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lunes, 17 de junio de 2013

De la tierra al cielo

"Nuestra verdad posible tiene que ser invención..." J. Cortázar




Arrojo la piedra. Luego de dar varias vueltas en el aire, cae y se deposita en el casillero 73. La piedra, como si de repente deviniese crayón, pinta una calle, un puente y un tornillo, que poco a poco da vida a todas las turas que atraviesan la invención.
La piedra, en tanto tal, es pateada insistentemente por algunos trasnochados que, luego de haber bebido las horas junto a Don't you play me cheap,  con Louis Amstrong a la cabeza y el humo de cigarrillo empañando el ambiente , salen del Club de la Serpiente acompañando en recuerdos a Morelli. Entonces, de un puntapié, Oliveira la arroja por el aire y ésta, al descender, recorre la rue de Seine, atraviesa Quai de Conti y desemboca en el Pont des Arts donde coincide con la Maga en un encuentro nada casual. Ella, la toma en sus manos, intenta descubrir el rojo que a esas alturas la tiene aún desvelada y al no encontrarlo allí ni en ningún otro lado, la arroja con furia al corazón del Sena, donde la piedra ahora es glup y el casillero dibuja un uno, luego un dos, más allá el 116 y así hasta llegar al cielo.
Vuelvo a encontrarme con Julio en las cercanías del invierno y lejos de París. Mi cuarto suena a jazz y a Bach, las luces de la ciudad se cuelan por las hendijas de la persiana y sobre la cama dibujamos la Rayuela. Me detengo a mitad del juego y él, que ya encontró su cielo, me mira con sus grandes ojos, me tiende la mano con la que tantas veces trasnochó la Olivetti Lettera 22 y pronunciando la erre con ese francés que siempre enamora, me invita a seguirlo, aunque yo no entienda ni una sola palabra en ese idioma, y lo pronuncie aún peor y sin gracia al comenzar la lectura en voz alta. Se sonríe, y agacha la mirada, no sé si de pena o con la misma intención con la que yo miro a mis alumnos cuando me encuentro en la frontera que separa el los asumo de los reviento.
Mientras pienso en Rocamadour, no como una ciudad, más bien como lo no asumido de una relación amorosa que muchos hemos añorado, Julio me cuenta que su novela cumplió 50 años. Le propongo que hagamos una fiesta, con orquesta de jazzuela y un piano acompañando a la Maga, que la invitemos a la Minujin para que decore el salón con cientos de rayuelas multicolores donde el cielo esté en la Tierra y la Tierra en el cielo. Infaltables, Ronald y Etienne, riendo a carcajadas al ver a Oliveira tratando de rescatar un terrón de azúcar entre los tacones de las prostitutas del fondo.
Me dice que no es necesario, que ya tiene demasiada fiesta en las novelas que cada lector inventa al sumergirse entre las páginas de su mejor creatura. De paso, me regala una historia, la de cómo intentó la búsqueda del más allá de las fronteras al crearla.
Todo eso en una preciosa edición 50 Aniversario con la que lo conmemoró  Alfaguara. Un volumen  precioso que llegó a mis manos el día de ayer, de la mano de una persona a la que quiero mucho y a la que, en igual intensidad no se lo digo. Porque a veces nos refugiamos en la costumbre de no decir lo que sentimos, una costumbre horrenda y cómoda, porque no decir implica no reír y no llorar al mismo tiempo.
Mi hermano mayor, con quien compartimos cuarto, música, colegio e incluso amigos. Él, que a veces se pierde como un protagonista de novela Cortazariana entre premisas filosóficas, enturbiando su emoción, mordiéndose una y otra vez la cola como la serpiente que nunca fue ni será. Él, quien tiene la bondad a flor de piel y una sensibilidad que a veces lo traiciona y lo deja suspendido, con la mirada fija en un horizonte que se difumina y que le cuesta  alcanzar. Le ofrezco entonces la piedra, el tornillo del Napolitano, que dibuje lo que sueña, que si no está al alcance de la mano lo invente, lo cree y sonría, como antes, cuando todos lo hacíamos con el simple recuerdo de una anécdota.
En días conmemorativos, días en los que no creo y que voy aprendiendo a respetar, a veces la emoción trasciende la frontera de la piel con olor a recuerdo y tristeza, una que huele como jazmines y verano. Palabras que no se dicen, ojos que brillan, un padre agradecido por la visita que completa sus ausencias, una madre que toma el té en solitario alejada de los rumores del televisor, un hermano que prefiere refugiarse en la siesta y yo, tratando de contener lágrimas por la costumbre de no llorar en público.
Y la Maga mirándose al espejo, y Oliveira cubriendo su cuerpo desnudo con humo de cigarrillo y pensamientos anacrónicos, y el amor recostado sobre mi vientre, acariciando a la gata que se hecha a su lado mientras, en un francés impronunciable dejo la piedra detenida en el casillero número 7.


5 comentarios:

  1. Que bellas palabras, la escritura me lleva a la escena, tan clara... Tan cerca!!!
    La Maga... Que enigmatica!
    Donde se detendra la rayuela, en su siguiente parada?!
    Lindo, lindo,lindo!!!

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  2. Wow! ¡qué bonito, Sebas! ¡Qué texto tan precioso!
    ¡Mágico, como ese 7 del casillero!
    Como dice Clau...lindo, lindo, lindo !

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  3. Gracias a los dos por la lectura y esa complicidad que demuestran en los comentarios... acá no existe el me gusta como en el facebook, pero yo voy a instaurar una manera de hacerlo... :) (carita feliz en la respuesta a cada comentario). Besos

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