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lunes, 4 de noviembre de 2013

De Zutanos y Menganas en el país de Laptopou


El profesor Zutano llegó a la escuela unos minutos antes de lo previsto, y tras saludar al portero, se dirigió hasta la sala de informática. Fulana, la preceptora, personalmente había interrumpido su clase el martes anterior para darle las indicaciones del procedimiento, siendo absolutamente radical y explícita, tenés que venir sí o sí, mirá que si no, no te dan nada, por favor, haceme caso, mirá que yo sé cómo funciona todo esto
Al llegar, notó que delante suyo había algunos estudiantes que se encontraban realizando reclamos. Un muchacho joven, que al parecer oficiaba de ayudante, lo invitó a ponerse en la fila pertinente, obligándolo necesariamente a esperar. Aún no era el horario acordado, y mientras duraba la estancia, rebuscó entre los bolsillos de su pantalón hasta dar con el DNI.
—Ya me parecía que la generosidad no era completa —le comentó Zutano a Fulana, mientras ese mismo martes leía el comodato.
—Sí, si algún día dejás las horas, tenés que devolverla —respondió Fulana
—¿Y si eso ocurre en diez años?
—¡¡¡Y qué se yo que va a pasar en la escuela en diez años!!! —dijo la preceptora con gesto burlón.
—Chatarra, devuelvo chatarra.
Ambos esbozaron una ligera sonrisa mientras Zutano firmaba el contrato.
Ya con los papeles en su poder, y antes de retirarse, la preceptora lo volvió a interrumpir
—Venite con el documento, te lo van a pedir, no te olvides —y cerró la puerta, dejando tras de sí, un aire de misión cumplida.
A Zutano no le agradó mucho eso de la presencia in situ, como si se tratara de la entrega de un reconocimiento a su extensa labor. Todo aquel circo implicaba tener que pedir permiso en la otra escuela, dejar dos cursos sin clase, incluso posponer una evaluación que ya tenía programada. Estuvo el resto de la tarde pensando si valía la pena todo aquel movimiento. Su mente oscilaba entre dejar todo como estaba o finalmente aceptar aquel préstamo, nada gratuito, que se financiaba entre todos los ciudadanos, y que lamentablemente, a la vista estaba, no estaba dando los resultados esperados.
Más que nada en el mundo, Zutano bregaba por una educación de calidad, por una renovada escuela, y las nuevas tecnologías eran, hoy por hoy, una prioridad. Nunca se cansaba de repetir que una manera de superar la brecha existente entre una escuela del siglo XIX, profesores del siglo XX y alumnos del siglo XXI, era la de instalar verdaderas escuelas virtuales, capacitando a educadores y modernizando los colegios, no sólo con infraestructura, también con la implementación de políticas acordes a las necesidades actuales. Lo ilusionaba la idea de imaginarse una pequeña China o un tecnobonsái Japonés dentro de Latinoamérica, como lo promocionaban a través de los medios.
El plan Computadoras para todos era un programa de educación adaptado para eso, y funcionaba desde hacía tres años. En el mundo actual, donde un teléfono celular o una tablet han dejado de ser simples accesorios y se han convertido en extremidades portátiles, en la mayoría de los casos, y en el resto, han pasado a la categoría de mascotas, se tornaba impensable una escuela que los excluyera. Pero lo paradójico del programa, es que dejaba entrar a la escuela, con correa y grillete, una netbook por alumno, y prohibía el uso del celular. Si bien, todas estas cuestiones, a Zutano le hacían cortocircuito en la cabeza, no dejaba de parecerle interesante la idea.
El programa estuvo planificado de forma estratégica, de tal forma que primero se capacitó a los docentes en el uso de las TIC –tecnologías de la información y la comunicación- Tuvo como primer objetivo, amigar a los docentes con las computadoras, sobre todo a los más alejados pretéritamente del siglo XXI, y lo hizo a través de la última generación de aplicaciones, que revolucionarían de una vez y para siempre las aulas argentinas, transformándolas en verdaderos centros de redes virtuales.
Luego de la primera instancia de capacitación, sobrevinieron otras, en las que se iba profundizando la utilización de los programas y el trabajo en red, hasta que por último, comenzó el reparto de los equipos. Debido a la gran extensión del país, docentes y alumnos tuvieron que armarse de paciencia, pero poco a poco, las escuelas argentinas fueron siendo visitadas por pequeñas laptopou que ya tenían dueño asignado. En primer lugar, los alumnos. Luego, con suerte, y si sobraban, se repartían entre directivos y docentes. En ciertos casos, luego de haber sido repartidas ente toda la comunidad educativa, viendo que algunos alumnos dejaban de asistir sin devolver la computadora, y sobre todo, por aquellos que egresaban, para los cuales estaba acordado que podían quedarse con la misma, los directivos tuvieron que, en más de una oportunidad, pedir a los docentes que pongan a disposición sus equipos para repartirlos entre los alumnos que se habían quedado sin el suyo.
