encontrado dentro de su cartera, el celular antes que termine de llamar— Bien, ahora me faltaría la fotocopia del DNI y la constancia de CUIL, como para abrir el legajo —agregó en forma tranquila, sentándose frente al escritorio.
Zutano la miró sorprendido, Fulana nunca le había dicho que tenía que llevar esa documentación, sólo que era de cuerpo presente. Nunca más literal, entre medio de tanto procesador paleolítico y coronas de cables, todo aquello simulaba un velorio perfecto, con la diferencia que no había olor a materia orgánica en descomposición, y que a los muertos nadie los enterraba, ni los quemaba, aunque ya fuera hora de emular una pequeña Salem.
—Pero Fulana no me dijo nada de eso —le contestó atónito-, lo único que te puedo ofrecer ahora es mi DNI, la constancia te la debo.
—Es que sin esos papeles no te puedo entregar el equipo —le dijo la jefa de gabinete, ahora con expresión más seria
—Mirá, yo a vos no te conozco, pero tuve que pedir permiso en la otra escuela para poder venir hasta la otra punta de la ciudad, y vos me decís qué no me vas a entregar la computadora por faltarme unos papeles que te puedo traer cuando vengo a dar clase, ¡esto es ridículo! — dijo Zutano lo más sereno que pudo.
—Será ridículo, pero esas son las directivas. De todas maneras no te puedo entregar nada ahora porque las netbook aún no llegaron, el correo avisó que va a demorarse la entrega un par de horas, así que tenés tiempo de buscar esos papeles —dijo Mengana depositando el comodato a un costado del escritorio, dirigiendo su mirada al estudiante que estaba detrás del profesor, esperando a ser atendido.
Zutano prefirió guardarse los insultos. Respiró unas diez veces en forma pausada y salió a caminar por las calles del barrio en busca de algún cibercafé o locutorio en donde pudiera imprimir la constancia del CUIL. El único ciber no abría hasta la tarde, y el  locutorio había cerrado hacia un par de meses. Miró el reloj, eran las once de la mañana, tiempo suficiente para tomar un micro hasta el centro e imprimir la constancia en algún local de por allí.
Cuando llegó nuevamente a la escuela, pudo ver todas las cajas amontonadas sobre las mesas, era evidente que los deudos venían a despedir a sus predecesoras, y lo hacían en patota. En el escritorio donde antes descansaban cómodos los papeles con los datos de los futuros usuarios, ahora había un señor, no mucho mayor que él, que iba sacando algunos equipos de sus cajas. Mengana, en tanto, se dedicaba a organizar las exequias.
—Te traje los papeles que faltaban —dijo Zutano de manera cortante, extendiendo la documentación hacia donde estaba la jefa de gabinete.
—Buenísimo —exclamó, sin quitarse esa sonrisa falsa de la boca— De todas maneras, no te voy a poder entregar la máquina hasta la próxima semana porque aún tenemos que vincularlas al sistema, y como verás, son muchas.
—¿¡Cómo!? —gritó sorprendido el profesor.
—Bueno, no te pongas así, que la máquina no se va a ir de acá, la semana que viene se la dejo a Fulana, y ella te la lleva al curso.
—Claro, ¡así está la educación!, ahora voy entendiendo, ¡si son la ineptitud con patas! —dijo enfurecido Zutano.
—Bueno che, no me ofendas, ni que fuera oro lo que venís a buscar, ¿¡te ponés así por una computadora de morondanga!?... me parece que deberías ver un terapeuta o tomar la pastillita —le dijo un tanto sarcástica Mengana.
—¡Y encima me estás diciendo que no era necesario venir personalmente!...
—Ah, no, eso yo no lo dije, depositá tu queja con la persona pertinente —le replicó rápida y burlonamente la jefa de gabinete mientras volvía a esbozar otra de sus sonrisas.
—¡Son una manga de inútiles desconsiderados! —comenzó a rezongar Zutano, en un intento de expulsar el malestar que le anudaba las entrañas— Hay alumnos que se quedaron sin clase por haberme hecho venir hasta acá, ¿esos alumnos no importan? ¿¡mi tiempo no importa!? sabés qué, mirá lo que hago con tu computadora de morondanga —y manoteando la primer netbook que estaba a su alcance sobre el escritorio, la revoleo hasta la otra punta de la sala. El ruido de la máquina al estallar sobre el suelo sonó como una explosión, y los restos de aquel cadáver tecnológico, quedaron desparramados sobre gran parte del aula — Ahí tenés, ahora hacé uso de tu título y repará mi máquina, total no tengo apuro.
Y mientras escuchaba los insultos que le propinaban desde adentro, incluso amenazas de tener que pagar el equipo roto, Zutano se fue de la escuela amasando la bronca por haber caído otra vez en la mentirosa y cruel trampa del sistema educativo argentino, que siendo más perverso que todos los aquelarres de la historia, lamentablemente, aún estaba a salvo de la hoguera.

