Material exclusivo para utilizar en el baño

martes, 31 de diciembre de 2013

Esa puta costumbre

 Tal como nuestros ojos responden a la luz y nuestros oídos al sonido, así nuestro corazón responde al significado. El órgano del significado es el corazón

Brother David

Se apagaba el ante último día del mes de diciembre, con viento sur y mucha lluvia. Luego de haber soportado temperaturas que rozaban los 50 grados de sensación térmica bajo la piel, finalmente el tiempo nos daba un respiro, y se presentaba como un refrigerado alivio.
Me encontraba terminando de escribir una crónica rosa para el diario local, alusiva a las fechas festivas de fin de año; nada demasiado formal y, ni siquiera, algo que me generara placer. Para poder expresar mi verdadero sentimiento al respecto, había investigado bastante acerca del significado de la palabra felicidad y sus connotaciones, algo que siempre me había parecido una utopía sin sentido, sobre todo, cuando nos llenamos la boca proclamándola a los cuatro vientos como un latiguillo circunstancial. Entre esa mágica palabra y un 'lo siento mucho' de velorio, no encontraba mucha diferencia, más allá del significado que otorga el lenguaje. ¿Y si no existía un sólo motivo para ser feliz, ni siquiera para querer estarlo? Reflexionando sobre ello, y habiendo organizado un párrafo que finalmente tornaba mi tarea interesante, fue cuando la oscuridad tiñó de negro la pantalla y el entorno circundante..

—¡¡¡Mierda!!!— grité cuando se cortó la luz, sujetándome la cabeza con las dos manos.