Claro, de por sí, un docente, al tener sus abultados ingresos mensuales, en general tiene acceso a la compra de un equipo. O, si supo organizar su economía, con surte ya tiene una en su casa, o un par, la propia y la de los hijos. Por lo tanto, quedarse sin el equipo prestado por el gobierno, no implicaba un gran desapego. El tema era que, ése equipo estaba vinculado al de los alumnos, y si el docente no poseía su máquina, no podía monitorear el trabajo de los estudiantes, por ende, las netbook terminaron siendo el salón de juegos y de vida social de los adolescentes dentro de la clase, quienes las alimentaban a litio, por su bipolaridad, a cambio de algunos tácitos caramelos. Más tarde, las aulas fueron quedando vacías de máquinas, y el aula virtual se transformó en otro precioso proyecto educativo que sólo fue un mero sueño.
El programa era (y es) excelente, pero sin duda, la ausencia de controles y monitoreo, y sobre todo la desidia reinante, promovieron que poco a poco se fuera distorsionando. Pero, pese a todo, la producción de computadoras prosiguió, y siguen llegando a las escuelas de una manera más aleatoria e informal, haciendo del como sí una máscara perfecta.
Por ende, muchos docentes y alumnos aún hoy, pueden estar recibiendo su equipo, y fue esa, una de las motivaciones que terminó de convencer a Zutano para aceptar el ofrecimiento. Quizá podría implementarla de la forma que estaba prevista, o incluso mejorar el plan, hacer sus propias modificaciones. Estaba convencido de que los gobernantes eran una ilusión, un espejo de la realidad vivida por los ciudadanos. Él debía propiciar un cambio si quería, con su ejemplo, contagiar al resto. De abajo hacia los costados, luego hacia arriba; planificar estrategias para su uso, generar algún tipo de cambio para salvaguardar el proyecto.
Por eso Zutano estaba allí aquel día, esperando su netbook, ansioso y con ganas de empezar a implementarla dentro de su planificación. Además, haber entrado por primera vez a la sala de máquinas se le presentaba como una experiencia jurásica, cosa que le causó gracia. Le resultaba paradojal ver máquinas antiquísimas para el aprendizaje de los alumnos, a quienes enseñaban las apasionantes herramientas del Word y Excel, en comparación con las pequeñas computadoras portátiles que cada uno de ellos se llevaba a su casa.
Cuando finalmente le tocó el turno, Mengana, la jefa de Gabinete, con una exuberante sonrisa le pidió sus datos. Claro, ellos no se conocían. Mengana trabajaba sólo de mañana y Zutano de tarde, además, éste último, hacía pocos meses que trabajaba en la escuela.
—Esperá que busco el comodato que me dio Fulana —le dijo, haciendo referencia a la preceptora — No, no te encuentro por acá —y seguía moviendo papeles de varias pilas que estaban desordenadas sobre el escritorio, cada vez más nerviosa y seria.
—Claro, no me encuentra ahí porque estoy acá —dijo Zutano para descontracturar la situación.
Mengana forzó unas pequeñas risitas mientras seguía revolviendo las hojas en busca del comodato.
—¡¡¡Acá está!!!, lo encontré, yo sabía que tenía que estar acá, ¡qué suerte! —gritó alegremente como si hubiera encontrado dentro de su cartera, el celular antes que termine de llamar— Bien, ahora me faltaría la fotocopia del DNI y la constancia de CUIL, como para abrir el legajo —agregó en forma tranquila, sentándose frente al escritorio.
Zutano la miró sorprendido, Fulana nunca le había dicho que tenía que llevar esa documentación, sólo que era de cuerpo presente. Nunca más literal, entre medio de tanto procesador paleolítico y coronas de cables, todo aquello simulaba un velorio perfecto, con la diferencia que no había olor a materia orgánica en descomposición, y que a los muertos nadie los enterraba, ni los quemaba, aunque ya fuera hora de emular una pequeña Salem.
—Pero Fulana no me dijo nada de eso —le contestó atónito-, lo único que te puedo ofrecer ahora es mi DNI, la constancia te la debo.
—Es que sin esos papeles no te puedo entregar el equipo —le dijo la jefa de gabinete, ahora con expresión más seria