lunes, 28 de octubre de 2013

Un día perfecto


A perfect day

Puntualmente, cada sábado, un grupo de mujeres de la tercera edad se congrega a las siete de la tarde para rezar el rosario. Lo hacen frente al altar de la iglesia de Santa María del Perpetuo Sarcasmo(1), ubicada en pleno centro de la ciudad.
Al llegar, se acomodan en los bancos que la hermana Josefina dispone siempre en forma de medialuna, para que el eco de las plegarias ascienda más rápido hacia el encuentro con el Señor. Además, todas saben la historia que les contó cuando iniciaron con el grupo de oración. La religiosa, en sus noches de desvelo durante el noviciado, cuando el silencio reinante la dejaba conversar plácidamente  y cara a cara con Don Tata, afirmó que en una de esas charlas de profundo misticismo, Él le había asegurado que la mejor manera de que no se cajonee un pedido en las altas cumbres, era rezar frotando los labios en círculos, o en espirales, únicas formas de acceder a la perfecta y placentera divinidad.
Nunca quedó en claro a qué labios se refería, pero debido a su estirpe, las más puritanas convencieron al resto que se trataba de la boca.
A nadie le gusta discutir con la hermana Jose, como la llamaban las chicas, sobre todo si se trata de sus revelaciones nocturnas, por lo tanto, todas acataron sus argumentos celestiales y le fueron siguiendo la corriente como pudieron. No es que ella esté loca, ni que sea una niña, pero como a veces le da por entrar en la sacristía a comulgar con la sangre de Cristo, ninguna se anima a contradecirla. Si es mejor rezar en círculos, se sientan de esa forma, siguen las cuentas del rosario como están enganchadas y al pronunciar palabras, lo hacen moviendo la boca de tal manera que se dibuje una circunferencia, sin darse cuenta que en general, la que gira en redondo es la cabeza.
Todo comienza con la señal de la cruz y un Padre Nuestro. Luego, viene la letanía de los Aves María, precedida por la voz de aura –en aro- Ave María Purísima, recita la monja. Sin pecado concebida, pronuncian las feligresas acatando el rito, y pasado un denario de cuentas, de a una por vez, socializan su pedido o su gracia.
El sábado pasado, Filomena, la de mayor edad, sosteniendo fielmente su rosario contra el pecho, fue la primera en hablar. La voz le salió como en cámara lenta, ahuecada y cóncava.

—Para que mañana, el Señor ilumine la consciencia del pueblo, y que la jornada de elecciones sea democrática y honesta —cerrando el redondel bucal con un Amén.

La señorita Moni, en su fuero interno, y mientras oía la súplica, pensaba girando su cabeza, Ojalá nadie vote, así se dan cuenta de que ninguno les cree, ni deposita su confianza en ellos. Isabel, mientras tanto, intentando congraciarse con  aquel ruego, repetía en voz baja caminando alrededor de su silla, Sí, Diosito, porfa, que todo sea honesto, como te gusta a vos, que todos elijamos bien, y que mi paisito salga adelante. Doña Rosa, la encargada de decorar la iglesia durante las celebraciones, abrió los ojos como el dos de oro, y con la mirada de la figura perfecta, fulminaba el estado pletórico de Filomena, Vos te haces la mosquita muerta vieja de mierda, y bien que sos comunista, hija de puta, así está el país, todo por culpa de los zurditos como vos. Catalina, que al parecer, seguía sumida en la meditación más profunda, repasaba la lista de las compras para los tallarines del domingo, que imaginaba escritos sobre un mandala, y Claudia, una de las más jóvenes del grupo, volvía a imaginar sobre su chakra muladhara al candidato más joven del partido que tenía pensado votar, Es un tipo tan lindo y tan canchero, que sólo por eso, debe hacer las cosas bien.
Antes de retomar los encargos, Pina rompió el silencio de todos los pensamientos, infringiendo en una irregularidad que luego, seguramente, le valdría el rezongo de Filo y las penitencias respectivas de la hermana Jose.

—Y no nos olvidemos de pedir por la presidenta (2) —gesticuló sin redondeles.

En ese momento, las que no tenían los ojos abiertos, los abrieron. Todas miraron a Pina con expresión polimorfa, entre el asombro y la indulgencia.

—Ah, claro, por su salud —replicó serenamente Filomena, mientras todas iban asintiendo, murmurando un sí, claro, por supuesto, rotando sus cabezas en delgado canon.

Cuando todas, obsecuentemente, acabaron de entrar como ovejas al corral Temple Grandin de Santa Filo, Pina remató

—¡No, para que tenga fuerzas para aceptar el fracaso! (2)


Se escuchó un Ohhhhh en engrosado canon, mientras la hermana Jose, con las manos escondidas al reparo del hábito, frotando sus dedos en círculos sobre la entrepierna, repetía aquella famosa frase del Cristo crucificado que descansaba, impertérrito,  frente a las jaculatorias blasfemias. 

Notas:
(1) diligentemente robado a Dalilux, intelectual vendedora de poemas en las calles de Guatemala.
(2) gentilmente robado a María Ro, intelectual y capo cómica bahiense con cientos de libros escritos en anécdotas durante las reuniones sociales.




lunes, 21 de octubre de 2013

Zonda



Un aire sopló desde el fondo y el móvil de oraciones comenzó a oscilar. Las palabras, como caireles, sonaron y se enredaron, justo antes de que Joseph Priestley pudiera escucharlas.
Como pudo, intentó desenredarlas, y viendo que aquello era más complicado que librar el juego de las cien luces navideñas, giró su cabeza en busca de la complicidad de Jan Ingenhouz.
Jan levantó sus hombros y superpuso sus labios en un gesto vacilante; la profesora no le quitaba los ojos de encima. Apremiado por su timidez, que lo maquilló de un rojo vergüenza en pocos segundos, se levantó y entregó la evaluación.
Joseph, desanimado, acomodó el scrabble con toda la practicidad que estuvo a su alcance, y como pudo, le susurró a Van Helmont lo que había sacado en limpio. Este último era quien había comenzado la cadena de oración inversa, y ahora llegaba el eco de lo que en términos lúdicos podría llamarse un teléfono descompuesto.
Sopló el Zonda entre un banco y otro, de tal modo que ahora, las letras sonaban como los cascabeles que llevan algunos gatos de ciudad suspendidos en el collar. Van Helmont tenía que resolver rápidamente el anagrama si quería rellenar con sentido común aquella oración inconclusa.

