Material exclusivo para utilizar en el baño

lunes, 24 de junio de 2013

Organoléptico


Creyó que la transmisión de la sirenita constituía un hecho aislado, y tras las protestas habituales, soportó estoicamente la audición hasta la indiferencia absoluta. Una semana después, tres cerdos obstruyeron la cañería de las cloacas hasta que un olor rancio y podrido infló el aire por completo. Pollyanna, tapando su boca con un pañuelo, no dejaba de hacer arcadas, incluso a la hora del almuerzo, cuando ya vacilaba hasta de la procedencia de la ratatouille. 
Antes que sobreviniera el síncope, su intuición la persuadió, y previendo que a la semana próxima le tocara mantener la respiración 20000 leguas en un viaje submarino, prefirió escapar de la escuela en globo con la excusa de dar una vuelta al mundo en 80 días.
Luego de tres meses de no saber de ella, se presentó Wall-E ante las autoridades asegurando haberla visto rodeada de pequeños extraterrestres, un detalle nimio si aceptamos que su vocación es ser maestra. 

lunes, 17 de junio de 2013

De la tierra al cielo

"Nuestra verdad posible tiene que ser invención..." J. Cortázar




Arrojo la piedra. Luego de dar varias vueltas en el aire, cae y se deposita en el casillero 73. La piedra, como si de repente deviniese crayón, pinta una calle, un puente y un tornillo, que poco a poco da vida a todas las turas que atraviesan la invención.
La piedra, en tanto tal, es pateada insistentemente por algunos trasnochados que, luego de haber bebido las horas junto a Don't you play me cheap,  con Louis Amstrong a la cabeza y el humo de cigarrillo empañando el ambiente , salen del Club de la Serpiente acompañando en recuerdos a Morelli. Entonces, de un puntapié, Oliveira la arroja por el aire y ésta, al descender, recorre la rue de Seine, atraviesa Quai de Conti y desemboca en el Pont des Arts donde coincide con la Maga en un encuentro nada casual. Ella, la toma en sus manos, intenta descubrir el rojo que a esas alturas la tiene aún desvelada y al no encontrarlo allí ni en ningún otro lado, la arroja con furia al corazón del Sena, donde la piedra ahora es glup y el casillero dibuja un uno, luego un dos, más allá el 116 y así hasta llegar al cielo.
Vuelvo a encontrarme con Julio en las cercanías del invierno y lejos de París. Mi cuarto suena a jazz y a Bach, las luces de la ciudad se cuelan por las hendijas de la persiana y sobre la cama dibujamos la Rayuela. Me detengo a mitad del juego y él, que ya encontró su cielo, me mira con sus grandes ojos, me tiende la mano con la que tantas veces trasnochó la Olivetti Lettera 22 y pronunciando la erre con ese francés que siempre enamora, me invita a seguirlo, aunque yo no entienda ni una sola palabra en ese idioma, y lo pronuncie aún peor y sin gracia al comenzar la lectura en voz alta. Se sonríe, y agacha la mirada, no sé si de pena o con la misma intención con la que yo miro a mis alumnos cuando me encuentro en la frontera que separa el los asumo de los reviento.
Mientras pienso en Rocamadour, no como una ciudad, más bien como lo no asumido de una relación amorosa que muchos hemos añorado, Julio me cuenta que su novela cumplió 50 años. Le propongo que hagamos una fiesta, con orquesta de jazzuela y un piano acompañando a la Maga, que la invitemos a la Minujin para que decore el salón con cientos de rayuelas multicolores donde el cielo esté en la Tierra y la Tierra en el cielo. Infaltables, Ronald y Etienne, riendo a carcajadas al ver a Oliveira tratando de rescatar un terrón de azúcar entre los tacones de las prostitutas del fondo.
Me dice que no es necesario, que ya tiene demasiada fiesta en las novelas que cada lector inventa al sumergirse entre las páginas de su mejor creatura. De paso, me regala una historia, la de cómo intentó la búsqueda del más allá de las fronteras al crearla.
Todo eso en una preciosa edición 50 Aniversario con la que lo conmemoró  Alfaguara. Un volumen  precioso que llegó a mis manos el día de ayer, de la mano de una persona a la que quiero mucho y a la que, en igual intensidad no se lo digo. Porque a veces nos refugiamos en la costumbre de no decir lo que sentimos, una costumbre horrenda y cómoda, porque no decir implica no reír y no llorar al mismo tiempo.
Mi hermano mayor, con quien compartimos cuarto, música, colegio e incluso amigos. Él, que a veces se pierde como un protagonista de novela Cortazariana entre premisas filosóficas, enturbiando su emoción, mordiéndose una y otra vez la cola como la serpiente que nunca fue ni será. Él, quien tiene la bondad a flor de piel y una sensibilidad que a veces lo traiciona y lo deja suspendido, con la mirada fija en un horizonte que se difumina y que le cuesta  alcanzar. Le ofrezco entonces la piedra, el tornillo del Napolitano, que dibuje lo que sueña, que si no está al alcance de la mano lo invente, lo cree y sonría, como antes, cuando todos lo hacíamos con el simple recuerdo de una anécdota.
En días conmemorativos, días en los que no creo y que voy aprendiendo a respetar, a veces la emoción trasciende la frontera de la piel con olor a recuerdo y tristeza, una que huele como jazmines y verano. Palabras que no se dicen, ojos que brillan, un padre agradecido por la visita que completa sus ausencias, una madre que toma el té en solitario alejada de los rumores del televisor, un hermano que prefiere refugiarse en la siesta y yo, tratando de contener lágrimas por la costumbre de no llorar en público.
Y la Maga mirándose al espejo, y Oliveira cubriendo su cuerpo desnudo con humo de cigarrillo y pensamientos anacrónicos, y el amor recostado sobre mi vientre, acariciando a la gata que se hecha a su lado mientras, en un francés impronunciable dejo la piedra detenida en el casillero número 7.


