Material exclusivo para utilizar en el baño

sábado, 24 de mayo de 2014

Ascendio


Recuerdo la primera vez que entré en un laberinto. Fue en Córdoba, en la zona más alta del Valle de Punilla. Allí, recostado sobre los declives occidentales de las Sierras Chicas se encuentra la localidad serrana de Los Cocos, denominada así por la presencia de cocoteros –a los que nunca presté atención, pero intuyo que deben estar ahí- y los árboles de molle –Wikipedia dixit-. Andando por un camino sinuoso, se llega hasta una calle plagada de puestos y casas de artesanos; marco ideal para dar la bienvenida a un parque llamado El Descanso, donde, entre jardines andaluces y esculturas greco-romanas uno se encuentra de repente a la entrada de un laberinto hecho íntegramente de ligustros.
Quienes de eso entienden, aseguran que se trata de una réplica mitológica; aquel que alguna vez hizo construir el Rey Minos, en Creta, para encerrar al Minotauro. Claro que yo lo conocí de muy chico, y nunca había escuchado hablar de ese tipo de criaturas. Hasta la fecha, sólo conocía al hombre de la bolsa, la vieja sin dientes y la bruja del 71. Por ende, para mí era simplemente un jardín con pasadizos, donde había que entrar y  perderse por un rato, para tratar de salir en el menor tiempo posible... Bueno, sobre todo salir, lo del tiempo en un laberinto es relativo y no vamos a entrar a discutirle a don Albert sobre eso.
Cuando me encontré de pié frente a la entrada, los ligustros se transformaron en murallas vivas que me sacaban como cuatro cabezas -tal vez a Mario le ocurrió algo similar cuando era pibe y por eso le puso “4 cabezas” a la productora de televisión-  y si bien no estaba solo, ya que mis hermanos iban conmigo, tenerlos cerca no era un alivio; ninguno conocía la forma de salir de allí.
Nos avocamos a la serendipia de descubrirlo cuando llegados a una cierta bifurcación tripartita, cada uno optó por una y a la cuenta de tres emprendimos la marcha con la intención de llegar primeros al centro, que se eleva en forma de glorieta, a la que sólo podía distinguirle la punta. A partir de ese momento, todo se tornó mucho más vertiginoso, y por momentos desesperante, sobre todo cuando luego de estar dando vueltas sin llegar a ningún lado, chocándome ramas y personas, el cartel que indicaba llegada no era más que un punto luminoso perdido en medio del embrollo arbóreo. En cierto momento de descompresión visceral, sentí transformarme en molécula de agua, que luego de haber estado quince minutos encerrada en un caldero chorreante, me hacia burbuja –así como Baldomero se hace bolita frente a los envistes de Trifonia- para evaporarme, disiparme en el aire y fluir libremente; huir del agobio y la claustrofobia a la que me sometían esas ramas y hojas que por momentos parecían carceleros que me negaban el paso, imposibilitándome escapar, intentando con todas sus vallas atraparme para formar parte del atractivo decorado del paisaje. En eso estaba cuando la tapa me condensó y volví a gotear en clavado hacia el interior del recipiente –sólo voy a revelar que antes de volver a caer vi una nariz con prominentes granos rojos de pus, más algunos pelos gruesos y negros que sobresalían de dos inmensas narinas- El calor era insoportable. Por momentos subía, de a ratos bajaba, hasta que logré adherirme a algo que tenía forma de hueso –me resistí a saber si era o no humano, no insistan- y al hacerlo,  ese otro portal se abrió ante mí. Me encontraba nuevamente en mi forma inicial, en plena crisis de nervios y llanto, cuando sentí las voces de un montón de gente que junto a mi papá, mi mamá y mis hermanos me gritaban “por ahí, fijate, ahí, donde asoma esa rama torcida” -¿cuál de todas?- “doblá a la izquierda, siempre a la izquierda, ¡¡¡nooooo!!!  ¡Esa es la derecha boludo!, para el otro lado” y así, entre el mareo y la náusea, logré con ayuda –o sin ella- escapar de las garras del ahora conocido Minotauro, del señor Tenebroso, del Fauno, de Jorge de Burgos, o del mismísimo Richard Madden, entre otros, para observar desde lo alto cómo esas otras personas se desesperaban subiendo y bajando por diversos pasadizos.  Un momento sin lugar a dudas disfrutable, hasta perverso diría yo, en el que gocé un buen rato, hasta que me invadió la pena y decidí sumarme al coro de voces que, cual hilo de Ariadna, ayudaba a los cientos de Teseos en pos de su liberación inemdiata.  
Prometí volver, y así lo hice. Esta vez metido en un cuerpo que había crecido cuatro cabezas, lo que me permitió sortearlo de un modo más simple y rápido. De chico se observa el mundo con ojos de gigante y de grande, la miopía y el astigmatismo provocan disminución visual y desencanto. Ya no sobrevino la angustia y la asfixia que engendraba adrenalina; tampoco se presentó la posibilidad de abrir ese o esos otros portales que me permitieron habitar otros mundos, todos al mismo tiempo.
Pero gracias al virtuosismo de algunos pocos seres humanos que con arte y picardía nos invitan a revivir, o incluso imaginar momentos, situaciones, mundos y universos, encontré la llave para abrir el sector IVA de mi cerebro –Acontecimientos en Vacaciones Infantiles, de impuesto a las ganancias ya estoy podrido- Fue en el momento exacto en el que Harry y Cedric, ayudándose mutuamente, avanzaron hasta alcanzar la copa luego de haber sorteado los obstáculos del laberinto; la tercer y última prueba del torneo de los tres magos. Al llegar, ambos la tocaron al mismo tiempo e inmediatamente fueron conducidos a través del traslador  hasta un viejo cementerio donde se enfrentaron violentamente con un renovado Lord Voldemort.
Al terminar de leer El cáliz de fuego, la cuarta entrega de la saga de Harry Potter, la escena mencionada con anterioridad me derivó en simultáneo hasta “El jardín de los senderos que se bifurcan” de un tal Borges, demasiado distante de la obra creada por J. K. Rowling en espacio, y aunque la historia y los literatos me juzguen, no en tiempo.
Sí, posiblemente algunos me lapidarán por haber asociado la literatura en esa forma, por haber hilvanado ficciones de semejante –y aparente- discrepancia, pero sin duda, quiénes hayan leído ambas historias, no podrán negar ciertas similitudes, no digo estructurales, más bien de sentido, como aquel que une al átomo con el Universo.
Si aceptamos la idea de que los átomos son los constituyentes de todo el universo observable, y del que no alcanzamos a observar, podríamos comenzar a vislumbrar que siempre hay uno o varios puntos de contacto entre lo que creemos, lo que subjetivamente pensamos y lo que la naturaleza desea expresar cuando, a partir del caleidoscopio cultural y social, acciona la perilla y enciende el foquito de nuestras ideas.
Creo que lo que acerca a la escena mencionada con el relato borgiano, no es simplemente la aparición del laberinto, ya de por sí atrapante y bastante generalizada en la literatura, más bien, es la de transformar ese espacio en una convergencia de tiempos que trascienden el reloj y van aconteciendo en simultaneo, provocando la diversificación de vivencias y emociones de manera perfectamente sincrónica, como aquellas que experimenté de pibe, en aquel pequeño poblado cordobés enmarcado entre sierras, misticismo y encanto.
Pero de eso ya han hablado otros, muchos, y lo han explicado de manera encantadora, de modo que yo me planto acá, y les propongo un juego: El linklaberinto. Consiste en abrir uno de los enlaces ubicados más abajo, al azar, entrar por ese mundo y los que de ellos se deriven, regresar y volver a encontrarnos en los comentarios de este post para buscar juntos la salida ¿se animan?.

