Material exclusivo para utilizar en el baño

martes, 14 de enero de 2014

Asa Nisi Masa de los intangibles

“Tu saresti capace di piantare tutto e ricominciare la vita da capo? Discegliere una cosa, una cosa sola e di essere fedele a quella, riuscire a farla diventare la ragione della tua vita, una cosa che raccolga tutto, che diventi tutto proprio perché è la tua fedeltà che la fa diventareinfinita, saresti capace?” 
MARCELLO MASTROIANNI - Guido Anselmi in Otto e Mezzo



   Me rehusé a rendirme ante la sentencia que tantas veces me había doblegado, y por primera vez hice lo que ordenaron mis ganas.

    Lejos de la mirada materna y de mi casa, aquello se tornaba más sencillo.

    Siempre me había molestado que me ahuyentaran del agua con el pretexto de un supuesto calambre de panza que sobrevenía cada vez que te zambullías inmediatamente después de comer. Nunca supe si eso respondía a una afirmación científicamente comprobada, o eran de esos dichos precedidos por el famoso ‘ya lo decía la abuela’, que se exclamaban de manera retórica y a los que, por temor o por no contradecir, cada uno transmitía en forma ininterrumpida de generación en generación, sembrando dicha, asombro o pánico. Como con aquel famoso hombre de la bolsa, que si te portabas mal, venía, te encerraba ahí dentro y te llevaba Dios sabe dónde.

    Pero funcionaba, al menos en mí.

  Nunca lo había visto, pero era tanto el misterio con el que mi madre lo evocaba, que comencé a imaginarlo. Andrajoso, desalineado, barbudo, con ojos desorbitados y expresión sedienta de torturar niños encerrados en un saco de arpillera cargado sobre los hombros.

   Mi madre no solo lo nombraba, también contaba historias horribles sobre él, con la certeza de instaurar el terror en mi cabeza.

    Y lo logró.

   Finalmente consiguió que un miedo atroz me atravesara cuando en la advertencia aparecía ese fantasma, esa imagen de un hombre que quizá no fuese real, pero que no dejaba de asediarme en cada transgresión trunca, con esos niños que, ya deformes de tanto estar encerrados, iban marcando sobre la trama deshilachada que los sumía en la oscuridad, las formas de sus extremidades y sus cabezas, como hacen los bebés cuando patean el vientre materno. Imaginarme encerrado allí dentro, como gato enjaulado, me daba claustrofobia y me quitaba momentáneamente la respiración. Por eso mismo, no se me pasaba por la mente desafiar una sentencia familiar, o dejar de cumplir una orden.

   No habían transcurrido ni diez minutos desde que había almorzado en la cantina. Hacía calor, y era bastante temprano, razón por la cual en el club náutico no había aún mucha gente. Me tiré al agua y nadé unos cuantos metros. Di vueltas, hice la vertical bajo el agua, me sumergí hasta el fondo aguantando la respiración.

   Nada, al parecer lo del calambre no era cierto. Pero el rigor científico exigía repetitividad antes de dar una conclusión válida, por lo tanto tenía que seguir probando.

   Salí de la pileta y me dirigí hasta la reposera con la intención de volver a comer. Por suerte, había traído en un recipiente hermético unos sándwiches de jamón y queso, también un paquete de galletas y una botella de gaseosa. Inmerso en mis hipótesis, no me di cuenta hasta que te vi, que a unos veinte metros se estaba instalando una familia.

    Desde entonces, vos captaste toda mi atención.

   Me negaba a admitirlo, como tantas otras veces, pero ese día estaba solo, y si ya me había animado a sortear el obstáculo de la sentencia del calambre, podía darme la licencia de jugar esas cartas que aún no lograba entender.