Podría haber sido un detalle menor, si no hubiera sido porque la notebook, sin batería, estaba conectada al tomacorriente.  Mientras caminaba en busca de una linterna, recordé que en el último corte de luz la había encontrado rota al fondo del cajón de los cubiertos. Reparé en ese momento que nunca la había arreglado. Por otro lado, las últimas velas se habían consumido tras otro corte repentino ocurrido dos días atrás. Ensayando más y más insultos, a tientas, manoteé el sobretodo y cubriéndome con él, salí en busca de velas o de algo acorde para poder, al menos, ducharme y afeitarme en forma digna..
Paradojal, sí.
Primero por el sobretodo a comienzos del verano, pero les aseguro que el frío era intenso, más o menos como mi irritación. Lo agradecía, por supuesto. Suelo preferir la frescura a un microondas solar. ¿Velas para alumbrar lejos de una ambientación?, también. No me extrañaría que alguno se pregunte cómo, a horas del 2014, sigamos utilizando velas como sustitutos de las lámparas. Edison, sin duda, les diría que estamos en contra del progreso, y que no valoramos para nada el avance tecnológico, en especial el suyo. Yo podría responder que es por puro romanticismo, en ciertas noches que lo ameritan. Una cena a la luz de las velas en la compañía adecuada, es de un refinamiento exquisito que no sólo es aconsejable en las buenas películas. Un baño de inmersión, con velas que tiñan de color las burbujas de la espuma, mientras el vapor del agua tibia va develando el misterio de las caricias y el sexo, es un lujo placentero que hay que atreverse a extrapolar de las mejores novelas de época.  Pero, para mí, en aquella circunstancia, cuando mi única compañía se resumía al lado frío de la cama, imaginarme, como todos ustedes, esos momentos de extremo gozo, acrecentaba mi fastidio.
Si estaba dudando de la felicidad, ahora me urgía hacer un nudo con ella, y ahorcarme.
No, no es por caminos encendidos que conducen a una mesa servida con sushi y champaña, que fui en busca de pábilos envueltos en parafina. Verán, es que olvido cargar las luces de emergencia, las cuales utilizo a modo de atrapa polvo, porque me gusta ser excéntrico. Sumado a mis extravagancias, no soy poseedor de un generador de electricidad, y eso que la cooperativa y el ente regulador, hace tiempo que se encuentran promocionando la campaña, ante la falta de presupuesto para invertir en recursos energéticos.
Y podría seguir esgrimiendo argumentos a favor de mi elección por las velas ante un corte de luz. El de mayor peso, la costumbre, esa palabra que aún resuena en nuestras conductas y que la RAE insiste en dejar, con su vertiente de significados, impertérrita, estanca, y avezada en su trono. Es difícil deshacernos de la costumbre, excepto para las mujeres en su período fértil, cuando el cuerpo les recuerda, mes a mes, esa trágica, dolorosa, asquerosa, pero bendita condición de abrigar una maternidad en potencia, latente como la vida que duerme dentro de las semillas. Para el resto de los mortales, incluso para ellas en otra acepción del término, la costumbre se vuelve, en general, fatídica y agotadora, sobre todo durante Las Fiestas. Hacer las compras, amontonarse en el centro comercial hasta último momento para que nada falte en la mesa, ni bajo el pino de Navidad; invitar a todos los familiares y amigos, sin distinción, se soporten o no; fingir bienestar por más que muchos sientan un deseo profundo de viajar, de estar leyendo un libro o tocando la guitarra en el patio de su casa con la vasta compañía de las estrellas. Pero el peso de esa palabra es tan intenso, que hasta se ahoga en el mar de la culpa cuando intentamos escuchar al adulto que somos, lejos del niño que fuimos, de los padres y de Freud. Las velas, son, por lo tanto, una costumbre difícil de desterrar, pero también son reciclables, y económicas, éstas últimas, cualidades que, a fin de mes, se tornan indispensables si las comparamos con el precio de las pilas o del consumo de las baterías.
Si debo ser sincero, me daba un poco de impresión jugar al murciélago. Para  correr como gallito ciego, me faltaba hinchada, y para imitar a los gatos, estaba carente, además, de un buen par de lentes infrarrojos, de la destreza del yoga, y de unos cuantos kilos menos. Por eso es que, promediando las 21 hs., con cielo encapotado por fuera y nula visibilidad interna, salí al encuentro con el mundo de gente que aún se amontonaba, bajo la lluvia, fuera y dentro de los negocios, siguiendo el ritual de la costumbre.
Como vivo en un décimo piso, tuve que evitar forzosamente el ascensor. Me lo tomé con calma, y sin embargo, llegando al cuarto, casi hago culo patín hasta el palier de entrada a causa del agua que se había filtrado por los ventiluces semiabiertos. En un acto reflejo alcancé a sujetarme de la baranda metálica, pero de todas maneras, y si bien  la sujeción amortiguó bastante el golpe posterior, caí sentado sobre un charco, situación que además de completar la barra de irritación con un indicador más, me dejó una aureola de agua en toda la parte trasera del pantalón, dando la impresión de que me había hecho encima lo primero, y lo segundo (suerte que no había olor a pañal para confirmar la certeza)