—Mirá, yo a vos no te conozco, pero tuve que pedir permiso en la otra escuela para poder venir hasta la otra punta de la ciudad, y vos me decís qué no me vas a entregar la computadora por faltarme unos papeles que te puedo traer cuando vengo a dar clase, ¡esto es ridículo! — dijo Zutano lo más sereno que pudo.
—Será ridículo, pero esas son las directivas. De todas maneras no te puedo entregar nada ahora porque las netbook aún no llegaron, el correo avisó que va a demorarse la entrega un par de horas, así que tenés tiempo de buscar esos papeles —dijo Mengana depositando el comodato a un costado del escritorio, dirigiendo su mirada al estudiante que estaba detrás del profesor, esperando a ser atendido.
Zutano prefirió guardarse los insultos. Respiró unas diez veces en forma pausada y salió a caminar por las calles del barrio en busca de algún cibercafé o locutorio en donde pudiera imprimir la constancia del CUIL. El único ciber no abría hasta la tarde, y el  locutorio había cerrado hacia un par de meses. Miró el reloj, eran las once de la mañana, tiempo suficiente para tomar un micro hasta el centro e imprimir la constancia en algún local de por allí.
Cuando llegó nuevamente a la escuela, pudo ver todas las cajas amontonadas sobre las mesas, era evidente que los deudos venían a despedir a sus predecesoras, y lo hacían en patota. En el escritorio donde antes descansaban cómodos los papeles con los datos de los futuros usuarios, ahora había un señor, no mucho mayor que él, que iba sacando algunos equipos de sus cajas. Mengana, en tanto, se dedicaba a organizar las exequias.
—Te traje los papeles que faltaban —dijo Zutano de manera cortante, extendiendo la documentación hacia donde estaba la jefa de gabinete.
—Buenísimo —exclamó, sin quitarse esa sonrisa falsa de la boca— De todas maneras, no te voy a poder entregar la máquina hasta la próxima semana porque aún tenemos que vincularlas al sistema, y como verás, son muchas.
—¿¡Cómo!? —gritó sorprendido el profesor.
—Bueno, no te pongas así, que la máquina no se va a ir de acá, la semana que viene se la dejo a Fulana, y ella te la lleva al curso.
—Claro, ¡así está la educación!, ahora voy entendiendo, ¡si son la ineptitud con patas! —dijo enfurecido Zutano.
—Bueno che, no me ofendas, ni que fuera oro lo que venís a buscar, ¿¡te ponés así por una computadora de morondanga!?... me parece que deberías ver un terapeuta o tomar la pastillita —le dijo un tanto sarcástica Mengana.
—¡Y encima me estás diciendo que no era necesario venir personalmente!...
—Ah, no, eso yo no lo dije, depositá tu queja con la persona pertinente —le replicó rápida y burlonamente la jefa de gabinete mientras volvía a esbozar otra de sus sonrisas.
—¡Son una manga de inútiles desconsiderados! —comenzó a rezongar Zutano, en un intento de expulsar el malestar que le anudaba las entrañas— Hay alumnos que se quedaron sin clase por haberme hecho venir hasta acá, ¿esos alumnos no importan? ¿¡mi tiempo no importa!? sabés qué, mirá lo que hago con tu computadora de morondanga —y manoteando la primer netbook que estaba a su alcance sobre el escritorio, la revoleo hasta la otra punta de la sala. El ruido de la máquina al estallar sobre el suelo sonó como una explosión, y los restos de aquel cadáver tecnológico, quedaron desparramados sobre gran parte del aula — Ahí tenés, ahora hacé uso de tu título y repará mi máquina, total no tengo apuro.
Y mientras escuchaba los insultos que le propinaban desde adentro, incluso amenazas de tener que pagar el equipo roto, Zutano se fue de la escuela amasando la bronca por haber caído otra vez en la mentirosa y cruel trampa del sistema educativo argentino, que siendo más perverso que todos los aquelarres de la historia, lamentablemente, aún estaba a salvo de la hoguera.

7 comentarios:

  1. Ay... triste realidad!!!!!!!

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  2. Uffff... y si. . Estas son las "burocracias" que a uno le van sacando la ilusión y las ganas de cambiar y mejorar... y las bipolaridades van aflorando... asi como va la cosa, se vendrá la moda de ser litiodependientes!!
    Jaja
    (Y espero que la compu llegue a tus manos!!)




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    1. Es que no se trata de si llega o no llega, no es de mí de quién hablo. Es una situación que lamentablemente ocurre, por citar una... en fin.

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  3. :), vos tenes la notebook? No te la dieron aun, firmaste los papeles?

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