Las plantas son organismos …………………………….

Levantó la cabeza, puso los ojos en modo off, llevó el dedo índice de la mano derecha sobre la comisura de sus labios y pensó. Como la falta de estudio no podía ayudarlo y la memoria menos, se dedicó a observar el aula en busca de láminas o carteles que mostraran resabios de las exposiciones orales, hasta que su mirada se detuvo sobre el cuerpo estático y contemplativo de Antoinie, su compañero de al lado. Siempre tan fino, tan afrancesado, tan correcto, tan ñoño, tan… tan… tan maricón.
Luego de percibir aquel detalle de atavismo biológico, sus ojos retomaron al modo on y sobrevino la reacción en cadena. Todas las palabras se concatenaron y la oración dejó de ser subordinada para transformase en principal.

Las plantas son organismos putótrofos, completó.


Cuando la profesora leyó aquel examen, corrigió la ‘p’ por la ‘a’ y puso una tilde de aprobación.

lunes, 14 de octubre de 2013

Síntesis

Si no fuera por la teoría sintética, nadie lo creería. Dentro de algunos años, como seres viviente que son -aunque a veces se dude de su pertenencia al reino animal- la comunidad homosexual tendrá a su disposición la función de reproducción, y dada la frecuencia con la que se relacionan sexualmente, el mundo se trasformará en una verdadera conejera súper poblada de humanitos que se exportarán a otros planetas, con el único fin de encontrar el tesoro al final del arcoíris.  

lunes, 7 de octubre de 2013

Axioma

Para todo 'a', 'b' y 'c' pertenecientes al sueldo Real docente.

Si 'a' corresponde al saldo liquidado en el recibo de sueldo, 'b' representa el monto que figura depositado en la cuenta bancaria, y 'c' resulta el sueldo total extraído del cajero automático durante el transcurso del día de cobro, se cumple que:




Existe una única posibilidad de que este orden se invierta, y es que 'a', 'b' y 'c' pertenezcan al conjunto de sueldos Complejos, o en todo caso, postularse para chófer de la 503. 

lunes, 30 de septiembre de 2013

Fénix 604

Desde que participó por primera vez en el concurso #masticar, sobrevino la adicción. Le llevó unas pocas semanas devorarse al señor Donalds, tiempo más que suficiente para lograr el triunfo y duplicar su índice de masa corporal. La intensidad calórica llegó a tal extremo, que de inmediato, el flogisto lo consumió en un ardor de fuego.
Luego de pasar una temporada en el mundo de Galeano, abrazado por sus propias cenizas, lo vieron gestarse nuevamente.

La adicción jamás se le fue, pero ahora, si bien ya no gana, prefiere la  digestión lenta y sustentable, masticar poco a poco a Pedrito Lambertini.

lunes, 23 de septiembre de 2013

Retiro espiritual


A Nancy no le agradaba su vida, y a falta de algo mejor, se refugiaba en el trabajo. Tenía a su cargo la dirección de una escuela pública bonaerense, en donde la acompañaba su amiga Marta como vicedirectora.

Vivía cada día con la ansiedad a flor de piel. Cualquier cosa, por insignificante que fuera, la irritaba. Cuando comenzaba la letanía de los gritos, su cara se transformaba en algo monstruoso y todos se alejaban de inmediato. Parecían verdaderos ladridos de perro histérico, y de allí su apodo de Tinkerbell. Ella hacía gala orgullosa de aquel sobrenombre, asegurando que le resultaba simpático, y le gustaba mucho que la llamen así –Nancy le sonaba a prostituta- De todas formas, desconocía que aquel nombre correspondía al chihuahua de Paris Hilton, un detalle sin importancia, claro. 

Nancy era demasiado seria, casi nunca reía, y si no estaba enojada, estaba sumergida en los formularios para las inscripciones, organizando reuniones de padres o resolviendo trámites en el consejo escolar. A nadie se le ocurría ni siquiera hacerle una broma.

Una mañana, Rebeca, la  joven maestra de primero, nueva en la escuela, intentó distenderla con una broma corriente,

—Comprendo que nadie la mimó por la noche, ¡trae una cara!...

La sacó de la oficina inmediatamente. Rebeca, erizada como un gato acorralado, no paraba de llorar. Recién después de bajarse una pava de tilo, recuperó la calma.

Todas notaban que la metamorfosis de Nancy iba in crescendo, y por temor a verla un día mojar croquetas dogui en el café con leche, entre Marta y otras docentes, le sugirieron que se inicie con ellas en la práctica del yoga.

Como era de esperar, no aceptó a la primer invitación, pero luego de varios endulces de oído por parte de su amiga, se entusiasmó y dijo que sí.