1. http://entretextosborges.blogspot.com.ar/2010/03/limites_07.html

2. http://www.youtube.com/watch?v=tR8QgrUyHqI

3. http://www.lehman.cuny.edu/ciberletras/v1n1/crit_06.htm

4. http://www.literatura.us/borges/jardin.html

5. http://bloghogwarts.com/2008/08/01/serie-de-harry-potter-la-tercera-prueba/

6. http://vimeo.com/88105696

7. http://editorialorsai.com/revista/post/n3_harry_potter

8. http://viajarleyendo451.blogspot.com.ar/2013/03/el-laberinto-como-tema-en-la-literatura.html

9. https://www.youtube.com/watch?v=eIjC0L9TvEs

10. https://www.youtube.com/watch?v=AIBZQEAO1-U&list=PLE3AC44190ECCDD64

11. http://www.labolab.net/laberintos-en-el-arte/

12. http://www.labolab.net/mitologia/el-laberinto-de-creta/

13. http://www.taringa.net/posts/imagenes/14200882/Laberinto-de-Los-Cocos-y-el-enigmatico-Paseo-El-Descanso.html





Nota: Si nadie regresa, interpretaré que encontraron la eternidad… RIP.

sábado, 3 de mayo de 2014

De esas noches con encanto


Ayer por la noche, mientras apagaba las luces de la biblioteca, la suave melodía de un piano me hizo estremecer de emoción. Era extraño porque todos los parlantes de la casa estaban silenciados. Guiado por la curiosidad, me dirigí hasta la computadora que aún seguía encendida, para buscar entre esas páginas que se abren y comienzan a sonar, el origen de la música. De todas maneras, lo que escuchaba se asemejaba más al sonido porducido tras la apertura de una vieja caja musical, que a los estridentes ruidos invasivos de la publicidad virtual.
Era algo  cálido,  tenue; invitaba a cerrar los ojos y dejarse llevar…
Permanecí algunos minutos en ese estado de quietud y paz, escuchando el piano, sin preocuparme por intentar dar con el nombre  ni el autor de la pieza; sin siquiera pensar. Esa calma agudizó mi sentido auditivo y dirigió posteriormente mis pasos hacia la fuente de donde emergían los acordes.
Me encontré nuevamente en la biblioteca, ojeando un libro que había transformado el siete de su tapa en notas musicales, y todas las palabras de la página 29   en pentagramas, que una virtuosa y entrañable profesora de música leía afanosamente posando sus delicadas manos sobre las teclas del piano en que se habían transformado los libros del librero.
Más allá de lo que digan las malas lenguas de aquel mal educado y septimziado libro, Sarita Cappelletti aún transita las aulas bahienses, sembrando arte y tocando las cuerdas en los corazones de pibes cascoteados y humildes, que bucean desesperados en los límites de su identidad tantenado la salida de emergencia.
No hay nada como la música para lograrlo. Ella lo sabe, ellos también, y yo tengo la dicha de tenerla como concertista permanente entre las palabras que los evocan.
Gracias por la visita, por tus historias, por tu alegría que contagia vida, por honrarnos con tu grata presencia. Y gracias por lo que se viene…