Material exclusivo para utilizar en el baño

lunes, 26 de agosto de 2013

Interferencia


Tiziano Ferro

Mario Benedetti.



Aquel cielo anunciaba tormenta y nieve. Las nubes negras asemejaban a los globos de carnaval; a punto de rasgar en un estallido el látex, y bañar vertiginosamente a la gente que por esas horas del mediodía, frecuentaba la calle.
Con su impermeable negro, y sosteniendo con el brazo derecho un maletín, Ludovico esperaba el taxi que lo llevaría al trabajo.
Siempre tomaba el micro, pero ese día lo demoró la charla durante la sobremesa y los mimos de Pedro. Había hecho tiempo para almorzar con él, a quién luego, había despedido con un apasionado beso en la boca y alguna que otra niñería susurrada al oído.
Sujetando el impermeable con la mano izquierda para atajar aún más el viento frío, aprovechó a mirar la hora en el reloj. Estaba diez minutos retrasado y el taxi seguía sin aparecer.
Al levantar la mirada, vio pasar delante de él a Carlos Distéfano, el joven vocalista del grupo de rock que irían a ver al día siguiente, al que conocía de los anuncios y de los afiches publicitarios, y que, en persona, le resultaba mucho más atractivo.
Si bien Ludovico no era el tipo de hombre cholulo y farandulero, tuvo toda la intención de alcanzarlo para saludarlo, con la escusa de avisarle que la noche siguiente lo irían a escuchar, y de paso pedirle un autógrafo. Aprovechando que aún no había señales del taxi, se decidió a seguirlo. Se sorprendió bastante cuando lo vio parado frente a la puerta de su edificio, y el estupor fue creciendo al ver que quién lo dejaba entrar, era Pedro.
El hecho lo asombró un poco, y en un acto casi reflejo, decidió alejarse sigilosamente con la intención de desaparecer del foco de atención.
Mientras los veía perderse por el palier de entrada, se dio cuenta, por como gesticulaban y se reían, que ellos dos se conocían. Lo invadió una mezcla de extrañeza y curiosidad, cómo era posible que Pedro no le contara, más sabiendo que irían a  escucharlo juntos.
No comprendió en aquel momento las palpitaciones del corazón, pero su instinto encendió la luz roja de un mal presentimiento.
Consternado y preso de aquellos celosos fantasmas que a veces lo asediaban, tomó la decisión de seguirlos. Previamente, realizó un llamado telefónico, y comunicó que esa tarde no iría a trabajar, argumentando estar descompuesto. Luego, sin dejar pasar un segundo más, se metió en el edificio y subió hasta su departamento.
Podría haber entrado, pero Pedro siempre dejaba la llave con media vuelta del lado de adentro. De todas maneras no estaba seguro de querer hacerlo, no era precisamente su forma de ser la de estallar en un brote de histeria descontrolada. ¿Y si se estaba equivocando? ¿y si solo había sido una situación casual? No tenía intenciones de pasar por el trance de quedar expuesto, hacer el ridículo y encima, tener que soportar después la ira de Pedro. Entonces, cuando las luces del pasillo se apagaron, apoyó su oreja a la puerta, aprovechando el silencio mudo que madura en la siesta. Los sólidos tienen un índice de transmitancia elevado para el sonido, y el estetoscopio humano, un caudal de percepción demasiado amplio, sobre todo cuando el cuerpo se llena de adrenalina. Él lo sabía. De chico, varias veces habían jugado con sus hermanos a escuchar las conversaciones de los adultos apoyando sus orejas sobre un vaso colocado boca abajo en la pared. Así, un día habían descubierto que papá y mamá eran en realidad los Reyes Magos, y qué, por el mismo precio, también oficiaban de Papá Noel.