   Hacía algunos años que me ocurría, en diversas situaciones, pero siempre bajo el mismo objeto de deseo. Yo acomodaba el mazo, repartía las cartas para que la jugada terminara dándome el triunfo, y si bien funcionaba bastante bien, en cuanto aparecía un culo prominente encerrado en unos jeans delante de mí, o desviaba la mirada en el mingitorio de algún pub porque los atributos de mi compañero, en ese momento, despertaban mi curiosidad, la jugada se deshacía. Ocurría algo similar cuando repasaba una a una las fotografías de los galanes de cine que mi madre atesoraba en su cuarto. En ese momento, las cartas se entremezclaban y yo perdía el as de corazones de la cordura.

   Había pensado en llevarle el problema a una vidente amiga de mi mamá, pero fue esto último lo que me condicionó a no hacerlo. De encontrar algo raro, iría inmediatamente con el cuento, y la verdad, antes que otros conocieran mis otros yo, prefería darme el gusto de conocerlos en persona.

   Era obvio que el rigor científico no estaba a mi alcance. Lo del ardor estomacal resbaló por el teflón de mi memoria ram cuando dejé que ese pensamiento, esa fantasía, me invadiera completamente. En casa, siempre me habían dicho que era un pibe muy despistado. Lo que yo no podía hacerle entender a nadie de la familia, era que mi atención era monofocal, y cuando se me ponía algo en la mente, me obsesionaba con eso hasta las últimas consecuencias, salvo que en el camino, algo más brillante me hiciera desviar la atención.

   En este momento, algo más hermoso que un calambre estaba desvistiéndose a pocos metros de mí, y fue obvia mi elección.

  Te seguí con la mirada en todos los movimientos, hasta que quedaste completamente desnudo, salvo por la sunga que cubría tus abultadas partes. A partir de ese lazo invisible, logré existir por primera vez fuera de mí. Luego me solté, como cuando aprendí a andar en bicicleta, y esa fiesta que estaba desplegando el llanero de los bastos, poco a poco me deshicieron en otro ser.

    En vez de alimento, saqué el libro que estaba leyendo mientras te ibas rápidamente al agua. En tanto, los demás integrantes de tu familia comenzaron a organizar un picnic. No les presté demasiada atención pero supuse, por la conformación, deberían ser tu mujer y dos chicas, que por la edad cercana a la mía, tal vez fueran tus hijas. Una de ellas me observaba y se sonreía, entre tanto yo me perdía recorriendo tus movimientos dentro del agua. De todas formas, cuando me di cuenta que me estaba clavando los ojos, para no ser descortés, le devolví el cumplido, al que respondió levantado su mano en gesto amistoso. No tuvo devolución, mi vista estaba otra vez clavada en tu cuerpo, en tu piel tersa, y en esa barba de dos días que le daba una expresión jovial al rostro de cincuentón. La fisonomía de tu cara, recortada por ángulos rectos; ese pelo marmolado de negro y blanco en la nuca y alrededor de las orejas, y la sonrisa que dejaba escapar unos dientes pequeños y algo separados, me recordaban a las fotos de Marcello que mamá tenía pegada en aquel álbum.



   Había fantaseado muchas veces un encuentro íntimo con él, de hecho yo me transformaba en su amante cuando andaba de gira o rodando un film. Ya lo ves, todos tenemos un secreto, el mío era ese romance que a veces dejaba escapar un poco la presión de lo inteligible.

   Ahora, evocando esas imágenes oníricas, me encontraba otra vez ante algo similar. Podía sentir la conexión, con la diferencia que esta vez no se trataba de una fotografía; esta vez, Marcello, como te bauticé sin pensar, se materializaba ante mí, había salido de gira y yo tenía la oportunidad de cumplir mi papel de Carla, coqueteando desde lejos, haciéndome el desentendido, mientras Luisa se retorcía de celos y no paraba de mirarme.

   De todas maneras, estaba tan absorto en tus formas y movimientos, que poco a poco fui dejando aquellos recuerdos e imágenes en el olvido.

