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miércoles, 22 de enero de 2014

La retamada




Allí, donde la gramilla se funde en retamas,  la rapidez del más hermoso se volvió audible. El crujido de las hojas secas y de ramas quebradas, distrajeron a Lola, obligándola a observar hacia el fondo del patio y a poner en pausa la lectura, intensa y orgiástica, de Melissa P. 

Aquiles, enmarcado por el verdor de los pastos, se acercaba con aire triunfante. Cruzó soberbio a pocos metros de ella, caminando elegantemente sobre sus cuatro patas. Al verlo, como en otras oportunidades, le pidió perdón a Homero por el descaro de robarle un nombre tan viril y épico para bautizar al más haragán y remolón de sus gatos. Lo observó caminar, con esa pachorra capaz de arrear caracoles, y no pudo entender cómo, semejante musculatura y porte arrollador, albergaba una personalidad tan ociosa.

Lola intentó volver sobre las páginas del libro cuando, de reojo, notó unos bultitos pequeños que asomaban desde la boca de Aquiles. Le recordaron de inmediato a las semillas integrales de sésamo que espolvoreaba en sus ensaladas, pero, a diferencia de aquellas, le trasmitían un terror que no lograba descifrar. Ese miedo latiendo tras los colmillos jugosos de Aquiles la interpelaron, obligándola a interrumpir nuevamente aquella estadía serena bajo la sombra del damasco. 

Logró vencer la inercia de lo plácido, cuando vio los anillos anaranjados de la cola del gato diluirse como donas de cigarrillo en el interior de la casa. Atropellando frutas y mate, lo siguió hasta la cocina, y al alcanzarlo, se quedó observándolo por detrás. Unas ramas con hojas asomaban debajo de su bigote izquierdo, mientras que un pequeño pico, pegado a unas comisuras rojizas, sobresalía por el derecho.

Las pupilas de Lola giraron a trecientos sesenta grados realizando una panorámica habitacional. De pronto, el infierno dantesco de su mente se pobló de particiones. Vasos y platos fracturados,  cortinas desgarradas, granito marmolado de rojo y plumas tras la cacería; alimento paciente de esa ancestral perversidad felina.

Cariñosamente, y antes de sucumbir antes los gritos inminentes que su lengua, haciendo palanca contra el paladar, estaba frenando, se agachó y, sujetando al gato por el talón de una de las patas traseras, lo sometió a su voluntad. 

Finalmente todo tenía sentido. No había sido en vano profanar la clásica epopeya. 

Si bien debió caminar en cuclillas, acompañando el lento y agónico paso del sufriente, poco a poco llegaron hasta la puerta de entrada.  Antes de atravesarla, el gato, dolorido por la presión que le ocasionaba la mano, rezongó abriendo la boca, dejando que  un batir de principiantes alas remonte vuelo, escapando de las fauces del carcelero. 

Aún agachada, Lola volvió la cabeza hacia arriba y notó cómo, el pichón de gorrión, con esfuerzo se elevaba cada vez más alto, hasta detenerse sobre una de las ramas más alejadas del damasco. Los maullidos desesperados al ras del suelo le anunciaban batalla, y bajo aquella súplica, Lola abrió la mano.

Esta vez tuviste suerte, alcanzo a leer Lola en la batuta de la cola de Aquiles, quien se alejó cansino y sin voltearse, echando las orejas hacia atrás, en señal de fastidio. 

Restituida la calma y los quehaceres del patio, Lola miró a su alrededor en busca del gato, quien no daba señales de vida desde que lo había soltado. Lo imaginó, como en tantas ocasiones, recostado sobre las violetas ubicadas detrás del galpón. Luego se sonrió, meneando la cabeza con un leve chasquido de sus labios, volviendo la vista hacia los calores literarios.



Aquiles, camuflado entre la enredadera y el muro,  no había dejado de  mirarla desde entonces. Sus ojos almendrados de gato nipón juraban vendetta, y le declaraban secretamente la guerra. 

2 comentarios:

  1. ¡Me ha encantado, Silabario!
    Aquiles, rey de la selva!

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    1. :) rey del patio jajajajaja gracias por leer. Besos

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