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jueves, 16 de mayo de 2013

En retrospectiva, Vol. 2 "Letras del Face"

Este año, como en algunos anteriores, me tocó ser parte de una de las 1.120.000 personasque visitaron la Feria Internacional del Libro en la ciudad de Buenos Aires.
Dicen por ahí, que es la feria de habla hispana que más visitantes recibe en el transcurso de sus tres semanas de permanencia. No puedo asegurarlo porque jamás he visitado otra, al menos no en otros países, pero por la fama internacional que ha adquirido en estos últimos años, algo debe haber de cierto.
Maravilla su despliegue y el arte con el que, año tras año, editoriales y libreros, se esmeran para el armado de los stands y puestos de venta. 45.000 metros cuadrados repletos de estantes con libros, cada quien con su cada cual, habitando su casa y entreabriendo sus puertas y ventanas para que los visitantes se sumerjan en ellos y atesoren desde magia hasta cruentas realidades.
Literalmente una ciudad de libros, hermosa, radiante, luminosa y ostentosa. Sólo hace falta conocer el nombre del libro y su editorial, buscar el número de puesto en el mapa y dirigirse allí sin más. Entrar, observar, tomar los libros, ojearlos, leerlos, buscar el de interés y algún otro que nos guiñó el grafema al pasar y dirigirnos a la caja en donde, en general, uno obtiene abundantes descuentos.
Si los libros son puentes, como rezaba el lema de este año, los feriantes y visitantes nos convertimos en peregrinos de la palabra. Es llamativo que dentro de un mundo cada vez más globalizado, en donde la virtualidad invade todos los rincones de la intimidad, aún siga siendo la palabra escrita sobre papel un universo vasto que permite el encuentro entre un lector y el escriba. En cada encuentro se teje un puente y es caminando a través suyo que facilitamos el encuentro. Un encuentro con nosotros mismos, con lo imaginado, con lo soñado, con esa totalidad de mundos a la que ingresamos para completar el microcosmos en el que vivimos. Al leer, fracturamos la monotonía de la cotidianeidad y tenemos la posibilidad de engendrar nuevas maneras de afrontar la vida y emprender caminos que quizá jamás hubiéramos imaginado. En un libro, el escritor nos propone un puente para que lo dejemos ingresar a nuestra realidad y le demos la posibilidad de que encienda una luz, o varias, como lo hace Cortázar cada vez que nos invita a tirar la piedra para llegar al cielo.
Este año, como bien comencé escribiendo, me tocó ser parte de todo ese mundo de gente que convoca la feria del libro, pero ya no sólo como lector, sino como autor. Si bien soy bastante reacio a la exposición pública y a la veta comercial que imprime el alma de estos eventos, me entusiasmó la idea de vivenciar la feria desde el otro lado, uno que ni siquiera supe imaginar cuando la caminé por primera vez. Debo reconocer que me sentí muy a gusto y que me agradó formar parte del evento, como así también de la selección por parte de la editorial Dunken, a cuyo personal, sobre todo a Marita, les estoy profundamente agradecido.
Resulta paradójico que, siendo yo uno de los tantos lectores que habitan el mundo; que ama profundamente los libros a tal punto, como bien cuenta un amigo, de considerarlos mis amigos, me resulte un trauma kafkiano visitar la feria. Y es que recorrer y leer se torna un tanto claustrofóbico cuando miles de personas se atoran en los pasillos y se chocan sin parar unas con otras. Es una experiencia asfixiante que genera en mí, un raudo alejamiento. Y así fue, porque ni bien culminó el acto de presentación del libro, y aún estando en conocimiento de que Luis Pescetti, Mario Pergolini y la negra Vernaci eran puntos de encuentro significativos dentro del programa de la feria, preferí alejarme a un bar en compañía de quien fuera alumna y hoy una querida amiga; una pequeña y talentosa estudiante de diseño de indumentaria que insistió en acompañarme por entender el profundo amor que en mí, despierta el mundo literario. Con Iciar, a quien agradezco enormemente el regalo de su compañía, nos escabullimos para merendar con limonada y contarnos anécdotas por demás auspiciosas.