—Yo me voy a duchar ¿Querés tomar algo Carlos? —sintió que decía Pedro.
La respuesta de Carlos la escuchó difusa, pero inmediatamente volvió a sentir a su novio
—¿Tenés frío papi?
En ese momento sintió que el pecho se le oprimía. Ludovico sabía que las palabras no tenían dueño, pero en aquella situación, en el interior de su casa, y sintiéndola dirigida hacia otro hombre que no era él, le dolió. Algo sonó en su pecho, como un latido que se hubiera detenido de repente, como una trompada seca que paralizó de golpe el corazón, poniéndolo nuevamente en marcha de inmediato, pero de una forma mucho más acelerada, como si hubiera estado haciendo una hora de bicicleta. Su pecho latía tan rápido y tan fuerte, que tuvo la impresión de ser delatado, de ser traicionado por su propio ritmo cardíaco, como le había ocurrido al personaje de aquel famoso cuento escrito por Edgar Allan Poe.
Podría haber manoteado el picaporte, tocar el timbre, sacudir a puñetazos la puerta, pero no lo hizo. Comenzaron a temblarle las manos, lo que siempre le ocurría cuando lo superaban los nervios. No comprendía nada de lo que pasaba y era tan atroz la ansiedad, que con toda la revolución carcomiendo las habitaciones de su cuerpo, se quedó inerme, pegado a la puerta, escuchando algunas voces que le llegaban como murmullos y otras que por momentos, sentía de forma nítida.
—Eso fue el día del granizo, entraba agua por todos lados.
Al escuchar la voz de su novio diciendo aquello, supuso que estaban en el lavadero, único sector de la casa sin persianas y en donde el tejido mosquitero había sido dañado cuando unos meses antes, un fuerte temporal había sacudido a gran parte del país. Una tormenta impresionante, parecida a la que se estaba por largar en cualquier momento. Recordó de golpe cómo, entre los dos, sujetaban fuertemente los trapos con el escurridor, para que el agua no traspasara a la cocina. Las calles habían quedado anegadas, y el asfalto, soportaba el peso de unos veinte centímetros de granizo. Un par de horas después, ellos habían salido a dar una vuelta por aquellas calles, tomando fotos y planificando una  cena íntima que los había llevado, de postre, a la cama y sus pasiones. Como una fotografía, recordó la llovizna que moteaba la ventana de la habitación susurrando sonatas de amor, mientras ellos se dejaban explorar una y otra vez todo el cuerpo.
—¡No sabés cómo me duele el culo! —sintió por fin en forma clara la voz de Carlos, una voz de pibe canchero, directo y sin vueltas — Me salió una hemorroide, me hicieron tacto ¿alguna vez te hicieron tacto? me preguntó el médico… —y la voz se diluyó otra vez en susurros.
Rápidamente, recorrió la puerta con la oreja pegada a ella, intentando localizar un punto que le permitiese recuperar cuanto antes la audición.
—Sí, un amigo —sintió responder a Pedro, y ambos rieron, o al menos Ludovico los imagino riéndose.
—Me metió el dedo y me dijo, ves, acá está la próstata… —volvió a escuchar la voz de Carlos, que nuevamente se hacía fritura como la interferencia de un dial mal sintonizado.
Ludovico se alejó de la puerta porque las luces del palier se encendieron, debía disimular. Por las bolsas que llevaba en sus manos, supuso que la vecina del H venía de hacer mandados. Él se hizo el distraído, como si buscara la llave en el maletín, para que ni siquiera lo saludara. Por fortuna, la vecina se metió en su departamento sin emitir sonido y cuando todo volvió a la penumbra, Ludovico volvió a pegar la oreja a la puerta.
