Material exclusivo para utilizar en el baño

lunes, 30 de septiembre de 2013

Fénix 604

Desde que participó por primera vez en el concurso #masticar, sobrevino la adicción. Le llevó unas pocas semanas devorarse al señor Donalds, tiempo más que suficiente para lograr el triunfo y duplicar su índice de masa corporal. La intensidad calórica llegó a tal extremo, que de inmediato, el flogisto lo consumió en un ardor de fuego.
Luego de pasar una temporada en el mundo de Galeano, abrazado por sus propias cenizas, lo vieron gestarse nuevamente.

La adicción jamás se le fue, pero ahora, si bien ya no gana, prefiere la  digestión lenta y sustentable, masticar poco a poco a Pedrito Lambertini.

lunes, 23 de septiembre de 2013

Retiro espiritual


A Nancy no le agradaba su vida, y a falta de algo mejor, se refugiaba en el trabajo. Tenía a su cargo la dirección de una escuela pública bonaerense, en donde la acompañaba su amiga Marta como vicedirectora.

Vivía cada día con la ansiedad a flor de piel. Cualquier cosa, por insignificante que fuera, la irritaba. Cuando comenzaba la letanía de los gritos, su cara se transformaba en algo monstruoso y todos se alejaban de inmediato. Parecían verdaderos ladridos de perro histérico, y de allí su apodo de Tinkerbell. Ella hacía gala orgullosa de aquel sobrenombre, asegurando que le resultaba simpático, y le gustaba mucho que la llamen así –Nancy le sonaba a prostituta- De todas formas, desconocía que aquel nombre correspondía al chihuahua de Paris Hilton, un detalle sin importancia, claro. 

Nancy era demasiado seria, casi nunca reía, y si no estaba enojada, estaba sumergida en los formularios para las inscripciones, organizando reuniones de padres o resolviendo trámites en el consejo escolar. A nadie se le ocurría ni siquiera hacerle una broma.

Una mañana, Rebeca, la  joven maestra de primero, nueva en la escuela, intentó distenderla con una broma corriente,

—Comprendo que nadie la mimó por la noche, ¡trae una cara!...

La sacó de la oficina inmediatamente. Rebeca, erizada como un gato acorralado, no paraba de llorar. Recién después de bajarse una pava de tilo, recuperó la calma.

Todas notaban que la metamorfosis de Nancy iba in crescendo, y por temor a verla un día mojar croquetas dogui en el café con leche, entre Marta y otras docentes, le sugirieron que se inicie con ellas en la práctica del yoga.

Como era de esperar, no aceptó a la primer invitación, pero luego de varios endulces de oído por parte de su amiga, se entusiasmó y dijo que sí.

Hacía pocos meses, una de las maestras, retirada del ejercicio profesional por insania,  había transformado el garaje de su casa en un centro de armonía y relajación. Fiel al estilo vacuno característico de la institución educativa, había convencido a todo el personal de la escuela para que aprovecharan las virtudes de aquella disciplina milenaria que tantos prodigios había suscitado en ella. Ingresaban al salón como ganado, buscando un desahogo rápido para las inclemencias que desataba, en el cuerpo y el espíritu, el ejercicio diario de la docencia.

A plutones de que Pinocho huyera de su cuerpo, y durante todas las relajaciones,  una motivación que paseaba por los pasillos de su mente insistía en distraerla con fogosas resonancias.  Durante el transcurso de las clases, una compañera le había hablado maravillas de la India y sus hombres. Debido a la práctica del yoga, ellos eran capaces de hacer el amor en todas las posiciones del Kamasutra durante el transcurso de una sola noche, le dijo en una oportunidad. Desde aquella vez, y mientras su cuerpo gozaba de la postura de savasana, no dejaba de pensar en ello.

Aprovechando su gran capacidad de delegar, sin perder más tiempo ni dar demasiadas explicaciones, planificó un viaje. Hacía demasiado tiempo que estaba sola, prácticamente desde que su marido, quince años atrás, la había dejado por su hermana. Se merecía una alegría y un descanso lejos de la rutina.

Quizá la pichona de Rebeca tiene razón, y hasta que no apague el fuego de mi entrepierna, la cabeza me seguiría zumbando. Así como estoy, jamás me voy a relajar, ni siquiera con ese yoga aburrido al que me llevaron.

