Material exclusivo para utilizar en el baño

lunes, 12 de agosto de 2013

Bitácora

—¿Funciona la calefacción? —le pregunté a mamá, antes que desapareciera de mi vista.
—Anda, tarda en arrancar, pero anda —contestó sosegada, sin darse vuelta y levantando un brazo en señal de despedida.
Habían anunciado por la radio que la temperatura descendería abruptamente en los próximos cinco días, pudiendo registrarse temperaturas de hasta diez grados bajo cero. A su vez, como era de esperar, algunos locutores daban las recomendaciones habituales de que te abrigues bien, que te pongas un gorro, bufanda y guantes. A veces, al escucharlos, me parece estar viendo a mi abuela emponchándome de arriba hasta abajo en los inviernos que asistía a la escuela. Parece que a los anunciadores no les alcanza con decir la noticia, deben opinar y a su vez darte un consejo, cómo si uno se los pidiera, cómo si a uno no le alcanzara con escuchar solamente la palabra frío para que en el cerebro se active la necesidad de abrigo, o cómo si el cuerpo no se diera cuenta de que hay que ponerse más ropa, porque la chomba y la sunga cubren pero no atajan.
Mi hermano Wilson pasó por nosotros al otro día, más específicamente a las cinco de la mañana, como habíamos quedado. Verdaderamente, como estaba anunciado, hacía frío, y con Bowers habíamos tomado la precaución de abrigarnos lo justo y necesario para no empezar a practicar contorsionismo a los pocos kilómetros de haber empezado el viaje.
Al momento de cargar los bolsos y el quipo de mate, nos sorprendió ver una manta y una almohada en el asiento trasero de la camioneta.
—Wilson, ¿no dormiste anoche? —le pregunté sorprendido a mi hermano.
—No, ¿cómo te diste cuenta? — me respondió con asombro; pregunta que a mí, me sonó a tomada de pelo.
Simplemente miré la manta y la almohada, le hice un gesto arqueando las cejas, y finalmente reaccionó.
—Ah, no, no, eso lo puso mamá anoche —me respondió sonriendo—, por si alguno de ustedes quería recostarse en el asiento de atrás.
—¿Desde cuándo tan considerada? —dije en tono burlón, mientras nos acomodábamos en los asientos.
Wilson al volante, yo de copiloto y Bowers detrás de mí, en esa configuración emprendimos el viaje que nos llevaría, del portal de la Patagonia, a un quincentenar de kilómetros tierra adentro.
Habían transcurrido unos cien kilómetros y agradecimos a mamá por su percepción y la sutil forma de prever algún posible incidente. Efectivamente, la manta ya estaba en uso, atravesada entre mis piernas y las de Wilson, con un pequeño agujerito que le habíamos hecho para no entorpecer la caja de cambios.
Aún la calefacción no se había puesto en marcha y debíamos llevar la ventilación encendida para que los vidrios no se empañen. ‘Anda, tarda unos cientos de kilómetros en arrancar, pero anda’ me quejé burlonamente parafraseando a mi madre, mientras el chiflete que se colaba por las rejillas de aireación se encargaba de transmutar nuestras facciones. Con la nariz roja y chorreante, la tez blanca y tiesa, cada vez que debíamos girar la cabeza o mover alguna parte del cuerpo, lo teníamos que hacer lentamente como si fuéramos playmobiles. Eso, sumado a la quietud de las posiciones, provocaba entumecimiento en las extremidades, temblores y bastantes paradas técnicas para hacer pis.
Es sabido que cuando la temperatura exterior baja, el pito se achica y el escroto se pega a los testículos provocando que suban un par de niveles. Por ende, cada vez que bajábamos a orinar, teníamos que hacer un esfuerzo enorme, primero para articular los dedos, y segundo, para encontrarnos el pito entre las piernas, sacarlo e intentar apuntar el chorro sin que nos moje.
La vanidad masculina es directamente proporcional a mear cuando se tiene compañía, y fue por eso que, cuando en una de las tantas paradas bajamos los tres, cada uno apuntó el chorro para un lado diferente. De todas formas, un camionero que pasaba justo por ahí, activó las luces altas y fue testigo de todo el espectáculo minimalista. Yo no sé si el bocinazo que nos tocó fue por pena o porque quería que lo acompañemos en su cabina, lo cierto es que nos hizo saltar del susto y por ende, chorrearnos el pantalón. ¡Tanto esfuerzo en vano!
Al llegar a Río Colorado, agradecimos no tener que brindar un espectáculo de orinado público. Paramos en una estación de servicio y cada uno hizo lo suyo en la intimidad del baño. Nos tomamos un café que logro entibiar un poco el cuerpo, calentamos agua para los termos y proseguimos viaje.
Como estaba previsto, me tocó manejar a mí. Wilson ocupó el lugar del copiloto y Bowers se sentó en el mismo sitio de siempre. Durante el trayecto, aprovechamos para tomar mate y con eso, aplacar un poco la frescura de la heladera en la que viajábamos. Entre la charla y la música, por un rato nos olvidamos del frío, pero poco a poco, los pies rígidos y la necesidad de hacer pis nos puso al corriente de que la temperatura seguía siendo baja.