Hacía pocos meses, una de las maestras, retirada del ejercicio profesional por insania,  había transformado el garaje de su casa en un centro de armonía y relajación. Fiel al estilo vacuno característico de la institución educativa, había convencido a todo el personal de la escuela para que aprovecharan las virtudes de aquella disciplina milenaria que tantos prodigios había suscitado en ella. Ingresaban al salón como ganado, buscando un desahogo rápido para las inclemencias que desataba, en el cuerpo y el espíritu, el ejercicio diario de la docencia.

A plutones de que Pinocho huyera de su cuerpo, y durante todas las relajaciones,  una motivación que paseaba por los pasillos de su mente insistía en distraerla con fogosas resonancias.  Durante el transcurso de las clases, una compañera le había hablado maravillas de la India y sus hombres. Debido a la práctica del yoga, ellos eran capaces de hacer el amor en todas las posiciones del Kamasutra durante el transcurso de una sola noche, le dijo en una oportunidad. Desde aquella vez, y mientras su cuerpo gozaba de la postura de savasana, no dejaba de pensar en ello.

Aprovechando su gran capacidad de delegar, sin perder más tiempo ni dar demasiadas explicaciones, planificó un viaje. Hacía demasiado tiempo que estaba sola, prácticamente desde que su marido, quince años atrás, la había dejado por su hermana. Se merecía una alegría y un descanso lejos de la rutina.

Quizá la pichona de Rebeca tiene razón, y hasta que no apague el fuego de mi entrepierna, la cabeza me seguiría zumbando. Así como estoy, jamás me voy a relajar, ni siquiera con ese yoga aburrido al que me llevaron.

Cuando presentó los papeles de la licencia, todas sus compañeras la apoyaron y la alentaron. Si no volvía, mucho mejor, pero eso prefirieron omitirlo para evitar ponerla nerviosa y que todas terminaran viajando al hospital en busca de una vacuna contra la rabia.

Tenía solo una preocupación, Lunático, el pintoresco pato que le hacía compañía en la inmensa y solitaria casa que había logrado retener tras el divorcio. No conocía nadie de confianza que pudiera cuidarlo y atenderlo como lo hacía ella. Por la mañana, a modo de desayuno, el mix de granos que preparaba especialmente para él. Partes iguales de maíz, cebada, sorgo, arroz y girasol. Al mediodía un poco de zanahoria y espinaca. Durante la tarde algunas raciones del mix y por la noche algún dulce permitido como mimo. Marta era la única que podía llevarle el apunte, pero desconfiaba de sus hábitos alimenticios. Más de una vez la había visto darles sobras de las comidas a sus dos gatos. Si hacía eso con Lunático, seguramente, al volver, lo encontraba sepultado en el patio.

—Dejá de preocuparte por ese pato de mierda —le gritó Marta, cansada de escuchar tantas recomendaciones absurdas— ¡sería más estimulante que lo cambies por un ganso!

Marta no estaba del todo segura de que su amiga entendiera la indirecta, pero como era tan susceptible, no quiso provocarle un brote histérico, y se la dejó picando. Pero Marta desconocía los verdaderos motivos del viaje de Nancy, y ésta no perdía oportunidad para hacerse la distraída. A veces pasar por pelotuda era la mejor opción, pensaba, sobre todo si quería convencerla para que cuide a Lunático.

A regañadientes, Marta aceptó. Era más saludable cuidar el pato unos meses que escuchar dos horas seguidas a Nancy.

Más tranquila, Nancy estaba en condiciones de organizar su aventura. Primero tenía que recuperar la armonía con el universo interior y prepararse para cuando llegara el momento de la acción. Los segundos del orgasmo siempre le habían resultado los más placenteros, y los mejor aprovechados. Ansiaba volver a experimentar aquella antiquísima sensación que estaba escondida como una  reliquia preciosa en los confines de su eros, y necesitaba  de un buen excavador para dar con ella otra vez.

Para hacer las cosas bien, y no terminar en brazos de un sepulturero, primero buscó un buen guía espiritual. Con él planificó los recorridos y, motivada por su sabiduría, siguió todos los consejos.

Así, se refugiaron dos meses en el Taj Mahal.

En cierta ocasión, un poco aburrida de jugar al loto, ella le manifestó su desinterés por el tantra, explicitando su profundo deseo de algo más concreto y tangible. El maestro, sintiéndose burlado y estafado, y sin poder borrar de su cara la expresión de asombro, se enfureció y la mandó a purificar sus pensamientos en las aguas del Ganges.

Para ella, el deseo y el sexo iban de la mano. Le resultaba raro que la sapiencia de aquel hombre no llegara a comprender algo tan sencillo. Pero cuando vio que la ira comenzaba a agitar las olas en el estanque de su paciencia, comprendió que budismo y boludismo no eran sinónimos, sobre todo cuando el yogi la corrió a sombrillazos hasta la salida del templo.

Nancy quería purificarse, pero no precisamente en agua, y sobre todo en un río que era mundialmente conocido por su alto nivel de contaminación. De todas formas, como Bangladés estaba dentro de su itinerario, hizo algunos cambios en las rutas y llegó hasta las orillas de aquel río antes de lo previsto. Obviamente lo que menos hizo fue bañarse, y corroboró que aquel yogi era un verdadero inculto. Tanta sabiduría desperdiciada, pensaba, vivir en India y aún así ¡creer que algo tan sucio como el agua de aquella rápida correntada tenía el poder de ablandar el alma! Si así fuera, se acrisolaría a sí misma, disolviendo los huesos que pasaban flotando haciendo la plancha.