Ese hijo de puta está preparando la mesa, pensó, y conociendo el instinto masculino de Carlos, éste no tardará en servirla. ¡Mierda! No me puede estar pasando esto… no…
Una vez que encontró un buen sector desde el cual alejar el ruido de las interferencias, comenzó a escuchar otra vez murmullos, esta vez, con un tinte más dulce y relajado. Sintió lo que supuso ropa que desvestía los cuerpos, y al cabo de unos minutos, llegó clarita hasta su oído una música tan universal como el lenguaje de señas, la de los jadeos del goce sexual, la del frote de los cuerpos al rozarse cada vez más intensamente, las palabras típicas pará, pará, dale, más, más, así, sí, ahhh, ahhh, ahhh, AHHHHH… y el exabrupto final que deja sin aliento, madurando el fruto del orgasmo.
Otra vez sonido de frote y ropa, esta vez, destinada a cubrir los cuerpos, mientras en la voz de Carlos se escuchaba clarita la referencia a unas varas decorativas que estaban al lado del sillón, con lo cual supo que el lugar preciso de los amantes había sido el living.
Imaginando el semen tibio derramado, el sudor y las miradas de complicidad, por primera vez en su vida sintió que le dolía el alma. Un dolor intenso y asfixiante, que lo ahogaba y le provocaba un mayor temblor de manos, sudor frío, tristeza, impotencia, imposibilidad de emitir un grito y de romper con toda sus fuerzas la puerta. En el living, en su sillón, en el que cada noche él y Pedro se tiraban a mirar una película o simplemente a leer; en donde se acariciaban y besaban, en donde los pies de uno abrazaban las piernas del otro.
El corazón le latía tan rápido y tan fuerte que le daba la sensación de que pronto atravesaría los tejidos, dejándolo seco y tieso. Y en ese momento, deseó con todas sus fuerzas que aquello sucediera; eso, quería arrancarse el corazón, abolir la sensación.
Su imposibilidad de reacción lo hacía mantener la oreja pegada a la puerta, aún cuando sabía que todo lo que había escuchado ya era suficiente. De la parálisis repentina, ni siquiera podía pensar, no sabía hacia dónde correr, en qué sitio esconderse. Escuchó que Pedro contaba algo sobre los pájaros y Carlos se jactaba a viva voce de tener el culo roto. Luego sintió como Pedro, de forma muy cariñosa, le colocaba a Carlos unas gotas descongestivas en la nariz, las mismas que le ponía a él cuando notaba sus dificultades para respirar.
Se encendió otra vez la luz del palier y eso lo hizo reaccionar de inmediato. Alejó el rostro de la puerta y como pudo, se puso en marcha. Salió a la calle, recorriendo de memoria los pasillos pero sin fijar su conciencia en nada ni en nadie. Cuando sintió la primera bocanada de aire en el rostro, se encontraba mareado y asqueado
En el ambiente había una densa bruma blanca, y sobre las veredas y las calles, se iba depositando una gruesa capa de nieve. Fue dejando la huella de sus pisadas mientras se alejaba, mientras se perdía entre la gente, mientras algunas lágrimas se le hacían escarcha al salir de sus ojos tristes; lágrimas que petrificaban la pena mientras que el rastro de las huellas se iba cubriendo otra vez de copos blancos.
En sus oídos resonaban los versos de una canción en italiano, y no podía dejar de prestarles atención. Todo su entorno estaba embebido de aquella música.  Hai perso un pezzo di me , y así lo sentía; un trozo de su ser se hacía mil pedazos, cómo las lágrimas, que, congeladas, chocaban contra el suelo volviéndose astillas.