Cuando presentó los papeles de la licencia, todas sus compañeras la apoyaron y la alentaron. Si no volvía, mucho mejor, pero eso prefirieron omitirlo para evitar ponerla nerviosa y que todas terminaran viajando al hospital en busca de una vacuna contra la rabia.

Tenía solo una preocupación, Lunático, el pintoresco pato que le hacía compañía en la inmensa y solitaria casa que había logrado retener tras el divorcio. No conocía nadie de confianza que pudiera cuidarlo y atenderlo como lo hacía ella. Por la mañana, a modo de desayuno, el mix de granos que preparaba especialmente para él. Partes iguales de maíz, cebada, sorgo, arroz y girasol. Al mediodía un poco de zanahoria y espinaca. Durante la tarde algunas raciones del mix y por la noche algún dulce permitido como mimo. Marta era la única que podía llevarle el apunte, pero desconfiaba de sus hábitos alimenticios. Más de una vez la había visto darles sobras de las comidas a sus dos gatos. Si hacía eso con Lunático, seguramente, al volver, lo encontraba sepultado en el patio.

—Dejá de preocuparte por ese pato de mierda —le gritó Marta, cansada de escuchar tantas recomendaciones absurdas— ¡sería más estimulante que lo cambies por un ganso!

Marta no estaba del todo segura de que su amiga entendiera la indirecta, pero como era tan susceptible, no quiso provocarle un brote histérico, y se la dejó picando. Pero Marta desconocía los verdaderos motivos del viaje de Nancy, y ésta no perdía oportunidad para hacerse la distraída. A veces pasar por pelotuda era la mejor opción, pensaba, sobre todo si quería convencerla para que cuide a Lunático.

A regañadientes, Marta aceptó. Era más saludable cuidar el pato unos meses que escuchar dos horas seguidas a Nancy.

Más tranquila, Nancy estaba en condiciones de organizar su aventura. Primero tenía que recuperar la armonía con el universo interior y prepararse para cuando llegara el momento de la acción. Los segundos del orgasmo siempre le habían resultado los más placenteros, y los mejor aprovechados. Ansiaba volver a experimentar aquella antiquísima sensación que estaba escondida como una  reliquia preciosa en los confines de su eros, y necesitaba  de un buen excavador para dar con ella otra vez.

Para hacer las cosas bien, y no terminar en brazos de un sepulturero, primero buscó un buen guía espiritual. Con él planificó los recorridos y, motivada por su sabiduría, siguió todos los consejos.

Así, se refugiaron dos meses en el Taj Mahal.

En cierta ocasión, un poco aburrida de jugar al loto, ella le manifestó su desinterés por el tantra, explicitando su profundo deseo de algo más concreto y tangible. El maestro, sintiéndose burlado y estafado, y sin poder borrar de su cara la expresión de asombro, se enfureció y la mandó a purificar sus pensamientos en las aguas del Ganges.

Para ella, el deseo y el sexo iban de la mano. Le resultaba raro que la sapiencia de aquel hombre no llegara a comprender algo tan sencillo. Pero cuando vio que la ira comenzaba a agitar las olas en el estanque de su paciencia, comprendió que budismo y boludismo no eran sinónimos, sobre todo cuando el yogi la corrió a sombrillazos hasta la salida del templo.

Nancy quería purificarse, pero no precisamente en agua, y sobre todo en un río que era mundialmente conocido por su alto nivel de contaminación. De todas formas, como Bangladés estaba dentro de su itinerario, hizo algunos cambios en las rutas y llegó hasta las orillas de aquel río antes de lo previsto. Obviamente lo que menos hizo fue bañarse, y corroboró que aquel yogi era un verdadero inculto. Tanta sabiduría desperdiciada, pensaba, vivir en India y aún así ¡creer que algo tan sucio como el agua de aquella rápida correntada tenía el poder de ablandar el alma! Si así fuera, se acrisolaría a sí misma, disolviendo los huesos que pasaban flotando haciendo la plancha.

Pero no fue tan desacertada su llegada. Recorriendo las callecitas del mercado, en donde cada puestito de venta era un cofre al final del arcoíris, atiborrado de ornamentos brillantes y coloridos, conoció a un indio fibroso y corpulento, como pocos, que entre esencias y sahumerios le contó que se dedicaba a la arqueología.

Nancy se ruborizó inmediatamente. Un arqueólogo… ¡eso es lo que necesito! Inmediatamente comenzó a coquetear con él, demostrando interés por todo lo que le contaba y llevando su mente a los terrenos más bajos de la perversión sexual. Primero un té de jengibre, luego unas ensaladas dignas de cualquier pastoreo, y al día siguiente estaba sentada en un auto junto al científico, acompañándolo a un evento cultural en Bombay.