Al llegar a Villa Regina, volvimos al ritual del café, la intimidad de un baño, cargar agua a los termos y sobre todo, reponer combustible. Volvimos a cambiar posiciones con Wilson y seguimos camino.
No habíamos recorrido más de 15 kilómetros cuando Wilson notó que la aguja de la temperatura del motor estaba llegando al máximo. Asustado y nervioso, se orilló en la banquina, detuvo el motor y abrió el capot. Bajamos los tres para ver qué había ocurrido, lo cual era lo mismo que nada porque ninguno había visto un motor en su vida. Éramos tres pelotudos que mirábamos absortos cómo, de la cubeta, que rebalsaba de agua, salía vapor a presión. Y con esa habilidad que tenemos cuando desconocemos un tema pero no queremos que el otro se de cuenta, empezamos a tirar hipótesis absurdas que al poco tiempo se transformaron en equivocadas certezas.
—Seguramente el radiador tenía mucha agua y la presión de vapor la obligó a salir por la cubeta —tiré yo de una.
—No, es raro —dijo Wilson— porque el radiador está seco y desolado como el camino de Río Colorado a Choele Choel.
—Lo que tenemos que hacer es quitar el agua de la cubeta y devolverla al radiador —se animó a decir Bowers.
La regla de la mano se cumple inexorablemente. Tenemos pito chico, pero mano grande, por ende, meter nuestros dedos para intentar sacar el agua, era prácticamente imposible y obviamente, ninguno se apresuró a intentarlo con el pene. Ahora, si la física asegura que un huevo de gallina entra por el pico de una botella cuando se la calienta, debería funcionar lo mismo con las manos. Por las dudas, no quisimos intentarlo, porque la verdad que viajar flameando como bandera no estaba en los planes de ninguno.
Alejando nuestros pensamientos de ideas extrañas, y admitiendo que si seguíamos parados ahí corríamos el riesgo de ser un banquete para la difunta Correa,   con Bowers nos fuimos caminando por la orilla de la ruta, en sentido contrario, hasta la estación de servicio en la que habíamos estado hacía diez minutos. Fue la primera vez que adoré y le encontré sentido a una caminata, al menos, el frío menguaba y comenzábamos a recobrar la circulación.
Al llegar, compramos dos bidones grandes de agua y aprovechando que justo había un taxi cargando nafta, le solicitamos que nos lleve. Una cosa era haberle encontrado sentido a la caminata, y otra muy diferente que se me haga costumbre.
Cuando nos reencontramos con Wilson, pusimos el agua en el radiador y retomamos la marcha. Claro que esto lo tuvimos que repetir varias veces, porque al parecer, se habían soplado las juntas de la tapa de cilindros, y esto provocaba la pérdida de agua –cosa que supimos al otro día y en la voz de los expertos-. Entonces, entre las paradas técnicas para hacer pis y las paradas técnicas propiamente dichas, ese trayecto del viaje se transformó en una especie de peregrinación a Fortín Mercedes, con la salvedad de los cantos y los rezos, ahora transformados en mufa e insultos.
—Me escribió tu mamá —me dice al rato Bowers—. No, no, no, ¡tu vieja es monumental! —siguió diciendo, al tiempo que se reía.
—¿Por? —le respondo girando la cabeza para verle la expresión de la cara.
—Le mandé hace un rato un mensaje, viste —risas—, y le puse ‘no nos dijo que la calefacción arrancaba recién en Bariloche’ —más risas— ¿y sabés lo que me respondió?
—De mi madre puedo esperar cualquier cosa —le dije levantando mis manos, mientras ya nos reíamos los tres.
—Me puso ‘la camioneta es para usarla en verano, porque el aire funciona’ —largamos una carcajada descomunal.
En cierto modo, la anécdota nos distendió y eso provocó que nos relajáramos un poco, más allá del frío y de la calefacción a manta polar.
Lo curioso fue qué, estando por llegar a Centenario,  ciudad a la que nos dirigíamos, en mi teléfono apareció de la nada un mensaje que ocupaba gran parte de la pantalla. “Qué tenga un viaje encantador”. Los teléfonos jamás funcionan en la ruta, pierden la señal cuando más los necesitas, pero para darte ánimo y consejo, son similares a los que te dan los locutores radiales, inoportunos y sumamente inservibles.

9 comentarios:

  1. Jajajajaja! Que linda experiencia, lastima que alguien mas tendria q haber estado en esa 4*4, quien sera???

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  2. ¿alguien más?... mmmmm yo creo que a ninguno de los tres los convence la idea.

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  3. Aguante la neeeeniiii!!!!!!! :D Se roba la historia! jajajaja :D Muy buen relato, me los imaginé a la perfección (con excepción de la parte de los pitos, gracias, pero eso no me lo quiero ni imaginar! jajajaja) :D :D

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  4. ¿tenés algún problemita con los pitos vos?... ¡yo te diría que hagas terapia! jajajajaja

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