È vero è complicato odiarti, nessuno al mondo può negarlo tantomeno oggi io, y sin embargo no podía odiarlo. Quiso volver sobre sus pasos, para enfrentarlos, para gritarles en la cara su furia, y para que respondieran los tantos por qué que jamás tienen respuesta. Pero las huellas tapadas le provocaban amnesia, y otra vez el caos, el desorden, el no saber qué hacer ni adónde ir, las fervientes ganas de arrancarse el corazón para que se lo coman los perros vagabundos que habían salido al paso; para dejar de sentirse roto, hecho mierda, vacío; para que de una vez por todas se detengan los gemidos que latían en su pecho y resonaban insistentemente en la mente. 

lunes, 19 de agosto de 2013

Lectura silenciosa

Micah Albert

La semana amanece, y con ella, el rezongo típico del lunes, el deseo inmenso de abrazar la almohada un rato más, los primeros estruendos callejeros, las bocinas, los chicos que entran al colegio, los laburantes que cruzan la plaza esquivando a los muchachos ebrios de noche y sedientos de amor, los escaparates que poco a poco se van armando y en los que, algunos vendedores exponen su mercadería, lustrosa, brillante, traslúcida de lata y cartón.
Una mujer de apenas 38 años, que ha debitado otros tantos en simultáneo, arma su puestito de venta a unos metros del edificio en el que vivo. Es lo poco que le quedó en herencia de un matrimonio factual recientemente terminado; eso, sus dos hijos y algunos cuantos libros que atesora en una caja de cartón, escondida y al reparo bajo la mesa de sus cacharros.
Tras su mostrador, diariamente ofrece todo tipo de objetos, desde pelotas de goma con lucecitas multicolor, dignas de cualquier árbol navideño,  hasta medias rayadas que llevan el logo de Caro Cuore  estampado en un costado, simulando a las verdaderas.
Como todos los vendedores que habitan la cuadra, revela su oferta temprano en la mañana, y no se va hasta que el último negocio apaga las luces de sus marquesinas.
Germán, su hijo mayor, le da una mano, sobre todo por la tarde, cuando ella asiste a la escuela de adultos en la que se anotó el año pasado con la férrea convicción de terminar el secundario. Pequeños deseos adolescentes que fueron robados por un padre alcohólico y autoritario, reiteradas violaciones, y un escape matrimonial que solo firmó con moretones y golpes de todo tipo.
A ella también la insultan, como a los demás, pero ella baja la mirada y observa a su hija de dos años que descansa en el chango, arrullada con la canción de cuna del gentío, los pasos y el rugir de los motores de los autos. Viéndola allí, indefensa y serena, desgrana la fuerza de los días por venir, y recarga las pilas del presente para estamparse la mejor sonrisa y vender lo más posible.
Los precios suben día a día y a ella cada vez le cuesta más comprar la leche y el pan.
Menos mal que Germán la ayuda, eso sí, cuando sale del colegio, porque si hay algo en lo que su madre siempre insiste es en el estudio, que para ser alguien en la vida hay que estar preparado, y que la calle enseña a vivir pero no educa.
Mientras hace lo imposible por vender un burbujero,  dejando flotar en el aire pequeñas pompas que brillan como un vaso recién lavado, y que se estrellan derramando su esencia sobre los trajes y los sacos de la gente que camina por allí, la insultan y se la llevan por delante, sobre todo hoy, que llueve a cántaros y que tuvo que apurarse a juntar todo, tapándolo bajo una lona plástica mientras corría su banqueta y la colocaba bajo un toldo cercano.
Cualquiera le grita obscenidades y se la lleva por delante, sin distinción de género, edad o posición social.
Todos, al ver su paso entorpecido por el reducido grosor de la arteria peatonal, queriendo emular a los fluidos en esa vorágine que parece llevarlos a tiempo a todos lados, la pisan, la chocan y hasta a veces, le tiran “sin querer” su tablón de venta.
Ella, con resignación, vuelve a poner todo en su lugar, y aprovechando que la nena duerme, que German está en la escuela y que con la lluvia la gente no se detiene a comprar, deja de jugar para vender, abre la caja que está bajo la mesa y saca uno de los libros. Se acomoda al reparo, sobre un costado del tablón, desde donde prosigue la lectura que la viene entusiasmando desde hace un par de días.
Mientras los demás vendedores conversan, escuchan cumbia o comen choripán, ella lee.
Lee las novelas que le recomendó la profesora de literatura, con las que seguramente deberá hacer alguna monografía.
Lee y recuerda con una sonrisa cuando confundió al Barroco con un señor que calzaba botas de taco, sombrero castor de ala ancha, calzas y  que cubría su espalda con una capa redonda.
Lee y suspira.
Lee y sus pupilas se dilatan.
Lee y seguramente sueña.
Lee, y su vida trasciende el paisaje cotidiano para vivir en los lugares que quizá nunca conozca, acompañada de personajes que hacen de su novela diaria una fiesta y un brindis.
La veo sumergida en esas páginas y no dejo de asombrarme.
Así haga frío o el sol le derrita la cabeza; con un viento huracanado como los que suelen poblar la ciudad o con la lluvia que se acaba de largar, ella, entre venta y venta, mientras tiene algunos minutos libres, se reclina en su banqueta y lee, sin perder el hilo de la historia, sin alejarse por un momento de esos personajes que seguramente habita y encarna, sumida a pleno sobre mundos paralelos en los que, siendo dueña de sí misma y con una determinación locuaz, se pone de pié, levanta su rostro desvanecido por las inclemencias de la vida y mirando a los ojos a cada uno de sus potenciales clientes, los insulta, los choca, los escupe y  los va poniendo poco a poco en el lugar que corresponde, mientras que con su  mejor sonrisa les vende una pelotita que rebota destellando luces, o un par de medias truchas que simulan ser las verdaderas; todo para pagar un sueño, para que  sus hijos se alejen de esa rutina, de esas veredas, de aquellas calles.  