   Papá, vení a comer, se escuchó de pronto. La que te llamaba era la misma chica que me había saludado previamente. A los pocos minutos, saliste de la pileta, y allí, mientras la certeza se cumplía, observé el agua chorreando entre tus piernas, y el contorno de tus genitales que a modo de relieve, pronunciaba el traje de baño todo empapado.

   Te dejé almorzar, y jugué un rato con mis cartas. Como te habías sentado mirando para mi sitio, tomé el libro, y lo ubiqué de tal forma que eclipsara nuestro campo visual.

   Mientras recorría los espacios de lectura, te encontraba tras la línea que dibujaban, cercano a tu horizonte, los dedos de mis pies. Viajaba en el aire que nos distanciaba, una serenidad inaudible, íntima, minúscula y volátil; una serenidad que se me presentaba como la forma más pura del amor, aunque ese sentimiento se ubicara en las antípodas de lo que realmente ocurría. Asa Nisi Masa, dije mentalmente recordando al Guido que supiste ser de pequeño. Magari funziona, forse... chi lo sá.

   Hasta hace instantes estabas en la pileta, refrescándote, y si bien comenzaban a llegar otras familias con sus manteles y sus ruidos, nada lograba distraerme de esa línea que se extendía traspágina. A pesar de los pocos metros que nos separaban, fue suficiente para que otra sentencia me llevara a juicio. Se mira y no se toca, escucho en el recuerdo la voz de mi madre. Mi dispiace mamma, pero' oggi, ci penso io. Siento que si estiro la mano, podría acariciar las gotas que van deslizándose por tus pectorales sembrados y firmes, llegando a tu prominente pancita bronceada.

  Sí, ya sé que podrías ser mi padre. Yo a gatas llego a los dieciséis. Sin embargo, existe un atisbo de infinito en ese vaso de cerveza sostenida entre tus manos, en ese cigarrillo encendido y consumido bajo el Sol, en esas carcajadas que me acercan el timbre de tu ronca voz y que te traen hasta mí, te vuelven tangible, casi a la mano para que me sujetes con tus brazos, me empujes contra un árbol y me desarmes de gozo, ese que ahora escriben mis cartas.

   Recorro tus dorados muslos cubiertos de rocío, y te beso el pecho recibiendo la cosquilla de sus pelos. Te abrazo y me sumerjo en tu sexo, la adrenalina eriza mi piel y me produce escalofríos, y siento que la humedad invade mis piernas, y un gemido se entrecorta por el grito.

     —¡Qué miras puto de mierda!

    Me estás mirando, con gesto embravecido, señalándome con el dedo.

   Noto la erección entre mis piernas, algo rígido que sobresale y que me expone rompiendo la magia. Me siento vulnerable, el calor que brota desde mis adentros se confunde con el Sol.

     —Si me seguís mirando te cago a trompadas… ¡¡rajá de acá puto, rajá!!— escucho mientras me doy cuenta que es cierto.

   A pesar de la incomodidad, de que la gente cercana se ha girado para verme, yo no puedo despegar mis ojos de los tuyos. Tus hijas tratan de calmarte, te toman de los hombros y te dicen que te tranquilices, pero vos insistís en insultarme, y apartando a las chicas de tu entorno cercano, das un salto y comenzás a acercarte rápidamente al mío, con el límite de tus puños tendiendo a mi rostro mientras que mis piernas, tienden cada vez más rápido hacia el límite de salida.

   Como puedo cubro mis genitales con la toalla que estaba sobre la mochila y alcancé a manotear antes de empezar a correr.  Aún siento la dureza en mi entrepierna, pero más allá de la incomodidad, quiero sostenerla así, quiero prolongar el placer todo lo que más pueda.

    Corre Forest, corre. En mi cabeza se instala la remembranza, una que no viene de los lazos parentales y quizá por eso, ya no puedo dejar de sucumbir ante ella. Corro, dejando el resto de mis pertenencias al juicio de los demás socios. Me alejo hasta perderte de vista, a vos, al club, a la gente que insiste en observarme como si fuera un engendro de la naturaleza. Sigo alejándome lo más rápido que puedo, ahora sin volver la vista atrás.