Anduvieron dos semanas recorriendo sus calles y sus hoteles, él con la alegría de haber encontrado quién lo escuche disertar y ella con la ilusión de que, ese hombre, aplacara su calores hormonales. La llevó a recorrer el museo de Mahatma Gandhi, la torre del Silencio y cuando llegaron a la isla de la Elephanta, percibió con desencanto que aquel hombre sentía más fascinación por la escultura de Trimurti que por ella. Ya era el último día de viaje y aún no le había tocado un pelo, ni siquiera con el láser que utilizaba en las ponencias.

Esa última noche, antes de que se despidieran en el pasillo del hotel, ella tomó la iniciativa y lo besó. El arqueólogo, sorprendido, se retiró unos centímetros hacia atrás y luego de algunas miradas intensas entre ambos, terminaron revolcados en la cama de una de las habitaciones.

Mientras ella lo desnudaba, se paralizó al ver el tamaño ínfimo del penetrómetro.  Estaba desilusionada y con la lívido en baja cuando por fin hicieron el amor. Sí así coge, como arqueólogo debe ser un desastre, pensaba mientras los cuerpos intentaban poner fuego donde ya, ni siquiera, quedaba leña.

Al otro día, más insatisfecha que cuando llego, Nancy canceló las reservas que aún tenía pendientes, le pidió a su compañero que la lleve al aeropuerto, y en cuanto consiguió un vuelo, emprendió el regreso a casa.

Marta la escuchaba estupefacta.

Cuando terminó de oírla quejarse por culpa de aquel desengaño, le afirmó que, si le hubiera manifestado de entrada su verdadera motivación, ella hubiera sido mucho más elocuente en las recomendaciones.


—Te aseguro Nancy —interrumpiendo en forma tajante la diatriba— que para esa clase de retiros espirituales, no necesitas irte tan lejos ni embeberte en demasiado misticismo. Te presentaba al Manguera, mi amigo colombiano, y ahí sí que volvías a la vida con una sonrisa de oreja a oreja, te lo juro.

lunes, 16 de septiembre de 2013

Oxímoron

Habiendo adquirido prontamente el arte de la declamación, y utilizando a su favor las virtudes de la oratoria, la directora del establecimiento escolar no perdía oportunidad para inocular en la comunidad educativa el virus del buen ciudadano. Por tal motivo, a nadie sorprendió cuando durante el acto por los festejos del día del profesor, su discurso intentara contagiar entusiasmo en el respeto por las pautas de convivencia, en pos de la importancia que cada ser humano tiene en el ámbito de la participación política de un país.
Enseñantes y aprendientes estaban atónitos e hipnotizados, no tanto por las palabras que atravesaban su boca, que siempre eran demasiadas y terminaban dando vueltas sobre un mismo tópico, como si se tratase del sueño de Kekulé; más bien les llamaba la atención el equipaje.
Es que aquella tarde, además de su retórica explícita y su discurso monologado, traía consigo dos valijas.
Los pensamientos de todos los presentes temían lo peor: fotocopias con textos para leer y preguntas para responder. Encuestas anónimas en la que de todas formas había que poner nombre, apellido, documento, curso, huella dactilar, color preferido de bombacha y calzoncillo según la preferencia de la dama o el caballero. O tal vez traía los códigos de la ley en los que se hacía referencia explícita a que los teléfonos celulares no necesitaban aprender, y por ende, no era necesaria su permanencia en la escuela.  
Convidaba al auditorio un montón de palabras bonitas, hablando de responsabilidades compartidas, e insistía puntualmente en el hecho de que la mejor lucha contra una institución tan perversa como la educativa, era la de no abandonar el aula bajo ninguna circunstancia, porque el fin último de todo docente radica en la realización de sus alumnos como hombres de bien, para que su vida sea más digna.
Al finalizar su intervención, y mientras comenzaba la estudiantina organizada por los propios alumnos, ella volvió a sujetar sus valijas, hizo un llamado con el celular, y se retiró.
El suspiro de alivio retumbó en aquel salón como si se tratase del grito de gol en un partido de River-Boca.  El festejo comenzó de inmediato y todos se dispusieron a bailar, conversar, y sacar fotos, que algunos, movidos por la euforia de la fiesta, automáticamente posteaban en sus muros de Facebook.
Cuando apareció el comentario de la directora bajo una de las imágenes, a varios se les desdibujó la sonrisa. Entre aquel mensaje y el 1984 de George Orwell no había ninguna diferencia.
‘En lugar de festejar tanto, respondan las 150 preguntas que posteé en el grupo de Face, ¡o estuve hablando dos horas para nada yo!’ – Enviado desde el móvil, zona Aeropuerto Comandante Espora, Bahía Blanca.
Al volver, un mes más tarde, la directora mostraba con alegría las fotos de París a todos los integrantes de la comunidad educativa, quienes movidos por el sentir democrático que reinaba en el discurso de aquella gestión, comenzaron a pedir permisos especiales para visitar un pariente lejano, asistir a los actos escolares de hijos pequeños, participar en congresos educativos, o simplemente acompañar la lucha de los maestros por las calles de la ciudad.
Claro, que todo tenía un protocolo. La vía legal era la diplomacia, dejando por escrito vida y obra del solicitante.
Luego, sin soltar las valijas, ni el celular, ni la tablet, ni la correa con la que paseaba al cachorro pekinés que tenía de mascota, ella pronunciaba un no rotundo, y se tomaba más tarde otro vuelo a Italia, al Caribe o a Cuba, siguiendo los vértices de la tríada didáctica: spa, millas acumuladas y promociones vigentes en la tarjeta de crédito.