lunes, 12 de agosto de 2013

Bitácora

—¿Funciona la calefacción? —le pregunté a mamá, antes que desapareciera de mi vista.
—Anda, tarda en arrancar, pero anda —contestó sosegada, sin darse vuelta y levantando un brazo en señal de despedida.
Habían anunciado por la radio que la temperatura descendería abruptamente en los próximos cinco días, pudiendo registrarse temperaturas de hasta diez grados bajo cero. A su vez, como era de esperar, algunos locutores daban las recomendaciones habituales de que te abrigues bien, que te pongas un gorro, bufanda y guantes. A veces, al escucharlos, me parece estar viendo a mi abuela emponchándome de arriba hasta abajo en los inviernos que asistía a la escuela. Parece que a los anunciadores no les alcanza con decir la noticia, deben opinar y a su vez darte un consejo, cómo si uno se los pidiera, cómo si a uno no le alcanzara con escuchar solamente la palabra frío para que en el cerebro se active la necesidad de abrigo, o cómo si el cuerpo no se diera cuenta de que hay que ponerse más ropa, porque la chomba y la sunga cubren pero no atajan.
Mi hermano Wilson pasó por nosotros al otro día, más específicamente a las cinco de la mañana, como habíamos quedado. Verdaderamente, como estaba anunciado, hacía frío, y con Bowers habíamos tomado la precaución de abrigarnos lo justo y necesario para no empezar a practicar contorsionismo a los pocos kilómetros de haber empezado el viaje.
Al momento de cargar los bolsos y el quipo de mate, nos sorprendió ver una manta y una almohada en el asiento trasero de la camioneta.
—Wilson, ¿no dormiste anoche? —le pregunté sorprendido a mi hermano.
—No, ¿cómo te diste cuenta? — me respondió con asombro; pregunta que a mí, me sonó a tomada de pelo.
Simplemente miré la manta y la almohada, le hice un gesto arqueando las cejas, y finalmente reaccionó.
—Ah, no, no, eso lo puso mamá anoche —me respondió sonriendo—, por si alguno de ustedes quería recostarse en el asiento de atrás.
—¿Desde cuándo tan considerada? —dije en tono burlón, mientras nos acomodábamos en los asientos.
Wilson al volante, yo de copiloto y Bowers detrás de mí, en esa configuración emprendimos el viaje que nos llevaría, del portal de la Patagonia, a un quincentenar de kilómetros tierra adentro.
Habían transcurrido unos cien kilómetros y agradecimos a mamá por su percepción y la sutil forma de prever algún posible incidente. Efectivamente, la manta ya estaba en uso, atravesada entre mis piernas y las de Wilson, con un pequeño agujerito que le habíamos hecho para no entorpecer la caja de cambios.
Aún la calefacción no se había puesto en marcha y debíamos llevar la ventilación encendida para que los vidrios no se empañen. ‘Anda, tarda unos cientos de kilómetros en arrancar, pero anda’ me quejé burlonamente parafraseando a mi madre, mientras el chiflete que se colaba por las rejillas de aireación se encargaba de transmutar nuestras facciones. Con la nariz roja y chorreante, la tez blanca y tiesa, cada vez que debíamos girar la cabeza o mover alguna parte del cuerpo, lo teníamos que hacer lentamente como si fuéramos playmobiles. Eso, sumado a la quietud de las posiciones, provocaba entumecimiento en las extremidades, temblores y bastantes paradas técnicas para hacer pis.
Es sabido que cuando la temperatura exterior baja, el pito se achica y el escroto se pega a los testículos provocando que suban un par de niveles. Por ende, cada vez que bajábamos a orinar, teníamos que hacer un esfuerzo enorme, primero para articular los dedos, y segundo, para encontrarnos el pito entre las piernas, sacarlo e intentar apuntar el chorro sin que nos moje.
La vanidad masculina es directamente proporcional a mear cuando se tiene compañía, y fue por eso que, cuando en una de las tantas paradas bajamos los tres, cada uno apuntó el chorro para un lado diferente. De todas formas, un camionero que pasaba justo por ahí, activó las luces altas y fue testigo de todo el espectáculo minimalista. Yo no sé si el bocinazo que nos tocó fue por pena o porque quería que lo acompañemos en su cabina, lo cierto es que nos hizo saltar del susto y por ende, chorrearnos el pantalón. ¡Tanto esfuerzo en vano!
Al llegar a Río Colorado, agradecimos no tener que brindar un espectáculo de orinado público. Paramos en una estación de servicio y cada uno hizo lo suyo en la intimidad del baño. Nos tomamos un café que logro entibiar un poco el cuerpo, calentamos agua para los termos y proseguimos viaje.