Por ese rechazo a las multitudes, procuré entonces llegar temprano. Así y todo, ya había cinco cuadras de cola con gente que esperaba ansiosa la apertura. Recorrí los pabellones uno a uno, ingresé en cuanta editorial se me antojó y compré los libros que deseaba y sobre los cuales existía precio promocional. Cuando el delirio de la gente se tornó imposible, me encaminé hacia la sala Victoria Ocampo, en la que, junto a otros autores, seríamos por primera vez homenajeados en forma pública.
La conferencia fue simple, sincera y muy emotiva. Estuvo a cargo de Ricardo Tejerina y de la compiladora de los relatos, la escritora Marita Rodriguez Cazaux. Ambos muy bien acompañados por la joven coordinadora del proyecto, Sabrina Vega.
Hablaron puntualmente de los motivos por los cuales lanzaron a una de las más grandes redes sociales del mundo, el experimento Dunken. Ellos buscaban constatar que, a pesar de la virtualidad, dejar una impronta sobre papel seguía siendo una necesidad ancestral y humana. Lo consiguieron, más de 600 participantes de diversos países del mundo formaron parte de la experiencia que se lanzó en forma pública en el muro de la página de Facebook de la propia editorial. De allí, sólo 150 escritos formaron parte de la evidencia de que la hipótesis central del experimento quedaba completamente validada, dando origen a un libro, que no solo es el resultado material de la convocatoria, sino que también se convirtió en un punto de reunión de escritores inéditos y nos abrió las puertas para que también nosotros, tendamos un puente a la imaginación.
En todo momento nos trataron como autores, remarcando nuestra evidente cualidad lectora, de la cual, varios dudamos. Nunca se es del todo el lector que uno quisiera y nunca alcanza la lectura en la vorágine que lo escrito imprime a diario. Sin embargo, lo aceptamos y creo que no por vanidad, tal vez por el placer que genera el reconocimiento que siempre, aunque parezca que no, es necesario.
Cuando iba promediando la conferencia, algunos escritores fueron invitados a leer parte de sus escritos y contaron brevemente los motivos que los impulsan a escribir. Así, entre entusiasmo y acercamiento, asistimos a un convite de palabras que de alguna manera acompañaban a las de cada uno de los integrantes de ese primer volumen de la colección.
Cada uno recibió su merecido saludo y un ejemplar de “letras del Face” al terminar la ceremonia. Algunos agradecieron en forma oral y espontánea, otros, preferimos el silencio y la posterior descarga verborragia en escritura, como yo, que hoy, a varios días del evento, me siento a teclear en mi pequeña netbook la emoción de otro sueño cumplido.
Los libros siempre serán esas múltiples vidas que no viviremos, pero que sin duda, sentiremos como vividas y quedaran atesoradas en nuestros recuerdos, ensanchando la imaginación, permitiéndonos atravesar las fronteras de los lugares que quizá jamás conozcamos y que tal vez sea mucho más pleno imaginar.
Ojalá este pequeño puente que entretejen las palabras de estos relatos y poemas, lleguen a tu encuentro y te entusiasmen para que juntos, hagamos posible lo imposible.

4 comentarios:

  1. HOLA!!!!!!!!!!!
    quiero un ejemplar dedicado... je je!
    Me alegra que hayas empezado a "producir" otra vez.
    Y cada vez te sale más lindo!!!!
    Besotes,
    Sandra

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  2. Muy buen repaso de lo que fue tu vivencia en la feria del libro y, particularmente, de tu experiencia en la presentación del libro "Letras del Face", con la que me sentí bastante identificado. Está bueno poder constatar que hay otras personas en unas situación literaria similar. Parece que tenés un muy lindo blog, ya le daré una visita más profunda. Suerte, éxitos.

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