Material exclusivo para utilizar en el baño

lunes, 26 de agosto de 2013

Interferencia


Tiziano Ferro

Mario Benedetti.



Aquel cielo anunciaba tormenta y nieve. Las nubes negras asemejaban a los globos de carnaval; a punto de rasgar en un estallido el látex, y bañar vertiginosamente a la gente que por esas horas del mediodía, frecuentaba la calle.
Con su impermeable negro, y sosteniendo con el brazo derecho un maletín, Ludovico esperaba el taxi que lo llevaría al trabajo.
Siempre tomaba el micro, pero ese día lo demoró la charla durante la sobremesa y los mimos de Pedro. Había hecho tiempo para almorzar con él, a quién luego, había despedido con un apasionado beso en la boca y alguna que otra niñería susurrada al oído.
Sujetando el impermeable con la mano izquierda para atajar aún más el viento frío, aprovechó a mirar la hora en el reloj. Estaba diez minutos retrasado y el taxi seguía sin aparecer.
Al levantar la mirada, vio pasar delante de él a Carlos Distéfano, el joven vocalista del grupo de rock que irían a ver al día siguiente, al que conocía de los anuncios y de los afiches publicitarios, y que, en persona, le resultaba mucho más atractivo.
Si bien Ludovico no era el tipo de hombre cholulo y farandulero, tuvo toda la intención de alcanzarlo para saludarlo, con la escusa de avisarle que la noche siguiente lo irían a escuchar, y de paso pedirle un autógrafo. Aprovechando que aún no había señales del taxi, se decidió a seguirlo. Se sorprendió bastante cuando lo vio parado frente a la puerta de su edificio, y el estupor fue creciendo al ver que quién lo dejaba entrar, era Pedro.
El hecho lo asombró un poco, y en un acto casi reflejo, decidió alejarse sigilosamente con la intención de desaparecer del foco de atención.
Mientras los veía perderse por el palier de entrada, se dio cuenta, por como gesticulaban y se reían, que ellos dos se conocían. Lo invadió una mezcla de extrañeza y curiosidad, cómo era posible que Pedro no le contara, más sabiendo que irían a  escucharlo juntos.
No comprendió en aquel momento las palpitaciones del corazón, pero su instinto encendió la luz roja de un mal presentimiento.
Consternado y preso de aquellos celosos fantasmas que a veces lo asediaban, tomó la decisión de seguirlos. Previamente, realizó un llamado telefónico, y comunicó que esa tarde no iría a trabajar, argumentando estar descompuesto. Luego, sin dejar pasar un segundo más, se metió en el edificio y subió hasta su departamento.
Podría haber entrado, pero Pedro siempre dejaba la llave con media vuelta del lado de adentro. De todas maneras no estaba seguro de querer hacerlo, no era precisamente su forma de ser la de estallar en un brote de histeria descontrolada. ¿Y si se estaba equivocando? ¿y si solo había sido una situación casual? No tenía intenciones de pasar por el trance de quedar expuesto, hacer el ridículo y encima, tener que soportar después la ira de Pedro. Entonces, cuando las luces del pasillo se apagaron, apoyó su oreja a la puerta, aprovechando el silencio mudo que madura en la siesta. Los sólidos tienen un índice de transmitancia elevado para el sonido, y el estetoscopio humano, un caudal de percepción demasiado amplio, sobre todo cuando el cuerpo se llena de adrenalina. Él lo sabía. De chico, varias veces habían jugado con sus hermanos a escuchar las conversaciones de los adultos apoyando sus orejas sobre un vaso colocado boca abajo en la pared. Así, un día habían descubierto que papá y mamá eran en realidad los Reyes Magos, y qué, por el mismo precio, también oficiaban de Papá Noel.
—Yo me voy a duchar ¿Querés tomar algo Carlos? —sintió que decía Pedro.
La respuesta de Carlos la escuchó difusa, pero inmediatamente volvió a sentir a su novio
—¿Tenés frío papi?