Como estaba previsto, me tocó manejar a mí. Wilson ocupó el lugar del copiloto y Bowers se sentó en el mismo sitio de siempre. Durante el trayecto, aprovechamos para tomar mate y con eso, aplacar un poco la frescura de la heladera en la que viajábamos. Entre la charla y la música, por un rato nos olvidamos del frío, pero poco a poco, los pies rígidos y la necesidad de hacer pis nos puso al corriente de que la temperatura seguía siendo baja.
Al llegar a Villa Regina, volvimos al ritual del café, la intimidad de un baño, cargar agua a los termos y sobre todo, reponer combustible. Volvimos a cambiar posiciones con Wilson y seguimos camino.
No habíamos recorrido más de 15 kilómetros cuando Wilson notó que la aguja de la temperatura del motor estaba llegando al máximo. Asustado y nervioso, se orilló en la banquina, detuvo el motor y abrió el capot. Bajamos los tres para ver qué había ocurrido, lo cual era lo mismo que nada porque ninguno había visto un motor en su vida. Éramos tres pelotudos que mirábamos absortos cómo, de la cubeta, que rebalsaba de agua, salía vapor a presión. Y con esa habilidad que tenemos cuando desconocemos un tema pero no queremos que el otro se de cuenta, empezamos a tirar hipótesis absurdas que al poco tiempo se transformaron en equivocadas certezas.
—Seguramente el radiador tenía mucha agua y la presión de vapor la obligó a salir por la cubeta —tiré yo de una.
—No, es raro —dijo Wilson— porque el radiador está seco y desolado como el camino de Río Colorado a Choele Choel.
—Lo que tenemos que hacer es quitar el agua de la cubeta y devolverla al radiador —se animó a decir Bowers.
La regla de la mano se cumple inexorablemente. Tenemos pito chico, pero mano grande, por ende, meter nuestros dedos para intentar sacar el agua, era prácticamente imposible y obviamente, ninguno se apresuró a intentarlo con el pene. Ahora, si la física asegura que un huevo de gallina entra por el pico de una botella cuando se la calienta, debería funcionar lo mismo con las manos. Por las dudas, no quisimos intentarlo, porque la verdad que viajar flameando como bandera no estaba en los planes de ninguno.
Alejando nuestros pensamientos de ideas extrañas, y admitiendo que si seguíamos parados ahí corríamos el riesgo de ser un banquete para la difunta Correa,   con Bowers nos fuimos caminando por la orilla de la ruta, en sentido contrario, hasta la estación de servicio en la que habíamos estado hacía diez minutos. Fue la primera vez que adoré y le encontré sentido a una caminata, al menos, el frío menguaba y comenzábamos a recobrar la circulación.
Al llegar, compramos dos bidones grandes de agua y aprovechando que justo había un taxi cargando nafta, le solicitamos que nos lleve. Una cosa era haberle encontrado sentido a la caminata, y otra muy diferente que se me haga costumbre.
Cuando nos reencontramos con Wilson, pusimos el agua en el radiador y retomamos la marcha. Claro que esto lo tuvimos que repetir varias veces, porque al parecer, se habían soplado las juntas de la tapa de cilindros, y esto provocaba la pérdida de agua –cosa que supimos al otro día y en la voz de los expertos-. Entonces, entre las paradas técnicas para hacer pis y las paradas técnicas propiamente dichas, ese trayecto del viaje se transformó en una especie de peregrinación a Fortín Mercedes, con la salvedad de los cantos y los rezos, ahora transformados en mufa e insultos.
—Me escribió tu mamá —me dice al rato Bowers—. No, no, no, ¡tu vieja es monumental! —siguió diciendo, al tiempo que se reía.
—¿Por? —le respondo girando la cabeza para verle la expresión de la cara.
—Le mandé hace un rato un mensaje, viste —risas—, y le puse ‘no nos dijo que la calefacción arrancaba recién en Bariloche’ —más risas— ¿y sabés lo que me respondió?
—De mi madre puedo esperar cualquier cosa —le dije levantando mis manos, mientras ya nos reíamos los tres.
—Me puso ‘la camioneta es para usarla en verano, porque el aire funciona’ —largamos una carcajada descomunal.
En cierto modo, la anécdota nos distendió y eso provocó que nos relajáramos un poco, más allá del frío y de la calefacción a manta polar.
Lo curioso fue qué, estando por llegar a Centenario,  ciudad a la que nos dirigíamos, en mi teléfono apareció de la nada un mensaje que ocupaba gran parte de la pantalla. “Qué tenga un viaje encantador”. Los teléfonos jamás funcionan en la ruta, pierden la señal cuando más los necesitas, pero para darte ánimo y consejo, son similares a los que te dan los locutores radiales, inoportunos y sumamente inservibles.