   Poco a poco me voy serenando, y si bien persiste la excitación, ya no necesito la toalla para cubrirme; el motivo de la vergüenza está otra vez en su sitio, pero el calor sigue, y mi rubor está más intenso que nunca. 

  Tengo aún, el pulso acelerado. Necesito urgente tranquilizarme, y comienzo a respirar profundamente para lograrlo.

   Miro para todos lados antes de emprender, descalzo y semidesnudo, el camino a casa. No me preocupo demasiado. La calle, a esa hora temprana de las siestas del verano, está tranquila y desierta. Al empezar a andar, veo que de la esquina que estaba por atravesar gira en dirección a mí, un linyera, bastante decrépito y vestido con trapos sucios. Su rostro me asusta. Tiene en la mirada, esa ausencia en forma espiralada que tienen los dibujos animados cuando expresan locura; los párpados parecen cansados de sostener el peso de las cejas, abundantes y del mismo color gris oscuro de la barba, que le cubre casi todo el rostro y le cuelga hasta el pecho. La gravedad hace que los pliegues de sus arrugas, sobre todo aquellas que están ubicadas en la comisura de sus ojos y labios, caigan. Aún no distingo si es la melanina o la suciedad lo que le da ese color tan difuso, como si lo estuviera observando a través de la niebla.

   Me corro hacia un lado lo más que puedo, para dejarle paso. Antes de cruzarnos, noto que lleva un brazo flexionado hacia arriba con el codo apuntando hacia adelante. La mano sobre los hombros sujeta una bolsa mugrienta... de arpillera.

   Respiro hondo, una sospecha enroscada en las hélices de mis genes me produce pánico. Si bien ya estoy grande para entrar en la bolsa, no puedo evitar el miedo.

  Las manos y los pies comienzan a transpirarme, noto que mi cuerpo se tensa, desvío la mirada y paso a su lado cerrando los ojos.

   Siento un fuerte golpe y un grito ahogado.

   Sorprendido, levanto los párpados y me doy vuelta. El viejo está tirado en el suelo y ahora en su rostro, puedo sentir el dolor. Miro hacia donde ahora se encuentra y veo que hay unas baldosas flojas por detrás. Seguramente se las llevó por delante.

   No sé qué hacer, no me animo a ayudarlo. Y de improviso una moral burguesa se apodera de mi pensamiento. Si no lo ayudo, alguna calamidad me sucederá. Mamá siempre dice que hay que ayudar al prójimo si no queremos terminar solos y abandonados, como el pobre viejo que está tirado frente a mí. Mamma, ti prego, vai via, subito... dai, dai, spari.

   Me acerco y le tiendo la mano, sin decir nada. Él gesticula y emite sonidos que no entiendo, pero por las formas que han adoptado las arrugas de su cara, me da la impresión de que me está retando. Cuando me dispongo a explicarle que lo quiero ayudar, se agarra fuertemente de mi brazo con su mano repleta de cayos, y al afirmarse los clava fuertemente en mi piel, raspándome. Me transformo así en su punto de apoyo, y él se levanta como impulsado por una palanca.

  La bolsa aún está en el piso. No puedo evitar la impresión y el temor. De todas formas me agacho y la levanto.

  El viejo ahora me sonríe. Ese gesto rejuvenece su cara y agiliza sus arrugas. Al parecer, las mismas son producto de la risa.

  Y entonces el teflón. Ya no recuerdo más nada de todo lo sucedido en el predio, ahora mi mente toma la decisión de romper otra certeza. Miro a ese pobre hombre otra vez, y a pesar de la edad, de sus arrugas y de su aspecto, no hay mucho más que nos diferencie en ese tiempo y espacio en el que coincidimos. Al parecer, compartimos el exilio de la norma.