En ese momento sintió que el pecho se le oprimía. Ludovico sabía que las palabras no tenían dueño, pero en aquella situación, en el interior de su casa, y sintiéndola dirigida hacia otro hombre que no era él, le dolió. Algo sonó en su pecho, como un latido que se hubiera detenido de repente, como una trompada seca que paralizó de golpe el corazón, poniéndolo nuevamente en marcha de inmediato, pero de una forma mucho más acelerada, como si hubiera estado haciendo una hora de bicicleta. Su pecho latía tan rápido y tan fuerte, que tuvo la impresión de ser delatado, de ser traicionado por su propio ritmo cardíaco, como le había ocurrido al personaje de aquel famoso cuento escrito por Edgar Allan Poe.
Podría haber manoteado el picaporte, tocar el timbre, sacudir a puñetazos la puerta, pero no lo hizo. Comenzaron a temblarle las manos, lo que siempre le ocurría cuando lo superaban los nervios. No comprendía nada de lo que pasaba y era tan atroz la ansiedad, que con toda la revolución carcomiendo las habitaciones de su cuerpo, se quedó inerme, pegado a la puerta, escuchando algunas voces que le llegaban como murmullos y otras que por momentos, sentía de forma nítida.
—Eso fue el día del granizo, entraba agua por todos lados.
Al escuchar la voz de su novio diciendo aquello, supuso que estaban en el lavadero, único sector de la casa sin persianas y en donde el tejido mosquitero había sido dañado cuando unos meses antes, un fuerte temporal había sacudido a gran parte del país. Una tormenta impresionante, parecida a la que se estaba por largar en cualquier momento. Recordó de golpe cómo, entre los dos, sujetaban fuertemente los trapos con el escurridor, para que el agua no traspasara a la cocina. Las calles habían quedado anegadas, y el asfalto, soportaba el peso de unos veinte centímetros de granizo. Un par de horas después, ellos habían salido a dar una vuelta por aquellas calles, tomando fotos y planificando una  cena íntima que los había llevado, de postre, a la cama y sus pasiones. Como una fotografía, recordó la llovizna que moteaba la ventana de la habitación susurrando sonatas de amor, mientras ellos se dejaban explorar una y otra vez todo el cuerpo.
—¡No sabés cómo me duele el culo! —sintió por fin en forma clara la voz de Carlos, una voz de pibe canchero, directo y sin vueltas — Me salió una hemorroide, me hicieron tacto ¿alguna vez te hicieron tacto? me preguntó el médico… —y la voz se diluyó otra vez en susurros.
Rápidamente, recorrió la puerta con la oreja pegada a ella, intentando localizar un punto que le permitiese recuperar cuanto antes la audición.
—Sí, un amigo —sintió responder a Pedro, y ambos rieron, o al menos Ludovico los imagino riéndose.
—Me metió el dedo y me dijo, ves, acá está la próstata… —volvió a escuchar la voz de Carlos, que nuevamente se hacía fritura como la interferencia de un dial mal sintonizado.
Ludovico se alejó de la puerta porque las luces del palier se encendieron, debía disimular. Por las bolsas que llevaba en sus manos, supuso que la vecina del H venía de hacer mandados. Él se hizo el distraído, como si buscara la llave en el maletín, para que ni siquiera lo saludara. Por fortuna, la vecina se metió en su departamento sin emitir sonido y cuando todo volvió a la penumbra, Ludovico volvió a pegar la oreja a la puerta.
Ese hijo de puta está preparando la mesa, pensó, y conociendo el instinto masculino de Carlos, éste no tardará en servirla. ¡Mierda! No me puede estar pasando esto… no…