Pero no fue tan desacertada su llegada. Recorriendo las callecitas del mercado, en donde cada puestito de venta era un cofre al final del arcoíris, atiborrado de ornamentos brillantes y coloridos, conoció a un indio fibroso y corpulento, como pocos, que entre esencias y sahumerios le contó que se dedicaba a la arqueología.

Nancy se ruborizó inmediatamente. Un arqueólogo… ¡eso es lo que necesito! Inmediatamente comenzó a coquetear con él, demostrando interés por todo lo que le contaba y llevando su mente a los terrenos más bajos de la perversión sexual. Primero un té de jengibre, luego unas ensaladas dignas de cualquier pastoreo, y al día siguiente estaba sentada en un auto junto al científico, acompañándolo a un evento cultural en Bombay.

Anduvieron dos semanas recorriendo sus calles y sus hoteles, él con la alegría de haber encontrado quién lo escuche disertar y ella con la ilusión de que, ese hombre, aplacara su calores hormonales. La llevó a recorrer el museo de Mahatma Gandhi, la torre del Silencio y cuando llegaron a la isla de la Elephanta, percibió con desencanto que aquel hombre sentía más fascinación por la escultura de Trimurti que por ella. Ya era el último día de viaje y aún no le había tocado un pelo, ni siquiera con el láser que utilizaba en las ponencias.

Esa última noche, antes de que se despidieran en el pasillo del hotel, ella tomó la iniciativa y lo besó. El arqueólogo, sorprendido, se retiró unos centímetros hacia atrás y luego de algunas miradas intensas entre ambos, terminaron revolcados en la cama de una de las habitaciones.

Mientras ella lo desnudaba, se paralizó al ver el tamaño ínfimo del penetrómetro.  Estaba desilusionada y con la lívido en baja cuando por fin hicieron el amor. Sí así coge, como arqueólogo debe ser un desastre, pensaba mientras los cuerpos intentaban poner fuego donde ya, ni siquiera, quedaba leña.

Al otro día, más insatisfecha que cuando llego, Nancy canceló las reservas que aún tenía pendientes, le pidió a su compañero que la lleve al aeropuerto, y en cuanto consiguió un vuelo, emprendió el regreso a casa.

Marta la escuchaba estupefacta.

Cuando terminó de oírla quejarse por culpa de aquel desengaño, le afirmó que, si le hubiera manifestado de entrada su verdadera motivación, ella hubiera sido mucho más elocuente en las recomendaciones.


—Te aseguro Nancy —interrumpiendo en forma tajante la diatriba— que para esa clase de retiros espirituales, no necesitas irte tan lejos ni embeberte en demasiado misticismo. Te presentaba al Manguera, mi amigo colombiano, y ahí sí que volvías a la vida con una sonrisa de oreja a oreja, te lo juro.

lunes, 16 de septiembre de 2013

Oxímoron

Habiendo adquirido prontamente el arte de la declamación, y utilizando a su favor las virtudes de la oratoria, la directora del establecimiento escolar no perdía oportunidad para inocular en la comunidad educativa el virus del buen ciudadano. Por tal motivo, a nadie sorprendió cuando durante el acto por los festejos del día del profesor, su discurso intentara contagiar entusiasmo en el respeto por las pautas de convivencia, en pos de la importancia que cada ser humano tiene en el ámbito de la participación política de un país.
Enseñantes y aprendientes estaban atónitos e hipnotizados, no tanto por las palabras que atravesaban su boca, que siempre eran demasiadas y terminaban dando vueltas sobre un mismo tópico, como si se tratase del sueño de Kekulé; más bien les llamaba la atención el equipaje.
Es que aquella tarde, además de su retórica explícita y su discurso monologado, traía consigo dos valijas.
Los pensamientos de todos los presentes temían lo peor: fotocopias con textos para leer y preguntas para responder. Encuestas anónimas en la que de todas formas había que poner nombre, apellido, documento, curso, huella dactilar, color preferido de bombacha y calzoncillo según la preferencia de la dama o el caballero. O tal vez traía los códigos de la ley en los que se hacía referencia explícita a que los teléfonos celulares no necesitaban aprender, y por ende, no era necesaria su permanencia en la escuela.  
Convidaba al auditorio un montón de palabras bonitas, hablando de responsabilidades compartidas, e insistía puntualmente en el hecho de que la mejor lucha contra una institución tan perversa como la educativa, era la de no abandonar el aula bajo ninguna circunstancia, porque el fin último de todo docente radica en la realización de sus alumnos como hombres de bien, para que su vida sea más digna.
Al finalizar su intervención, y mientras comenzaba la estudiantina organizada por los propios alumnos, ella volvió a sujetar sus valijas, hizo un llamado con el celular, y se retiró.
El suspiro de alivio retumbó en aquel salón como si se tratase del grito de gol en un partido de River-Boca.  El festejo comenzó de inmediato y todos se dispusieron a bailar, conversar, y sacar fotos, que algunos, movidos por la euforia de la fiesta, automáticamente posteaban en sus muros de Facebook.
Cuando apareció el comentario de la directora bajo una de las imágenes, a varios se les desdibujó la sonrisa. Entre aquel mensaje y el 1984 de George Orwell no había ninguna diferencia.
‘En lugar de festejar tanto, respondan las 150 preguntas que posteé en el grupo de Face, ¡o estuve hablando dos horas para nada yo!’ – Enviado desde el móvil, zona Aeropuerto Comandante Espora, Bahía Blanca.
Al volver, un mes más tarde, la directora mostraba con alegría las fotos de París a todos los integrantes de la comunidad educativa, quienes movidos por el sentir democrático que reinaba en el discurso de aquella gestión, comenzaron a pedir permisos especiales para visitar un pariente lejano, asistir a los actos escolares de hijos pequeños, participar en congresos educativos, o simplemente acompañar la lucha de los maestros por las calles de la ciudad.
Claro, que todo tenía un protocolo. La vía legal era la diplomacia, dejando por escrito vida y obra del solicitante.
Luego, sin soltar las valijas, ni el celular, ni la tablet, ni la correa con la que paseaba al cachorro pekinés que tenía de mascota, ella pronunciaba un no rotundo, y se tomaba más tarde otro vuelo a Italia, al Caribe o a Cuba, siguiendo los vértices de la tríada didáctica: spa, millas acumuladas y promociones vigentes en la tarjeta de crédito.