Y después de todo eso, ¿tenía que volver a escribir un artículo sobre la felicidad? Era obvio que andar con el año tonto, me estaba dando más de un argumento para batallar contra esa dicha infinita que algunos dicen experimentar.
Cuando finalmente logré salir del edificio, la lluvia había mermado. De todas formas, el agua que llevaba encima la superaba con creces, mojándome la entrepierna y los genitales, tornándose molesto, provocando la impresión -literal- de estar paspado. La sensación era similar a la que deben sentir los bebés cuando llevan varias horas con el pañal cargado encima. Me sentía por primera vez empático con esos pequeños proyectos de seres humanos que tanto me impacientaban.
Menos mal que no estaba muy lejos de una de las veinte sucursales de Asia que, al igual que los sucesivos cortes de luz, se habían ido gestando a lo largo y ancho del barrio
Apurando el paso lo más que pude, manteniendo las piernas arqueadas, simulando chuequera, para evitar las risas y los comentarios -¿hice algo gracioso?...-, finalmente llegué a destino. Al parecer, debido al temporal, muchas de las personas que circulaban, habían decidido hacer una parada técnica, y estaban paseando entre las góndolas, llenando sus changos con la felicidad -¡yo no fui!- de la compra, esa que resulta innecesaria, pero que alimenta los vacíos de la angustia existencial, sobre todo en época navideña. El que tiene puede, y el que puede compra. El que compra aplasta la pena, la envuelve para regalo y se la ofrece a sí mismo como banquete de bodas, saboreando el paladar exquisito de la insatisfacción y engordando de calóricas ansias la conciencia.
Yo no era la excepción, sin duda.
Ni bien traspasé la línea de cajas, me llamaron la atención dos cosas, la primera, en ese sector de la ciudad el suministro eléctrico no se había interrumpido -la luz es eso que le ocurre a los otros- y en segundo lugar, una chica que estaba obsequiando galletas, untadas en una pasta que emanaba destellos de luz. Ese último detalle me sorprendió y me inquietó mucho más que el primero. Por un lado, me recordó a las imágenes multicolores de las auroras boreales, y por otro, no pude quitar de mi mente las emanaciones lumínicas del radio, esas que enamoraron  a Madame Curie, hasta dejarla seca y lista para el festín de los gusanos.
Más allá de la impresión, el espectáculo que ofrecía la manipuladora de luces era algo llamativo, tanto, que poco a poco me acerqué al stand. No estaba seguro de si saldría con vida de aquella exposición, pero si en algo pude comprender a Marie, fue precisamente en el magnetismo que genera una luz cuando surge de algo que no está enchufado a 220 voltios, y carece de batería.
Al llegar, comprobé con asombro que se trataba de algo comestible, pequeños bocadillos untados con una pasta verdosa, responsable de aquella radiación excitante. Jamás había estado en presencia de alimentos a base de cocina molecular, y sin bien lo que veía estaba lejos de ser cocina gourmet, mi paladar, como perro de Pavlov, comenzó a salivar urgido de un bocadillo.
La pasta, en efecto, tenía la particularidad de absorber luz y emitirla luego en un color visible. Se trataba de jamón cocido a la provenzal en versión  Jumbo Highlighter, de una marca de embutidos reconocida a nivel nacional. No voy a negar que al principio, meterme ese bocadillo a la boca me generó impresión, pero vencí el impulso de tirarlo al cesto, y con la misma intriga que me había hecho llegar hasta el puesto de venta, le dí un mordisco al canapé.
La puta costumbre y sus cualidades de conservación. Aún no entiendo como la ciencia, sobre todo la biología, no hipotetizó en considerarla un ser vivo. Es una célula que se reproduce y transmite sus genes de generación en generación, se nutre de los mandatos sociales adquiridos, crece y se desarrolla, luego evoluciona tornándose cada vez más resistente a los cambios, lo que la convierte en una especie léxica con un poder de adaptación digno de haber sido estudiado por don Charles. Con la respuesta frente a mis ojos, y la idea adherida a mi mente, degustaba aquel sabor cromático que, debo admitir, era realmente exquisito, y dejaba un efecto fosforescente en la lengua, que a los chicos entusiasmaba mucho, y a los grandes les daba otro incentivo para gastar.
Me dediqué a saborear algunos bocadillos más, le pedí a la chica dos potes, que puse de inmediato en un carro vacío manoteado al pasar, y proseguí al encuentro de mi búsqueda.
Con el sabor a jamón en la boca, y la lengua resplandeciente, me acordé de inmediato de todas las bromas que me gastaba mi vecino de arriba en cuanto tenía oportunidad. La última vez, por nombrar una,  se había escondido en el cuarto de los residuos. Cuando me acerqué a tirar la basura, salió proyectado, como una de esas antiguas marionetas que salían de una caja, impulsadas por un resorte. El susto que me pegué -siempre me los pegaba, conocía mi punto débil, la sorpresa- me hizo dar un salto, acompañado de un grito ensordecedor que terminé de ahogar dentro del departamento, al que llegué corriendo y totalmente excitado.