miércoles, 12 de junio de 2013

Elipsis


Cuando el adjetivo, en un arrebato de elegancia, le robó el sombrero al adverbio, un aeroplano sobrevoló el cielo. Tras el viento que se levantó, ninguno pudo volver a encontrarlo, y así, sin calificar ni cuantificar, se perdieron para siempre en el bosque de oraciones.

jueves, 6 de junio de 2013

Misa diaria

Luego de copiar la tarea, Julio se acerca a su profesor para decirle lo que piensa.

-Profe ¡Qué jodido que es usted!
-¿Por qué? - responde sin asombro.
-Porque nos dio la guía pero no nos dice en qué página buscar las respuestas.
-Existe un índice.
-Ah, ¿y eso que es?
-Viste este dedo -y le toma de su mano el dedo correspondiente-, bueno, con este dedito buscalo en el diccionario antes que te de un sermón.
-... ¿Y qué es un sermón?
-Ah, eso se lo preguntas al cura el domingo.

Sancocho al Frente

Si bien me gusta el puchero, hay algo en todo este asunto que me huele a puchero de enfermo, y como detesto hacer puchero, no me quedará otra que pucherear.
Algún día,  sin embargo, su puchero se reducirá a pedacitos del pucherazo que le voy a dar.

domingo, 2 de junio de 2013

Con forma y volumen



Ellos viven en las antípodas, como las moléculas cuando se encuentran en estado gaseoso. Un día, sin embargo, la colisión se produce y la fusión acontece, con energía y calor, desobedeciendo a la teoría cinética, en un acercamiento hacia las fuerzas de atracción que caracteriza a los sólidos.
Alí y Stephanie se conocen circunstancialmente durante un episodio violento. Ella es parte de una agresión en el interior de una discoteca y él, quien oficia de guardia de seguridad, es quien termina ayudándola a salir de la situación. Estando fuera de peligro, Alí le ofrece a Stephanie acercarla hasta su casa y ella, que al principio se  niega, termina aceptando el ofrecimiento. Estando en viaje, por primera vez, él repara en las piernas de Stephanie, quien con osadía y determinación las lleva al descubierto bajo una suelta minifalda. Ella percibe su mirada y se sonríe, orgullosa de lo que ofrece y para nada avergonzada. Disfruta de mostrarse y de que los hombres la deseen, lo que no espera, es ese golpe duro con que la vida la recibe los días sucesivos.
Uno podría suponer que se trata de un episodio casual y trillado. El muchacho bruto e ignorante que conoce a una hermosa mujer, durante el transcurso de una noche cualquiera, en una escena nocturna típica de película pochoclera. Pero muy lejos está de ser así.
Lo que podríamos suponer como un encuentro casual, no es más que el destino divirtiéndose con el juego que más ama jugar, el de hacernos creer que el azar es quien gobierna la vida.
Stephanie y Alí son dos seres agobiados por la vida que llevan. Frustrados y acobardados, enfrentan la rutina de los días sin la esperanza de un cambio, y es en esa desesperanza donde sus vidas trazan un punto de contacto.
Mientras él se dedica a vivir rozando el límite con la brutalidad animal, ella busca, en el contacto con las orcas, su salida de emergencia.
Una tragedia los aguarda, tanto a uno como al otro. Una circunstancia dolorosa y difícil que  los pone a prueba y les otorga, en tanto crisis, la opción por asirse a la vida o salir definitivamente de ella.
Ella representa el valor y la fuerza, en tanto él, la fragilidad y el desinterés. Varias escenas del film, nos dejan ver esa relación contrapuesta que los va acercando cada vez más, enredándolos en un vínculo que los aliena y al mismo tiempo, les promete un cambio como promesa de libertad.
Con un metal podríamos fácilmente romper un hueso, sin embargo, en la fusión de ambos, podríamos encontrar la rigidez y la dureza de una piedra preciosa como el diamante, con ese brillo caleidoscópico característico.
De eso y de mucho más nos habla “Metal y Hueso”, una excelente película franco-blega, dirigida por Jacques Audiard y protagonizado por Marion Cotillard y  Matthias Schoenaerts.