lunes, 5 de agosto de 2013

Gorrear

Aquel frío invierno del 2012, recorriendo la Patagonia argentina en una deteriorada Hunter gris, Scott convenció a sus amigos Wilson y Bowers de continuar viaje hasta el fin del mundo con la garantía de que al llegar, encontrarían una fuente de calor.
Le urgía conseguir una antiquísima bebida espirituosa, que a modo de cebo, utilizó para engañar a sus compañeros de travesía. 
En un pasado remoto, le había prometido a su mujer las nieves eternas para que realizara la escultura con la que inauguraría una nueva era de arte efímero. Él nunca pudo entregárselas porque quedo sepultado bajo el manto blanco de las mismas, y ella, quien nunca le perdonó la falta, ni  haberle robado el protagonismo, en un arrebato de ira, se suicidó.
Tras los influjos de una danza coreografiada por la incondicional Isadora Duncan, y bajo  la estricta supervisión de Aleister Crowley, ella, bebiendo a sorbos lentos un vino sagrado que condensaba en sus vapores algunos de los preceptos fundamentales de la doctrina filosófica del Thelema, salió de este mundo por la puerta trasera del Samsara, evitando así, posibles reencuentros con su marido.

—La única posibilidad de reencontrarla —dijo finalmente Isadora al capitán Scott, luego que éste la mantuviera atada al giroscopio un buen rato— está escondida en los elixires de un 'Cosecha de Mayo', dentro de una barrica de roble —y casi a punto de vomitar, exclamó en un hilo de voz— en el interior de una bodega Neuquina. 

Si años atrás habían sido capaces de soportar el aire gélido a los noventa grados de latitud sur durante aproximadamente un mes,  podían, con soltura, llevar adelante aquel desafío. 
Con los pies y el resto de los miembros entumecidos, tuvieron que hacer un alto porque el indicador de la temperatura del motor estaba llegando al máximo. Al darse cuenta que el radiador enviaba el agua con presión hacia los lugares de escape más rápidos, fue prudente armarse de paciencia y aceptar que se demorarían un par de días en llegar a destino.
Cuando arribaron a la bodega, mientras Wilson y Bowers realizaban la visita preguntando al guía por toda clase de detalles referidos a la fabricación del vino, como si se tratase de auténticos sommeliers, Scott se escabulló entre las barricas para revisarlas una por una. Exhausto y un tanto ebrio por haber inhalado gran cantidad de alcohol, notó que en el interior de uno de los últimos toneles había una bandera noruega.
Era evidente que en la carrera, su destino era siempre salir segundo.
Mientras ellos emprendían el regreso, fracasados y derrotados, un tal Amundsen, guiado por su amigo Crowley, descorchaba la única botella del 'Semillón Tardío' en los brazos de Kathleen Scott, a quien siempre había pretendido.