Una vez que encontró un buen sector desde el cual alejar el ruido de las interferencias, comenzó a escuchar otra vez murmullos, esta vez, con un tinte más dulce y relajado. Sintió lo que supuso ropa que desvestía los cuerpos, y al cabo de unos minutos, llegó clarita hasta su oído una música tan universal como el lenguaje de señas, la de los jadeos del goce sexual, la del frote de los cuerpos al rozarse cada vez más intensamente, las palabras típicas pará, pará, dale, más, más, así, sí, ahhh, ahhh, ahhh, AHHHHH… y el exabrupto final que deja sin aliento, madurando el fruto del orgasmo.
Otra vez sonido de frote y ropa, esta vez, destinada a cubrir los cuerpos, mientras en la voz de Carlos se escuchaba clarita la referencia a unas varas decorativas que estaban al lado del sillón, con lo cual supo que el lugar preciso de los amantes había sido el living.
Imaginando el semen tibio derramado, el sudor y las miradas de complicidad, por primera vez en su vida sintió que le dolía el alma. Un dolor intenso y asfixiante, que lo ahogaba y le provocaba un mayor temblor de manos, sudor frío, tristeza, impotencia, imposibilidad de emitir un grito y de romper con toda sus fuerzas la puerta. En el living, en su sillón, en el que cada noche él y Pedro se tiraban a mirar una película o simplemente a leer; en donde se acariciaban y besaban, en donde los pies de uno abrazaban las piernas del otro.
El corazón le latía tan rápido y tan fuerte que le daba la sensación de que pronto atravesaría los tejidos, dejándolo seco y tieso. Y en ese momento, deseó con todas sus fuerzas que aquello sucediera; eso, quería arrancarse el corazón, abolir la sensación.
Su imposibilidad de reacción lo hacía mantener la oreja pegada a la puerta, aún cuando sabía que todo lo que había escuchado ya era suficiente. De la parálisis repentina, ni siquiera podía pensar, no sabía hacia dónde correr, en qué sitio esconderse. Escuchó que Pedro contaba algo sobre los pájaros y Carlos se jactaba a viva voce de tener el culo roto. Luego sintió como Pedro, de forma muy cariñosa, le colocaba a Carlos unas gotas descongestivas en la nariz, las mismas que le ponía a él cuando notaba sus dificultades para respirar.
Se encendió otra vez la luz del palier y eso lo hizo reaccionar de inmediato. Alejó el rostro de la puerta y como pudo, se puso en marcha. Salió a la calle, recorriendo de memoria los pasillos pero sin fijar su conciencia en nada ni en nadie. Cuando sintió la primera bocanada de aire en el rostro, se encontraba mareado y asqueado
En el ambiente había una densa bruma blanca, y sobre las veredas y las calles, se iba depositando una gruesa capa de nieve. Fue dejando la huella de sus pisadas mientras se alejaba, mientras se perdía entre la gente, mientras algunas lágrimas se le hacían escarcha al salir de sus ojos tristes; lágrimas que petrificaban la pena mientras que el rastro de las huellas se iba cubriendo otra vez de copos blancos.
En sus oídos resonaban los versos de una canción en italiano, y no podía dejar de prestarles atención. Todo su entorno estaba embebido de aquella música.  Hai perso un pezzo di me , y así lo sentía; un trozo de su ser se hacía mil pedazos, cómo las lágrimas, que, congeladas, chocaban contra el suelo volviéndose astillas.

È vero è complicato odiarti, nessuno al mondo può negarlo tantomeno oggi io, y sin embargo no podía odiarlo. Quiso volver sobre sus pasos, para enfrentarlos, para gritarles en la cara su furia, y para que respondieran los tantos por qué que jamás tienen respuesta. Pero las huellas tapadas le provocaban amnesia, y otra vez el caos, el desorden, el no saber qué hacer ni adónde ir, las fervientes ganas de arrancarse el corazón para que se lo coman los perros vagabundos que habían salido al paso; para dejar de sentirse roto, hecho mierda, vacío; para que de una vez por todas se detengan los gemidos que latían en su pecho y resonaban insistentemente en la mente. 

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