lunes, 9 de septiembre de 2013

Dulce Tentación

Durante la sobremesa, Giselle  preparó el café.
Lo llevó al living junto con una bandeja de facturas para que sus invitados, dos maridos espléndidos, terminaran dulcemente la velada.
Ella estaba a dieta y sus comensales lo habían entendido claramente al momento de la cena. Sin embargo Giselle, que era muy medida en su actitud, y por sobre todas las cosas, una excelente anfitriona,  había hecho hincapié en el postre para que al terminar, se fueran contentos y satisfechos.
Cuando colocó las deliciosas masas sobre el mantel de la mesita ratona, sintió un vacío en el estómago que la llevó a entusiasmarse vorazmente con una factura rellena de crema pastelera.
Y bueno, pensó, puedo comer sólo la mitad y no pasa nada… un permitido.
Sonriente y decidida la tomó y la llevó a su boca ante la mirada inquisidora de los dos hombres que, habiendo soportado una cena a base de espinaca y chauchas, interpretaban aquello como el inicio de un combate.
La miraron saborear el primer bocado mientras intercalaba los mordiscos con sorbos de café. Ellos veían como la crema se iba derritiendo dentro de aquella boca dejando tras su paso la huella del azúcar impalpable sobre los carnosos labios.

—Es sólo la mitad chicos, después la terminan ustedes —y mientras iba diciendo esto, la delicatesen se desintegraba completamente en su boca dejando sólo migajas en el plato.

Uno de los maridos reía entre dientes en forma incómoda mientras que el otro intentaba hacer de sus palabras un bocadillo lacerante.

—Menos mal que el café está amargo.

Al mismo tiempo que lo decía, los dos señores iban acercando las manos al plato para arrasar con todo antes que la conciencia de Giselle volviera a diluirse, pero ella, aún ruborizada y emitiendo pequeñas risitas ya se había encargado de aprovisionarse para prevenir la hambruna nocturna. Su cara de hámster era la fotografía perfecta de quién había ganado la guerra. 

(Relato publicado en LETRAS DEL FACE Vol. 1, Editorial Dunken, Año 2013)

lunes, 2 de septiembre de 2013

Géneros

Luego de entrar al aula, el profesor tropezó y cayó al suelo.
Por la comedia que se generó entre los alumnos, tomó noción de qué en eso radicaba el secreto para divertirlos, y como si hubiera estado presenciado los segundos previos a la muerte, pasaron por su cabeza los fotogramas de un film en el que su cuerpo se desplomaba sobre el granito, imprimiendo cada golpe con diversos condimentos, en poses de extensa variedad.
Horroroso, la excepción nunca debería transformarse  en  la regla, hecho tras lo cual, la rutina convertiría aquella extraordinaria serendipia en una aburrida novela costumbrista.
Lo que para usted representa una ficción, fue en verdad, un indignante y doloroso drama, que en sí mismo, no representa más que el mínimo relato de cómo, el desafortunado docente, obtuvo la revelación astral de haber sido baldosa en alguna que otra vida pasada, sin vivenciar jamás el angustioso trance de los registros akáshicos. 

lunes, 26 de agosto de 2013

Interferencia


Tiziano Ferro

Mario Benedetti.