Como esa, miles. Y ahora... -mueca de risa sarcástica-, ahora llegaba el turno de mi venganza.
Comencé a experimentar alegría, intensa, profunda. Mis labios se retorcían, dejando asomar mis filosos colmillos. Las pupilas se me agrandaban, y los ojos comenzaban a brillar. Si aquello era parecido a lo que el mundo llamaba felicidad, estaba considerando seriamente hacer una tregua con ella. 
Año nuevo, la gente, gracias a la costumbre -¡Yo no fui!- busca un lugarcito donde aquerenciarse, para que cuando llegue el momento del brindis, la copa no nos encuentre resonando chin chines con los locutores radiales. Si bien yo tiendo a la soledad festiva, sobre todo porque fechas como éstas me resultan intrascendentes, reconozco que en general, muchas personas se obligan a pasar un momento de felicidad -y... no sé, tal vez fui yo-. Entonces comienzan a congregarse por Facebook para asistir a  megaeventos, y rodearse de gente. Luego se aturden con música estridente y se bañan en alcohol, con la esperanza de recibir  la extrema unción de un año que se muere y el bautismo de uno nuevo que comienza, recargando el presente de una esperanza falaz, que lo más probable es que los despierte llovidos de lágrimas un primero de año.
Mi vecino es solo, yo también. Él siempre busca con quién pasar estos festejos, y si bien yo siempre me niego, ésta vez era el anzuelo perfecto para poder desquitarme. Es cierto, él conocía mi punto flaco, yo conocía perfectamente el suyo, era escandalosamente hipocondríaco, a tal punto, que sus vacaciones favoritas eran dentro de un hospital, con viaje en ambulancia, por supuesto.
Fui en busca de las galletas, luego por el vino tinto que sabía que tomaba, encargué unas empandas en la rotisería, fui recolectando algunas otras cosas encontradas al pasar, de esas que son trascendentes y de las cuales no podemos prescindir, y me dirigí a la caja. Mientras esperaba mi turno en la cola, aproveché para mensajearme con el agasajado, quien aceptó con gusto el convite.
Al salir del mercado, habiendo recorrido una media cuadra, comenzó a llover nuevamente, en forma torrencial, y el sobretodo no alcanzó a protegerme, por lo que llegué al edificio como quien dice, hecho sopa (singing in the rain, ¡qué me canten otra!).
Un espectáculo digno de ver, chueco, cargado de bolsas, bañado, pero sonriente. Obvio, ya no había nadie en la calle, era evidente que mi momento de dicha no era negocio, ni siquiera para la gente de alumbrado, barrido y limpieza.
Al ingresar observé que aún no había vuelto la luz, lo cual me desanimó un poco el instante de Felicidad  -¿la invito a salir después de la broma?- porque eso quería decir que ahora, con todo el peso extra, y encima con la entrepierna al rojo vivo, debía subir diez pisos por escalera.
Haciendo paradas en cada descanso, bajando las bolsas cada tanto, apoyándome en alguna que otra pared y guiándome con lo poco que mis ojos, ya acostumbrados a la oscuridad, me dejaban ver, llegué al departamento.
Acomodé como pude los paquetes sobre la mesa y comencé a sacar lo que había comprado. Una botella de vino, unos potes de broma, galletas, empandas y unos chocolates que había tomado a último momento para ofrecer algo durante el postre, si es que llegábamos a esa instancia, un salero en forma de campanita navideña, una jeringa, un par de paraguas para zapatos, un rascador de espalda, un par de dados para empatar a todo, un cubo Rubik monocromático, y un caloventor, para reponer el que había roto el invierno anterior. Cuando me cansé de hurgar hasta entre los dobladillos de las bolsas, me di cuenta que me había olvidado de comprar las velas.
Asumiendo mi distracción sin echar más leña al fuego -¿vieron el resplandor?-, me fui a la cama. Nada apocaría aquel momento ufano.
Supuse que la corriente se había restablecido mientras dormía, porque al despertar todo funcionaba correctamente, incluso mi computadora, que, no sabría explicar los motivos, pero me esperaba encendida. Aproveché a acicalarme, pasar crema sobre las partes enrojecidas de mi piel y trabajar unas horas en el artículo, al que logré darle fin pasadas las siete de la tarde.
Minutos después comencé con los preparativos. Antes que nada, realicé pequeños cortes en cada una de las empanadas, y fui colocando con la jeringa, un poco de pasta verde -¡Ay! si Yiya me viera, diría que el alumno supera al maestro, sin duda-. Luego de esa parte, la más laboriosa, ya eran las nueve de la noche, y mientras me dirigía con el vino y las copas para disponerlos sobre la mesa, volvió a cortarse la luz -voy a ahorrarles la disertación de improperios-
Con urgencia llamé a mi vecino para solicitarle velas, pero me dijo que hacia años que no las usaba -...no es gracioso- De todas formas, no podía suspender la cena, tenía que someterlo a la tortura de una boca encendida y sugestionarlo con alimentos transgénicos, que no tenían nada que ver con la fosforescencia, pero que no venía al caso, puesto que él, se asustaría y terminaría en la guardia del hospital más cercano, con un círculo de enfermeros y médicos, que, llorando de risa, lo mandarían de una patada en el culo a su casa por haber interrumpido el brindis de año nuevo con semejante paparruchada.