lunes, 9 de septiembre de 2013

Dulce Tentación

Durante la sobremesa, Giselle  preparó el café.
Lo llevó al living junto con una bandeja de facturas para que sus invitados, dos maridos espléndidos, terminaran dulcemente la velada.
Ella estaba a dieta y sus comensales lo habían entendido claramente al momento de la cena. Sin embargo Giselle, que era muy medida en su actitud, y por sobre todas las cosas, una excelente anfitriona,  había hecho hincapié en el postre para que al terminar, se fueran contentos y satisfechos.
Cuando colocó las deliciosas masas sobre el mantel de la mesita ratona, sintió un vacío en el estómago que la llevó a entusiasmarse vorazmente con una factura rellena de crema pastelera.
Y bueno, pensó, puedo comer sólo la mitad y no pasa nada… un permitido.
Sonriente y decidida la tomó y la llevó a su boca ante la mirada inquisidora de los dos hombres que, habiendo soportado una cena a base de espinaca y chauchas, interpretaban aquello como el inicio de un combate.
La miraron saborear el primer bocado mientras intercalaba los mordiscos con sorbos de café. Ellos veían como la crema se iba derritiendo dentro de aquella boca dejando tras su paso la huella del azúcar impalpable sobre los carnosos labios.

—Es sólo la mitad chicos, después la terminan ustedes —y mientras iba diciendo esto, la delicatesen se desintegraba completamente en su boca dejando sólo migajas en el plato.

Uno de los maridos reía entre dientes en forma incómoda mientras que el otro intentaba hacer de sus palabras un bocadillo lacerante.

—Menos mal que el café está amargo.

Al mismo tiempo que lo decía, los dos señores iban acercando las manos al plato para arrasar con todo antes que la conciencia de Giselle volviera a diluirse, pero ella, aún ruborizada y emitiendo pequeñas risitas ya se había encargado de aprovisionarse para prevenir la hambruna nocturna. Su cara de hámster era la fotografía perfecta de quién había ganado la guerra. 

(Relato publicado en LETRAS DEL FACE Vol. 1, Editorial Dunken, Año 2013)

lunes, 2 de septiembre de 2013

Géneros

Luego de entrar al aula, el profesor tropezó y cayó al suelo.
Por la comedia que se generó entre los alumnos, tomó noción de qué en eso radicaba el secreto para divertirlos, y como si hubiera estado presenciado los segundos previos a la muerte, pasaron por su cabeza los fotogramas de un film en el que su cuerpo se desplomaba sobre el granito, imprimiendo cada golpe con diversos condimentos, en poses de extensa variedad.
Horroroso, la excepción nunca debería transformarse  en  la regla, hecho tras lo cual, la rutina convertiría aquella extraordinaria serendipia en una aburrida novela costumbrista.
Lo que para usted representa una ficción, fue en verdad, un indignante y doloroso drama, que en sí mismo, no representa más que el mínimo relato de cómo, el desafortunado docente, obtuvo la revelación astral de haber sido baldosa en alguna que otra vida pasada, sin vivenciar jamás el angustioso trance de los registros akáshicos.