Aquel cielo anunciaba tormenta y nieve. Las nubes negras asemejaban a los globos de carnaval; a punto de rasgar en un estallido el látex, y bañar vertiginosamente a la gente que por esas horas del mediodía, frecuentaba la calle.
Con su impermeable negro, y sosteniendo con el brazo derecho un maletín, Ludovico esperaba el taxi que lo llevaría al trabajo.
Siempre tomaba el micro, pero ese día lo demoró la charla durante la sobremesa y los mimos de Pedro. Había hecho tiempo para almorzar con él, a quién luego, había despedido con un apasionado beso en la boca y alguna que otra niñería susurrada al oído.
Sujetando el impermeable con la mano izquierda para atajar aún más el viento frío, aprovechó a mirar la hora en el reloj. Estaba diez minutos retrasado y el taxi seguía sin aparecer.
Al levantar la mirada, vio pasar delante de él a Carlos Distéfano, el joven vocalista del grupo de rock que irían a ver al día siguiente, al que conocía de los anuncios y de los afiches publicitarios, y que, en persona, le resultaba mucho más atractivo.
Si bien Ludovico no era el tipo de hombre cholulo y farandulero, tuvo toda la intención de alcanzarlo para saludarlo, con la escusa de avisarle que la noche siguiente lo irían a escuchar, y de paso pedirle un autógrafo. Aprovechando que aún no había señales del taxi, se decidió a seguirlo. Se sorprendió bastante cuando lo vio parado frente a la puerta de su edificio, y el estupor fue creciendo al ver que quién lo dejaba entrar, era Pedro.
El hecho lo asombró un poco, y en un acto casi reflejo, decidió alejarse sigilosamente con la intención de desaparecer del foco de atención.
Mientras los veía perderse por el palier de entrada, se dio cuenta, por como gesticulaban y se reían, que ellos dos se conocían. Lo invadió una mezcla de extrañeza y curiosidad, cómo era posible que Pedro no le contara, más sabiendo que irían a  escucharlo juntos.
No comprendió en aquel momento las palpitaciones del corazón, pero su instinto encendió la luz roja de un mal presentimiento.
Consternado y preso de aquellos celosos fantasmas que a veces lo asediaban, tomó la decisión de seguirlos. Previamente, realizó un llamado telefónico, y comunicó que esa tarde no iría a trabajar, argumentando estar descompuesto. Luego, sin dejar pasar un segundo más, se metió en el edificio y subió hasta su departamento.
Podría haber entrado, pero Pedro siempre dejaba la llave con media vuelta del lado de adentro. De todas maneras no estaba seguro de querer hacerlo, no era precisamente su forma de ser la de estallar en un brote de histeria descontrolada. ¿Y si se estaba equivocando? ¿y si solo había sido una situación casual? No tenía intenciones de pasar por el trance de quedar expuesto, hacer el ridículo y encima, tener que soportar después la ira de Pedro. Entonces, cuando las luces del pasillo se apagaron, apoyó su oreja a la puerta, aprovechando el silencio mudo que madura en la siesta. Los sólidos tienen un índice de transmitancia elevado para el sonido, y el estetoscopio humano, un caudal de percepción demasiado amplio, sobre todo cuando el cuerpo se llena de adrenalina. Él lo sabía. De chico, varias veces habían jugado con sus hermanos a escuchar las conversaciones de los adultos apoyando sus orejas sobre un vaso colocado boca abajo en la pared. Así, un día habían descubierto que papá y mamá eran en realidad los Reyes Magos, y qué, por el mismo precio, también oficiaban de Papá Noel.
—Yo me voy a duchar ¿Querés tomar algo Carlos? —sintió que decía Pedro.
La respuesta de Carlos la escuchó difusa, pero inmediatamente volvió a sentir a su novio
—¿Tenés frío papi?
En ese momento sintió que el pecho se le oprimía. Ludovico sabía que las palabras no tenían dueño, pero en aquella situación, en el interior de su casa, y sintiéndola dirigida hacia otro hombre que no era él, le dolió. Algo sonó en su pecho, como un latido que se hubiera detenido de repente, como una trompada seca que paralizó de golpe el corazón, poniéndolo nuevamente en marcha de inmediato, pero de una forma mucho más acelerada, como si hubiera estado haciendo una hora de bicicleta. Su pecho latía tan rápido y tan fuerte, que tuvo la impresión de ser delatado, de ser traicionado por su propio ritmo cardíaco, como le había ocurrido al personaje de aquel famoso cuento escrito por Edgar Allan Poe.
Podría haber manoteado el picaporte, tocar el timbre, sacudir a puñetazos la puerta, pero no lo hizo. Comenzaron a temblarle las manos, lo que siempre le ocurría cuando lo superaban los nervios. No comprendía nada de lo que pasaba y era tan atroz la ansiedad, que con toda la revolución carcomiendo las habitaciones de su cuerpo, se quedó inerme, pegado a la puerta, escuchando algunas voces que le llegaban como murmullos y otras que por momentos, sentía de forma nítida.
—Eso fue el día del granizo, entraba agua por todos lados.
Al escuchar la voz de su novio diciendo aquello, supuso que estaban en el lavadero, único sector de la casa sin persianas y en donde el tejido mosquitero había sido dañado cuando unos meses antes, un fuerte temporal había sacudido a gran parte del país. Una tormenta impresionante, parecida a la que se estaba por largar en cualquier momento. Recordó de golpe cómo, entre los dos, sujetaban fuertemente los trapos con el escurridor, para que el agua no traspasara a la cocina. Las calles habían quedado anegadas, y el asfalto, soportaba el peso de unos veinte centímetros de granizo. Un par de horas después, ellos habían salido a dar una vuelta por aquellas calles, tomando fotos y planificando una  cena íntima que los había llevado, de postre, a la cama y sus pasiones. Como una fotografía, recordó la llovizna que moteaba la ventana de la habitación susurrando sonatas de amor, mientras ellos se dejaban explorar una y otra vez todo el cuerpo.