—No te preocupes capo, de todos modos tengo una luz de emergencia —me dijo riendo.

A las once en punto tocó el timbre de mi puerta. Lo hice pasar, y a tientas, caminamos hasta el comedor donde ya estaba la mesa lista. Todo era penumbras. Antes de invitarlo a sentarse, esperé unos minutos a que me ofreciera la lámpara. Ninguno hablaba, y casi que no nos distinguíamos a pesar de estar las persianas  de las ventanas abiertas.

—¿Te olvidaste la luz? —le pregunté rompiendo el silencio, al notar muy difusamente que dentro de algo que imaginé como un paquete sujetado entre sus manos, no podía caber una lámpara.

—¡Está acá adentro! —y con sutileza fue desenvolviendo el paquete para extraer algo que no alcancé a divisar muy bien — ¡¡¡Cha chan!!!... Magia —dijo inmediatamente.

Yo hacía un esfuerzo sobrehumano para poder distinguir esa magia de la que me hablaba, pero mis ojos no alcanzaban a focalizar mucho. Luego, hizo un pequeño chasquido con la mano que sonó como a tapa de mermelada cuando se abre. Seguido, un destello verde intenso iluminó la sala, borrando mi sonrisa, palideciendo mis ojos y fagocitando mis colmillos.
No hubo previa ni after con revancha esa noche, pero al menos, nos dimos el gusto de recibir el año agradeciendo por esa inusual cena a la luz de las lenguas.



martes, 3 de diciembre de 2013

Parte de lo imprescindible

Ingiero dosis cotidianas de lo imprescindible en proporciones equivalentes a tu sonrisa, tu piel por las mañanas, y tus ojos que transmutan el dolor en un suave aroma de almendras.  
Cuando la semana amanece y tus dedos se despiden de las sábanas rozando mi cuerpo, el lunes deja de ser el escabio de la semana.  Se extiende al martes, en el momento exacto que tu boca encuentra ese hueco, ahora engrosado de la ingle, para hincar un mordisco que me despierta a cosquillas de saltamonte. Continúa el miércoles, al conquistar juntos el placer de la siesta y su fértil simiente. Como nuevos brotes, rompe la rutina del jueves,  con el sabor de la cena, que realza la mesa y la calidez del brillo en tus ojos, ese que desnuda la esencialidad alejada de las piedras preciosas. El viernes, amanece como anuncio de verano, cuando al abrir la puerta, el perfume me cuenta que anduviste sacudiendo mugre, y el orden te deschava en los rezongos y puteadas por todo el Kosovo de papeles y de migas que fui acumulando en la semana. Madura con el sábado, al planificar su noche, con mi cansancio acumulado que convierte mi ánimo en intermitentes luces navideñas, con ese binarismo de respuestas que logran ponerte de mal humor sin siquiera proponérmelo, leudando tu impaciencia y descontento. Y alcanza hasta el domingo, cuando al despertar con los pies sembrando tus surcos, mis besos acarician tu piel, mis dedos se entretienen en tus protuberancias y cavidades, erizando la sensibilidad de tus tetillas, hasta escuchar un ‘se armó la gorda’ que tu boca exclama y tu lengua devora con el último mordisco de tostada que da la bienvenida al desayuno.