  Me extiende la mano nuevamente, le acerco el brazo. Se toma fuertemente de él y me señala una dirección con la cabeza. Vuelve a emitir sonidos que no entiendo, como si hubiera sido criado entre animales.

  Comenzamos a caminar, a su ritmo, sin decirnos ni una sola palabra, y al cabo de algunos pasos junto a él, pierdo la noción del tiempo. De repente noto que me invita a subir por unas maderas clavadas a un enorme árbol, que descansa solitario en el centro de un baldío. 

   Lo sigo y trepamos.

  Arriba, nos topamos con la entrada de lo que parece ser una casa de madera, típica de los cuentos que leía en la infancia. Tengo que agacharme bastante para entrar, y cuando lo hago, siento que allí se extiende el espacio, las paredes se expanden a mi paso, y puedo enderezarme. El viejo atraviesa una puerta y lo sigo. Al cambiar de habitación, oigo voces y música, pero no puedo ver absolutamente nada, incluso el viejo se ha perdido de mi vista. Comienzo a asustarme nuevamente -¿estaré dentro de aquella horrible bolsa?- Una suave presión y una cosquilla me hacen dar cuenta que están tomándome del brazo. Pienso en el linyera cuando el impulso me tira hacia adelante, donde la música y el ruido se oyen a un volumen mucho más alto. La melodía me lleva a aligerar los pies y el torso, siguiendo el ritmo de una danza. Entonces, es cuando comienza a aclararse el lugar o mi vista -no puedo asegurarlo con certeza- y puedo entonces ver una gran sala repleta de luces rojas. Reconozco en el rostro de quien me sostiene, al travesti que presta sus servicios en mi barrio. Se ríe a carcajadas, ostentando esos labios color carmín y unos dientes que parecen posicionados como para jugar un partido de fútbol. Mientras vamos girando al compás de la música Allegria en la voz de Francesca Gagnon, veo del otro lado a la chica que vende flores en la esquina de casa, y, por detrás, asoma la cabeza del trapito que limpia los vidrios a la salida del centro. Cerca de lo que parece una barra de tragos, las prostitutas y los taxiboy de la llamada zona roja, exponen su mercadería al lado del borracho que todas las noches descansa en un banco de la plaza. En un sector más apartado y con más luz, la muchacha introvertida que lee y vende poemas en el parque me guiña un ojo. A un costado de ella, el pibe que le teme a los aviones y prefiere recorrer el mundo en bicicleta, me tira un beso con las dos manos. Enfrentado a ellos, la mujer que pinta sus sueños en las nubes me convida copias fieles de la Venus de Boticelli, y por detrás voy escuchando un mantra en sánscrito que me hace evocar a la profesora de yoga vegana que detesta la televisión. También logro divisar al misógino, al exhibicionista callejero, al proxeneta, al ladrón de abuelas, a la vieja feminista que se presentó en las últimas elecciones gubernamentales, al que pela pollos soñando volar un poco más alto, hasta acariciar las alas de la reina; a la fotógrafa desilusionada, a la enamorada, a la madre soletera y la que abortó en dos oportunidades, al chico down que ofrece sus artesanías en el micro, y a la vidente amiga de mi madre que, señalándome el pecho, me dice que allí guardo una enorme pena y junto a ella, la llave del tesoro. Todos esos rostros, y más, tan distantes y a la vez tan familiares, se acercan ofreciendo lo que tienen al alcance de sus dones para darme la bienvenida a ese espectáculo circense, mientras Pricilla, la mujer que me sostiene y baila, no para de reír y de cantar.



  Y otra vez el viejo de la bolsa, ese ser despreciable de la infancia, que ahora, se acerca, y tirando de una piola, abre aquel costal, y comienza a repartir caramelos y chocolates, mientras cientos de origamis multicolores como gruyas, salen en bandada desde su interior, sobrevolando el techo, poblándolo de vida, extendiendo el cielo.


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