—¡No sabés cómo me duele el culo! —sintió por fin en forma clara la voz de Carlos, una voz de pibe canchero, directo y sin vueltas — Me salió una hemorroide, me hicieron tacto ¿alguna vez te hicieron tacto? me preguntó el médico… —y la voz se diluyó otra vez en susurros.
Rápidamente, recorrió la puerta con la oreja pegada a ella, intentando localizar un punto que le permitiese recuperar cuanto antes la audición.
—Sí, un amigo —sintió responder a Pedro, y ambos rieron, o al menos Ludovico los imagino riéndose.
—Me metió el dedo y me dijo, ves, acá está la próstata… —volvió a escuchar la voz de Carlos, que nuevamente se hacía fritura como la interferencia de un dial mal sintonizado.
Ludovico se alejó de la puerta porque las luces del palier se encendieron, debía disimular. Por las bolsas que llevaba en sus manos, supuso que la vecina del H venía de hacer mandados. Él se hizo el distraído, como si buscara la llave en el maletín, para que ni siquiera lo saludara. Por fortuna, la vecina se metió en su departamento sin emitir sonido y cuando todo volvió a la penumbra, Ludovico volvió a pegar la oreja a la puerta.
Ese hijo de puta está preparando la mesa, pensó, y conociendo el instinto masculino de Carlos, éste no tardará en servirla. ¡Mierda! No me puede estar pasando esto… no…
Una vez que encontró un buen sector desde el cual alejar el ruido de las interferencias, comenzó a escuchar otra vez murmullos, esta vez, con un tinte más dulce y relajado. Sintió lo que supuso ropa que desvestía los cuerpos, y al cabo de unos minutos, llegó clarita hasta su oído una música tan universal como el lenguaje de señas, la de los jadeos del goce sexual, la del frote de los cuerpos al rozarse cada vez más intensamente, las palabras típicas pará, pará, dale, más, más, así, sí, ahhh, ahhh, ahhh, AHHHHH… y el exabrupto final que deja sin aliento, madurando el fruto del orgasmo.
Otra vez sonido de frote y ropa, esta vez, destinada a cubrir los cuerpos, mientras en la voz de Carlos se escuchaba clarita la referencia a unas varas decorativas que estaban al lado del sillón, con lo cual supo que el lugar preciso de los amantes había sido el living.
Imaginando el semen tibio derramado, el sudor y las miradas de complicidad, por primera vez en su vida sintió que le dolía el alma. Un dolor intenso y asfixiante, que lo ahogaba y le provocaba un mayor temblor de manos, sudor frío, tristeza, impotencia, imposibilidad de emitir un grito y de romper con toda sus fuerzas la puerta. En el living, en su sillón, en el que cada noche él y Pedro se tiraban a mirar una película o simplemente a leer; en donde se acariciaban y besaban, en donde los pies de uno abrazaban las piernas del otro.
El corazón le latía tan rápido y tan fuerte que le daba la sensación de que pronto atravesaría los tejidos, dejándolo seco y tieso. Y en ese momento, deseó con todas sus fuerzas que aquello sucediera; eso, quería arrancarse el corazón, abolir la sensación.
Su imposibilidad de reacción lo hacía mantener la oreja pegada a la puerta, aún cuando sabía que todo lo que había escuchado ya era suficiente. De la parálisis repentina, ni siquiera podía pensar, no sabía hacia dónde correr, en qué sitio esconderse. Escuchó que Pedro contaba algo sobre los pájaros y Carlos se jactaba a viva voce de tener el culo roto. Luego sintió como Pedro, de forma muy cariñosa, le colocaba a Carlos unas gotas descongestivas en la nariz, las mismas que le ponía a él cuando notaba sus dificultades para respirar.
Se encendió otra vez la luz del palier y eso lo hizo reaccionar de inmediato. Alejó el rostro de la puerta y como pudo, se puso en marcha. Salió a la calle, recorriendo de memoria los pasillos pero sin fijar su conciencia en nada ni en nadie. Cuando sintió la primera bocanada de aire en el rostro, se encontraba mareado y asqueado
En el ambiente había una densa bruma blanca, y sobre las veredas y las calles, se iba depositando una gruesa capa de nieve. Fue dejando la huella de sus pisadas mientras se alejaba, mientras se perdía entre la gente, mientras algunas lágrimas se le hacían escarcha al salir de sus ojos tristes; lágrimas que petrificaban la pena mientras que el rastro de las huellas se iba cubriendo otra vez de copos blancos.
En sus oídos resonaban los versos de una canción en italiano, y no podía dejar de prestarles atención. Todo su entorno estaba embebido de aquella música.  Hai perso un pezzo di me , y así lo sentía; un trozo de su ser se hacía mil pedazos, cómo las lágrimas, que, congeladas, chocaban contra el suelo volviéndose astillas.

È vero è complicato odiarti, nessuno al mondo può negarlo tantomeno oggi io, y sin embargo no podía odiarlo. Quiso volver sobre sus pasos, para enfrentarlos, para gritarles en la cara su furia, y para que respondieran los tantos por qué que jamás tienen respuesta. Pero las huellas tapadas le provocaban amnesia, y otra vez el caos, el desorden, el no saber qué hacer ni adónde ir, las fervientes ganas de arrancarse el corazón para que se lo coman los perros vagabundos que habían salido al paso; para dejar de sentirse roto, hecho mierda, vacío; para que de una vez por todas se detengan los gemidos que latían en su pecho y resonaban insistentemente en la mente.